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Autobiografía de Charles Darwin – Apuntes Breves

Posted by Raul Barral Tamayo en Miércoles, 17 de marzo, 2010


“Un editor alemán me escribió pidiéndome un informe sobre la evolución de mi mente y mi carácter, escribe Darwin, junto con un esbozo autobiográfico, y pensé que el intento podría entretenerme y resultar, quizá, interesante para mis hijos o para mis nietos. […] He intentado escribir el siguiente relato sobre mi propia persona como si yo fuera un difunto que, situado en otro mundo, contempla su existencia retrospectivamente, lo cual tampoco me ha resultado difícil, pues mi vida ha llegado casi a su final”.

No obstante, a los ojos de la familia, y especialmente de su mujer Emma Wedgwood, Darwin escribió estas memorias con demasiada libertad. El autor de El origen de las especies exponía abiertamente sus opiniones sobre amigos y conocidos, y de manera muy particular sobre la religión (el cristianismo le parecía, por ejemplo, «una doctrina detestable»). El texto apareció censurado en su primera edición, y sólo en la década de 1950 se recuperó la versión íntegra, sin recortes, que publicamos ahora en esta Biblioteca Darwin.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • He intentado escribir el siguiente relato sobre mi propia persona como si yo fuera un difunto que, situado en otro mundo, contempla su existencia retrospectivamente.
  • La pasión por coleccionar, que lleva a las personas a ser naturalistas sistemáticos, virtuosos o tacaños, fue en mí muy poderosa y de origen claramente innato.
  • De pequeño era muy dado a inventar falsedades deliberadas, cosa que hacía siempre para suscitar interés.
  • Dudo que la compasión sea una cualidad natural o innata.
  • Nada pudo haber sido peor para mi desarrollo intelectual que el colegio del Dr. Butler, pues era estrictamente clásico y en él sólo se enseñaa un poco de geografía e historia antiguas.
  • Durante toda mi vida he sido singularmente incapaz de dominar cualquier idioma.
  • Mi padre me dijo una vez: “Lo único que te interesa es la caza, los perros y cazar ratas, y vas a ser una desgracia para ti y para toda tu familia”.
  • Cuando un paciente muy enfermo deseaba algún alimento raro y antinatural, mi padre le preguntaba qué le había metido semejante idea en la cabeza; si el paciente le respondía que no lo sabía, le dejaba probarlo, a menudo con buenos resultados, pues confiaba en que tuviese una especie de deseo instintivo; pero si le contestaba que había oído decir que el alimento en cuestión había beneficiado a algún otro, se negaba con firmeza a darle su aprobación.
  • Al volver la vista atrás y contemplar lo mejor que puedo mi personalidad durante mis años escolares, las únicas cualidades que resultaron ser en aquel período muy prometedoras para el futuro fueron mis gustos, fuertes y variados, un gran empeño en todo lo que me interesaba y un placer intenso en comprender cualquier asunto o cosa complicada.
  • Como entonces no abrigaba la menor duda sobre la verdad estricta y literal de cada palabra de la Biblia, no tardé en convencerme de que nuestro credo debía ser aceptado plenamente. Nunca se me ocurrió pensar lo ilógico que era decir que creía en algo que no podía entender y que, de hecho, es ininteligible. Podría haber dicho con total verdad que no tenía deseos de discutir ningún dogma.
  • Habida cuenta de la ferocidad con que he sido atacado por los ortodoxos, parece ridículo que en cierto momento tuviera la intención de hacerme clérigo.
  • En años posteriores he lamentado profundamente no haber ido lo bastante lejos como para entender, al menos, algo de los grande principios rectores de las matemáticas, pues las personas que poseen ese talento parecen estar dotadas de un sentido adicional.
  • Sé que debería sentirme avergonzado de los días y noches perdidos de aquel modo, pero como algunos de mis amigos eran muy agradables y todos nos encontrábamos del mejor humor posible, no puedo evitar contemplar retrospectivamente aquellos tiempos con gran placer.
  • Ninguna de mis dedicaciones en Cambridge fue, ni de lejos, objeto de tanto entusiasmo ni me procuró tanto placer como la de coleccionar escarabajos.
