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El poder amordazado de Jesús Villegas – Apuntes Breves

Posted by Raul Barral Tamayo en Martes, 12 de abril, 2016


© Jesús Villegas Fernández, 2016.
Editorial: Edicion Península.

Eso no es un libro. Es una llamada de auxilio.

Algo funciona mal en la justicia española. Lo sabemos todos. En muchos sentidos, está vendida a la política. Y, sin embargo, la mayoría de los jueces, abogados y fiscales (e incluso de los políticos) son honrados, cumplen con la ley y tratan de realizar bien su trabajo. ¿Dónde reside el problema, entonces?

El problema, como demuestra este libro, está en el sistema. El fallo es estructural. Y las recientes reformas legislativas, pese a su aparente asepsia, no hacen más que facilitar la manipulación. Entre ellas, la regulación del Consejo General del Poder Judicial, cuya composición queda completamente al arbitrio de los partidos políticos, y la pretensión de atribuir la investigación criminal a una Fiscalía dependiente del Gobierno.

Jesús Villegas, magistrado y secretario general de la Plataforma Cívica por la Independencia Judicial, destapa en esta obra, a partir de intromisiones procesales concretas (el caso Faisán y el caso Mari Luz entre otros), la nefasta influencia del poder político sobre la labor cotidiana de los jueces, que no sólo se traduce en una pérdida de credibilidad del Estado español en la esfera internacional, sino que amenaza el respeto a los derechos humanos.

