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Pasen Y Vean [R]

Ante todo no hagas daño de Henry Marsh – Apuntes Breves

Posted by Raul Barral Tamayo en Martes, 11 de octubre, 2016


Título original: Do No Harm.
Copyright © Henry Marsh, 2014
Traducción de Patricia Antón de Vez.
Editorial: Publicaciones y Ediciones Salamandra.

A punto de poner fin a una dilatada carrera plena de éxitos y reconocimiento, Henry Marsh —uno de los neurocirujanos más eminentes de Gran Bretaña— ha querido exponer a los ojos del mundo la esencia de una de las especialidades médicas más difíciles, delicadas y fascinantes que existen. El resultado es este volumen que ha cautivado y conmovido tanto a los críticos más exigentes como a todo tipo de lectores, y que poco tiempo después de su publicación se encaramó a las listas de más vendidos del Sunday Times y el New York Times. Escogido “Mejor Libro del Año” por el Financial Times y The Economist, obtuvo los premios PEN Ackerley y South Bank Sky Arts y fue finalista del Costa Book Award, el Guardian First Book Award y el Samuel Johnson de no ficción.

A los mandos de un microscopio ultrapotente y un catéter de alta precisión, el doctor Marsh se abre camino por los intersticios del cerebro. Con frecuencia, de su pericia y de su pulso dependen que un paciente recupere la visión o acabe en una silla de ruedas. Hay días en los que salva vidas, pero también hay jornadas nefastas en las que un pequeño error o una cadena de infortunios lo hacen sentirse el ser más desdichado sobre la faz de la Tierra.

Mucho más cercano a una confesión personal que a una autobiografía complaciente con el autor, este libro —cuyo título se inspira en el juramento hipocrático— supone un auténtico alarde de valentía y de honestidad intelectual, un relato vibrante y luminoso que logra remover nuestros sentimientos más profundos y ensanchar nuestro umbral de sabiduría y compasión.

