Raul Barral Tamayo's Blog

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3.096 días de Natascha Kampusch – Apuntes Breves

Posted by Raul Barral Tamayo en Lunes, 17 de septiembre, 2012


Título original: 3.096 Tage.
© 2010, Natascha Kampusch.
Editorial: Libros Aguilar.

“Con este libro he intentado cerrar el capítulo hasta ahora más largo y oscuro de mi vida. Siento un gran alivio al haber encontrado palabras para expresar todo lo inexpresable, lo contradictorio. Verlo escrito me ayuda a mirar hacia delante con confianza. Pues todo lo que he vivido me ha dado fuerzas: he sobrevivido al cautiverio en el zulo, me he liberado a mí misma y me he mantenido firme. Sé que también puedo llevar una vida en libertad. Y esa libertad empieza justo ahora, cuatro años después del 23 de agosto de 2006. Sólo ahora puedo poner fin a todo aquello y gritar: soy libre”.

3.096 días de miedo, de superación y de auténtica esperanza. La victoria de una niña sobre la barbarie y la crueldad humanas, la fortaleza mental de una mujer para soportar las situaciones más extremas; una voz, la de Natascha, que surge desde el infierno para gritar al mundo su verdad.

3.096 días recoge la realidad del secuestro que conmocionó al mundo, la dureza de una situación extrema vivida a diario. En el libro se ofrecen además códigos de descarga gratuitos para móviles que permiten el acceso a vídeos inéditos que completan algunos de los pasajes de la biografía de la joven austriaca.

Natascha Kampusch nació el 17 de febrero de 1988 en Viena y con sólo 10 años se convirtió en la víctima del secuestro más largo sufrido por un menor hasta hoy y del que consiguió escapar con vida en 2006. El día que logró huir, su captor, Wolfgang Piklopil, se suicidó al arrojarse a las vías del tren. En la actualidad Natascha vive en Viena, donde continúa con sus estudios.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Mi madre ya no contaba con quedarse embarazada. Durante mi infancia me sentía como si estuviera de más. Tuve que ganarme mi puesto en un mundo en el que los papeles ya estaban repartidos.
  • “Los indios no conocen el dolor”, era el lema de mi madre.
  • Mi abuela no sólo me regaló un trozo de infancia a salvo y sin preocupaciones, sino que también me enseñó a crear un espacio para los sentimientos en un mundo que reniega de ellos.
  • Mi vida cambió con la lenta separación de mis padres. En vez de ser mimada y atendida, me dejaron a un lado. Esa pequeña niña segura de sí misma se convirtió poco a poco en una persona insegura que dejó de confiar en su entorno más próximo.
  • El tiempo que pasé en el jardín de infancia fue para mí muy duro. Odiaba las normas estrictas.
  • Empecé a mojar la cama después de haber sido una niña precoz que enseguida dejó de necesitar pañales. La cama mojada fue el origen de continuar regañinas y burlas.
  • Mi madre, que estaba muy afectada por la separación, me transmitió su forma de hacer frente a la situación. Si le parecía que yo era demasiado emocional, reaccionaba con agresividad ante mis arrebatos. Me reprochaba que me compadeciera de mí misma, y o me prometía recompensas o me amenazaba con castigos si no paraba.
  • Más de una vez me sentí tan furiosa con ella que decidía marcharme.
  • Con la separación de mis padres yo había perdido las referencias de mi mundo y ya no podía apoyarme en las personas que hasta entonces habían estado siempre a mi lado.
  • El desprecio que sufrí fue destruyendo poco a poco mi autoestima.
  • Cuando se piensa en la violencia contra los niños, se tiene la visión sistemática de fuertes golpes que producen lesiones corporales. Yo no experimenté nada de eso en mi infancia. Fue más bien una mezcla de opresión verbal y bofetadas ocasionales “a la vieja usanza” que me hacían ver que yo era más débil.
  • En esos tiempos y en eso entorno no era inusual tratar así a los niños. Yo tenía una vida mucho más “fácil” que muchos otros niños del barrio.
  • ¡No molestes! ¡No hagas tanto teatro! ¡No seas histérica! ¡Las niñas grandes no lloran! Esas frases mil veces oídas durante mi infancia me habían permitido aguantar durante día y medio los dolores del brazo roto.