  • Descubrí, aunque de manera inconsciente e irreflexiva, que el placer de observar y razonar era muy superior al de las destrezas y habilidades deportivas.
  • Fui dándome cuenta poco a poco de que el Antiguo Testamento, debido a su versión manifiestamente falsa de la historia del mundo, con su Torre de Babel, el arco iris como signo, etc. etc., y al hecho de atribuir a Dios los sentimientos de un tirano vengativo, no era más de fiar que los libros sagrados de los hindúes o las creencias de cualquier bárbaro.
  • Los seres humanos de aquellas épocas eran ignorantes y crédulos hasta un grado casi incomprensible para nosotros.
  • Por más hermosa que sea la moralidad del Nuevo Testamento, apenas puede negarse que su personalidad depende en parte de la interpretación que hacemos ahora de sus metáforas y alegorías.
  • Me resulta difícil comprender que alguien deba desear que el cristianismo sea verdad, pues, de ser así, el lenguaje liso y llano de la Biblia parece mostrar que las personas que no creen recibirán un castigo eterno. Y ésa es una doctrina detestable.
  • Todo cuanto existe en la naturaleza es resultado de leyes fijas.
  • Según mi criterio, la felicidad prevalece de manera clara en el mundo, aunque se trata de algo muy difícil de demostrar.
  • Todos los seres sensibles han sido formados para gozar de la felicidad.
  • La extrema dificultad, o más bien imposibilidad, de concebir este universo inmenso y maravilloso como resultado de la casualidad o la necesidad ciegas. Al reflexionar así, me siento impulsado a buscar una Primera Causa que posea una mente inteligente análoga en algún grado a la de las personas; y merezco que se me califique de teísta.
  • El misterio del comienzo de todas las cosas nos resulta insoluble; en cuanto a mí, deberé contentarme con seguir siendo un agnóstico.
  • Creo que he actuado de forma correcta al marchar constantemente tras la ciencia y dedicarle mi vida.
  • No siento el remordimiento de haber cometido ningún gran pecado, aunque he lamentado a menudo no haber hecho el bien más directamente a las demás criaturas.
  • He sido muy feliz en mi familia.
  • Sería bueno que los científicos fallecieran a los 60 años, pues con más edad se opondrán, sin duda, a cualquier doctrina nueva.
  • Mientras era joven y fuerte, fui capaz de entablar relaciones muy cálidas, pero en los últimos años, auque aún mantengo sentimientos muy amistosos hacia muchas personas, he perdido la facultad de vincularme a nadie con afecto profundo.
  • Mi principal disfrute y mi única dedicación a lo largo de mi vida ha sido el trabajo científico, y el entusiasmo que me produce me hace olvidar durante un tiempo o aleja de mí por completo mis molestias cotidianas.
  • En la economía de la naturaleza, la descendencia modificada de todas las formas dominantes y en expansión tiende a adaptarse a muchos lugares muy diversificados.
  • El origen de las especies es, sin duda, la obra principal de mi vida. Es un libro difícil.
  • Durante muchos años me atuve a una regla de oro consistente en redactar enseguida y sin falta una nota siempre que me encontraba con un dato publicado o ante una observación o pensamiento nuevos opuestos a mis resultados generales, pues he descubierto por experiencia que esa clase de datos y pensamientos tendían a desaparecer de la memoria mucho más que los favorables.
  • De vez en cuando, sondeé a no pocos naturalistas y jamás topé con ninguno que dudara, al parecer, sobre la permanencia de las especies. Lo que sí creo rigurosamente cierto es que en las mentes de los naturalistas se hallaba almacenado un cúmulo incalculable de datos bien observados dispuestos a ocupar su lugar idóneo en cuanto se explicase suficientemente una teoría que les diera cabida.
  • Mi retraso en publicar Origen desde alrededor de 1839, cuando concebí la teoría con claridad, hasta 1859, me aportó un gran beneficio y no me supuso ninguna pérdida. Sólo se me adelantaron en un punto importante, que mi vanidad me ha hecho lamentar siempre, a saber, la explicación de la presencia de unas mismas especies de plantas y algunos pocos animales en cimas de montañas muy distantes y en las regiones árticas en virtud del período glacial.
