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El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl – Apuntes Breves

Posted by Raul Barral Tamayo en Jueves, 27 de agosto, 2009


El doctor Frankl, psiquiatra y escritor, solía preguntar a sus pacientes aquejados de múltiples padecimientos: “¿Por qué no se suicida usted?”. Y, muchas veces, de las respuestas extraía una orientación para la psicoterapia a aplicar: a éste, lo que le ata a la vida son los hijos; al otro, un talento, una habilidad sin explotar; a un tercero, quizá, sólo unos cuantos recuerdos que merece la pena rescatar del olvido. Tejer estas tenues hebras de vidas rotas en una urdimbre firme, coherente, significativa y responsable es el objetivo con que se enfrenta la logoterapia.

En esta obra, Viktor Frankl explica la experiencia que le llevó al descubrimiento de la logoterapia. Prisionero, durante mucho tiempo, en los desalmados campos de concentración, él mismo sintió en su propio ser lo que significaba una existencia desnuda. ¿Cómo pudo él, que todo lo había perdido, que había visto destruir todo lo que valía la pena, que padeció hambre, frío, brutalidades sin fin, que tantas veces estuvo a punto del exterminío, cómo pudo aceptar que la vida fuera digna de ser vivida? El psiquiatra que personalmente ha tenido que enfrentarse a tales rigores merece que se le escuche, pues nadie como él para juzgar nuestra con­dición humana sabia y compasivamente. Las palabras del doctor Frankl alcanzan un temple sorprendentemente esperanzador sobre la capacidad humana de trascender sus dificultades y descubrir la verdad conveniente y orientadora.

La versión original de “El hombre en busca de sentido” ha sido traducida a más de veinte idiomas y se han vendido muchos millones de ejemplares de la obra en todo el mundo. La Library of Congress en Washington la ha declarado como uno de los diez libros de mayor influencia en América.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Este libro no pretende presentar un informe sobre hechos y acontecimientos históricos, sino un relato de vivencias personales. Intenta dar respuesta a la siguiente pregunta: ¿Cómo afectaba el día a día en un campo de concentración en la mente, en la psicología, del prisionero medio?
  • La mayoría de los sucesos que aquí se describen ocurrieron en los pequeños campos, donde se llevó a cabo la mayor parte del exterminio real, y no en los campos grandes y famosos.
  • Muchos kapos disfrutaban de mayor fortuna en su estancia en el campo que en el resto de sus vidas, tanto antes como después del cautiverio.
  • Kapos es la abreviatura de Kameradenpolizei, nombre que se daba en los lager a los presos que gozaban de la confianza de los alemanes y con los cuales colaboraban en las tareas represivas y de control, siendo recompensados por ellos con ciertos privilegios.
  • Las personas que jamás han pisado un lager desconocen por completo la dura batalla por la supervivencia que se entablaba entre los prisioneros, de manera especial en los campos más pequeños: la lucha inexorable por el trozo de pan de cada día, por salvar la propia vida o la de un buen amigo.
  • Lager, en alemán, significa “campamento”, entre otras cosas. Tras los horrores del nazismo es muy frecuente que se utilice con el sentido peyorativo y designativo de “campo de concentración nazi”.
  • Todos éramos conscientes de que deberíamos encontrar otra víctima para cubrir cada número borrado de la lista, es decir, por cada hombre salvado del viaje. Nadie vivía sin que otro muriera. A las autoridades del lager únicamente les interesaba cubrir en cada traslado el número previsto de viajeros.
  • A los oficiales y a los funcionarios del campo sólo les importaba el número del prisionero, un número que generalmente le tatuaban en la piel, y además, le obligaban a coser en la pernera de sus pantalones, en su chaqueta y en su abrigo.
  • En esa situación no teníamos tiempo ni ganas para consideraciones abstractas sobre ética o moral. En esas extremas condiciones, nadie dudaba en arreglar las cosas de forma que otro prisionero, otro “número”, ocupara su puesto en el traslado.
  • El proceso de selección de los kapos era de tipo negativo: se escogía exclusivamente a los prisioneros más brutales. Además de esta selección por parte de las SS, que podríamos denominar “activa”, también se producía un continuo proceso de autoselección, “pasiva”, entre los internados en el campo.
  • Por lo general, sólo solían sobrevivir aquellos prisioneros que, endurecidos quizá por el deambular durante años de campo en campo, y en la lucha por la supervivencia, perdían todos los escrúpulos; aquellos que, con tal de salvarse, eran capaces de emplear cualquier medio, honesto o menos honesto, incluída la fuerza bruta, el robo o la traición a sus compañeros.