  • La confianza que tenía en mi propia forma de ver las cosas era entonces tan escasa que ni siquiera con un brazo roto sentí que tuviera que pedir ayuda.
  • La amiga de mi padre: “ya sé por qué eres una niña tan difícil. Tus padres no te quieren”. Yo protesté a voz en grito, pero la frase quedó grabada en mi dañada alma infantil.
  • Cuando tenía 9 años empecé a compensar mi frustración con la comida. En el año anterior a mi secuestro engordé tanto que dejé de ser una niña gordita para convertirme en una auténtica gorda. Al cumplir los 10 años pesaba 45 kilos.
  • Sensible: eso era lo peor que se podía ser. Todavía hoy me sorprende que se utilice la palabra “sensible” en un sentido positivo. En mi infancia era un insulto para referirse a las personas que son demasiado blandas para este mundo.
  • Probablemente fuera la dureza que me impuso sobre todo mi madre la que me salvaría más tarde la vida.
  • Los profesores insistían en las advertencias que a los niños siempre nos habían repetido en casa: “¡No te vayas nunca con un desconocido! ¡No te subas al coche de un extraño! ¡No aceptes caramelos de nadie! Y cambia de acera cuando algo te parezca raro”.
  • Sólo me tranquilizaba una cosa cuando veís sus fotos en las noticias: yo no era la niña rubia y delicada que parecían preferir los criminales.
  • Odiaba la sensación de impotencia, una sensación que me recordaba que era una niña.
  • Unas semanas antes había convencido a mi madre de que me dejara ir sola al colegio. Mi inseguridad era algo que me atormentaba profundamente. Sentí cómo me invadía el deseo de desaparecer, de disolverme en el aire. Mi mirada se posó en una furgoneta blanca. Delante vi un hombre de pie. Tuve el impulso de cambiarme de acera, todas las historias de niñas secuestradas que había visto en televisión pasaron por mi cabeza, pero si quería ser de verdad una adulta no debía ceder ante ese impulso. Todo ocurrió muy deprisa. En el momento en que pasaba con la mirada puesta en el suelo por delante de ese hombre, él me cogió por la cintura, me levantó por los aires y me metió por la puerta abierta de su furgoneta. Creo que no grité. Debí resistirme, pues al día siguiente tenía un ojo morado.
  • Me miraba como un amo orgulloso observa a su nuevo gato… o peor aún: como un niño que contempla un juguete nuevo.
  • Un adulto sabe que pierde una parte de sí mismo cuando debe admitir hechos que antes de su aparición estaban lejos de su imaginación.
  • La única reacción correcta es adaptarse, ya que asegura la supervivencia. Un niño actúa de forma más intuitiva.
  • Habría hecho cualquier cosa oara que se quedara o me llevara con él: cualquier cosa para no quedarme sola.
  • La idea de perder los únicos objetos personales que me quedaban en aquel perturbador entorno me resultaba insoportable.
  • La mente humana puede hacer lo inimaginable para engañarse a sí misma y retraerse, para no capitular ante una situación que no tiene ninguna lógica.
  • En aquel momento tuve una regresión interior. Mi mente de niña de 10 años se retrajo al nivel de una criatura de 4 o 5 años.
  • Mi prisión medía unos 2,70 metros de largo, 1,80 de ancho y apenas 2,40 de alto.
  • Como pude comprobar repetidas veces a los largo de mis años de cautiverio, el secuestraod rera un hombre paranoide, temeroso, convencido de que el mundo era malvado y la gente le perseguía.
  • Parecía alguien a quien un conocido ha dejado por sorpresa un bebé y no sabe muy bien cómo atender sus necesidades.
  • Me resultaba muy extraño que ese hombre cumpliera todos mis deseos cuando, en realidad, él me había quitado todo.
  • Yo era una niña y estaba sola, y sólo existía una persona que podía salvarme de la agobiante soledad: la misma que me había impuesto esa soledad.
  • Fue socavando de forma sistemática la fe que tenía en mi familia y, con ello, un importante fundamento de mi autoestima ya dañada.
  • “Siempre quise tener una esclava”.
  • Ni siquiera hoy sé si Priklopil me secuestró por encargo de otros, lo que aseguraba al principio, o si actuó en solitario.
  • Yo no respondía a la imagen que yo misma tenía de las víctimas de un secuestro. Ahora sé que estaba equivocada. Los secuestradores buscan precisamente niños poco aparentes y con poca autoestima.
