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Más fuerte que el odio de Tim Guénard – Apuntes Breves

Posted by Raul Barral Tamayo en Lunes, 5 de septiembre, 2011


Su nombre es Tim Guénard y este libro es el relato de su vida. Ha necesitado años de silencio y de amor para poder decirlo casi todo. Ha vivido lo que cuenta en estas páginas. Este libro no es pues una novela, sino el vigoroso testimonio (crudo, enternecedor) de una vida herida por un destino terrible.

Tim fue un niño con el corazón y el rostro destrozados. Un patito feo. A los 3 años, su madre le ata a un poste de la electricidad y lo abandona en medio del bosque. A los 5, su padre le propina una brutal paliza, que lo desfigura. Atendido en el hospital en el que ha ingresado para iniciar una larga reeducación, apenas sabe hablar. A los siete años, entra en un orfanato, sufre el maltrato institucional, el desprecio, el aislamiento afectivo y acaba en la “casa de los locos”.

En el reformatorio, aprende a pelearse. En un mundo gobernado por la humillación, su violencia se convertirá en su único orgullo; la venganza, en su única dignidad. Sólo el odio le mantiene en pie. Tiene doce años, y la fatalidad le arrastrará a la fuga, al robo, a la pelea, a la violación y a la prostitución. Carne de cañón.

Sin embargo, diversos factores determinantes de la resiliencia (el encuentro con algunas personas con las que establece un fuerte vínculo afectivo, la sensibilidad artística y una innata capacidad de superación, el amor y el perdón) detendrán la rueda de este viaje en caída libre hacia la nada.

Hoy es un hombre feliz, un resiliente, un espléndido y hermoso cisne: “El hombre es libre de alterar por completo su destino para lo mejor o para lo peor. Yo, hijo de alcohólico, niño abandonado, he hecho errar el golpe a la fatalidad. He hecho mentir a la genética. Ése es mi orgullo”.

