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Tratado de la tolerancia de Voltaire – Apuntes Breves

Posted by Raul Barral Tamayo en Jueves, 19 de marzo, 2015


Título original: Traité sur la tolérance. Voltaire.
© 1976, Editorial Crítica.
Traducción: Carlos Chies.

En 1762, Juan Calas, comerciante francés de religión calvinista, fue condenado y ejecutado bajo la acusación (falsa) de haber matado a su hijo porque éste quería convertirse al catolicismo. Este hecho, y la marea de fanatismo que despertó en torno suyo y que provocó tan cruel desenlace, dio pie a Voltaire a escribir su Tratado de la tolerancia, que figura entre las obras más singulares del gran escritor y también entre las que más contribuyeron a darle su dilatada fama de combatiente contra las injusticias y las infamias del fanatismo clerical.

Es una pequeña obra maestra: por su valerosa toma de posición a favor de la racionalidad frente al oscurantismo religioso, por su nítida definición de lo civil (y por ende, de lo judicial) como ámbito separado e independiente del de las creencias y, sobre todo, por su encendida defensa de un valor, como la tolerancia, que no sería sino plasmación cotidiana del respeto a los seres humanos.

Nunca en la historia las hogueras del fanatismo religioso, étnico o político se han apagado totalmente. Tampoco hoy. Por ello, la lectura de este Tratado resulta reconfortante en una actualidad tan convulsa y perpleja: no sólo indica un camino intelectual; también propone un instrumento, la razón, que vuelve a necesitar ser reivindicado.