  • Muchas víctimas se sienten culpables de lo que les ha sucedido.
  • Cuando por la tarde el secuestrador desenroscaba la bombilla y cerraba la puerta tras de sí, me sentía al margen de todo. Los psicólogos lo denominan sensory deprivation: privación sensorial. En aquel momento yo sólo sabía que corría peligro de volverme loca en aquella soledad extrema. Hasta el desayuno yo quedaba como en suspenso.
  • Para recordar algún momento íntimo me ayudaba una botella de aguardiente francés que le había pedido al secuestrador. Mi abuela solía darme masajes con él. Cuando el cerebro ya no me servía, entonces la nariz me ayudaba a no perder la conexión conmigo misma, a no perder la cabeza.
  • Como adulta no habría soportado esa forma de determinación ajena y tortura psíquica a la que estaba sometida como prisionera encerrada en un zulo.
  • Si quería sobrevivir en aquel mundo nuevo, tenía que ponerme de su parte. A alguien que no ha estado nunca en una situación tan extrema de sometimiento puede resultarle difícil entenderlo. Pero yo hoy me siento orgullosa de haber dado ese paso frente a esa persona que me lo había robado todo. Pues ese paso me salvó la vida.
  • Él se fue convirtiendo cada vez más en un déspota y un dictador. Pero yo nunca abandoné mi papel.
  • Yo no estaba acostumbrada a estar desnuda delante de un extraño. Yo le miraba con desconfianza, pero él me frotaba como a un coche. No había nada tierno ni vejatorio en sus gestos. Me cuidaba cono si fuera un electrodoméstico.
  • Que el secuestrador pudo ser descubierto si se hubieran hecho bien las cosas es algo de lo que me he enterado después de mi cautiverio.
  • Me había convertido en parte de la fantasía enfermiza de un psicópata que no comprendía.
  • Empecé a instalarme en el zulo y a transformar el sótano del secuestrador en mi espacio, en mi habitación.
  • El despertador me demostraba con cada tictac que el tiempo no se había detenido y que la tierra seguía girando. En mi estado de anulación, sin noción del tiempo ni el espacio, era mi conexión con el mundo real.
  • Mi medio más importante para no aburrirme ni volverme loca fueron los libros. Las novelas me catapultaban a un mundo totalmente diferente y captaban tanto mi atención que durante horas olvidaba dónde estaba. Mientras con la televisión y la radio introducía la ilusión de la sociedad en el zulo, al leer lo abandonaba durante horas.
  • Normalmente el secuestrador bajaba al sótano todos los días por la mañana y a menudo también por la tarde. Pero durante los fines de semana yo estaba completamente sola: no se dejaba ver desde el viernes al mediodía, a veces también el jueves por la tarde, hasta el domingo.
  • Sólo cuando era “buena” me proporcionaba el alimento necesario para mi espíritu. Y sólo él sabía lo que entendía por “ser buena”. A veces bastaba un pequeño detalle insignificante para que mi conducta fuera castigada.
  • A las ocho de la tarde se apagaba la luz. En un segundo yo me veía sumida en la más completa oscuridad. Las once horas siguientes yo dependía de mi fantasía para no perder los nervios y dominar el miedo.
  • Desde el principio me había atormentado la idea de que se produjera una emergencia: sobre todo durante los fines de semana en que estaba sola y ni siquiera podía avisar a la única persona que sabía dónde estaba yo.
  • Algunos efectos del “confinamiento solitario”: reducción considerable de la percepción y del rendimiento cognitivo; fuerte alteración de la asimilación de lo percibido; fuerte alteración de las sensaciones corporales; graves dificultades de concentración; graves dificultades para leer o asimilar lo leído; graves dificultades para escribir o expresar ideas por escrito (agrafía/disgrafía): graves dificultades de articulación/verbalización que aparecen sobre todo en los ámbitos de la sintaxis, la gramática y el vocabulario y que pueden llegar hasta la afasia, la afrasia y la agnosia; grave dificultad o incapacidad de seguir conversaciones; conversaciones consigo mismo como compensación de la falta de estímulos acústicos y sociales; reducción de la intensidad de los sentimientos; sensación ocasional de euforia que deja paso a un posterior estado depresivo.
