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El hombre, un lobo para el hombre de Janusz Bardach – Apuntes Breves

Posted by Raul Barral Tamayo en Lunes, 5 de marzo, 2012


Copyright © 1998 por Janusz Bardach & Kathleen Gleeson.

Entre 1939 y 1940, tras la división de los territorios del este de Europa entre la Unión Soviética y la Alemania nazi que siguió al Pacto Ribbentrop-Mólotov, el pueblo polaco de Volodímir-Volinski en el que vivía Janusz Bardach quedó bajo poder soviético.

Después de ser llamado a filas para cumplir con el servicio militar, Bardach se incorporó a una unidad de carros de combate.

Cuando al inicio de la invasión nazi de la Unión Soviética el tanque que conducía volcó, un compañero le acusó de haber provocado el incidente; aunque fue condenado a muerte, consiguió rebajar su condena a diez años de trabajos forzados y fue enviado a Kolimá (Siberia).

El hombre, un lobo para el hombre relata el periplo de Bardach por el Gulag soviético hasta llegar a Kolimá y sus experiencias como leñador, minero y finalmente enfermero en un campo de trabajo.

Pero el libro es más que la narración de los sufrimientos a los que tuvo que hacer frente, es también una reflexión sobre la voluntad de supervivencia y sobre cómo preservar la humanidad cuando no hay rastro de humanidad alrededor.

Tras su publicación en el año 1998 fue inmediatamente reconocido como un testimonio fundamental del Gulag soviético.