Voltaire (1694-1778), seudónimo de François-Marie Arouet, fue uno de los escritores y filósofos más destacados de la Francia del siglo XVIII. De talante liberal, admiraba el sistema político británico, lo que le valió la cárcel, el exilio y la censura. Crítico implacable de la intolerancia, fue portavoz del progresismo ilustrado. En filosofía, se inspiró en el empirismo de Locke y defendió firmemente la universalidad de la moral.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Si el acusado no tiene otra defensa que su virtud; si los árbitros de su vida no arriesgan al ahorcarle más que equivocarse y pueden matar impunemente con una sentencia, entonces el clamor público resuena, todos temen por sí mismos, se adivina que nadie se halla seguro de su vida ante un tribuanl erigido para velar por la tranquilidad de los ciudadanos y todas las voces se alzan para reclamar venganza.
  • Toda la ciudad estaba persuadida de que es punto de religión entre los protestantes, que los padres deben asesinar a sus hijos que quieran convertirse.
  • Parece que el fanatismo, indignado por el éxito de la razón, se vuelve contra ella con más rabia.
  • La debilidad de nuestra razón y la insuficiencia de nuestras leyes se dejan sentir a diario; pero nunca se descubre mejor su miseria que cuando la preponderancia de un solo voto condena al suplicio a un ciudadano.
  • Los griegos eran más prudentes y humanos que nosotros.
  • En París, la razón puede más que el fanatismo, por grande que sea; mientras que en provincias, el fanatismo vence casi siempre a la razón.
  • La filosofía, sólo la filosofía, hermana de la religión, ha desarmado las manos que la superstición ensangrentó tanto tiempo; y el espíritu humano, al despertar de su embriaguez, se ha asombrado de los excesos a que le había arrastrado el fanatismo.
  • Pedro el Grande favoreció todos los cultos en su vasto imperio; el comercio y la agricultura ganaron con ello y el cuerpo político no padeció.
  • Los japoneses eran los más tolerantes de todos los hombres. Doce religiones pacíficas había en su imperio. Los jesuitas fueron a establecer la decimotercera; pero pronto, no queriendo sufrir otra, ya se sabe lo que resultó. Una guerra civil, no menos horrible que la de la Liga, desoló a aquel país.
  • La intolerancia ha convertido la tierra en una carnicería.
  • Cuantas más sectas haya, menos peligrosa es cada una; la multiplicidad las debilita; todas son deprimidas por leyes justas que prohíben las asambleas, siempre tumultuosas, las injurias, las sediciones, y que están siempre en vigor por la fuerza coactiva.
  • La razón es tan dulce, tan humana, inspira indulgencia, ahoga la discordia, fortalece la virtud, hace amable la obediencia a las leyes, más todavía de lo que la mantiene la fuerza.
  • Puedo engañarme; pero me parece que de todos los pueblos civilizados de la antigüedad, ninguno cohibió la libertad del pensamiento. Todos tenían una religión, pero le asociaban una multitud prodigiosa de divinidades inferiores; no tenían más que un culto, pero permitían una multitud de sistemas particulares.
  • Los primeros cristianos no tenían nada que ventilar con los romanos; no tenían más enemigos que los judíos, de los que empezaban a separarse. Ya se sabe qué odio tan implacable profesan todos los sectarios a los que abandonan su secta.
  • Lo digo con horror, pero con verdad: ¡somos nosotros, los cristianos, los que hemos sido perseguidores, verdugos, asesinos!
  • ¿Cuándo empezaremos a practicar los verdaderos principios de la humanidad?
  • Los hombres, generalmente, sólo razonan a medias.
  • Cuanto más divina es la religión cristiana, menos le corresponde al hombre imponerla; si Dios la ha hecho, Dios la sostendrá sin vosotros.
  • La intolerancia no produce más que hipócritas o rebeldes.
  • Casi todos los pueblos se han gobernado por contradicciones.
  • Si queréis pareceros a Jesucristo, sed mártires y no verdugos.
  • Cuando nuestras acciones desmienten nuestra moral, es porque creemos que hay alguna ventaja para nosotros en hacer lo contrario de lo que decimos; pero verdaderamente no hay ninguna en perseguir a los que no son de nuestra opinión ni en hacernos aborrecibles. Resulta absurda la intolerancia.
  • Es tanta la debilidad del género humano y tanta su perversidad, que vale más para él, sin dua, estar subyugado por todas las supersticiones posibles, con tal de que no sean homicidas, que vivir sin religión. El hombre necesita siempre un freno.
  • Un ateo razonador, violento y poderoso sería un azote tan funesto como un supersticioso sanguinario.
  • Cuando los hombres no tienen sanas nociones de la divinidad, las suplen con las falsas ideas.
  • Donde hay establecida una sociedad, es necesaria una religión.
  • Las leyes velan sobre los crímenes conocidos y la religión sobre los secretos.
  • Una vez los hombres han llegado a abrazar una religión pura y santa, la superstición es no sólo inútil sino muy peligrosa.
  • Cuanto menos dogmas, menos disputas, menos desgracias.
  • Ojalá que todos los hombres recuerden que son hermanos.
  • La bárbara ley de que ningún católico puede permanecer más de tres días en un país protestante, aún no está revocada.
  • No hay una sola disputa teológica que no haya tenido funestas consecuencias.
  • Los cordeleros o franciscanos y los jacobinos o dominicos se detestaban mutuamente desde su fundación. Se habían dividido en varios puntos de la teología y por cuestión de intereses. Su principal disputa versaba sobre el estado de María antes de nacer. Los hermanos cordeleros aseguraban que María no había pecado en el viente de su madre; los hermanos jacobinos lo negaban.
  • Déjese al fanatismo en libertad, no se corten sus garras ni se arranquen sus dientes, cállese la razón, tan a menudo perseguida, y se verán los mismos horrores que en los pasados siglos: el germen subsiste; si no lo ahogáis cubrirá la tierra.
  • Los frailes, sobre todo, son los que han pervertido a los hombres. El sabio y profundo Leibniz lo probó evidentemente. Desgraciados en sus sagrados retiros, quisieran hacer desgraciados a los demás hombres. Han inventado la inquisición.
  • La rabia del prejuicio que nos lleva a creer culpables a todos los que no son de nuestra opinión, la rabia de la superstición, de la persecución, de la inquisición, es una enfermedad epidémica que ha reinado en algunas épocas, como la peste.
  • Examinad primero las leyes romanas hasta Teodosio y no hallaréis un edictoq que lleve a la tortura, crucifique o condene al potro a los que no piensan como vosotros.
  • Cicerón: “Si dejáis entrar en vuestra casa la superstición, os perseguirá por todas partes y no os dejará un momento de descanso”.
  • Arzobispo Tillotson: “Todas las sectas se enardecen con tanto más furor, cuanto menos razonables son los objetos de su arrebato”.
  • Si no hubiera término medio entre la razón y el abuso de una revelación que sólo produjera fanáticos, valdría cien veces más entregarse a la naturaleza que a una religión tiránica y perseguidora.
  • Pensad con cuenta propia; examinad lo que lográis con querer dominar las conciencias.
  • La mutua tolerancia es el único remedio a los errores que pervierten el espíritu de los hombres de un extremo a otro del universo.

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raul

Una respuesta to “Tratado de la tolerancia de Voltaire – Apuntes Breves”

  1. […] Un paso al frente de Luis Gonzalo Segura de Oro-Pulido – Apuntes Breves Tratado de la tolerancia de Voltaire – Apuntes Breves […]

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