  • Efectos a largo plazo sobre la salud: alteración de la capacidad de relacionarse socialmente; depresiones; reducción de la autoestima; regreso a la situación de aislamiento en sueños; no recuperación de las capacidades cognitivas alteradas por el aislamiento.
  • La privación sensorial afecta al cerebro y al sistema neurovegetativo y convierte a personas autónomas en seres dependientes que quedan expuestos a la influencia de cualquier persona que encuentran tras la fase de aislamiento y oscuridad.
  • Adaptarme a las condiciones adversas me exigió una autodisciplina que ahora, al echar la vista atrás, me parece casi inhumana.
  • Me aferraba a mi plan de tomar las riendas de mi vida en cuanto cumpliera los 18 años. Estaba decidida a adquirir los conocimientos necesarios para ello, y le pedí al secuestrador libros escolares y de lectura.  Y me aferré como pude a mi propia identidad y a la existencia de mi familia.
  • En su presencia me obligaba a mantener la mirada hacia el suelo. No debía hablar si él no me lo pedía. Me exigía que fuera sumisa, y quería muestras de agradecimiento por cualquier pequeña cosa que hacía por mí.
  • Un día me ordenó llamarle “maestro”. En ese punto supe que no debía ceder. El que se defiende, sigue vivo. El que está muerto ya no puede defenderse. En ese momento no pensé las posibles consecuencias que mi negativa podría acarrear.
  • En la urbanización sacaba a veces a pasear a los perros de pelea de unos clientes de mi padre. Me advirtieron que nunca llevara a los perros con la correa muy larga. Debía agarrarlos cerca del collar para demostrarles en todo momento que cualquier intento de rebelarse sería inútil. Y jamás debía mostrar miedo ante ellos. Si se cumplían esas sencillas normas, los perros serían mansos y dóciles incluso en manos de una niña como yo.
  • Fue un mecanismo de defensa, vital para mi supervivencia, intentar ver al secuestrador como una persona que no era mala por naturaleza, sino que su maldad se había ido desarrollando a lo largo de su vida. Me ayudó a perdonarle. Si sólo hubiera sentido odio hacia él, ese odio me habría corroído tanto que no habría tenido fuerzas para sobrevivir.
  • Después de unos meses en el zulo le pedí por primera vez que me abrazara. Necesitaba el consuelo de un contacto, sentir calor humano.
  • Yo apenas puedo expresar con palabras lo que sentí al ver la puerta de hormigón de 150 kilos. Estaba enterrada en hormigón. Encerrada en un zulo hermético. Me quedé sin aire.
  • Después de pasar meses en el sótano había olvidado lo agradable que resulta respirar un aire que no está seco ni cargado de polvo, como el que llegaba al diminuto sótano a través de un pequeño orificio.
  • Hasta el día de mi liberación creñi en las fuertes medidas de seguridad de la casa.
  • Habría preferido no haber visto lo hermético que era mi aislamiento del mundo exterior.
  • El repentino ataque de furia no me produjo ningún daño físico, el taladro ni siquiera me rozó. Pero ese incidente quedó grabado en mi mente. Introdujo una nueva dimensión en mi relación con el secuestrador: ahora sabía que también podía hacerme daño si me oponía a él. Me sentí más asustada, más débil.
  • Las manualidad se convirtieron en un ancla de salvación psicológica para mí. Evitaron que me volviera loca debido a la inactividad a la que me veía sometida.
  • La prohibición de mencionar mi vida anterior fue un punto fijo de sus visitas al zulo.
  • Hoy creo que, con ese horrible secuestro no pretendía otra cosa que crearse su pequeño mundo sagrado con una persona que estaba ahí sólo para él. Jamás lo habría conseguido por la vía normal. En el fondo quería lo que todo se humano busca: amor, reconocimiento, calor.
  • El año que cumplí 11 años me despojó de mi historia y mi identidad. Me negó incluso mi imagen en el espejo. Jamás consiguió quebrantarme.
  • Paradójicamente, a la sombra del poder que me imponía todo pude ser y0 misma por primera vez en mi vida. Cuando borré mi historia y me doblegué al secuestrador, me sentí “querida” por primera vez desde hacía mucho tiempo.