Tim Guénard tiene 40 años, está casado y es padre de cuatro hijos. Apicultor y auxiliar del Tour de Francia, vive en el sudeste francés, cerca de Lourdes, lugar en el que acoge, junto con su mujer, a personas con dificultades.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Este libro es para aquellos que arrastran una memoria herida, para quienes no logran perdonar, para quienes sufren y claman por una esperanza.
  • Los golpes más violentos los he recibido de quien debería haberme tomado de la mano y decirme “te quiero”.
  • He sobrevivido gracias a tres sueños: lograr que me expulsaran del correccional; convertirme en jefe de pandilla; matar a mi padre.
  • Durante años, la llama de la venganza me hizo vivir.
  • En la prisión de mi odio me visitaron personas habitadas por el Amor e hicieron que me arrodillara en el corazón.
  • El hombre es libre de alterar por completo su destino para lo mejor o para lo peor.
  • Yo, hijo de alchólico, niño abandonado, he hecho marrar el golpe a la fatalidad. He hecho mentir a la genética. Ese es mi orgullo.
  • Mi memoria herida fue más difícil de domar que un pura sangre salvaje.
  • Siempre he creído en el milagro. Esa esperanza que nunca me ha faltado, ni siquiera en lo más negro de la noche, se la deseo hoy a todo el mundo.
  • Sólo temo un abismo, el más aterrador, el del odio hacia uno mismo.
  • Para ser un hombre se necesitan cojones. Para ser un hombre de amor hay que tenerlos aún más grandes.
  • Doy fe de que el perdón es el acto más difícil de plantear. El más digno del hombre. Mi combate más hermoso.
  • El miedo es un trépano. Penetra en el cuerpo, en el corazón, en el alma, perfora y traspasa cada una de las células.
  • No se elige tener o no tener miedo. Surge de improvisto y se te aferra a la garganta.
  • Esa noche empiezo a cerrar las compuertas de mi corazón y el grifo de mis lágrimas. Si no quiero morir o volverme loco, tengo que endurecerme.
  • No estoy loco. Esta certidumbre, en lo más hondo de mí mismo, me salva de la demencia.
  • Sólo sueño con un beso, con un abrazo. No espero más que una mano en la que poder deslizar la mía y una mirada tierna que sonría.
  • Lo que más me indigna es que esta indecente buena mujer se llama a sí misma cristiana.
  • Un chaval que no viene de ninguna parte y que no pertenece a nadie siempre  es culpable, sobre todo cuando las cosas se tuercen.
  • Mi jeta partida de niño apaleado no le cae simpática a nadie, ni a los educadores, ni a los jóvenes de mi condición. No le resulto agradable a nadie. La rabia va subiendo en mi interior, pero el miedo es aún más fuerte.
  • Un día, a media mañana, sin previo aviso, me convierto en aquello de lo que me acusan: una mala cabeza. La bola de odio sale de mí.
  • La venganza es un plato que se toma frío.
  • Mis diques interiores han saltado en pedazos. Recibo cursos acelerados de destrucción. Me vuelvo temible. A partir ahora, noto como sube la violencia. No temo ni su impalpable aumento de potencia ni su explosión. Ya no la temo.
  • Descubro que con 12 años, he vivido ya lo que un tío de 20, en circunstancias normales, no tendrá sin duda que afrontar jamás.
  • Es duro soportar sobre los frágiles hombros el chasco cotidiano de la violencia cuando lo que uno desearía es verse envuelto en un manto de ternura.
  • Me importa poco el precio que deba pagar. Juro convertirme en el primero en ser expulsado de un correccional. Mi vida tiene por fin un objetivo.
  • Se presentan dos soluciones: o bien obedezco al sistema hasta ser finalmente destruido o bien reacciono contra la injusticia y la incomprensión. Opto por la rebelión.
  • ¿Puede el hombre modificar su destino? El niño sin familia ni se plantea la pregunta. Responde con su vida, con su rabia y su desesperación. Y finalmente modifica su destino.
  • Atreverse a ser diferente, en el infierno, es esquiar en zona de avalanchas: o pasas o te quedas.
  • Quien no cuenta para nadie no se echa las manos a la cabeza cuando cae. No se lamenta, no se deshace en lágrimas. Se levanta y sigue, impulsado por una violencia nueva.
  • El mejor modo de no pasarlo mal, es no amar.
  • Un hermano de penalidades me dijo una noche que París es un sitio inmenso y que es un sitio en el que uno puede esconderse.
  • Me lleva cinco días encontrar ese gesto que un animal conoce por instinto: colocar la cabeza lo más cerca posible de los cataplines y resollar en ellos, como un recuperador de calor.
  • No existe ninguna guía del Trotamundos para vivir gratis en la calle.
  • Me muero de hambre. No puedo ponerme a pedir por mi edad. Aprendo a robar, por necesidad. A partir de ese día me convierto en un ratero. Me vuelvo un adicto a la adrenalina. El miedo es un fraternal enemigo.
  • Durante mi extraña infancia, el miedo va a sustituir a mi madre.
  • El miedo me enseña a observar y ejercita mi memoria. Sin esta droga, mi vida sería oscura, sosa, repetitiva. Cuando está falta de sentido, la vida necesita sal.
  • La libertad cuesta cara.
  • La amargura te traspasa, imperceptiblemente, al ver todo lo que te resulta imposible vivir y todo lo que te está vedado poseer.
  • Grité hacia un ser todopoderoso, para que viniese a librarme del horror. No vino. Nadie vino.
  • Me gustaría encontrar un adulto, un tutor junto al cual poder crecer.
  • El mundo de los adultos se me aparece como un suelo sobre el que uno cree poder andar, pero que revela estar podrido, carcomido por las termitas de la mentira y el vicio.
  • El incentivo de la pasta, la espiral de querer siempre más, y la ebriedad de la adrenalina adormecen el sentido común y la prudencia.