Henry Marsh (Oxford, 1950) cursó Ciencias Políticas, Filosofía y Economía en la Universidad de Oxford, antes de estudiar Medicina en el Royal Free Hospital de Londres. Ingresó en el Colegio Real de Cirujanos en 1984, y desde 1987 ejerce de especialista en neurocirugía en el ala Atkinson Morley del St. George’s Hospital de Londres. Ha sido protagonista de dos documentales: Your Life in Their Hands, ganador del Premio Royal Television Society Gold Medal, y de The English Surgeon, que obtuvo un Emmy.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Frecuentemente atribuido a Hipócrates de Cos, c. 460 a.C.: “Ante todo, no hagas daño…”.
  • René Leriche, La filosofía de la cirugía, 1951: “Todo cirujano lleva en su interior un pequeño cementerio al que acude a rezar de vez en cuando, un lugar lleno de amargura y pesar, en el que debe buscar explicación a sus fracasos”.
  • Muchas veces, para superar nuestros temores, incluso atribuimos a los médicos cualidades sobrehumanas. Si la operación es un éxito, el cirujano es un héroe; si fracasa, es un villano.
  • Gran parte de lo que ocurre en los hospitales es cuestión de suerte, y la suerte puede ser buena o mala. El médico pocas veces tiene control alguno sobre el éxito y el fracaso.
  • Saber cuándo no hay que operar es tan importante como saber operar, y la experiencia en lo primero es más difícil de adquirir.
  • Un neurocirujano debe aprender a ser objetivo ante lo que ve y, al mismo tiempo, no olvidar que está tratando con eprsonas.
  • Si penetro por equivocación donde no debo, en la zona que los neurocirujanos llamamos el “cerebro elocuente”, cuando acuda a la sala de recuperación después de la cirugía para comprobar mis logros, me encontraré con un paciente con secuelas y descapacitado.
  • La tecnología moderna no ha hecho sino reducir el riesgo hasta cierto punto. Pese a toda la tecnología, la neurocirugía sigue siendo peligrosa.
  • A menudo, es mejor dejar que la enfermedad del paciente siga su curso natural y no operar siquiera.
  • A medida que adquiero más y más experiencia, me doy cuenta de que la suerte es cada vez más importante.
  • Para mí sería mucho más fácil llevar a cabo una operación difícil si le dijera de antemano al paciente que es terriblemente peligrosa y que hay bastantes probabilidades de que salga mal, ya que entonces, si en ef ecto no sale bien, quizá la dolorosa responsabilidad que sentiré será un poquito menor.
  • El pesar que sentía por lo que le había hecho a aquella joven se iría desvaneciendo. El recuerdo de su imagen tendida en una cama de hospital, con un brazo y una piersna paralizados, dejaría de ser una dolorosa herida para convertirse en una triste cicatriz. La joven se añadiría a la lista de mis desastres.
  • Cuando la sangre brota de la herida, me invade la emoción de la caza y siento que tengo el control sobre todo lo que ocurre.
  • Hace falta saber cuáles vasos sanguíneos pueden sacrificarse y cuáles no. En ese momento, siempre tengo la sensación de que todos mis conocimientos y mi experiencia se esfuman. Cada vez que corto un vaso sanguíneo, me estremezco un poco de miedo. Un buen cirujano aprende a aceptar ese desasoiego como una parte normal de su jornada de trabajo, y a seguir adelante a pesar de todo.
  • Todos los tumores cerebrales son diferentes. Los hay duros como piedras y blandos como gelatina. Unos están completamente secos y otros supuran sangre hasta al punto que, en ocasiones, el paciente puede morrir desangrado durante la operación. Algunos se desprenden como guisantes de una vaina, otros están tan enraizados en el cerebro y en sus vasos sanguíneos que no hay nada que hacer.
  • A partir de un escáner cerebrla uno no puede saber con certeza cómo se comportará un tumor hasta que empieza a extirparlo.
  • La neurocirugía consiste en el tratamiento quirúrgico de pacientes con enfermedades y lesiones del cerebro y la columna vertebral. Se trata de problemas poco frecuentes, por tanto, el número de neurocirujanos y de departamentos de Neurocirugía, si se compara con otras especialidades médicas, es pequeño.
  • Los aneurismas son pequeñas protuberancias parecidas a globos, que surgen en las paredes de las arterias cerebrales, y que pueden causar (y de hecho, lo hacen con frecuencia) hemorragias de consecuencias devastadoras en el encéfalo. Si se produce la rotura el 15% de la gente muere de inmediato, y otro 30% lo hace en el término de unas semanas, la tasa de mortalidad anual pasa a ser del 4%.
  • Mi obsesión con la neurocirugía, las largas jornadas de trabajo que supondría y la autosuficiencia que hizo aflorar en mío conducirían al fin de nuestro matrimonio, veinticinco años después.
  • Si un dolor de cabeza tiene una causa grave, ésta suele resultar obvia por la propia naturaleza del dolor.
  • Lo último que se consigue en un hospital es paz, descanso o tranquilidad, en especial si vas a someterte a una intervención cerebral a la mañana siguiente.
  • Es posible que la angustia sea contagiosa, pero la confianza también lo es.
  • No hay pruebas científicas de que los afeitados integrales que llevábamos a cabo en el pasado tengan efecto alguno en le porcentaje de infecciones. Sospecho que el motivo real, aunque sin duda inconsciente, era que se trataba de una forma de deshumanizar al paciente, y eso hacía que al cirujano le resultara más fácil operarlo.
  • Tras tantos años operando co nel microscopio, este instrumento ha acabado convirtiéndose en una extensión de mi propio cuerpo.
  • Una cuarta parte de la sangre del corazón llega hsta el cerebro, por lo que el paciente puede perder varios litros de ella en cuestión de minutos si no controlas con rapidez la hemorragia. Pocos pacientes sobreviven al desastre de una rotura prematura.
  • Era el único cirujano que he conocido que siempre comprobaba una grapadora antes de utilizarla.
