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Pablo Escobar, mi padre de Juan Pablo Escobar – Apuntes Breves

Posted by Raul Barral Tamayo en Martes, 21 de junio, 2016


© Juan Sebastián Marroquín Santos, 2014.
Editorial: Ediciones Península.

De Pablo Escobar creíamos que se había dicho todo. El jefe del cartel de Medellín sigue siendo en el imaginario popular el narcotraficante por antonomasia, capaz de controlar gran parte de la cocaína que se consumía en Estados Unidos en los ochenta al tiempo que ponía en jaque a todo un país.

Veintiún años después de su muerte, su hijo, Juan Pablo Escobar, escarba en sus recuerdos para mostrar en este libro una versión inédita de su padre, un hombre que podía llegar a los peores extremos de crueldad y a la vez profesar un amor infinito a su familia.

Esta no es la historia de un hijo que busca la redención de su padre, sino un testimonio irrepetible de la cara oculta de uno de los criminales más poderosos del siglo XX.

Juan Pablo Escobar (desde 1993, Juan Sebastián Marroquín Santos) nació en Medellín (Colombia) en 1977. Arquitecto y diseñador industrial, participó en el siete veces galardonado documental Pecados de mi padre (2009), proyectado por la ONU en la celebración del Día Internacional de la Paz. Se ha reunido en varias ocasiones con los hijos de las víctimas de la violencia narcoterrorista ejercida por su padre en los ochenta y noventa. En la actualidad vive en Argentina con su mujer, su hijo, su madre y su hermana, e imparte conferencias sobre el perdón, el diálogo y la reconciliación.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Pasaron más de veinte años de silencio mientras recomponía mi vida en el exilio. Para cada cosa hay un tiempo, y tanto este libro como su autor necesitaban un proceso de maduración, autocrítica y humildad.
  • “Grégory, la historia hay que terminar de hacerla para poder escribirla”.
  • Juré venga la muerte de mi padre, pero rompí la promesa diez minutos después.
  • Todos tenemos derecho a cambiar y, desde hace más de dos décadas, vivo inmerso en reglas claras de tolerancia, convivencia pacífica, diálogo, perdón, justicia y reconciliación.
  • Este libro no es la verdad absoluta. Es un ejercicio de búsqueda y una aproximación a la vida de mi padre. Es una investigación personal e íntima.
  • Miente quien diga que conoce todas las historias en su totalidad.
  • Mi padre jamás consultó ninguna de sus decisiones conmigo, ni con nadie; era un hombre que disponía por su propia cuenta.
  • Pido perdón públicamente a todas las víctimas de mi padre. A todas esas almas que hoy busco honrar la memoria de cada una de ellas, desde el fondo de la mía.
  • No me equivoco si digo que la familia de mi padre nos ha perseguido más que sus peores enemigos.
  • No soy un hijo que creciera siendo ciegamente fiel a su padre, pues en vida le cuestioné duramente su violencia y sus métodos, y le pedí de todas las maneras posibles que abandonara sus odios, que depusiera sus armas, que encontrara soluciones no violentas a sus problemas.
  • En la mafia se sabía que mi padre fue generoso con sus hombres porque les pagaba elevadas sumas de dinero por los golpes que daban, como secuestrar a alguien, asesinar a determinada persona o realizar atentados. Por todo lo que hicieran recibían dinero y ellos se esforzaban por cumplir.
  • Miguel Rodriguez: “Yo tengo sociedades a nombre de mis hijos y esas sociedades tienen unos bienes que yo, en vida, decidí que eran para ellos, exactamente lo mismo hizo Pablo. Entonces, los bienes que él quería para sus hijos así se quedan y no se discute más. Lo que es de mis hijos, es de mis hijos y lo que Pablo decidió que era para sus hijos, es para sus hijos. Lo que queda, repártanselo entre ustedes, según el testamento”.