  • No he descubierto en la calle más que la inquietud y la soledad, una innoble violencia oculta bajo la hipocresía de una mano tendida, la ley de la selva.
  • He tropezado con demasiados jueces y con demasiados educadores que catalogan, que minan la moral, que te parten por el medio, que deshacen los cimientos que aún puedan quedarte.
  • Para un delincuente, las primeras muestras de humanidad le llegan a menudo por los polis, los gendarmes, los jueces, los educadores.
  • Quienes castigan pueden estar fomentando que la gente acabe en la prisión preventiva.
  • Hasta las mejores cosas tienen un final. Son las malas las que no terminan nunca.
  • Me juro interiormente que siempre intentaré superar la primera impresión negativa que alguien pueda darme y penetrar hasta su corazón. Los demás siempre valen más que la etiqueta que les adjudicamos.
  • Reparto, al azar de los encuentros, por pura venganza, rodillazos y cabezazos a los que tienen la desgracia de curzarse conmigo por la calle. Eso me libera de mi soledad. Al menos, me miran, me insultan, corren para intentar cogerme, se interesan por mí.
  • Con el pretexto de hacer un bien, el mito del niño de la Beneficiencia es una presa fácil para los aprovechados.
  • Para mí, niño de la calle, el boxeo es un regalo extraordinario.
  • El boxeo es una escuela de ternura, de atención y de humildad. Después del combate, el vencido acepta el veredicto y el vencedor levanta al vencido.
  • El boxeo no es suficiente para drenar toda mi violencia.
  • Yo grité pidiendo ayuda. Nadie respondió. Clasifiqué a Dios entre los abonados ausentes.
  • No soy más que un gamberro desgraciado, sería un tonto si no aprovechara las ocasiones que  se presentan de que algo me haga bien.
  • Siempre habré de poner a prueba a todos mis futuros amigos para comprobar, descartar y no cargarme de monedas falsas.
  • Es imposible reconstruir mi vida sobre los “valores” que me han permitido sobrevivir: la venganza, la desconfianza, la violencia …
  • Vengo de la nada y no tengo más que noche en mi corazón.
  • Son los hombres y sus formas de vivir lo que plantea preguntas. No las ideas.
  • Sólo los actos pueden invertir el engranaje de la violencia. Actos de paz, gestos de amor hechos de verdad.
  • La generosidad que no espera nada a cambio desconecta la cólera y desactiva la bomba de la venganza.
  • El afecto puro, gratuito, es la poción mágica contra la violencia, contra la ira, contra la rebelión.
  • Nunca hay que decirle que no a un regalo, eso puede bloquear la generosidad del otro. Eso puede impedirle crecer, puede desanimarle.
  • El amor es un bumerán: recibes mucho más de lo que das. Saber recibir es tan importante como saber dar.
  • Yo padezco otra discapacidad. Lo que está torcido es mi infancia, no mi cuerpo.
  • Voy a amar a los demás como me gustaría que me amaran. Voy a mirar a los demás como me gustaría que mirasen a mí.
  • Decido no seguir escuchando los sermones de las personas que siempre lo saben todo ni las jilipolladas de los que siembran la desesperación.
  • Amar es creer que todas las personas heridas en su memoria, en su corazón o en su cuerpo, pueden transformar su herida en fuente de vida. Amar es depositar expectativas en el otro e inocularle el virus de la esperanza.
  • El regalo más hemoso que un hombre puede dar a una mujer: el respeto.
  • La pobreza no es únicamente material, se sufren de manera más intensa y menos visible algunas miserias afectivas y espirituales.
  • Hoy soy un hombre feliz. Doy gracias por este pasado. Me ha dado este presente, una imprevista vida de ternura.
  • Dios se vale de nuestro pasado como si fuera estiércol para nuestras vidas. Para hacernos crecer.
  • Si dejas la cabeza en tu pasado, un pasado aún demasiado caliente, te asfixia. Hay que dejarlo reposar. Poco a poco, se descompone en nosotros lo que está mal por la accion del tiempo y de la gracia.
  • No se puede ser hoy sin haber sido ayer.
  • Quienquiera que seas, cualesquiera que sean tus heridas y tu doloros pasado, nunca olvides, en tu memotia magullada, que te espera una eternidad de amor.
  • Busco algo positivo en mi padre. Y lo encuentro. Me doy cuenta de que gracias a él me he convertido en campeón de boxeo. Le debo en parte la felicidad de la que hoy en día disfruto.
  • Mi padre no tuvo la suerte de tener una mujer como la mía ni amigos como los que a mí me han sido concedidos.
  • El corazón puede conceder un perdón que la boca debe a veces retener.
  • La bendición de las lágrimas nos hace pequeños, enternece nuestro corazón y borra todo lo que en él pueda ser duro y cerrado.
  • El perdón no es una varita mágica. Existe un querer perdonar y un poder perdonar: a veces se quiere perdonar pero no se puede.
  • El perdón de la memoria no es precisamente el más sencillo. Exige mucho tiempo.
  • Perdonar no es olvidar. Es aceptar vivir en paz con la ofensa.
  • Para perdonar, es preciso recordar. No hay que esconder la herida, enterrarla, sino, al contrario, exponerla al aire, a la luz del día. Una herida escondida se infecta y destila su veneno. Es preciso que se la vea, que se la escuche, para poder convertirse en fuente de vida.
  • Yo doy fe de que no hay herida que no pueda ir cicatrizando lentamente gracias al amor.
  • Hasta la edad de 16 años, soñé furiosamente que mi madre venía a recogerme.
  • Hay palabras más violentas que los puñetazos. Las palabras del veneno de la desesperanza, de la fatalidad.
  • Hoy lucho para ser un buen padre, un buen marido y un buen hijo … de Dios Padre.

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5 comentarios to “Más fuerte que el odio de Tim Guénard – Apuntes Breves”

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