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En el piso de abajo de Margaret Powell – Apuntes Breves

Posted by Raul Barral Tamayo en Martes, 11 de febrero, 2014


Título original: Below stairs.
© Margaret Powell y Leigh Crutchley, 1968.
© de la traducción: Elena Bernardo Gil
Editorial: Alba Editorial.

En la primera casa en que entró a trabajar como pinche de cocina, a los quince años, Margaret Powell se quedó atónita cuando le dijeron que, entre sus tareas, figuraba la de planchar los cordones de los zapatos. La señora de la casa le prohibió, además, entregarle en mano cualquier cosa: siempre tenía que ser “en bandeja de plata”.

Era la Inglaterra de los años 20, y en ella una chica empleada en el servicio doméstico tenía que mentir a los chicos si quería encontrar novio: ellos las llamaban “esclavas”.

En el piso de abajo son las memorias de una mujer sedienta de educación que no comprende que, cuando pedía un libro de la biblioteca de sus señores, éstos la miraran incrédulos y espantados. Con el tiempo, aprendió por su cuenta y en 1968 publicó este libro, que ha sido la fuente reconocida de inspiración de series como Arriba y abajo y Downton Abbey, pero mucho más incisiva e intencionada que ellas.

En el sótano, a “ellos” (como llamaban a los señores), se les hacía “una especie de psiconálisis de cocina, sin cabida para Freud. Creo que nosotros sabíamos de la vida sexual ajena mucho más de lo que él llegó a saber nunca”.

Penetrante en su observación de las relaciones entre clases, libre y deslenguada en la expresión de sus deseos, Margaret Powell nos cuenta qué significaba para los de abajo preparar las cenas de seis platos de los de arriba. Un documento excepcional.