  • ¿Cómo puede decir que el narcotráfico es una maldición? Por el narcotráfico perdí a mi padre, familiares, amigos, mi libertad y mi tranquilidad y todos nuestros bienes. No puedo verlo de otra manera.
  • Mi padre tuvo razón en una cosa: tenía que estar muerto para que mi madre se acercara a sus enemigos y viviera para contarlo.
  • Grégory, un día decidí poner a prueba mis miedos y lo mejor era entrar a medianoche en el cementerio para sacar una calavera de una tumba. Nadie me espantó ni me pasó nada.
  • A pesar de las limitaciones, Pablo adoptó cuatro costumbres que habrían de acompañarlo el resto de su vida: la primera, que el primer botón de la camisa quedara justo en la mitad del pecho. Ni más arriba ni más abajo. La segunda, que el corte de pelo se lo hiciera él mismo. la tercera, usar el mismo tipo de peine para organizarse el pelo. Alisarse el peinado con mucha frecuencia a lo largo del día era quizás una de las pocas muestras de vanidad de mi padre. Y la cuarta, bañarse durante largo tiempo. Permanecía hasta tres horas en la ducha. Esa rutina no cambió ni siquiera en la peor época, cuando vivía de escondrijo en escondrijo y con la sombra de sus enemigos encima.
  • El simple acto de lavarse los dientes le llevaba no menos de cuarenta y cinco minutos y siempre con un cepillo Pro para niños. Hijo, en la clandestinidad no me puedo dar el lujo de ir a un dentista… en cambio, usted sí.
  • Su carrera criminal empezó el día en que descubrió la manera de falsificar los diplomas de bachiller que otorgaba el Liceo y con los cuales se graduaban los estudiantes. Para cometer el fraude, mi padre y Gustavo pidierno prestadas las llaves de la sala de profesores y, a escondidas, sacaron copia en un molde de plastilina.
  • Pablo había descubierto por fin el negocio que lo haría millonario en muy poco tiempo: la cocaína.
  • El dinero en exceso no solo se notaba en los lujos y las excentricidades. Mientras duró, él se esforzó en ayudar a la gente. Recuerdo que en un par de navidades no quedó pueblo cercano sin regalos para los niños.
  • Un día llegué a tener tanto dinero que perdí la cuenta. Una vez supe que yo era una máquina para producirlo, dejé de preocuparme por contarlo.
  • Él y un puñado de narcos aprovecharon tal vez el único momento en que se podía traficar sin mayores riesgos porque nadie en Estados Unidos, y menos en Colombia o en el resto del mundo, dimensionaba el alcance que tendría el negocio de la cocaína.
  • Estaban ante una mina de oro porque el kilo ya procesado les costaba doscientos mil pesos en Colombia (aproximadamente cinco mil dólares de la época). Vendido al menudo en las calles, un distribuidor mayorista como mi padre podía recibir veinte mil dólores por kil en el sur de Florida o veinticinco y hasta treinta mil dólares en Nueva York. A pesar de su ya elevada rentabilidad, la verdad es que mi padre solo recibía el diez por ciento del valor d e cada kilo porque el restante porcentaje quedaba en manos de los revendedores estadounidenses, que además le agregaban cal, aspirina, vidrio molido, talco o cualquier polvo blanco.
  • La coca de mi padre empezó a tener mala fama porque su calidad era deficiente y los paquetes parecían improvisadas bolas deformes. Incluso en alguna ocasión un distribuidor le devolvió un cargamento. A propósito de esa devolución, mi padre me contó un día que en efecto enviaba coca de baja pureza porque los consumidores eran unos viciosos que no sabían distinguir muy bien entre “la merca buena y la mala”.
  • La abundancia de dinero dio paso muy rápido a todo tipo de excesos.
  • Cada organización mafiosa hacía lo suyo, pero mi padre habría de encontrar la vía más rentable de cuantas se haya oído hablar en el mundo del narcotráfico. Fue bautizada por las autoridades como “La Fania”, pero en realidad mi padre decía que le había puesto el nombre de “Fanny”. Se trataba de un barco con ese nombre anclado en altamar frente a las costas de Ecuador, en cuyos enormes refrigeradores ocultaban hasta cuatro toneladas de cocaína que siempre, siempre, llegaron al puerto de Miami sin contratiempo alguno. Algunas personas que estuvieron al lado de mi padre me aseguraron que esa fue la ruta que en verdad lo hizo rico.
