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Mientras escribo de Stephen King – Apuntes Breves

Posted by Raul Barral Tamayo en Jueves, 31 de octubre, 2013


Título original: On Writing.
© 200, Stephen King.
© de la traducción: Jofre Homedes Beutnagel.
Editorial: Plaza & Janés Editores.

“Si no tiene tiempo para leer, no tendrá el tiempo o las herramientas necesarias para escribir”.

Pocas veces un libro sobre el oficio de escribir ha resultado tan clarificador, útil y revelador. Mientras escribo empieza el relato de la asombrosa infancia de Stephen King y su extraño y temprano interés por la escritura.

Una serie de vívidos recuerdos de la adolescencia, de la universidad y de los años de lucha que lo llevaron a la culminación de su primera novela, Carrie, aportan al lector una amena y divertida perspectiva sobre la formación del escritor.

A continuación King describe las herramientas básicas del oficio y expone sus opiniones personales sobre el secreto de la escritura. Mientras escribo culmina con el conmovedor relato de cómo su necesidad de escribir lo estimuló para recuperarse de su casi fatal accidente en el verano de 2000.

Stephen King (Maine, EE.UU., 1947) trabajó como profesor de literatura inglesa y tras el éxito de su primera novela, Carrie (1973), se dedicó exclusivamente a su carrera de escritor. Es autor de más de treinta novelas, todas ellas superventas en todo el mundo, varias de las cuales han sido adaptadas con éxito al cine. En la actualidad vive en Maine con su esposa Tabitha, también novelista.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Proverbio: “Lo mejor es ser sincero”.
  • Anónimo: “Los mentirosos medran”.
  • A principios de los años noventa formé parte de un grupo de rock con mayoría de escritores, los Rock Bottom Remainders. El grupo no ha llegado a disgregarse del todo.
  • A la mayoría de los libros sobre la escritura les sobra paja y tonterías. Los narradores no tenemos una idea muy clara de lo que hacemos. Cuando es bueno no suelen haber por qué y cuando es malo, tampoco.
  • La ley de la paja tiene una excepción muy destacable: The Elements of Style, de William Strunk Jr. y E. B. White. Cualquier aspirante a escritor debería leerlo. Así de claro.
  • Un aviso a navegantes que no figura en el libro, al menos en formulación directa: “El corrector siempre tiene razón”. Escribir es humano y corregir divino.
  • Yo tuve una infancia muy rara, con una madre soltera que al principio viajaba mucho, y que durante una temporada quizá nos dejara a mi hermana y a mí al cuidado de una hermana suya porque no estaba en situación anímica de ocuparse de nosotros.
  • Yo no creo que el escritor se haga, ni por circunstancias ni por voluntad. Es un accesorio que viene de fábrica, y que no tiene nada de excepcional. Estoy seguro de que hay muchísima gente con talento de escritor o narrador, y que es un talento que puede potenciarse y aguzarse.
  • Uno de mis principios más sólidos ha sido el siguiente: al primer engaño, la vergüenza es del que engaña; al segundo, del engañado; y al tercero de los dos.
  • 6 años. Me preguntó si me lo había inventado, y no tuve más remedio que reconocer que había copiado la mayor parte de un tebeo. La cara de decepción que puso mi madre hundió mi gozo en un pozo. Me devolvió la libreta y dijo: “Escribe tú uno, Stevie. Los tebeos de Combat Casey no valen nada. Se pasa el día partiéndole la cara a la gente. Escribe uno tú”. Recuerdo haber acogido la idea con la sensación abrumadora de que abría mil posibilidades, como si me hubieran dejado entrar en un edificio muy grandre y con muchas puertas cerradas, dándome permiso para abrir la que quisiera.
  • Cuatro cuentos. A veinticinco centavos cada uno. Fue el primer dólar que gané en la profesión.
  • No tuvimos tele hasta 1958.