Jesús Villegas (Madrid , 1969) ingresó en la carrera judicial por oposición libre en 1999 y ocupa actualmente el puesto de magistrado instructor en Guadalajara, partido judicial del que es decano. Se ha dedicado además a la cooperación internacional, sobre todo en Europa Oriental, y pertenece a la Red Judicial Europea (REJUE). Asimismo, es secretario general de la Plataforma Cívica por la Independencia Judicial y director de la revista digital Tempus Octobris. Desde 2015 es miembro de la Sala de Gobierno del Tribunal Superior de Justicia de Castilla-La Mancha.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • El oficio de juez consiste en ser imparcial, oír a todos sin prejuicios, limpiar la mente de afectos y desafectos.
  • Me atormenta ña odea de sucumbir a mis preferencias personales, a mi ideología política, mis creeencias religiosas o simplemente mis manías, mis demonios más íntimos, que nada importan a quienes buscan equidad.
  • El juez vocacional no se quita nunca la toga. Intenta ser objetivo en todas las facetas de su vida, incluso fuera del tribunal.
  • La mayor parte de los políticos de nuestro país son honrados. El de los jueces es uno de los colectivos más limpios. Con todo, y he aquí el enigma más apasionante, el sistema funciona mal. La justicia está vendida a la política. No por la maldad de los actores jurídicos, sino por fallas estructurales. Las verdaderas causas son sistémicas, trascienden a los individuos.
  • La tesis central de este libro consiste en que la politización es la mayor enfermedad que padece el poder judicial.
  • Creer que el juez no debe limitarse a aplicar la ley, sino que ha de abrazar una ideología, saltar a la arena social y hasta mancharse de barro si así lo exige su compromiso personal. Es la antítesis de todo lo que creo.
  • Un juez está obligado a mantener la mente limpia; y no hay mayor contaminación psíquica que la que impone la mordaza de una versión unilateral de la realidad, ya sea progresista o conservadora.
  • Fue la Alemania nacionalsocialista la que debilitó a los jueces instructores en detrimento de los fiscales.
  • El futuro depende de la capacidad para arrinconar las diferencias entre la derecha y la izquierda, pues la recuperación democrática dependerá de todos, sin excluir a nadie.
  • Los ciudadanos occidentales están costumbrados a vivir en sociedades donde los jueces no son sus enemigos.
  • En España la democracia corre peligro. Los partidos políticos, en vez de ser los portavoces de la voluntad popular, a menudo han degenerado para convertirse en estructuras para´sitas más atentas a su propia supervivencia que al bien común. Esta actitud se va extendiendo e infecta a todo el cuerpo social.
  • Hoy se libra una guerra no declarada entre el poder político y el judicial.
  • Con la reforma de 1985, la clase política emprendió la obra de demolición de la justicia independiente. La política entró en el tribunal con el fin de que, al cruzar sus puertas, el ciudadano no se encontrase a un magistrado imparcial, sino a un comisario al servicio de los poderosos.
  • Los jueces no son superhombres. Si el CGPJ los suspende de empleo y sueldo, les hunde la vida. El ciudadno no se imagina cuánto temor pueden llegar a encubrir las togas.
  • Si un juez levanta la voz, tiene todas las de perder.
  • La judicatura carece de voz propia. El CGPJ pese a ser elegido por los políticos y no por los jueces habla en nombre de todos ellos. La politización de la cúspide contamina toda la pirámide. Pagan justo por pecadores.
  • Según la propaganda oficial, el gobierno judicial debe estar en las manos de los representantes del pueblo.
  • Los políticos temen a los jueces. Y mucho. Es comprensible que los políticos teman a los jueces. Si algunos de nuestros diputados o ministros forman una caterva de ladrones, es previsible el pánico a que se descubran sus fechorías.
  • Aunque los vocablos “juez” y “magistrado” se usen a menudo como sinónimos, en realidad este último nombre se reserva para los que han alcanzado una categoría superior.
  • Algunos de los puestos superiores se reservan para profesionales del derecho (abogados, procuradores, catedráticos, …) que, sin atravesar el calvario de las oposiciones, acceden directamente a la carrera judicial. Eso sí, tras un “concurso de méritos”; o sea, del escrutinio de su currículum vitae y de una entrevista con el tribunal de selección.
  • Siempre hay algunas ovejas negras, como el delincuente Estivill.
  • Un magistrado atrincherado en su juzgado, del que nadie sabe de qué pie cojea, si está próximo al Gobierno o a la oposición, puede deparar más de una desagradable sorpresa. El sistema lo sabe y, precisamente por eso, se ha montado una serie de cautelas para evitarlo.
  • En teoría el juez no tiene jefes, pues él encarna la máxima autoridad en su tribunal. La sagrada misión de impartir justicia es un acto solitario, sin que nadie tenga permiso a inmiscuirse. Ése es el significado de su constitucionalmente reconocida independencia.
  • La vida profesional de la mayoría de los magistrados de nuestro país es una existencia gris, agobiante, muy alejada de la glamurosa imagen a que nos tiene acostumbrados la prensa.
  • Formalmente, el juez es el jefe del juzgado. Pero, en la práctica, se halla atrapado en una red de poder cuyos hilos no maneja. Los jueces mandan muy poco.
  • Hoy por hoy los cargos más suculentos se designan discrecionalmente.
  • En las bases de la carrera cunde la convicción de que, sin padrinos políticos, no hay manera de alcanzar tan alta cumbre.
  • El miedo es el ingrediente cotidiano en la vida profesional de los jueces que no medran en los aledaños del poder político.
  • Recién ingresados los alumnos en la Escuela Judicial, se los informa de la eventualidad de padecer una inspección cuando tomen posesión en su primer destino. Una inspección que está en manos de magistrados que deben su cargo al poder político.