Janusz Bardach (1919-2002) nació en la ciudad de Odesa, hoy en día Ucrania, en el seno de una familia de intelectuales que se instaló en Polonia al poco tiempo de su nacimiento. En julio de 1940 se alistó en el Ejército Rojo; pocos meses después, cuando los nazis invadieron la Unión Soviética, volcó el tanque que conducía, motivo por el que fue sentenciado a muerte acusado de sabotaje. Gracias a un agente de la NKVD que era amigo de la familia logró conmutar su condena por diez años de trabajos forzados. En el Gulag de Kolimá trabajó como leñador y minero, y más tarde consiguió incorporarse a los servicios médicos de los campos atenuando así las condiciones de su cautiverio. En 1945 fue liberado y se estableció en Polonia, donde completó sus estudios médicos y se especializó en cirugía plástica. En 1969 viajó a Estados Unidos y poco tiempo más tarde consiguió que su mujer y su hija pudieran establecerse allí con él. Después de una exitosa carrera como cirujano plástico maxilofacial y catedrático de Medicina en la Universidad de Iowa, decidió escribir sus memorias con la ayuda de la escritora Kathleen Gleeson.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Desde mediados de los años treinta, la ideología nazi había cruzado la frontera y ya formaba parte del tejido de la vida cotidiana.
  • Me encantaba pararme cerca de las vías y sentir cómo los trenes pasaban a toda prisa por delante de mí: parecían venir de ninguna parte y desaparecer en la eternidad.
  • Los primeros signos de un verdadero estilo de vida soviético fueron la escasez de alimentos y las largas colas en panaderías, carnicerías y tiendas de comida, escenas nunca antes vistas en Polonia.
  • Para mí, Stalin era el gran líder progresista de la humanidad, y la justicia social con la que yo tanto soñé se alcanzaría con la nueva sociedad.
  • Dmitri Roshenko: “No entiendes la esencia del capitalismo. Quienquiera que explote a otro y adquiera riquezas se convertirá, si no lo es ya, en capitalista y enemigo de la clase trabajadora”.
  • “El Partido Comunista Polaco no existe. Los miembros de vuestro politburó fueron declarados traidores y ejecutados en Moscú en 1937. Vuestro partido fue disuelto por orden directa de Stalin. Si aún eres miembro del Partido Comunista Polaco, entonces, también eres un traidor”.
  • No existía la ley en aquel tiempo de terror, porque no existía Polonia.
  • En cuanto ex ciudadano polaco, aún se me consideraba extranjero y, por consiguiente, poco fidedigno y sospechosos de analfabetismo político.
  • En el ejército todo era secreto. No se nos permitía llevarnos nada de las aulas.
  • No había cabida para el humor cuando se trataba del liderazgo del Partido, el Estado o el mando militar. Sólo se permitían bromas de sexo o sobre borracheras.
  • Debes aprender a mantener la boca cerrada. Los ex ciudadanos polacos son automáticamente sospechosos de ser poco fiables y hostiles al sistema soviético. No deberías hablar con nadie de política, incluso si tus opiniones son positivas.
  • Los límites de la conversación permisible eran demasiado estrechos. Comenzaba a sentir claustrofobia, como si todo fuera una trampa y tuviera que estar en guardia en todo momento.
  • Iván: “Me pidieron que los mantuviera informado sobre ti. No hables con nadie de nada relacionado con la política. Habla de deportes, chicas o bebidas, pero la política le está vedada a todo el mundo, y en especial a tí. No confíes absolutamente en nadie, ni siquiera en mí”.
  • Iván: “Estira la información todo lo que puedas. Te presionarán, pero es la única manera de tratar con ellos. No firmes nada. Diles sólo tonterias”.
  • Nikitin: “Tus amigos son lobos siberianos. Nunca he sido amigo tuyo. Ayer me pediste que abandonara el tanque y escapara contigo al territorio ocupado por los nazis, a tu pueblo de Ucrania Occidental. Eres polaco. No eres de los nuestros. ¡Eres un traido!”.
  • En un consejo de guerra hay sólo dos sentencias: culpable, que significa una condena, o inocente, que significa ser enviado al frente, donde las posibilidades de que te maten los nazis son casi del cien por cien. Puede que ir a prisión te salve la vida.
  • Durante los años de las grandes purgas, nadie estaba por encima de la sospecha de colaborar con los enemigos del régimen estalinista.
  • “No retroceder” era la consigna de Stalin, y quería decir defender hasta la muerte sin replegarse nunca.
  • Al cabo de diez días, todo y todos estábamos mugrientos.
  • Yo nunca había realizado trabajos físicos pesados, y la idea de hacerlo durante diez años era aterradora.
  • No hay bondad en los corazones de la gente. La gente es cruel y despiadada, está llena de odio.
  • Yo no sabía nada sobre la homosexualidad en la Union Soviética, salvo que era castigada con al menos cinco años de prisión, algo que nos repetían con insistencia en el Ejército Rojo.
