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Yo, Comandante de Auschwitz de Rudolf Höss – Apuntes Breves

Posted by Raul Barral Tamayo en Lunes, 27 de diciembre, 2010


Yo, comandante de Auschwitz es el autorretrato de uno de los personajes más monstruosos de todos los tiempos: Rudolf Höss, el hombre que seguramente más supo sobre el modo en que los nazis intentaron llevar a cabo la así llamada “solución final”.

Capturado por los ingleses al finalizar la guerra. En prisión se le exigió que escribiera estas memorias, tarea con la que al parecer disfrutó y que acometió con la mayor sinceridad. Höss fue sentenciado a muerte y ahorcado en Auschwitz.

Rudolf Höss (1900 – 1947) fue nombrado comandante del campo de Auschwitz, donde organizó los asesinatos en masa desde 1940 hasta finales de 1943. Al finalizar la guerra huyó disfrazado, pero la Policía Militar británica lo capturó en marzo de 1946, y fue conducido a Nuremberg. En el transcurso del juicio, los prisioneros supervivientes que testificaron contra él lo definieron como una persona acostumbrada a desenvolverse con frialdad y desapasionamiento. Sus memorias, que aquí presentamos, fueron redactadas en la prisión de Cracovia mientras esperaba a ser procesado.  El 2 de abril de 1947 fue condenado a muerte, y se tomó la sentencia con aparente indiferencia. Lo ahorcaron en el antiguo campo de concentración de Auschwitz, días más tarde.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Desde la infancia me inculcaron un profundo sentido del deber: toda orden de mis mayores debía cumplirse a conciencia y de manera exacta.
  • La capacidad para comandar hombres no depende de los galones sino de las aptitudes personales, y la calma fría e inquebrantable del oficial de mando resulta decisiva en situaciones complicadas.
  • Durante su estancia en prisión, todos esos criminales recibían auténticas lecciones en lo referente a su oficio. Los jóvenes, o “novatos”, eran iniciados en los secretos de la profesión por los mayores, que se reservaban los trucos más difíciles. Los viejos cobraban por dichas clases, caro y de las formas más diversas.
  • La homosexualidad estaba muy extendida, así que los prisioneros más jóvenes y agraciados eran causa de intrigas y de acerbas rivalidades.
  • La homosexualidad, tan difundida en las cárceles, sólo raras veces es una inclinación innata, una predisposición malsana. En la mayor parte de los casos se trata de hombres dotados de un fuerte instinto sexual que, ante la imposibilidad de satisfacerlo, se sienten empujados al vicio.
  • El auténtico criminal, por disposición natural o por vocación, ha renunciado definitivamente a la comunidad de los ciudadanos.
  • Estoy convencido de que muchos prisioneros habrían conseguido redimirse si las autoridades penitenciarias se hubieran mostrado más humanas y menos burocráticas.
  • Las noticias falsas son el elixir vital de una prisión, se difunden con la rapidez del relámpago. En su aislamiento, el preso está dispuesto a admitir cualquier cosa.
  • Mis largos años de aislamiento en la celda una prisión me ayudaron a comprender que sólo me atraía una cosa: llegar a tener una granja con la que alimentar y asegurar una existencia sana a una familia numerosa. Ese proyecto se convirtió en el objetivo de mi existencia.
  • Tras muchas dudas y reflexiones tomé la decisión de unirme activamente a las SS. Yo sólo esperaba convertirme nuevamente en soldado, reemprender mi carrera militar. Cuando hoy pienso en todo ello, debo confesar que lamento profundamente dicha decisión.
  • Nadie puede adivinar su propio destino o saber cuál es el camino correcto y cuál no.
  • Siendo comandante del campo y, por lo tanto, responsable de ordenar la aplicación del castigo corporal, muy rara vez presencié su cumplimiento. Nunca autoricé sin meditarlo cuidadosamente la aplicación de esta forma de castigo.
  • En las tropas había no pocos miembros de las SS que consideraban el apaleamiento un espectáculo atractivo, una especie de fiesta popular. Yo no era uno de ellos.
  • En las filas de las SS no había lugar para los “blandos”, que harían mejor retirándose a un convento. Se necesitaban hombres duros y decididos; no en vano iban siempre armados y llevaban la calavera en la gorra.