  • La aparición de la tele en el domicilio de los King fue relativamente tardía, de lo cual me alegro. Pensándolo bien, pertenezco a un grupo bastante selecto: el de la última promoción de novelistas norteamericanos que aprendieron a leer y escribir antes que a tragarse su ración diaria de basura visual.
  • A finales de los años cincuenta, un agente literario y coleccionista compulsivo de objetos relacionados con la ciencia ficción, Forrest J. Ackerman, les cambió la vida a millares de niños (yo entre ellos) con la aparición de una revista titulada Famous Monsters of Filmland.
  • Me gustaría aclarar algo lo antes posible. No hay ningún Depósito de Ideas, Central de Relatos o Isla de los Best-séllers Enterrados. Parece que las buenas ideas narrativas surjan de la nada. El trabajo del narrador no es encontrarlas, sino reconocerlas cuando aparecen.
  • Cuando tuve catorce años el clavo de mi pared ya no aguantaba el peso de todas las notas de devolución que había acumulado. Lo sustituí por uno más largo y seguí escribiendo.
  • A Chris y a mí nos gustaban todas las películas de terror, pero sentíamos debilidad por aquella serie de la Universal con títulos de Edgar Allan Poe y Roger Corman de director.
  • Los dos años que faltaban para acabar el instituto me depararían muchas clases de literatura, y la facultad muchas de narrativa y poesía, pero aprendí más en diez minutos con John Gould.
  • John Gould: “Escribir una historia es contársela uno mismo. Cuando reescribes, lo principal es quitar todo lo que no sea la historia”.
  • El día en que presenté mis primeros dos artículos, Gould dijo otra cosa interesante: que hay que escribir con la puerta cerrada y reescribir con la puerta abierta.  Dicho de otra manera: al principio sólo escribes para ti, pero después sale afuera.
  • Nuestro matrimonio ha durado más que todos los dirigentes mundiales a excepción de Castro, y si seguimos hablando, discutiendo, haciendo el amor y bailando con los Ramones, lo más probable es que siga funcionando.
  • No quiero hablar de mi generación con un tono demasiado despectivo, pero todos los aspirantes a escritores que conocí en la universidad estaban convencidos de que sólo se escribía bine de manera espontánea, en un estado de arrebato que era un pecado desaprovechar.
  • El poema de Tabby me hizo sentir menos solo en mi convicción de que la buena literatura podía ser embriagadora sin renunciar al hilo conductor de las ideas.
  • Carrie White no llegó a caerme simpática, ni yo a confiar en los motivos de Sue Snell para prestarle a su novio en el baile, pero es verdad que el argumento tenía posibilidades.
  • Los alcohólicos erigen defensas como diques los holandeses. Yo me pasé los primeros doce años de mi vida matrimonial diciéndome que “sólo me gustaba beber”. También empleé la Defensa Hemingway. Soy escritor, y por lo tanto muy sensible, pero también soy un hombre, y los hombres de verdad no se dejan gobernar por la sensibilidad. Eso sería de maricas. En conclusión, que bebo. ¿Hay alguna otra manera de afrontar el horror existencial y seguir trabajando? Oye, y que no pasa nada, que controlo. Como buen machote.
  • Decirle a un alcohólico que controle lo que bebe es como decirle a alguien con una diarrea de las que hacen historia que controle los esfínteres.
  • Yo ya hace casi doce años que no pruebo el alcohol, pero sigue pareciéndome inconcebible la visión de alguien en un restaurante con una copa de vino a medias.
  • Durante mis últimos cinco años de bebedor, siempre remataba las noches con el mismo ritual: vaciar en el fregadero las cervezas que quedaran en la nevera. Si no, al acostarme las oía hablar y no tenía más remedio que acabar levántandome y coger otra. Y otra. Y otra.
  • En 1985 se había sumado a mi problema alcohólico la adicción a las drogas, pero seguí funcionando con relativa normalidad, como muchos consumidores de estupefacientes. La idea de no hacerlo me provocaba pavor. Se me había olvidado por completo cómo vivir de otra manera.