Margaret Powell nació en Hove, cerca de Brighton, en 1907. Su padre era pintor y su madre limpiaba casas. Dejó el colegio a los trece años, pese a haber obtenido una beca, para ponerse a trabajar. A los quince encontró un puesto de pinche de cocina en una casa y, poco a poco, fue ascendiendo hasta llegar a cocinera en Londres. Toda la vida quiso ser maestra y dejar de servir, cosa que consiguió temporalmente al casarse; pero con la Segunda Guerra Mundial los apuros económicos la obligaron a contratarse por horas. Ya mayor, aprobó los exámenes de secundaria y de acceso a la universidad. El primer volumen de sus memorias, En el piso de abajo, se publicó en 1968. El éxito fue inmediato, y su fama se consolidó con la publicación de otros libros: Climbing the Stairs (1969), The Treasure Upstairs (1970) y The Margaret Powell Cookery Book (1970). También fue la coautora de tres novelas, todas ellas vinculadas con la serie televisiva Beryl’s Lot (1973-1977), que se basaba en su propia vida. Murió en 1984.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Cuando mis padres nos criaron no había dinero para los desempleados. Si recibías algo, era por caridad.
  • En los pubs, todo el mundo cantaba y bailaba; siempre había música.
  • La clase trabajadora solo tenía los pubs para distraerse. No podían permitirse ir al teatro. Todo lo más, al cine.
  • La cerveza era entonces muy fuerte. Ahora te puedes tomar todas las pintas que quieras; es como si tomara agua.
  • El ahorro siempre empezaba por los criados, y también terminaba en ellos.
  • Cuando mi madre me preguntó si había aprendido mucho sobre cocina, yo le contesté: “No, mamá, no hay tiempo para eso”. Sin embargo, supongo que en realidad sí estaba absorbiendo conocimientos, porque cuando empecé a trabajar de cocinera yo misma me sorprendí de la cantidad de cosas que sabía.
  • Eso es lo que tenías que hacer si querías mantener un poco de orgullo: no hacer caso.
  • A lo largo de mi vid en el servicio doméstico he visto que a los señores siempre les preocupaba mucho tu bienestar moral. Les daba igual tu bienestar físico. En cambio, todo lo que tuviera que ver con tu moral pasaba a ser asunto suyo. Eso es lo que llamaban “cuidar de los criados”, interesarse por los de abajo.
  • Ésta era la pesadilla de la gente que te daba trabajo. Siempre tenían miedo de que fueras frívola. Eras frívola si te ponías el más mínimo maquillaje. las chicas frívolas acababan mal. Acabar mal significaba que nosotras, la clase baja, nos quedáramos en estado.
  • “Ellos”, los de arriba, pensaban que los criados no sabíamos apreciar el confort ni la buena vida, por lo que nos contentábamos con cosas ordinarias, trabajar y comer en mazmorras, y retirarnos a dormir en cuartos fríos y espartanos.
  • Los hombres son muy sensibles a los halagos. Hasta el hombre más horroroso, si le dices que es guapo, se lo cree. A los hombres se les puede engatusar con cualquier cuento chino. Se creen cualquier cosa que les cuentes. Basta con mirarlos fijamente a los ojos y hacer que lo que les cuentas suene como si te lo creyeras.
  • Lo único que a mí y a la gente como yo nos hacía ir por el buen camino eran la ignorancia y el miedo. La ignorancia sobre cómo evitar el embarazo, y el miedo a coger algo malo.
  • Cuando empecé a cocinar descubrí que lo que la señora Bowchard había dicho era muy cierto: lo que hacía falta era mucho más que seguir las indicaciones de un libro, e incluso más que tener experiencia. Lo que se necesita es una especie de instinto.
  • Cuanto menos sabes de cocina, más competente te sientes. Únicamente te preocupas cuando sabes cocinar porque, cuando nosabes, no te enteras de qué ha salido mal. Cuanto más experta me fui volviendo, más me fui preocupando.
  • En todos los años que he trabajado en el servicio doméstico he constatado que da igual lo que se rompa; siempre es algo a lo que la señora tenía “especial cariño”, o era “insustituible”, o tenía “valor sentimental”. Nunca se trata de un objeto cualquiera que puedas ir a comprar a la tienda.
  • Es muy raro que dos personas tengan las mismas ideas de cocina. Hay a quien le gustan los platos muy elaborados y a quien le gustan los platos sencillos.
  • La salsa Escoffier es fantástica para disfrazar el sabor de algo que no quieres que se note.
  • Según Lily y Violet, aquella señora les prometió que, si se quedaban con ella hasta su muerte, les dejaría una pensión anual, dinero suficiente para que pudieran dejar el servicio doméstico e irse a vivir juntas a un piso. La verdad es que estas cosas estaban a la orden del día. Era una manera de conseguir que los criados no te abandonaran cuando te hacías vieja. Pero no se puede confiar en esta gente.
  • Que un criado aspirase a ascender y salir del sótano era para ellos algo inconcebible.
  • La gente no tenía conciencia de su propia figura, nadie pensaba en ponerse a dieta.
  • Por aquel entonces, en los pubs había vida. La animación que reina en ellos ahora está apenas un grado por encima de la que se encuentra en la morgue. Nadie habla con nadie, no hay vida ni alegría.
  • Los patronos decían siempre que la formación que te daban te iba ser muy útil para cuando te casaras y fundaras tu propia familia. Cuando yo dejé el servicio doméstico, me llevé dos cosas: conocimientos para preparar una sofisticada cena de siete platos, y un enorme complejo de inferioridad. Ninguna de ellas resultó útil en mi vida de casada.
  • No, no estaba locamente enamorada, pero le quería mucho, y me parecía que eso bastaba para que nos casáramos.
  • Creo que a veces somos demasiado ambiciosos. Los educas y los metes en un entorno social al que no pueden pertenecer. La gente tiene el instinto gregario de los animales. Basta con que uno sea distinto para que le peguen la patada.
  • Con frecuencia me pregunto qué habría sido de mí de haber cumplido mi ambición de ser profesora, pero ahora soy feliz y, a medida que mis conocimientos se ensanchan y mis lecturas se amplian, encaro el futuro con buen ánimo.

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raul

2 comentarios to “En el piso de abajo de Margaret Powell – Apuntes Breves”

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