  • A finales del otoño de 1999 se completó la “supresión” de mi identidad. El secuestrador me ordenó que me buscara un nombre nuevo. El secuestrador propuso “María”, ya que sus dos abuelas se llamaban así. Acepté porque al fin y al cabo María es mi segundo nombre. Pero eso le fastidió, pues debía recibir un nombre totalmente nuevo. Insistió en que le propusiera otro de inmediato. Én los siete años siguientes Bibiana se convirtió en mi nueva identidad.
  • Todavía hoy sigo convencida de que habría sido capaz de matar a cualquier vecino inocente que me hubiera visto u oído por casualidad. Alguien que retiene a una persona en el sótano de su casa no se arredra ante un asesinato.
  • Había momentos en que seguía pensando en huir. Pero ya no tramaba planes concretos.
  • Para él nada estaba nunca lo bastante limpio. Infinidad de veces me quitó el trapo de las manos para demostrarme cómo se limpia “de verdad”.
  • Al secuestrador no le gustaban los errores.
  • Tras esa salida de tono empezó a maltratarme con regularidad. El cautiverio duraba ya más de dos años. A partir de entonces reaccionó con fuertes ataques de furia al más mínimo descuido por mi parte.
  • Creo que resistí todo ese tiempo porque aparté esas experiencias de mí. No por una decisión consciente propia de un adulto, sino por un instinto infantil de supervivencia. Cuando el secuestrador me maltrataba, yo abandonaba mi cuerpo y miraba desde lejos a la niña de 12 años que estaba tirada en el suelo recibiendo patadas.
  • Cuando tenía 14 años empecé a defenderme. Al principio fue una especie de resistencia pasiva. Con 15 años le devolví el golpe por primera vez. El hecho de defenderme era muy importante. Me demostraba a mí misma que era fuerte y no me había perdido el respeto.
  • ¡Quién sabe de lo que él habría sido capaz si yo no me hubiera defendido!
  • Hoy creo que el propio secuestrador, que era extremadamente delgado, padecía una anorexia que me transmitió a mí. Consideraba a la industria alimentaria capaz de cometer un asesinato colectivo con comida envenenada.
  • El hambre afecta al cerebro. Cuando se come demasiado poco no se puede pensar en otra cosa que ¿dónde puedo conseguir el siguiente bocado?
  • Tardé un tiempo en darme cuenta que al secuestrador no le importaba mi figura, sino mantenerme débil y sumisa gracias al hambre. Quien no tiene suficiente comida no piensa bien. Y mucho menos se le ocurre rebelarse o escapar.
  • Esta sociedad necesita criminales como Wolfgang Priklopil para ponerle rostro a la maldad que vive en ella y apartarla de sí misma. Utiliza a las víctimas de casos espectaculares, como yo, para librarse de la responsabilidad de las muchas víctimas sin nombre a las que no se ayuda… aunque ellas pidan ayuda.
  • No se puede vivir eternamente en una pesadilla. El hombre tiene la capacidad de crear un viso de normalidad incluso en las situaciones más anormales para no perderse. Para sobrevivir. Los pequeños momentos de supuesta normalidad son a los qeu uno se aferra para asegurarse la supervivencia.
  • Nada es blanco o negro. Y nadie es bueno o malo. Lo mismo le pasaba al secuestrador. Estas frases no son gratas de oír en boca de la víctima de un secuestro. Pues rompen el esquema claramente definido del bien y el mal que los hombres mantienen para no perder la orientación en un mundo lleno de matices grises.
  • Me niego a aceptar el diagnóstico de síndrome de Estocolmo. Por muy compasivas que sean las miradas con las que se habla de este concepto, el efecto es siniestro: convierte a la víctima por segunda vez en víctima al retirarle la capacidad de interpretar su propia historia y convertir sus vivencias más importantes en resultado de un síndrome. Deja al borde del descrédito precisamente a esa actitud que contribuye de forma decisiva a la supervivencia.
  • El acercamiento al secuestrador no es una enfermedad. Crearse un mundo de normalidad en el marco de un secuestro no es un síndrome. Es una estrategia de supervivencia en una situación sin solución.
  • Debió de sentirse muy abatido por el hecho de que no controlaba su vida a pesar de atenerse siempre a todas las reglas; tanto que un día decidió romper una regla importante y secuestrarme.