  • Los guardias encargados de la custodia se dividen en tres categorías, ya se trate de una cárcel para presos preventivos, un penal o un campo de concentración. La primera categoría la constituyen los malvados, los malintencionados, los individuos crueles y brutales, que consideran al recluso un objeto sobre el que ejercer sus inclinaciones perversas, descargando su furia o su complejo de inferioridad sin hallar la menor resistencia. La segunda categoría, a la cual pertenece la mayoría de los guardias, está constituida por los indiferentes, los que cumplen con su deber en la medida en que es imprescindible hacerlo, con mayor o menor celo. Existe, por fin, una tercera categoría, formada por hombres comprensivos y benévolos por naturaleza, capaces de sentir piedad por quienes sufren.
  • En términos generales, la mezcla de disciplina, buena voluntad y comprensión proporciona al interno cierta seguridad.
  • Todo recluso procura mejorar su suerte y hacer más tolerables sus condiciones de vida, para lo cual se aprovecha de la indulgencia que pueda manifestarse hacia él.
  • La vida de los prisioneros depende de la disposición y la actitud de los celadores, a pesar de todas las normas y reglamentos.
  • Sólo me sentía satisfecho conmigo mismo después de hacer bien mi trabajo, y nunca he exigido a mis subordinados más de lo que yo mismo habría hecho.
  • La “doctrina del odio” de Eicke explica todos los malos tratos y torturas infligidos a los internados de los campos de concentración.
  • En mi fuero interno me sentía demasiado solidario con los reclusos, ya que durante mucho tiempo también yo había vivido su triste experiencia.
  • Debería haberme presentado ante Eicke o el Reichsführer de las SS y declarar que no me consideraba apto para servir en un campo de concentración, ya que me identificaba demasiado con los prisioneros. Sin embargo, no tuve el valor de hacerlo, pues no quería descubrir mi estado de ánimo y confesar mi debilidad, y era demasiado obstinado para reconocer abiertamente que me había equivocado al renunciar a mis actividades agrícolas.
  • Como nacionalsocialista viejo, estaba firmemente convencido de la necesidad de los campos de concentración. Había que poner bajo severa custodia a los enemigos del Estado.
  • Me había sometido a lo inevitable, pero no deseaba permanecer indiferente al sufrimiento humano.
  • La tarea más importante que incumbió a los SS durante la guerra fue la de proteger al Estado de Adolf Hitler contra todo peligro, en especial los procedentes del interior. Todo enemigo del Estado que osara levantar la cabeza, todo aquel que intentase sabotear el esfuerzo de guerra, debía ser aniquilado.
  • ¡Cuántas veces tuve que esforzarme por aquel entonces para parecer duro e implacable!
  • Tanto Eicke como el propio Himmler dijeron en varias ocasiones que la fe ciega de los Testigos de Jehová podía servir de modelo a las SS, cuyos miembros debían dar muestras de un fanatismo acérrimo en su adhesión a Hitler y el nacionalsocialismo
  • Por más que el comandante imparta las órdenes destinadas a organizar la vida de los reclusos, la manera en que se ejecutan sus órdenes depende del schutzhaftlagerführer y el rapportführer; en ese sentido, el comandante está enteramente a merced de su buena voluntad y comprensión.
  • Sé perfectamente hasta qué punto era fácil para los administradores de un campo malinterpretar las órdenes del comandante e incluso actuar en sentido contrario, sin que las autoridades lo notaran.
  • Una resistencia activa se quebranta fácilmente; en cambio, ocurre todo lo contrario con una resistencia pasiva, imperceptible, contra la cual no hay ningún recurso, ni siquiera la lucha encarnizada.
  • Antes de la guerra, los campos de concentración sólo habían servido para consolidar la seguridad del Estado. Sin embargo, desde el principio de las hostilidades, el Reichsführer asignó a los campos de concentración un papel totalmente distinto: eran el medio para obtener la mano de obra necesaria.
  • El egoísmo feroz no se manifiesta en parte alguna con más brutalidad que en la prisión.
  • Con mád claridad que en ningún otro lugar, la prisión hace aflorar la verdadera naturaleza humana. El hombre se deshace de todo lo que no pertenece a su verdadera naturaleza, de todo aquello que la educación y las costumbres le an inculcado.
  • En Auschwitz, nada era más fácil que escuchar la radio: no faltaban receptores. Incluso en mi propia casa se escuchaban los boletines enemigos.
  • La antigua máxima del Imperio Británico, “¡Divide y vencerás!”, también era válida para la dirección de un campo de concentración.
  • Los casos de canibalismo no eran raros en Bikernau.
  • Ya no eran hombres; se habían transformado en bestias que sólo pensaban en comer.
  • En esa época los judíos tenían la posibilidad de emigrar con sólo obtener la visa de entrada en cualquier país extranjero. Para ellos era sólo cuestión de tiempo, dinero o relaciones con el exterior.