  • No podía pedir ayuda. En mi familia no se hacía así. En mi familia se fumaba, se bailaba pisando gelatina y cada cual se guardaba sus cosas.
  • Dijo Tabby que tenía dos alternativas: o hacer un tratamiento de rehabilitación o marcharme enseguida de casa. Dijo que me querían los tres, ella y los niños, y que por eso no querían presenciar mi suicidio. Yo regateé, que es lo que hacen los adictos. Estuve encantador, como todos los adictos, y conseguí dos semanas para pensármelo. Temí no poder seguir trabajando sin alcohol ni droga, pero decidí (hasta donde me lo permitía mi estado de confusión y desánimo) darlo todo a cambio de seguir casado y ver crecer a los niños.
  • La idea de que la creación y las sustancias sicotrópicas vayan de la mano es uno de los grandes mitos de nuestra época, tanto a nivel intelectual como de cultura popular.
  • Los escritores que se enganchan a determinadas sustancias no se diferencian en nada de los demás adictos; son, en otras palabras, borrachos y drogatas vulgaris. Las afirmaciones de que la droga y el alcohol son necesarios para atenuar un exceso de sensibilidad no pasan de ser la típica chorrada para justificarse.
  • Hemingway y Scott Fitgerald no bebían porque fuesen personas creativas, alienadas o débiles moralmente, sino por la misma razón que todos los alcohólicos.
  • Tengo una novela, Cujo, que apenas recuerdo haber escrito. No lo digo con orgullo ni con vergüenza; sólo con la vaga sensación de haber perdido algo. Es un libro que me gusta, y ójala guardara un recuerdo agradable de haber redactado las partes buenas.
  • Poco a poco volví a encontrar el ritmo, y después la alegría. Me reintegré a mi familia con gratitud, y a mi trabajo con alivio. Volvía como cuando se vuelve a la casa de campo después de un largo invierno y se empieza comprobando que no hayan robado ni roto nada durante los meses de frío.
  • Hago lo que sé, y lo mejor que sé. He superado todo lo que acabo de contar, y ahora contaré todo lo que pueda sobre mi trabajo.
  • La vida no está al servicio del arte, sino al revés.
  • Los libros son la magia más portátil que existe. Yo suelo escuchar uno en el coche, y en general nunca salgo sin un libro. Nunca se sabe cuándo apetecerá tener una válvula de escape.
  • Leo siempre que puedo, pero tengo un lugar de lectura favorito, el sillón azul de mi estudio.
  • Todo es lícito mientras no se tome a la ligera. Repito: no hay que abordar la página en blanco a la ligera. Si eres capaz de tomártelo en serio, hablaremos. Si no puedes, o no quieres, cierra el libro y dedícate a otra cosa.
  • Para sacar el máximo partido a la escritura hay que fabricarse una caja de herramientas, y luego muscularse hasta poder llevarla.
  • No es que quiera fomentar las palabrotas, pero sí el lenguaje directo y cotidiano. Recuerda que la primera regla del vocabulario es usar la primera palabra que se te haya ocurrido, siempre y cuando sea adecuada y dé vida a la frase. Si tienes dudas y te pones a pensar, alguna otra palabra saldrá, pero lo más probable es que sea peor que la primera, o menos ajustada a lo que querías decir.
  • Las palabras sólo reflejan contenidos. Aunque se escriba como los ángeles, casi nunca se logra expresar plenamente lo que se pretendía decir.
  • Que no te cohíba tener en cuenta el decoro.
  • En la bandeja superior de la caja de herramientas también debe estar la gramática, y no me vengas con quejas de que no entiendes de gramática, que nunca la has entendido.
  • La gramática americana no es tan robusta como la inglesa pero tiene cierto encanto.
  • Las dos partes indispensables de la escritura son los nombres y los verbos.
