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Justicia, ¿hacemos lo que debemos? de Michael J. Sandel – Apuntes Breves

Posted by Raul Barral Tamayo en Jueves, 5 de mayo, 2016


Título original: Justice.
© 2009, Michael J. Sandel.
Traducción de Juan Pedro Campos Gómez
Editorial: Editorial Debate.

Justicia ha vendido un millón de ejemplares, el curso de Michael Sandel en Harvard ha inspirado a millones de personas y su versión televisiva es un éxito de masas. La explicación es sencilla: al examinar el papel de la justicia en nuestras vidas y en la sociedad, Sandel explica cómo la filosofía puede ayudar a entender la política, la religión o la moral, e incluso nuestras propias convicciones. Deteniéndose en cuestiones tan polémicas como el aborto, la eutanasia, el matrimonio homosexual, el patriotismo o la disidencia, Sandel muestra que las cuestiones más importantes que afrontamos como ciudadanos pueden someterse a un debate racional. Justicia garantiza a los lectores de todas las edades e ideas políticas un viaje fascinante a través de los conceptos que subyacen en las controversias políticas y morales de la actualidad.

Justicia es entretenido, estimulante e inteligente, una adición esencial a la breve lista de libros que tratan convincentemente las cuestiones fundamentales de nuestra vida en sociedad.

Michael J. Sandel (Minneapolis, 1953) ocupa la cátedra Anne T. y Robert M. Bass de Ciencias Políticas en la Universidad de Harvard y es uno de los autores de referencia en el ámbito de la filosofía política. El curso sobre la justicia que imparte allí desde hace dos décadas es el más popular de la universidad. Vive en Brookline, Massachusetts.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • ¿Debe prohibir el Estado las subidas especulativas de precisos incluso si, con ello, interfiere en la libertad de compradores y vendedores de cerrar los tratos que deseen?
  • Los argumentos a favor y en contra de las leyes giran alrededor de tres ideas: maximizar el bienestar, respetar la libertad y promover la virtud. Cada una de ellas apunta a una manera diferente de concebir la justicia.
  • La codicia excesiva es un vicio que una buena socieda debe desalentar, si puede.
  • Una sociedad justa, ¿ha de perseguir el fomento de la virtud de sus ciudadanos? ¿O no debería más bien la ley ser neutral entre concepciones contrapuestas de la virtud, de modo que los ciudadanos tengan la libertad de escoger por sí mismos la mejor manera de vivir?
  • Aristóteles enseña que la justicia consiste en dar a cada uno lo que se merece. Para él, la ley no puede ser neutral en lo que se refiere a las características de una vida buena.
  • Las teorías antiguas de la justicia parten de la virtud, mientras que las modernas parten de la libertad.
  • Parece que pensar en la justicia nos arrastra sin remedio a pensar en la mejor manera de vivir.
  • Los estadounidenses son más duro con el f racaso que con la codicia.
  • Está por ver que la crisis financiera vaya a poner en marcha un debate público sobre estas cuestiones más generales.
  • Este libro no es una historia de las ideas, sino un viaje por la reflexión moral y política.
  • Si cree que hay derchos humanos universales, es que usted, seguramente, no es utilitarista.
  • El enfoque utilitarista tiene dos defectos: en primer lugar, hace de la justicia y de los derechos cosa de cálculos, no de principios; en segundo, al intentar traducir todos los bienes humanos a una medida simple y uniforme de valor los allana sin tener en cuenta las diferencias cualitativas que hay entre ellos.
  • ¿Cómo sería una nueva política del bien común?
    1. Ciudadanía, sacrificio y servicio:
      • Si una sociedad justa requiere un intenso sentimiento comunitario, tendrá que encontrar una forma de cultivar en los ciudadanos una preocupación por el conjunto, una dedicación al bien común.
      • Tradicionalmente, la escuela pública ha sido el lugar para la educación cívica. En algunas generaciones otro fue el ejército.
    2. Los límites morales de los mercados:
      • Los mercados son instrumentos útiles para organizar la actividad productiva. Pero a no ser que queramos que el mercado reescriba las normas que gobiernan las instituciones sociales, necesitaremos un debate político sobre los límites morales del mercado.
    3. Desigualdad, solidaridad y virtudes cívicas:
      • Una brecha excesiva entre ricos y pobres socava la solidaridad que la ciudadanía democrática requiere.
      • En primer lugar, los servicios públicos se deterioran. En segundo lugar, las instalaciones públicas dejan de ser lugares donde se encuentran ciudadanos que siguen caminos diferentes en la vida.
      • El vaciado de la esfera pública dificulta que se cultiven la solidaridad y el sentimiento comunitario de lo que depende la ciudadanía democrática.
      • En vez de centrarse en la redistribución con la intención de ampliar el acceso al consumo privado, gravaría a las personas de posibles para reconstruir los servicios e instituciones públicos, a fin de que, así, ricos y pobres disfruten de ellas por igual.
      • Escuelas públicas a las que tanto ricos como pobres quieran enviar a sus hijos, sistemas de transporte público lo suficientemente fiables para atraer a quienes, para ir a trabajar, han de despalazarse desde las afueras acomodadas al centro, y hospitales, áreas de juego infantiles, parques, polideportivos, bibliotecas y museos que, al menos idealmente, saquen a la gente de sus urbanizaciones cerradas y la lleven a los espacios comunes de una ciudadanía democrática compartida.
    4. Una política del compromiso moral:
      • Si, como he defendido, no es posible que el Estado sea neutral en las discrepancias sobre moralidad y religión, ¿será posible, no obstante, guiar nuestra política por la vía del respeto mutuo? La respuesta, creo, es afirmativa. Pero necesitamos una vida cívica más robusta y comprometida que esta a la que nos hemos acostumbrado.
      • Una más decidida implicación pública en nuestras discrepancias morales proporcionaría un fundamento más sólido, no más débil, al respeto mutuo.
      • No hay garantía alguna de que la deliberación pública sobre arduas cuestiones morales conduzca en toda situación a un acuerdo, o siquiera a que se aprecien los puntos de vista morales y religiosos de los otros. Pero no lo sabremos si no lo intentamos.
      • Una política basada en el compromiso moral no solo es un ideal que entusiasma más que una política de la elusión. Es también un fundamento más prometedor de una sociedad justa.

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