  • Después de todo lo vivido estamos férreamente convencidos de los siguiente: los mejores de entre nosotros no regresaron a casa.
  • Yo fui un preso ordinario, no trabajé como psiquiatra en los campos, ni tampoco como médico, a excepción de las últimas semanas anteriores a la liberación. Permanecí la mayor parte de mi internamiento cavando y tendiendo traviesas para el ferrocarril.
  • Si un interno se fumaba sus propios cigarrillos evidenciaba un muy mal presagio. Significaba un síntoma inequívoco de la pérdida de su voluntad de vivir.
  • Una vez perdida la voluntad de vivir, raramente se recuperaba.
  • Antiguos prisioneros: “No nos gusta hablar de nuestras experiencias. Los supervivientes no necesitan ninguna explicación. Y los otros no comprenderán cómo nos sentíamos entonces ni cómo nos sentimos ahora”.
  • En este tipo de testimonios la valentía de la confesión personal aumenta el valor de los hechos.
  • Podríamos distinguir tres fases en la psicología de los prisioneros: una primera fase que sigue inmediatamente a su internamiento, una fase de adaptación a la vida del campo y una tercera que comienza con la liberación.
  • El síntoma característico de la primera fase es un shock agudo e intenso.
  • La “ilusión del indulto” es un mecanismo de amortiguación interna percibido por los condenados a muerte justo antes de su ejecución; en ese momento conciben la infundada esperanza de ser indultados en el último minuto.
  • Consumé el esfuerzo supremo de la primera fase de mi reacción psicológica: borrar de la conciencia toda mi vida anterior.
  • Muchos de nosotros nos sentimos embargados por un humor macabro. Ese humor lo provocó la segura conciencia de haberlo perdido todo, de no poseer nada salvo nuestra existencia desnuda.
  • Aparte de aquel extraño sentido del humor, otra sensación se apoderó de nosotros: la curiosidad. Con ella lográbamos distanciar la mente de la realidad circundante y así se facilitaba el contemplar lo real con cierta objetividad. Estábamos ansiosos por descubrir lo que sucedería después de cada acontecimiento y las consecuencias que acarrearía.
  • Los médicos del grupo fuimos los primeros afectados al comprobar las mentiras de los libros de medicina. Siempre se había afirmado la imperiosa necesidad de un número determinado de horas de sueño para sobrevivir. ¡Falso!
  • En medio de esas infames condiciones lográbamos conciliar el sueño que traía alivio y olvido durante unas pocas horas.
  • Nuestras encías se encontraban más saludables que antes, a pesar de la fuerte carencia vitamínica y de no poder cepillarnos los dientes.
  • Qué verdad encierra la afirmación de Dostoyevski cuando define al hombre como el ser que se acostumbra a todo.
  • “Lanzarse contra las alambradas”. La expresión típica de la jerga del campo para describir el método más frecuente de suicidio: tocar la valla de alambre electrificada.
  • Pasados los primeros días, hasta las cámaras de gas se observaban con un horror atenuado y soportable: al fin y al cabo le ahorraban a uno la decisión y el acto de suicidarse.
  • Dr. M., jefe de la sección médica de las SS: “Si queréis seguir vivos, sólo hay un modo de conseguirlo: aparentar capacidad de trabajo”.
  • Ante una situación anormal, la reacción  anormal constituye una conducta normal.
  • En el escaso tiempo que necesitaba un prisionero para pasar de la primera fase a la segunda, una fase de apatía generalizada que desembocaba en una especie de muerte emocional. Una plomiza apatía, anestesia emocional, una vaga sensación de que a uno ya nunca le importará nada.
  • Si el prisionero había entrado en la segunda fase de sus reacciones psicológicas ya no apartaba la vista. Alcanzado este grado de adaptación al campo, sus sentimientos se embotaban y contemplaba impasible esas escenas. Apático e indiferente podía seguir mirando.
  • No es el dolor físico lo que más hiere sino la humillación y la indignación provocadas por la injusticia, por la cruda irracionalidad de todo aquello.
  • En vez de golpearme o insultarme, alegremente se agachó para coger una piedra y lanzarla contra mí, como quien juega a un juego macabro. Aquella pedrada me hirió más que los inmerecidos latigazos o los bestiales insultos. Se grabó en mi corazón de manera imborrable.