  • William Strunk: “A menos que esté seguro de actuar con acierto, probablemente [el escritor] haga bien en seguir las reglas”.
  • La gramática es algo más que una lata. Es un bastón para poner de pie a las ideas y hacer que caminen.
  • Si quieres repasar la gramática, ve a una librería de segunda mano y busca un buen manual, como Warriner’s English Grammar and Composition. Creo que te aliviará descubrir que casi todo lo que hace falta está resumido en las guardas del principio y del final.
  • La escritura es pensamiento depurado.
  • Al escribir conviene no pensar demasiado en dónde empieza y termina el párrafo. El truco es dejar que sigan su curso. Después, si no te gusta el resultado, lo arreglas y listo. Es lo que se llama revisar.
  • Yo soy del parecer de que la unidad básica de la escritura es el párrafo, no la frase. Es de donde arranca la coherencia, y donde las palabras tienen la oportunidad de ser algo más que meras palabras. La aceleración, suponiendo que en algún momento se produzca, ocurrirá a nivel de párrafo.
  • Las palabras pesan. Si no, que se lo pregunten a los que trabajan en el departamento de envíos de alguna editorial, o en el almacén de una librería grande.
  • Las palabras crean frases, las frases párrafos, y a veces los párrafos se aceleran y cobran respiración propia.
  • Aunque tenga unas ganas infinitas de dar ánimos a cualquier persona que intente escribir en serio por primera vez, mentiría si dijera que no hay escritores malos.
  • Los escritores se ordenan siguiendo la misma pirámide que se aprecia en todas las áreas del talento y la creatividad humanos. Los malos están en la base. Encima hay otro grupo, ligeramente más reducido pero abundante y acogedor: son los escritores aceptables. El tercer nivel es mucho más pequeño. Se trata de los escritores buenos de verdad. Encima están los Shakespeare, Faulkner, yeats, Shaw y Eudora Welty: genios, accidentes divinos, personajes con un don que no podemos entender, y ya no digamos alcanzar.
  • Abordo el corazón del libro con dos tesis sencillas. La primera es que escribir bien consiste en entender los fundamentos (vocabulario, gramática, elementos de estilo) y llenar la tercera bandeja de la caja de herramientas con los instrumentos adecuados. La segunda es que, si bien es imposible convertir a un mal escritor en escritor decente, e igual de imposible convertir a un buen escritor en fenómeno, trabajando duro, poniendo empeño y recibiendo la ayuda oportuna sí es posible convertir a un escritor aceptable, pero nada más, en buen escritor.
  • Si no tienes ganas de trabajar como una mula será inútil que intentes escribir bien. Confórmate con tu medianía y da gracias de tenerla por cojín.
  • Existe un muso. Vive en el subsuelo. Es un habitante del sótano. Tendrás que bajar a su nivel y, cuando hayas llegado, amueblarle el piso. Digamos que te toca a ti sudar la gota gorda, mientras el muso se queda sentado, fuma, admira las copas que ha ganado en la bolera y finge ignorarte. ¿Te parece justo? Pues a mí sí. No digo que el muso sea un guaperas, ni muy hablador, pero la inspiración es suya. Es justo que hagas tú todo el trabajo y te quemes las cejas, porque el del puro y las alitas tiene un saco lleno de magia. Y lo que contiene el saco puede cambiarte la vida. Hazme caso, porque lo sé.
  • Si quieres ser escritor, lo primero es hacer dos cosas: leer mucho y escribir mucho. No conozco ninguna manera de saltárselas. No he visto ningún atajo.
  • Yo soy un lector lento, pero con una media anual de setenta u ochenta libros, casi todos de narrativa. Entre seis y doce de mis lecturas anuales son grabadas.
  • No leo por estudiar el oficio, sino por gusto. Tampoco leo narrativa para estudiar el arte de la narrativa, sino porque me gustan las historias.