  • Nunca sentí odio hacia los judíos. Aunque los consideraba enemigos de nuestro pueblo, insistía en tratarlos como a los demás reclusos, sin establecer ninguna distinción entre ellos.
  • Al igual que la homosexualidad en los campos masculinos, el lesbianismo causaba estragos en los campos de mujeres. Ni los castigos más severos, a cargo de comandos de represalia, podían impedir esas prácticas.
  • En Auschwitz, la vigilancia de los comandos exteriores siempre planteaba problemas debido a la gran cantidad de reclusos. Nunca había suficientes tropas.
  • La utilización de procesos mecánicos y el empleo de animales nada pueden contra la inteligencia humana.
  • En calidad de Reichsführer SS, Himmler era “intocable”: las órdenes que daba en nombre del Führer eran sagradas. No admitían contemplaciones, objeciones ni interpretaciones. Se ejecutaban sin piedad y sin atender a las consecuencias.
  • Antes de que empezara el exterminio masivo de los judíos, en casi todos los campos de concentración se procedería, entre 1941 y 1942, a la liquidación de los instructores políticos y los comisarios políticos soviéticos.
  • Siempre me acusaron de no haberme negado a cumplir las órdenes de exterminio y de haber participado en esa horrible matanza de mujere y niños. Mi respuesta ya la he dado ante el tribuanl de Núremberg: ¿qué habría pasado a un jefe de escuadrilla que se hubiese negado a lanzar un ataque contra una ciudad porque sabía, a ciencia cierta, que no había en ella ninguna empresa de armamento, ninguna instalación militar importante, y que las bombas matarían, sobre todo, a mujeres y niños? Evidentemente, lo habrían llevado ante un consejo de guerra. No se ha querido admitir esta comparación, pero considero que ambas situaciones son idénticas.
  • Los miembros del Waffen SS éramos tan soldados comos los de los otros tres ejércitos de la Wehrmacht.
  • Ni el hombre más enérgico y autoritario habría podido sustraerse a las consecuencias del estado de guerra y la implacable voluntad de Himmler.
  • Yo siempre llevaba conmigo un frasco de veneno y pensaba utilizarlo llegado el momento.
  • El 11 de marzo de 1946, a las onche de la nochem vinieron a arrestarme. Dos días antes se me había roto el frasco de veneno.
  • Como en el pasado, me mantengo fiel a la filosofía del partido nacionalsocialista. Cuando se ha adoptado una idea hace venticinco años, cuando se está vinculado a ella en cuerpo y en alma, no se renuncia porque aquellos que debían materializarla hayan cometido errores y actos criminales que han levantado contra ellos al mundo entero y hundido en la miseria al pueblo alemán durante décadas.
  • Estoy firmemente convencido de que las guerras son inevitables y de que en el futuro volverán a producirse.
  • Creo que un enemigo serio puede ser desarmado si se le oponen principios mejores que los suyos.
  • Reconozco que el exterminio de judíos constituía un error, un error total. Este aniquilamiento en masa ha despertado el odio del mundo entero contra Alemania. De nada sirvió a la causa antisemita; por el contrario, permitió a la judería acercarse a su objetivo final.
  • Jamás he maltratado a un recluso, ni matado a ninguno de ellos con mis propias manos, como tampoco he tolerado los abusos de mis subordinados.
  • Nunca fui cruel y no he maltratado a nadie.
  • Muchas cosas ocurrieron en Auschwitz de las cuales nunca supe nada; de lo contrario, no las habría tolerado ni aprobado.
  • Jamás habría accedido a revelar mis pensamientos más íntimos, más secretos, exhibiendo desde mi “yo”, de no haber sido tratado con tanta comprensión, tanta humanidad. Para responder a esta actitud, debía contribuir, en la medida de lo posible, a aclara algunos puntos oscuros.
  • Respecto a que el gran público continúe considerándome una bestia feroz, un sádico cruel, el asesino de millones de seres humanos: las masas no podrán tener otra imagen del ex comandante de Auschwitz. Nunca comprenderán que yo también tenía corazón.

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Altamente recomendable su lectura, aunque en repetidas ocasiones ves que está mintiendo descaradamente otras muchas cosas te dan que pensar, al fin y al cabo eran personas. Aunque después de todo la manipulación que haya podido sufrir el texto mas el contexto en el que fue escrito te puede hacer dudar de cada palabra escrita en él.

raul

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6 comentarios to “Yo, Comandante de Auschwitz de Rudolf Höss – Apuntes Breves”

  1. […] Yo, Comandante de Auschwitz de Rudolf Höss. […]

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