  • También había excepciones, algunos capataces sentían compasión por nosotros y hacían cuando estaba en su mano para mitigar su sufrimiento.
  • ¿Con qué soñaban los prisioneros? Con pan, pasteles, cigarrillos y baños de agua templada.
  • Decidí despertar al pobre hombre, pero en el último instante me detuve, retiré rápidamente mi mano asustado por lo que iba a hacer. Comprendí con rapidez, de forma descarnada, que ningún sueño, por muy horrible que fuese, podría ser peor que nuestra actual realidad.
  • El afán por procurarse alimentos era el instinto primitivo dominante, alrededor del cual giraba el resto de la vida mental.
  • Cuando desaparecían por completo las últimas capas de grasa subcutánea, comenzábamos a observar cómo nuestros cuerpos se devoraban a sí mismos. El organismo digería sus propias proteíanas y los músculos se consumían: el cuerpo se quedaba sin defensas.
  • Éramos capaces de calcular, con estremecedora precisión, quien sería el próximo e, incluso, cuándo nos tocaría a nosotros.
  • Sin haber sufrido una experiencia similar, difícilmente se imaginarán el destructivo conflicto mental y las luchas de voluntad a las que se enfrenta un hombre hambriento.
  • Solíamos mantener discusiones inacabables sobre lo razonable o irrazonable de los distintos métodos empleados para conservar la ración diaria de pan.
  • El despertar era, con mucho, el momento más terrible de las veinticuatro horas de la vida en un campo de concentración.
  • La desnutrición quizás explique la ausencia de deseo sexual durante la vida en el lager. Incluso en los sueños desaparecía el deseo sexual, un dato que representa una dura descalificación del psicoanálisis, pues según sus postulados los “deseos inhibidos” deberían presentarse de forma muy especial en los sueños.
  • Para la mayoría de los internos, el primitivismo mental y el esfuerzo por concentrarse exclusivamente en “salvar el pellejo” conducía a despreciar cualquier cosa que le apartara de ese supremo y único objetivo. Lo demás se consideraba un lujo superfluo. Eso explica también la carencia absoluta de vida sentimental.
  • En general, en el lager sufríamos también una “hibernación cultural”, con dos excepciones: la política y la religión. El campo era un continuo hervidero de conversaciones y discusiones políticas.
  • Cuando los prisioneros sentían inquietudes religiosas, éstas brotaban de lo más íntimo y sincero que cabe imaginar.
  • Las personas de mayor sensibilidad, acostumbradas a una rica vivencia intelectual, sufrieron muchísimo, sin embargo, el daño infligido a su ser íntimo fue mucho menor, al ser capaces de abstraerse del terrible entorno y sumirgerse en un mundo de riqueza interior y de libertad de espíritu.
  • Comprendí la sólida verdad dispersa en las canciones de tantos poetas o proclamada en la brillante sabiduría de los pensadores y de los filósofos: el amor es la meta última y más alta a la que puede aspirar el hombre. Intuí, cómo un un hombre, despojado de todo, puede saborear la felicidad si contempla el rostro de su ser querido.
  • Ahora estaba convencido de una cosa, algo que había aprendido demasiado bien: el amor trasciende la persona física del ser amado y encuentra su sentido más profundo en el ser espiritual del otro, en su yo íntimo. Que esté o no presente esa persona, que continúe viva o no, de algún modo pierde su importancia.
  • El buen humor es siempre algo envidiable. El humor es otra de las armas del alma en su lucha por la supervivencia. Es bien sabido que el humor proporciona el distanciamiento necesario para sobreponerse a cualquier situación, aunque sea por breve tiempo.
  • Cuánto ansiábamos cualquier privilegio, pues la escalera de la suerte relativa tenía muchos escalones.
  • Siempre hacíamos lo posible y lo imposible para no llamar la atención de las SS.
  • El prisionero anhelaba estar a solas consigo mismo y con sus pensamientos. Añoraba intimidad y soledad.
  • Los hombres sólo contaban por su número de prisionero. Es más, se convertían en un “número”: estar vivo o muerto carecía de importancia, porque la vida de un “número” resulta completamente irrelevante.
  • Los prisioneros se sabían totalmente a merced del humor de los guardias y eso les convertía en más inhumanos todavía de lo que las circunstancias permitían presagiar.
  • En Auschwitz me dicté una regla que demostró ser acertada, y que otros adoptaron más tarde. Consistía en contestar, como normal general, con la verdad a todo lo que se me preguntaba, pero sólo a lo que se me preguntaba.