  • Apenas podía creer que los prisioneros tuvieran deseos sexuales. Los míos habían desaparecido en el momento de mi arresto, y los creía extinguidos para siempre.
  • Cheloverk cheloveku volk: “El hombre, un lobo para el hombre”. De niño, mi madre me había enseñado aquella frase. Ahora me calaba en el fondo del alma cada día y cada hora.
  • Por momentos me parecía que sería capaz de comer cualquier cosa, aprendí de los prisioneros más experimentados cómo calmar un hambre tan intensa: arrancaban hierbajos y masticaban las raíces.
  • Poco a poco me fui dando cuenta de que cualquier cosa masticable creaba la ilusión de estar comiendo.
  • Cuando uno tiene sed, no sabe cuándo dejar de beber; cuanto tiene hambre, no sabe cuándo dejar de comer.
  • Nunca hay justicia para todos.
  • Yo era capaz de identificar a un judío en cualquier parte. Había aprendido a hacerlo en Polonia, donde los judíos debían reconocerse unos a otros por motivos de seguridad y supervivencia. Yo estaba atento, no al cabello y ojos negros característicos, sino a cierta mirada perspicaz e inquisitiva y a una apariencia de calma externa mezclada con nerviosismo interno.
  • Yo nunca iba a olvidar la paliza que me habían dado después de mi intento de evasión.
  • Aleksi Mitrofánov: “Cuando llegaron, los traté como a mis propios hijos. Y me traicionaron. Sólo un judío haría eso”.
  • La creencia de Stalin de que ningún enemigo del pueblo actuaba solo era bien conocida. “Donde hay uno, hay muchos”, le gustaba decir, “Hay que desenmascarar conspiraciones continuamente”.
  • Se despreciaba más a los socialistas que a los miembros de partidos de derechas, pues Stalin temía que los primeros convencieran al proletariado de dar la espalda al comunismo.
  • Se arrestaba al azar a muchas personas ciegamente dedicadas al régimen, así como a otras que no sabían nada de política, tan sólo para perpetuar el terror y la paranoia. Aquél era el principal modo que tenía Stalin de mantener a los ciudadanos bajo control.
  • Doctor Semiónov: “¿Cómo es posible que la gente llegue a estar tan adoctrinada y tan deshumanizada como para querer hacer carrera arruinando las vidas de personas inocentes?”.
  • Una montaña no puede encontrar a una montaña, pero un hombre puede encontrar a un hombre en cualquier momento y en cualquier lugar.
  • Ígor: “Eso no son hombres, son animales. Bestias salvajes. Mis hombres y yo somos criminales, pero no asesinos. Nunca he violado a una mujer. Nunca le he levantado la mano a ninguna. Esos animales no escucharán a nadie más que a sus pollas”.
  • Aunque Kolimá era uno de los lugares más ricos en recursos naturales, sobre todo en oro, el medio y el clima hostiles no fomentaron la explotación organizada o los asentamientos hasta 1931.
  • El hambre hacía difícil que uno compartiera la comida, y a menudo me pregunté qué haría si Vadim me pedía la mitad de mi paika. No creo que se lo hubiera dado. Ambos sabíamos que no se podía violar aquel pacto si deseábamos seguir siendo amigos. Más que nada, la generosidad se manifestaba en nuestras conversaciones vespertinas.
  • Las amistades de campo dependían de una cosa: la confianza. Tenías que saber quién dormía a tu lado y comía de tu mismo plato. Tenías que saber en quién confiar durante las inevitables crisis cotidianas. Aprendías a juzgar a los demás rápidamente, a evaluar a quienes parecían amigables y a los que acaso darían problemas. Por encima de todo, desarrollabas una especie de cautela rayana en la paranoia.
  • El único modo de mantener a raya la desesperación y la depresión era no pensar. Aprendí a ahuyentar las ideas, a encontrar un refugio en la seguridad de mi propio espacio. Dividía el tiempo en horas, y así sólo tenía que ejercitar mi fuerza de voluntad durante periodos cortos.
  • Peleas, discusiones, hambre y pensamientos de suicidio acababan doblegando a los prisioneros.
  • El aislador era un edificio de hormigón sin ventanas, con un tejado plano recubierto de alquitrán.
  • Las peores celdas estaban diseñadas de tal modo que el prisionero sólo pudiera permanecer de pie. Al cabo de tres o cuatro días en una celda sí, las rodillas del prisionero quedaban muy dañadas, si no lesionadas para siempre.
  • Más que el dolor físico, eran la crueldad y el odio lo que me desesperaba.
  • Hasta que vi los campos, nunca pensé en el suicidio.
  • Empecé a perder lo que me habían inculcado desde pequeño: calor humano, sensibilidad, buena disposición para brindar ayuda … Mi humanidad iba disminuyendo. De no haber contado con ayuda por el camino, probablemente habría acabado siendo una persona insensible y carente de impulsos cívicos o humanos.
  • No se pretendía simplemente hacer que los prisioneros trabajaran tanto como fuera posible, sino reducirlos a un estado de animalidad.