  • Cada libro que se elige tiene una o varias cosas que enseñar, y a menudo los libros malos contienen más lecciones que los buenos.
  • Leyendo prosa mala es como se aprende de manera más clara a evitar ciertas cosas.
  • La buena literatura enseña al aprendiz cuestiones de estilo, agilidad narrativa, estructura argumental, elaboración de personajes verosímiles y sinceridad creativa.
  • Nadie puede aspirar a seducir a otra persona por la fuerza de la escritura hasta no haberlo experimentado personalmente.
  • Leemos para conocer de primera mano lo mediocre y lo infumable.
  • La gente bien considera de mala educación leer en la mesa, pero si aspiras a tener éxito como escritor deberías poner los modales en el penúltimo escalón de prioridades. El último debería ocuparlo la gente bien y sus expectativas.
  • La desconexión de la caja-loro es una buena manera de mejorar la calidad de vida, no sólo la de la escritura.
  • El talento priva de significado al concepto de ensayo. Cuando descubres que estás dotado para algo, lo haces hasta sangrarte los dedos o tener los ojos a punto de caerse de las órbitas. No hace falta que te escuche nadie porque siempre te juegas el todo por el todo; porque tú, creador, te sientes feliz. La regla se aplica a todo.
  • La verdadera importancia de leer es que genera confianza e intimidad con el proceso de la escritura. Cuanto más leas, menos riesgo correrás de hacer el tonto con el bolígrafo o el procesador de textos.
  • En mi caso el horario está bastante claro. Dedico las mañanas a lo nuevo, la novela o cuento que tenga entre manos, y las tardes a la siesta y la correspondencia. La noche pertenece a la lectura y la familia, a los partidos televisados de los Red Sox y a las revisiones más urgentes. Me gusta hacer diez páginas al día, es decir, dos mil palabras. Sólo en circunstancias muy graves me permito bajar la persiana antes de haber hecho las dos mil palabras.
  • Cuando escribo, escribo cada día, incluidos Navidad, el Cuatro de Julio y mi cumpleaños. Y cuando no trabajo, no trabajo nada, aunque esos períodos de inactividad suelen desorientarme y producirme insomnio. Para mí lo trabajoso es no trabajar.
  • Cuando me preguntan por “el secreto de mi éxito”, a veces contesto que hay dos: haberme conservado en buenas condiciones físicas y haber tenido un matrimonio duradero. La combinación de un cuerpo sano y una relación estable con una mujer independiente que no le aguanta chorradas ni a mí ni a nadie ha garantizado la continuidad de mi vida laboral. Y creo que también es cierto lo contrario: que escribir, y disfrutar con ello, ha garantizado la estabilidad de mi salud y mi vida familiar.
  • Casi se puede leer en cualquier parte, pero, tratándose de escribir, los cubículos de biblioteca y bancos de parque deberían ser el último recurso.
  • Es espacio puede ser modesto (hasta es posible que deba serlo, como ya creo haber insinuado), y en realidad sólo requiere una cosa: una puerta que estés dispuesto a cerrar. La puerta cerrada es una manera de decirles a los demás y a ti mismo que vas en serio.
  • Escribir es crearse un mundo propio.
  • Escribir y dormir se parecen en que aprendemos a estar físicamente quietos al mismo tiempo que animamos al cerebro a desconectar del pensamiento racional diurno, rutinario.
  • Tu trabajo es procurar que el muso sepa dónde encontrarte a diario desde las nueves a las doce, o desde las siete a las tres. Si lo sabe, te aseguro que tarde o temprano se presentará con el puro en la boca y la magia en el saco.
  • ¿De qué escribirás? De lo que te dé la gana. Lo que sea… mientras cuentes la verdad.
  • Me eduqué en el amor a la noche y los ataúdes que no se quedan quietos. Si a alguien le paree mal, lo único que puedo hacer es encogerme de hombros. Es lo que hay.