  • Hubo canibalismo.
  • El prisionero de un campo de concentración tenía un miedo brutal a tomar decisiones o a adoptar cualquier tipo de iniciativa.
  • La profunda dignidad de sentirse un ser humano está tan arraigada en la dimensión espiritual del hombre que resulta imposible arrancarla incluso en las lacerantes condiciones de un lager.
  • Como el prisionero era testigo habitual de escenas de brutalidad desorbitada, su impulso agresivo aumentaba sensiblemente. Yo mismo notaba crisparse mis puños cuando la rabia se apoderaba de mí, aunque yacía hambriento y cansado.
  • Las experiencias de la vida en un campo demuestran que el hombre mantiene su capacidad de elección.
  • Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino, para decidir su propio camino.
  • Es precisamente esta libertad anterior la que nadie nos puede arrebatar, la que confiere a la existencia una intención y un sentido.
  • El realismo nos avisa de que el sufrimiento es una parte consustancial de la vida, como el destino y la muerte. Sin ellos, la existencia quedaría incompleta.
  • Una vida cuyo último y único sentido consistiera en salvarse o no, es decir, cuyo sentido dependiera del azar del sinnúmero de arbitrariedades que tejen la vida en un campo de concentración, no merecería la pena ser vivida.
  • Dostoyevski: “Sólo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos”.
  • Sólo unos pocos prisioneros conservaron esa fortaleza de la libertad y aprovecharon los atroces sufrimientos para una madurez interior.
  • Cualquier hombre, en toda existencia, se verá cara a cara con su destino y siempre tendrá la oportunidad de conquistar algún valor por vía del sufrimiento, por vía de su propio sacrificio.
  • La responsabilidad profunda del estado de ánimo del prisionero dependía de sus decisiones libres y, en menor medida, de los factores pisocpatológicos enumerados con anterioridad.
  • En el lager el día duraba más que la semana.
  • El hombre que se dejaba vencer interiormente ante la ausencia de metas futuras ocupaba y llenaba sus pensamientos de recuerdos.
  • Son las circunstancias excepcionalmente adversas o difíciles las que otorgan al hombre la oportunidad de crecer espiritualmente más allá de sí mismo.
  • Bismarck: “La vida es como visitar al dentista. Siempre crees que lo peor está por llegar, cuando en realidad ya ha pasado”.
  • Es propio del hombre subsistir al cobijo de la esperanza del futuro. El prisionero que perdía la fe en el futuro, en su futuro, estaba condenado. Solía comenzar cuando el prisionero se negaba a vestirse y a lavarse, o a salir fuera del barracón a la hora de formar.
  • La pérdida repentina de la esperanza y el valor pueden desencadenar un desenlace mortal.
  • Cualquier intento por restablecer la fortaleza interior de los reclusos debe comenzar por acertar en proponerle una meta futura, un objetivo concreto que dé sentido a su vida.
  • Nietzsche: “El que tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”.
  • Dejemos de interrogarnos sobre el sentido de la vida y pensemos en lo que la existencia nos reclama continua e incesantemente.
  • Vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a las cuestiones que la existencia nos plantea, cumplir con las obligaciones que la vida nos asigna a cada uno en cada instante particular.
  • Resulta imposible definir el sentido de la vida en términos abstractos.
  • Ningún hombre ni ningún destino pueden compararse a otro hombre o a otro destino.
  • A veces, la existencia demandará del hombre que sencillamente acepte su destino y cargue con su cruz. Cada situación se diferencia por su unicidad irrepetible, y para cada ocasión tan sólo existe una respuesta correcta al problema que plantea.
  • Habíamos superado la etapa de creer que el sentido de la vida consiste en alcanzar objetivos a través de la creación de algo valioso.
  • Una de las leyes más estrictas del campo prohibía cualquier acción que impidiera a un hombre consumar su suicidio. Por consiguiente, resultaba de suma importancia atajar los problemas antes, es decir, prevenir cualquier asomo de intento de suicidio.
  • El típico argumento del campo: ya no esperaban nada de la vida. La terapia consistía en hacerles comprender que la vida sí esperaba algo de ellos.
  • Cuando se acepta a la persona como un ser irrepetible, insustituible, entonces surge en toda su trascendencia la responsabilidad que el hombre asume ante el sentido de su existencia.
  • Nietzsche: “Todo lo que no acaba conmigo me hace más fuerte”.
  • Hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: la “raza” de los hombres decentes y la raza de los hombres indecentes. Ambas se entremezclan en todas partes y en todas las capas sociales.