  • Me llamó la atención que coincideran en la capacidad de mi padre para engañar a las autoridades. Si una pista era localizada y destruida, él encontraba otra muy rápidamente; si un laboratorio era descubierto, él montaba otro en pocos días.
  • El cambiante día a día del tráfico de cocaína, debido a que todas las fases de la cadena eran cladnestinas, forzaba de todas maneras a mi padre y a Gustavo a buscar nuevas y mejores rutas para el envío de coca a Estados Unidos.
  • Varios de los hombres que trabajaron para mi padre comentaron que en efecto él si movió muchos de sus cargamentos desde Cuba, con la complicidad de oficiales de alto rango en el régimen cubano. Esta compleja maniobra funcionó sin contratiempos durante dos años, hasa que los militares cómplices de mi padre fueron descubiertos, acusados de traición a la patria y fusilados en 1989 al cabo de un largo juicio criminal.
  • A finales de 1981, mi padre se había consolidado como el número uno en el tráfico de cocaína.
  • Ya tenemos el poder económico, ahora vamos por el poder político. Mi padre estaba a punto de entrar a las arenas mnovedizas de la políticas, que serían su perdición.
  • Fiel a la vieja costumbre de crear lealtades a base de dinero camuflado como ayuda desinteresada, mi padre y otros mafiosos decidieron meter la mano en las campañas de López y de Betancur.
  • Él era hábil en separar sus negocios y fechorías de su entorno familiar y así lo haría hasta el último de sus días.
  • Querido hijo. No vayas a olvidar nunca lo que siempre te he dicho: hay que creer en el destino de los seres humanos porque está marcado para bien o para mal.
  • Los valientes no son los que se toman un trago de licor delante de sus amigos. Los valientes son los que no se lo toman.
  • Grégory, ¿no viste alguna película de John Dillinger? Sabes que su historia me apasiona.
  • La mejor manera de desplazarnos de un lugar a otro era bajo la lluvia. A los policías no les gusta mojarse. Por eso si llueve es el momento ideal para moverse. Con lluvia no hay retenes. Así que muchas veces la lluvia nos indicaba que había llegado el momento de partir.
  • No pretendo abrir una nueva polémica, pero tengo la plena certeza de que ese disparo lo hizo mi padre de la manera y en el lugar donde siempre me dijo que se pegaría un tiro para que no lo capturaran vivo: en el oído derecho. En varias ocasiones a lo largo de la implacable persecución me dijo que, el día en que se encontrara con sus enemigos, dispararía catorce de los quince tiros de su pistola SIG-Sauer y dejaría el último para él. “A mí nunca en la gran puta vida me van a atrapar vivo”.
  • Hace veintidós años que por los actos de mi padre no se me permite la entrada en los Estados Unidos.
  • Muchos piensan que nosotros vivimos de la gran herencia de mi padre, peor hemos subsistido gracias a la ayuda de mi familia materna, a la habilidad de mi madre para hacer negocios relacionados con el arte y los bienes inmuebles, y a nuestro salario.
  • Nadie mejor que nosotros para saber que el dinero ilícito solo trae tragedias, y no las queremos repetir en nuestras vidas.
  • La historia de mi padre nos dejó sin amigos, sin hermanos, sin tíos, sin primos, sin la mitad de la familia y sin patria. A cambio nos dejó el destierro y una enorme carga de miedo y persecución.
  • A mi padre, que me mostró el camino que no hay que recorrer.

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raul

Una respuesta to “Pablo Escobar, mi padre de Juan Pablo Escobar – Apuntes Breves”

  1. […] Pablo Escobar, mi padre de Juan Pablo Escobar. […]

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