  • A cada uno se le daba ropa interior larga, una guerrera negra, pantalones acolchados, un largo capote acolchado, un sombrero de fieltro con orejeras, botas con suela de goma y mitones forrados con piel de borreguillo. Las prendas se repartían indistintamente y era cosa nuestra encontrar la talla adecuada.
  • Las tormentas de nieve podían durar horas y hasta días enteros. Los cuerpos de los prisioneros que se perdían no se encontraban hasta la primavera, a menudo a cien metros escasos de la zona.
  • Se nos eximía de trabajar sólo cuando la temperatura descendía por debajo de los cuarenta y cinco grados negativos, y nunca se tomaba en cuenta el frío del viento.
  • Respirar se volvía doloroso cuando la temperatura caía por debajo de los treinta y cinco o treinta y siete bajo cero. Dejar de moverse era peligroso.
  • Las dos cosas que separaban a aquellos que se hundían de aquellos que no eran las más difíciles de controlar y no tenían nada que ver con la voluntad de sobrevivir. Una era inherente a la persona: la resistencia. La otra provenía de algún lugar en el universo: la suerte o el destino.
  • En invierno, la muerte nos rondaba a todos.
  • Al principio me decía que prefería morir de inanición a comer carne humana, pero cuando empecé a debilitarme ya no estaba tan seguro.
  • Era peligroso pensar demasiado en la gente y la vida que uno había dejado atrás, no quería gastar mi energía preocupándome de ellos: necesitaba concentrarme en mantenerme con vida.
  • La mayoría de los prisioneros tenía la capacidad de trabajar durante un año antes de debilitarse; después les asignaban trabajo más livianos, les garantizaban un periodo de convalecencia en un campo especial o lo enviaban al hospital para que recibieran tratamiento.
  • Un sino colectivo, proyectado por Stalin y el régimen, regía a todos los prisioneros enviados a Kolimá: trabajar más de lo humanamente posible hasta enfermar, quedar herido o morir. Si por casualidad alguien sobrevivía a su sentencia, se trataba simplemente de buan suerte.
  • Después de estar en prisión y en los campos, no era difícil identificar a los moribundos. Los rasgos se les volvían más definidos: los ojos se les hundían, la nariz les sobresalía y las mejillas se les retraían. Los ojos vidriosos ya no enfocaban ningún punto en particular, y no se sabía si la persona aún veía. El paciente, en general, no se movía mucho, sino que se quedaba en la misma posición durante largo rato. Las inyecciones, dolorosas para la mayoría de los enfermos, causaban poco o ningún efecto en los que iban a morir.
  • Yo no creía en el cielo ni en el infierno, por lo que la muerte me resultaba un inquietante misterio.
  • A todos los pacientes se les administra codeína para contrarrestrar la tos seca o codeína con hidrato de terpina para facilitar la tos activa.
  • Tuve que aprender a mover la aguja con mucho cuidado y penetrar la vena lentamente hasta ver aparecer la sangre dentro de la jeringa. Si la sangre seguía apareciendo, la aguja estaba ubicada correctamente. Entonces podía empujar el émbolo despacio. El procedimiento se revelaba exitoso si el paciente empezaba a sentir calor, como si tuviera metal derretido recorriéndole las venas.
  • Kurban: “Cuando estés al borde del abismo, no te rindas. Pero cuanto estés bien, ayuda a quienes están al borde. Nunca te aproveches de los más débiles. Y nunca te arrodilles ante los más fuertes. Nunca escarbes en la basura. No saciará tu apetito”.
  • Kurban: “Mis padres me educaron para ser honesto, pero también me enseñaron a usar la astucia cuando tratara con los oficiales soviéticos, ya veces eso quiere decir que uno no puede ser honesto”.
  • El remedio legandario contra la tuberculosis era una mezcla de manteca, mantequilla y leche caliente.
  • Al atender a los enfermos y moribundos a diario, llegué a la conclusión de que la enfermedad borraba las distinciones entre viejos y jóvenes, analfabetos y universitarios, urki y funcionarios del Partido o del Estado. Todos tosían y sangraban del mismo modo, y todos tenían miedo a la muerte.
  • ¿Acaso prolongar la vida de alguien durante un día, una semana o un mes era un acto más humanitario que dejarlo morir? ¿Aquello dignificaba la muerte? Pensé en lo que yo desearía si fuera el paciente: querría que el doctor intentara salvarme más allá de lo desesperada que fuera mi situación. No querría que me abandonaran a mi suerte. Distintos pacientes morían de distintas maneras, de acuerdo con sus necesidades. Algunos deseaban que les mintieran hasta el momento final. Otros aceptaban la verdad con calma, pues veían en la muerte una escapatoria de la enfermedad y de las minas.
  • Me había acostumbrado a las muertes sin sentido de los campos. A mis ojos se había vuelto natural que mataran a un prisionero de un tiro porque estaba demasiado débil para caminar hasta el trabajo.