  • La Historia nos brindó la oportunidad de conocer al hombre quizá mejor que ninguna otra generación. Es el ser que siempre “decide” lo que es.
  • Habíamos perdido la capacidad de alegrarnos y lentamente teníamos que volver a aprenderla. En terminología psicológica lo que le sucedía a los prisioneros se denomina “despersonalización”. Todo parecía irreal, misterioso, como un sueño.
  • El cuerpo funciona con menos inhibiciones que la mente, desde el primer momento usó de la libertad recién adquirida y empezó a comer con voracidad.
  • Costaba tiempo y paciencia reconducir a esos hombres a aceptar la verdad lisa y llana de que a nadie le está permitido hacer el mal, ni aun cuando la injusticia se hubiese cebado en él.
  • Otras dos experiencias amenzaban con dañar la personalidad del hombre liberado: la amargura y el desencanto que sufría al retornar a su vida anterior.
  • Un hombre que durante años pensó haber tocado el fondo del sufrimiento se encontraba de repente con que el sufrimiento carecía de límites y que todavía podía sufrir más, y más intensamente.
  • Algunos se encontraron con que nadie les esperaba.
  • Transcurrido el tiempo al volver la vista atrás, les resultaba imposible comprender cómo fueron capaces de soportarlo.
  • Conceptos básicos de logoterapia:
    • El paciente permanece sentado, bien derecho, pero tiene que oír cosas que, a veces, son muy desagradables de escuchar.
    • La primera fuerza motivante del hombre es la lucha por encontrar un sentido a su propia vida y no una “racionalización secundaria” de sus impulsos instintivos.
    • Nunca el hombre se siente impulsado a responder con una pretendida conducta moral; en cada situación concreta decide actuar de una forma determinada.
    • El hombre no necesita realmente vivir sin tensiones, sino esforzarse y luchar por una meta o una misión que le merezca la pena.
    • El vacío existencial es un fenómeno muy extendido en el siglo XX.
    • Schopenhauer: “La humanidad está condenada a oscilar eternamente entre los extremos de la tensión y el aburrimiento”.
    • A veces la frustración de la voluntad de sentido se compensa mediante la voluntad de poder, hasta en su expresión más tosca: la voluntad de tener dinero.
    • En otras ocasiones, el vacío de la voluntad de sentido se rellena con la voluntad de placer.
    • A cada uno le está reservada una precisa misión, un cometido a cumplir.
    • La vida pregunta al hombre, cuestiona al hombre, y éste contesta de una única manera: respondiendo de su propia vida y con su propia vida.
    • la autorrealización por sí misma no puede situarse como meta.
    • La verdadera autorrealización sólo es el efecto profundo del cumplimiento acabado del sentido de la vida. En otras palabras, no se logra a la manera de un fin, más bien como el fruto legítimo de la propia trascendencia.
    • El amor es el único camino para arribar a lo más profundo de la personalidad de un hombre.
    • El valor no reside en el sufrimiento en sí, sino en la actitud frente al sufrimiento.
    • El sufrimiento deja de ser sufrimiento, en cierto modo, en cuanto encuentra un sentido, como suele ser el sacrificio.
    • La preocupación primordial del hombre no es gozar del placer, o evitar el dolor, sino buscarle un sentido a la vida.
    • En los tiempos actuales, los pacientes acuden al psiquiatra con sus problemas humanos, y no con síntomas neuróticos, en tiempos no muy lejanos acudían al sacerdote, al pastor o al rabino; y aún hoy deberían acudir a ellos.
    • ¿Acaso no es concebible la existencia de otra dimensión, de un mundo más allá del mundo del hombre; de un mundo donde la pregunta sobre el sentido último del sufrimiento humano obtenga una respuesta cabal?
    • El miedo provoca aquello que se teme; por otra parte, la hiperintención estorba la realización del efecto que se desea.
    • El pandeterminismo es una enfermedad infecciosa que los educadores nos han inoculado.
    • La libertad no es la última palabra. La libertad es la cara negativa de cualquier fenómeno humano, cuya cara positiva es la responsabilidad.
    • Un psicótico incurable quizá pierda la capacidad para resultar útil, pero conserva la dignidad del ser humano.
    • Si el paciente no fuera más que una máquina cerebral dañada sin posibilidad de reparación estaría plenamente justificada la eutanasia.

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raul

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9 comentarios to “El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl – Apuntes Breves”

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