  • En general, la gente que compra libros no se guía por el mérito literario de una novela. Quieren una historia entretenida para el avión, algo que los cautive desde el principio, que los absorba y los impulse a girar la página.
  • Una cosa es imitar un estilo, que es una manera muy legítima de empezar a escribir (legítima e inevitable, porque cada fase del desarrollo del escritor está marcada por alguna imitación), y otra, imposible, imitar la manera que tiene determinado escritor de abordar tal o cual género, aunque parezca muy fácil lo que hace. En otras palabras, no se puede dirigir un libro como un misil.
  • Si en la contraportada de una novela ves escrito “al estilo de …”, ten por seguro que estás delante de una de esas imitaciones, hechas por puro cálculo y por lo general aburridas.
  • Escribe lo que quieras, infúndele vida y singularízalo, vertiendo tu experiencia personal de la vida, la amistad, las relaciones humanas, el sexo y el trabajo. Sobre todo el trabajo. A la gente le encanta leer sobre el trabajo; no sé por qué, pero es así.
  • A mi modo de ver, todos los relatos y novelas constan de tres partes: la narración, que hace que se mueva la historia de A a B y por último hasta Z, la descripción, que genera una realidad sensorial para el lector, y el diálogo, que da vida a los personajes a través de sus voces. Te preguntarás dónde queda la trama. La respuesta es que en ninguna parte. Desconfío de los argumentos por dos razones: la primera, que nuestras vidas apenas tienen argumento; la segunda, que considero incompatibles el argumento y la espontaneidad de la creación auténtica. Me interesa sobremanera que entiendas que mi principal convicción acerca de la narrativa es que se hace prácticamente sola.
  • Para mí las historias son objetos hallados, como los fósiles del suelo. El trabajo del escritor es usar las herramientas de su caja para desenterrarlas lo más intactas que se pueda. Tanto da que salga un cuento o un armatoste de mil páginas, porque en lo fundamental las técnicas de excavación son las mismas.
  • El esquema argumental es el último recurso del escritor, y la opción preferida del bobo. Me fío mucho más de la intuición, gracias a que mis libros tienden a basarse en situaciones más que en historias.
  • En algunos casos el desenlace es el que tenía previsto, pero en la mayoría surge como algo inesperado. Gran ventaja para el novelista de suspense: resulta que además de ser el creador de la novela, actúo como su primer lector.
  • ¿Qué sentido tiene preocuparse por el final? ¿De qué sirve estar tan obsesionado con controlarlo todo? Algo, tarde o temprano, siempre pasa.
  • Paul Hirsch: “La película ya tiene que ser película antes del montaje”. Lo mismo pasa con los libros. Dudo, salvo excepciones, que la incoherencia o la falta de interés narrativo puedan corregirse mediante algo tan secundario como la revisión.
  • A mí, la literatura que describe exhaustivamente las características físicas y la indumentaria de los personajes me deja bastante frío.
  • Cuando un símil da en el blanco, nos procura la misma satisfacción que encontrar a un viejo amigo en una multitud de desconocidos. A veces, comparar dos objetos que no presentan ninguna relación aparente nos permite percibir algo viejo a una luz nueva y más intensa. Cuando un símil o metáfora no funciona, el resultado puede ser cómico o penoso.
  • La clave de una buena descripción empieza por ver con claridad y acaba por escribir con claridad, mediante el uso de imágenes frescas y un vocabulario sencillo.
  • H.P. Lovecraft era genial escribiendo cuentos macabrso, pero como dialoguista era un desastre.
  • La clave de escribir diálogos buenos, como en todos los aspectos de la narrativa, es la sinceridad. En mi caso no transcurre una semana sin que reciba como mínimo una carta acusándome de malhablado, de intolerante, de homófobo, de sangriento, de frívolo, o directamente de sicópata.