  • He sido tratado casi siempre con honradez por todos mis críticos, dejando de lado, por no ser dignos de atención, a quienes no poseían un conocimiento científico.
  • Mis opiniones han sido a menudo burdamente malinterpretadas y acérrimamente combatidas y ridiculizadas, pero, en general, todo ello se ha hecho, según creo, de buena fe.
  • Siempre que he descubierto que había cometido una pifia o que mi trabajo era imperfecto, que se me criticaba con desprecio o, incluso, que se me elogiaba de manera desmedida hasta hacerme sentir azoramiento, nada me ha consolado tanto como decirme cientos de veces: “He trabajado tan duro y tan bien como he podido, y nadie puede hacer más”.
  • Una hipótesis no verificda posee escaso valor, o ninguno.
  • En cuanto me convencí de que las especies eran producciones mutables, no pude evitar creer que el ser humano debía hallarse bajo la misma ley.
  • Sigo teniendo tanta dificultad como siempre para expresarme con claridad y concisión, dificultad que me ha hecho perder mucho tiempo, pero que, como compensación, he tenido la ventaja de obligarme a pensar largo y tendido cualquier frase, lo que me ha llevado a menudo a detectar errores en mi razonamiento y mis observaciones o en los de los demás.
  • Mi inteligencia parece adolecer de una especie de fatalidad que me conduce a formular mis afirmaciones y propuestas de forma equivocada o torpe en un primer momento.
  • Hace años que no puedo soportar leer ni un verso. He perdido casi por completo el gusto por los cuadros o la música.
  • Según mi gusto, una novela no es de primera categoría a menos que contenga algún personaje a quien se pueda amar plenamente; y si es una mujer hermosa, tanto mejor.
  • Si tuviese que volver a vivir de nuevo, me impondría como normal leer algo de poesía y escuchar algo de música al menos una vez por semana, pues es posible que las partes de mi cerebro actualmente atrofiadas pudieran haberse  mantenido activas mediante el uso. La pérdida de esos gustos constituye una pérdida de felicidad y quizá sea nociva para la inteligencia, y más probablemente para el carácter moral, al debilitar la parte emocional de nuestra naturaleza.
  • He oído decir que el éxito de una obra fuera de su país es la mejor prueba de su valor duradero.
  • No poseo una gran rapidez de entendimiento o de ingenio. Por tanto, soy un mal crítico: cuando leo por primera vez un artículo o un libro, suscitan mi admiración y no percibo sus puntos débiles hasta después de una considerable reflexión.
  • Mi capacidad para el pensamiento prolongado y puramente abstracto es muy limitada.
  • Mi memoria es amplia pero imprecisa. En un sentido concreto, tengo una memoria tan mala que nunca he conseguido recordar más de unos pocos días una fecha concreta o un verso.
  • Pienso que soy superior al común de los mortales para percatarme de cosas que no atraen fácilmente la atención y observarlas con cuidado.
  • Mi diligencia en observar y recabar datos ha sido casi todo lo grande que podía ser.
  • Desde mi primera juventud he experimentado un deseo fortísimo de entender o explicar todo cuanto observaba.
  • Tengo la paciencia para reflexionar o sopesar durante varios años cualquier problema inexplicado.
  • Me he esforzado constantemente por mantener mi mente libre, hasta el punto de abandonar, por más que la apreciera, cualquier hipótesis en cuanto se demostraba que los hechos la contradecían.
  • No soy muy escéptico; ésta es una actitud intelectual que considero nociva para el progreso de la ciencia. No obstante, en los científicos es aconsejable una buena dosis de escepticismo para evitar muchas pérdidas de tiempo.
  • Mi éxito como hombre de ciencia ha estado determinado por el amor a la ciencia, una paciencia sin límites al reflexionar largamente sobre cualquier asunto, la diligencia en la observación y recogida de datos y una buena dosis de imaginación y sentido común.
  • Es verdaderamente sorprendente que, con capacidades tan modestas como las mías, haya llegado a influir de tal manera y en una medida considerable en las convicciones de los científicos sobre algunos puntos importantes.

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raul

3 comentarios to “Autobiografía de Charles Darwin – Apuntes Breves”

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