  • Él me daba golpes y patadas. pero al final gané la partida. No le llamé ni una sola vez “señor” en todos los años que me lo estuvo exigiendo con vehemencia. Nunca me arrodillé ante él. le llamé “delincuente” cuando me pedía que le llamara “señor”. Decía “cariño” o “cielo” en vez de “mi señor” para hacerle ver lo grotesco de la situación en la que nos había metido a los dos. Siempre me castigaba por ello.
  • Le perdoné el secuestro y cada vez que me golpeaba y maltrataba. El hecho de perdonarle me devolvía el poder sobre lo vivido y me permitía vivir con ello.
  • No resulta fácil explicar lo que los golpes y las humillaciones pueden hacer en una persona. Que tras tanto abusos, el simple ruido de una puerta puede provocar tal pánico que ya no se puede ni respirar, y mucho menos correr. No se puede actuar, la mente se bloquea. El miedo es imborrable.
  • Delitos como el que se cometió contra mí forman la estructura en blanco y negro de las categorías del bien y el mal en que se sustenta la sociedad. El secuestrador tiene que ser una bestia para que uno mismo pueda estar en el lado bueno. Y la víctima tiene que estar rota y seguir así para que funcione la externalización de la maldad. Una víctima que no asume ese papel personifica la contradicción en la sociedad. No se quiere ver eso.
  • ¡Estan fácil ganarse el apego de una persona a la que se deja pasar hambre!
  • El hambre es una experiencia límite. Al principio uno se encuentra bien todavía: cuando se corta el suministro de alimentos, el cuerpo se estimula a sí mismo. Uno se siente de pronto muy bien, lleno de energía.  Más tarde se pierde el contacto con la realidad, se cae en el delirio. Sólo se puede pensar en comer. Calambres que sacuden todo el cuerpo, que hacen que parezca que el estómago se va a romper. Los dolores que el hambre puede provocar son insoportables. Al final viene la debilidad.
  • El secuestrador conseguía mantenerme débil y atrapada en una mezcla de dependencia y agradecimiento. Un perro nunca muerde la mano que le da de comer.
  • Cuando me llevó por primera vez con él al exterior, no sentí ninguna liberación. En realidad, seguía encerrada en una celda más grande. Que estaba encerrada en mi propia cárcel mental es algo que comprendí algo más tarde.
  • Cuando estaba tumbada en la oscuridad, doblada de dolor, sabía que no tenía razón en lo que me decía. Pero el cerebro humano aparta en seguida lo malo. Y al día siguiente ya estaba convencida otra vez de que todo eso no estaba tan mal, y me creía sus palabras.
  • Dije de pronto: “Nos has llevado a una situación en la que sólo uno de nosotros puede sobrevivir. Te estoy muy agradecida por no haberme matado y por haber cuidado tan bien de mí. Ha estado muy bien por tu parte. Pero no me puedes obligar a vivir contigo. Soy una persona independiente, con mis propias necesidades. Esta situación se tiene que acabar. Es evidente que me tengo que marchar. Debías haber contado con ello desde el principio. Uno de nosotros debe morir, ya no queda otra salida. O me matas o me dejas libre.  He intentado tantas veces suicidarme… y a pesar de todo sigo siendo aquí la víctima. Sería mucho mejor que te suicidaras tú. Al fin y al cabo, ya no tienes salida. Si te suicidas, se acabarán todos los problemas a la vez”.
  • Yo estaba en plena faena, cuando sonó el móvil. Inmerso en la conversación, se giró y se alejó unos metros en dirección a la piscina. El secuestrador me perdió de vista por primera vez desde el comienzo de mi cautiverio. Un corsé de hierro parecía ceñir mi cuerpo. Con un esfuerzo sobrehumano conseguí vencer la fuerza paralizante que atenazaba cada vez más mis piernas. Dejé caer la aspiradora y corrí hacia la puerta del jardín. Estaba abierta.
  • Yo habia prendido la mecha de una bomba y ya no había forma de apagarla. Yo había elegido la vida. Al secuestrador sólo le quedaba la muerte.
  • No había palabras para expresar lo que yo había vivido… y no podía mostrar los sentimientos que se agolpaban en mi interior. Hacía tanto tiempo que los había apartado de mí que no me resultaba nada fácil abrirles la puerta a mi zulo emocional.
  • El policía dijo con precaución: “El secuestrador ha muerto. Se ha suicidado. Se ha tirado delante de un tren a las 20.59 horas en la Estación del Norte de Viena”.