  • Con los millones de personas que morían en los campos, ¿por qué se molestaba en hacer autopsias? No se informaría a las familias de los resultados. ¿Por qué complicarse con tantos doctores, pruebas y tratamientos? La mayoría de los pacientes que llegaban al hospital estaban medio muertos, demasiado enfermos para que algún tratamiento diera resultado. El doctor Piasetsky me explicó que nuestra hospital, el principal establecimiento del sistema de campos de Kolimá, hacía las veces de escaparate para las autoridades que venían de Moscú a inspeccionar los campos. Por eso el director quería que funcionara de la misma manera que el hospital de una universidad.
  • Doctor Piasetsky: “Los pacientes saben que van a morir, y no les importa lo que pueda pasarles. Tienen la libido muy alta y saben que pueden salirse con la suya”.
  • El asesinato de Leonid me hizo pensar en lo poderoso que es el odio por aquellos que nos torturan; en lo hondo que debe calar en el corazón para que alguien normalmente pacífico mate a otro a sangre fría.
  • El hecho de ver a miles de prisioneros políticos y de saber que millones de inocentes habían sido arrestados, torturados y fusilados me había vuelto consciente de que luchar contra el Estado era inútil. Odiaba el sistema más que a cualquier persona que lo representara.
  • Zina me explicó que, para las mujeres, tener un “marido de campo” era un modo de que no las persiguieran ni las violaran.
  • Zina: “Si algo he aprendido en los cinco años que llevo en los campos es a no pensar en el futuro. Confórmate con el presente y confía en que el día de mañana sea igual o mejor que el anterior”.
  • Piasetsky: “No entiendo cómo, de un día para otro, alguien que creías o más bien sabías que te amaba más que nadie puede volverse contra ti para mantener su posición y su prestigio dentro del Partido. Nunca me di cuenta de que algo fuera mal entre nosotros”.
  • Piasetsky: “El suicidio tiene muchas facetas. Puede hacerse por coraje o por cobardía. Puede ser un escape o un acto de protesta. No existe un estándar ético para juzgar el suicidio: siempre depende del individuo y sus circunstancias. Creo que todo el mundo tiene derecho a tomar su propia decisión”.
  • Poca gente era capaz de olvidar el pasado, pero yo debía hacerlo para que el pasado no me comiera vivo.
  • Un buen amigo siempre sabe cuándo tienes problemas.
  • Doctor Lóskutov: “Todo el mundo está enfermo en este lugar. A nadie la hace falta fingir nada. Si no están enfermos de los ojos, están enfermos del alma”. Era muy respetado por los prisioneros, pues nunca denunciaba a uno que fingiera estar enfermo.
  • Doctor Lóskutov: “La administración se equivoca al dar vodka sólo a los prisioneros que buscan oro en invierno: creo que los pacientes lo necesitan más”.
  • Doctor Lóskutov: “Janusz, no tienes ni idea de lo que puede soportar un ser humano. Un caballo moriría, un elefante moriría, pero un ser humano es capaz de sobrevivir a tantas penurias, tantas torturas y tanto dolor que apenas podemos entenderlo”.
  • Doctor Lóskutov: “Una vez maté a una rata y me la comí cruda. Estaba perdiendo la razón. Lo único que me mantenía vivo era la conciencia de que podía hacerme matar en cualquier momento. Podía correr hasta la valla o atacar a un guardia. No quería suicidarme; quería que me mataran. Y por alguna razón, dar vueltas a aquel pensamiento me hacía seguir vivo día tras día”.
  • La gente piensa que es más fácil fingir una enfermedad mental que una física, y así es, en general.
  • Yo nunca fui capaz de distinguir a un buen farsante de un verdadero esquizofrénico, y tampoco creo que el doctor Sitkin pudiera.
  • La mejor manera de desenmascarar a los farsantes, según Sitkin, era dejarlos en la misma habitación que los esquizofrénicos agudos. “Escapan como conejos de sus conejeras”. Y era verdad: en pocas horas, muchos prisioneros, incluso los más decididos, golpeaban la puerta para que los dejaran salir.
  • Marieta: “Los hombres son como los perros. Les hago ojitos, les dedico una sonrisa prometedora y me siguen a todas partes”.
  • A los extranjeros se los tiene en alta estima en la Unión Soviética.
  • ¿Por qué me alojaste en los cuartos para invitados? Contestó que no sabía en qué tipo de persona me había convertido tras cuatro años y medio en los campos.
  • Era demasiado peligroso que un ciudadano soviético se escribiera con extranjeros. Las cartas siempre se censuraban, y a menudo se vigilaba o arrestaba a quien las enviaba.
  • No podía regresar a Polonia porque me arriesgaba a que me arrestara el gobierno comunista.

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raul

3 comentarios to “El hombre, un lobo para el hombre de Janusz Bardach – Apuntes Breves”

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