  • Mi made, que en paz descanse, no veía los tacos con buenos ojos. Decía que eran “el lenguaje de los ignorantes”, pero eso no le impedía gritar “¡Joder!” cuando se le quemaba la carne o se daba un martillazo en una uña queriendo colgar un cuadro. La verdad, y que nadie se sorprenda, es que coincido con mi madre: los tacos y la vulgaridad son el lenguaje de la ignorancia y la limitación verbal.
  • Lo que he dicho del diálogo también se aplica a la creación de personajes. En última instancia sólo hay dos secretos: prestar atención a lo que hace la gente que te rodea y contar la verdad de lo que has visto.
  • Es importante pensar que en la vida real no hay nadie que sea “el malo”, “el amigo del alma”, o “la puta con corazón de oro”. En la vida real nos vemos todos como protagonistas, el no va más.
  • La función del simbolismo es adornar y enriquecer, no crear una sensación artificial de profundidad. Los trucos de escritor no tienen nada que ver con la historia. Lo único que tiene que ver con la historia es la propia historia.
  • Las valoraciones subjetivas son un poco más difíciles de tratar, pero te digo una cosa: si todos los que leen tu libro dicen que falla algo, es que falla y conviene tomar medidas.
  • Llamemos Lector Ideal a la persona para quien escribes.
  • La verdad es que casi todos los escritores son inseguros, sobre todo entre la primera y la segunda versión, cuando se abre la puerta del estudio y entra la luz del mundo exterior.
  • Es donde le corresponde estar a la investigación: lo más al fondo que puedas ponerla.
  • Los cursos y los seminarios de escritura suelen tener la siguiente ventaja: que en ellos se toman en serio las ganas de escribir narrativa o poesía.
  • Para muchos escritores mal pagados, la solución es enseñar lo que saben a los demás.
  • Las clases o seminarios de escritura son tan poco “necesarios” como este libro o cualquier otro sobre el oficio de escribir. Faulkner lo aprendió trabajando en la oficina de correos de Oxford, Mississippi. Hay otros escritores que han asimilado lo básico estando en el ejército, trabajando en una fundición o haciendo vacaciones en una cárcel cuatro estrellas. Yo aprendí la parte más valiosa de lo que sería mi oficio lavando sábanas de motel y manteles de restaurantes en la lavandería New Franklin de Bangor.
  • Te conviene mucho tener agente. Si lo que escribes se puede vender, te costará relativamente poco encontrarlo. Es más: aunque no se pueda vender, mientras sea prometedor es probable que encuentres a alguien. Aunque tu historial de publicaciones se reduzca a las revistas pequeñas, que sólo pagan en ejemplares, tienes muchas posibilidades de encontrar a alguien que te represente, porque en esas revistas ven los agentes y editores un campo de prueba para los nuevos talentos.
  • ¿Tú escribes por dinero? La respuesta es que no, ni ahora ni nunca. No niego que mis libros me hayan dado mucha pasta, pero nunca he escrito ni una sola palabra pensando en que me la pagarían. Siempre he escrito porque me llenaba. Yo he escrito porque me hacía vibrar. Por el simple gozo de hacerlo. Y el que disfruta puede pasarse la vida escribiendo.
  • A los heridos graves siempre los llaman por el nombre de pila. Todos son amigos tuyos.
  • Opino que estar casado, entre otras cosas, significa emitir el voto decisivo cuando el otro no sabe qué derrotero tomar.
  • Escribir no es cuestión de ganar dinero, hacerse famoso, ligar mucho ni hacer amistades. En último término, se trata de enriquecer las vidas de las personas que leen lo que haces, y al mismo tiempo enriquecer la tuya. Es levantarse, recuperarse y superar lo malo. Ser feliz, vaya. Ser feliz.
  • Escribir es mágico; es, en la misma medida que en cualquier otra arte de creación, el agua de la vida. El agua es gratis. Conque bebe. Bebe y sacia tu sed.

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raul

2 comentarios to “Mientras escribo de Stephen King – Apuntes Breves”

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