  • Es fácil disfrazar una injusticia bajo el farragoso lenguaje legal. Su impenetrable jerga puede ser una más cara para encubrir la incompetencia profesional y, por tanto, incluso las más absurdas decisiones.
  • La clase política ha emprendido una ofensiva contra el poder judicial. Los políticos sienten pánico ante los jueces.
  • Es fácil comprender que el CGPJ, que debe su composición a los grupos parlamentarios, coloque jueces progresistas o conservadores en los puestos clave, según convenga.
  • Revolucionarios franceses, siglo XVIII: “Ninguna sociedad donde no se garanticen los derechos ni la separación de poderes tiene Constitución en modo alguno”.
  • En una sociedad corrupta no hay nada más peligrosos que un juez instructor. Sus poderosos enemigos removerán cielo y tierra para desprestigiarlo y acabar apartándolo del caso.
  • El problema no es tanto la escasez de recursos como su uso irracional.
  • Los grandes delincuentes disponen de ejércitos de veteranos abogados reclutados por los partidos políticos o las grandes empresas, con todo el tiempo y medios que necesiten.
  • La solución es cortar por lo sano: suprimir al juez instructor y reemplazarlo por un fiscal investigador. El detalle está en que ese fiscal, directa o indirectamente, dependa del poder político.
  • La estructura militarizada del Ministerio Público español es un alivio para los poderosos.
  • ¿Quiénes deben investigar los crímenes, los jueces o los fiscales? Los partidarios de la investigación judicial suelen ser calificados de “conservadores”, mientras que los que optan por la fiscalía se alinean con los “progresistas”. Ninguna de las alternativas está completamente exenta de riesgo.
  • El poder político se ha empeñado en liquidar los juzgados y estabular a los jueces en unas macroestructuras llamadas “tribunales de instancia”, bajo el mando de un presidente escogido por el CGPJ. Se acabarña cualquier vestigio de democracia interna.
  • A estas alturas de la España del siglo XXI, los jueces instructores están más controlados que los fiscales.
  • Son muchas las maneras de perder la dignidad. Pero todas, al fin y al cabo, consisten en lo mismo: en dejarse humillar.
  • Son ya legión los que claman por acabar con la figura jurídica del juez instructor. Pero no se atreven a explicar las verdaderas razones.
  • Si el futuro fiscal investigador fuera independiente, imparcial, neutral, apolítico, desconectado de la acusación, además de libre de cualquier presión funcionarial, ¿en qué se diferencería de un juez instructor? En la práctica sería lo mismo, pero con un nombre diferente.
  • El político no suele atreverse a plantarle cara al juez en un duelo abierto, pues el eventual costo electoral sería demasiado grande. Por eso el ataque se hace mediante la emboscada, valiéndose de afinadas estrategias de manipulación.
  • El CGPJ es la herramienta de la que se sirve la clase política para apretar las tuerzas a los magistrados. El objetivo es que los jueces no hablen nunca por sí solos, sino a través de otros.
  • Los jueces están atiborrados de trabajo. No hay manera de estar al tanto de todos los papeles que se amontonan en la oficina. Si algún inspector malintencionado se empecian en buscarles las cosquillas, seguro que aparece algo.
  • La solución es la transparencia para redemocratizar nuestra justicia. Habría que empezar con la creación de una Junta Nacional de Jueces, en la que todos sus miembros se expresen según el principio “Un juez, un voto”.
  • Un buen juez debe precaverse, antes de nada, contra sus propios prejuicios.
  • Los jueces que tienen muchos años de experiencia saben que es frecuente que ninguna de las partes en litigio esté investida de la verdad absoluta. No suele haber nadie tan inicuo que no posea algo de razón, por mínima que sea.
  • La justicia es un monstruo porque sus titulares, los jueces, no son dioses, sino mortales con sus debilidades y, por tanto, susceptibles de usar su inmenso poder en detrimento de sus conciudadanos.
  • La justicia jamás debe hacerle el juego a la política.
  • Un juez que inclina la balanza de la justicia, que dirige la espada contra uno de los litigantes, no es un juez.
  • Se deben extender los exámenes psiquiátricos para detectar enfermedades mentales. Un juez loco es casi tan peligroso como un político togado. Tales servicios deberían prestarse no sólo a los jueces que ya hayan aprobado, sino a los mismos opositores. Debe saberse antes de empezar a estudiar el temario.
  • El Consejo es un órgano desprestigiado. Quiere hacer política y que no se note.
  • Los partidos políticos, por pura necesidad de supervivencia, han ido extendiéndose a lo largo y ancho de toda la sociedad. Necesitan conseguir recursos como sea, legal o ilegalmente. En caso contrario, son expulsados del sistema. En su expansión metastásica, han infectado a los poderes ejecutivo y legislativo. Que le llegara el turno al judicial era sólo cuestión de tiempo.
  • Un juez estrictamente neutral es la mejor (a veces la única) garantía de los débiles frente a los poderosos.
  • El Tribunal Constitucional se ha degradado hasta convertirse en una de las instituciones más sectarias de nuestro país, prótesis togada del poder político. Hasta ahora no he dedicado ni una sola palabra a dicho órgano. No merece la pena gastar tinta. Los miembros de este tribunal son “magistrados”, pero no “jueces”. Con dolor, hasta con asco y vergüenza, hemos de acatar sus dictados.
  • El buen juez no es progresista ni conservador.
  • Los jueces estamos atrapados dentro de ese monstruo deforme en que se ha convertido nuestra Administración de Justicia.

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raul

3 comentarios to “El poder amordazado de Jesús Villegas – Apuntes Breves”

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