  • Dos semanas después de mi autoliberación decidí poner fin a las especulaciones y contar mi historia por mí misma.
  • Me habían llegado distintas recomendaciones de que cambiara y ocultara mi nombre. ¿pero qué tipo de vida es ésa en la que no puedes mostrar tu rostro, no puedes ver a tu familia y tienes que utilizar un nombre que no es el tuyo?
  • A pesar de mi franqueza los medios no me dieron un respiro, un titular seguía a otro, conjeturas cada vez más arriesgadas inundaban la información. Era como si la horrible verdad no fuera suficientemente siniestra, como si hubiera que ampliarla más allá de lo soportable y se me quisiera privar de la capacidad de interpretar lo que me había ocurrido.
  • Me ocupé de que la casa no se pusiera en venta, sino que me fuera adjudicada como “indemnización por daños y perjuicios”. Con ello recuperaba y tenía bajo control una parte de mi historia.
  • Había muchas cosas que no entendía después de un aislamiento tan largo. Tuve que aprender cómo funciona el mundo, cómo se relacionan los jóvenes entre sí, qué códigos utilizan, qué gestos, qué quieren expresar con su forma de vestir. Disfrutaba de la libertad y aprendía, aprendía, aprendía. Había perdido toda mi juventud y tenía muchas cosas que recuperar.
  • El interés que se muestra por una víctima es engañoso. Se siente afecto por la víctima sólo cuando uno se puede sentir por encima de ella. Uno se siente mejor cuando puede ayudar a alguien más débil, a una víctima. Esto funciona mientras los roles están claramente repartidos. Resulta difícil que se reduzca mi personalidad a una niña rota y necesitada de ayuda. Es un papel en el que yo nunca me he metido y que tampoco quiero asumir en el futuro.
  • En el momento en que me negué a llevar ese estigma el resto de mi vida cambiaron las cosas. Todas aquellas caritativas personas que me habían mandado su ropa vieja o me habían ofrecido trabajo como limpiadora en sus casa aceptaron con reprobación que yo quisiera vivir según mis propias reglas. Enseguida circuló la idea de que era una desagradecida y que seguro que quería sacar provecho de todo aquello. Los ofrecimientos dieron paso poco a poco al rencor y la envidia… y a veces incluso al odio.
  • Lo que menos se me perdonó fue que no condenara al secuestrador como la opinión pública esperaba. Nadie quería oírme decir que no existe el mal absoluto, que nada es blanco o negro. Les desagradaba que sus categorías de bueno y malo se tambalearan y tuvieran que enfrentarse al hecho de que el mal personificado tiene una cara humana.
  • Su lado oscuro no ha caído simplemente del cielo, nadie llega al mundo siendo un monstruo. Todos nosotros nos convertimos en lo que somos a través del contacto con el mundo, con otras personas. Y, con ello, somos responsables de lo que ocurre en nuestras familias, en nuestro entorno. No resulta fácil aceptarlo.
  • También las autoridades cambiaron poco a poco su actitud hacia mí. Tuve la impresión de que en cierto modo no les gustaba que me hubiera liberado a mí misma. En ese caso ellos no eran los rescatadores, sino los que habían fracasado al cabo de los años.
  • En 2008, Herwig Haidinger, entonces director de policía federal, manifestó que la política y la policía habían encubierto sus fallos de investigación después de mi autoliberación. Hizo pública la declaración del hombre que seis semanas después de mi desaparición señaló a Wolfgang Priklopil como el secuestrador y al que la polcía no había hecho caso a pesar de que en mi búsqueda investigaba cada indicio. La ministra del Interior no quería ningún escándolo policial tan cerca de las elecciones de otoño de 2006 y le ordenó dejar la investigación en suspenso.
  • Ahora ya no se me trata como a una víctima, sino que se me acusa de ocultar detalles decisivos y se especula con la posibilidad de que sufro el chantaje de los cómplices del delito.
  • Con este libro he intentado cerrar el capítulo hasta ahora más largo y oscuro de mi vida. siento un gran alivio al haber encontrado palabras para expresar todo lo inexpresable, lo contradictorio.
  • Mi libertad empieza justo ahora, cuatro años después del 23 de agosto de 2006. Sólo ahora, con estas líneas, puedo poner fin a todo aquello y decir de verdad: soy libre.

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