  • A los médicos les gusta hablar de “el arte y la ciencia” de la medicina. Es algo que a mí siempre me ha parecido bastante presuntuoso, y prefiero considerar lo que hago una forma de artesanía práctica.
  • Lo mejor es enemigo de lo bueno.
  • Al igual que la mayoría de los cirujanos, me he vuelto más audaz con la experiencia. Los cirujanos con poca experiencia son demasiado cautelosos: sólo mediante la práctica interminable se aprende que, muchas veces, uno sale airoso de ciertas cosas que al principio parecían extremadamente aterradoras y complicadas.
  • Muchas de las cosas que nos ocurren en la vida las determina el más puro azar.
  • Cuando se trata de operaciones difíciles, todos los neurocirujanos esperamos con ansiedad a que se pase el efecto de la anestesia, incluso si estamos casi seguros, de que no ha habido secuelas.
  • La investigación en el campo de la psicología ha demostrado que la ruta más fiable hacia la felicidad personal es hacer felices a otros.
  • Como cirujanos, nuestro mayor logro es que nuestros pacientes se recuperen por completo y se olviden para siempre de nosotros. Quizá nunca lleguen a comprender hasa qué punto era peligrosa la operación y la suerte que tuvieron de que todo saliera tan bien.
  • En principio, lo de “consentimiento informado” suena muy sencillo. Los pacientes experimentan terror y se ven sumidos en un mar de dudas. ¿Cómo van a saber si el cirujano es competente o no? Su respuesta ante esta situación suele ser siempre la misma: tratarán de sobreponerse al miedo atribuyéndele al médico habilidades sobrehumanas.
  • A un cirujano más joven este aspecto concreto puede sumirlo en un serio dilema moral: si no acepta casos difíciles, ¿cómo va a mejorar? Pero, ¿y si t iene un colega con más experiencia que él?
  • Si los pacientes pensaran racionalmente, preguntarían al cirujano cuántas operaciones de esa clase ha llevado a cabo, pero sé por experiencia que eso no ocurre casi nunca. Pensar que tu cirujano puede no estar a la altura resulta aterrador; es mucho más sencillo limitarse a confiar en él.
  • Todas las defensas de la impasibilidad profesional se vienen abajo cuando hay que tratar con un compañero de fatigas. No es de extrañar que todos los cirujanos detesten operar a otro cirujano.
  • Tiempo atrás, habría abandonado la sala hecho un basilisco y exigiendo que se hiciese algo de inmediato, pero he llegado a asumir que, cuando uno tiene que enfrentarse a un nuevo protocolo informático en un hospital gigantesco y moderno como el nuestro, lo mejor es sustituir la ira por una desesperanza fatalista y reconocer su absoluta impotencia al respecto. Sólo soy un médico más que se enfrenta a un programa informático más.
  • No me gusta nada hablar con los pacientes la mañana de la operación. Prefiero no acordarme de que son humanos y tienen miedo, y no quiero que puedan llegar a sospechar que yo también me siento intranquilo.
  • Según los poetas, lso ojos son las ventanas del alma, pero también lo son del cerebro: examinar la retina te da una idea clara del estado del encéfalo, ya que está conectado a él de forma directa. Los diminutos capilares del ojo estarán en condiciones muy similares a los del cerebro.
  • No se sabe con certeza qué papel específico tiene en nuestra vida el lóbulo frontal derecho del cerebro humano. De hecho, puede sufrir daños hasta cierto punto sin que la gente parezca empeorar en ningún sentido, pero si esas lesiones fueran de consideración, el resultado sería un espectro de problemas de conducta que se agrupan bajo el término de “cambio de personalidad”.
  • A veces hablo con mis colegas sobre qué actitud adoptaríamos nosotros si nos diagnosticaran un tumor cerebral maligno. Suelo decir que confío en que acabaría suicidándome, pero no puedes saber con certeza qué decisión tomarás hasta que te ocurre.
  • La realidad de la cirugía había resultado muy distinta a la idea que me había hecho de ella cuando era camillero de quirófano. Las intervenciones solían centrarse en partes del cuerpo desagradables y malolientes, esfínteres y fluidos corporales que me resultaban casi tan poco atrayentes como algunos de los cirujanos que los manipulaban, aunque hubo unos cuantos profesores en el hospital sin cuya influencia jamás me habría convertido en cirujano.
  • La responsabilidad entraña el miedo al fracaso, y los pacientes se convierten en una fuente de ansiedad y estrés, aunque ocasionalmente uno pueda sentirse orgulloso ante los éxitos.
  • Poco a poco, me fui endureciendo, de ese modo tan peculiar en que deben hacerlo los médicos, y llegué a considerar a los pacientes como una raza completamente distinta a la de los profesionales de la medicina como yo, importantísimos e invulnerables.
  • Ahora que me acerco al final de mi carrera tengo menos miedo al fracaso: he llegado a aceptarlo y a sentirme menos amenazado por él, y confío en haber aprendido algo de los errores cometidos en el pasado, de modo que puedo arriesgarme a ser un poco menos objetivo.
  • Cuanto mayor me hago, menos capaz me siento de negar que estoy hecho de la misma carne y de la misma sangre que mis pacientes, y que soy igual de vulnerable que ellos.
  • Sé que también yo, tarde o temprano, acabaré prostrado en una cama en una abarrotada sala de hospital, temiendo por mi vida, como hoy la hacen ellos.
  • Prestigioso cirujano: “Operar es la parte fácil, ¿sabe? Cuando uno llega a mi edad, se da cuenta de que todas las dificultades tienen que ver con la toma de decisiones”.
  • Cuando me inicié en la neurocirugía, hace treinta y dos años, no operábamos a la gente de esa edad. Cualquiera que pasara de los sesenta se consideraba demasiado viejo. Ahora no parece que haya una edad límite.
  • Cada vez quie se abre la cabeza de alguien existe un riego del uno al dos por ciento de que se produzca una grave hemorragia o una infección, y es muy posible que ese peligro sea un poco más alto en una persona de su edad.
  • En el pasado todo el mundo aceptaba que a veces su jornada tendría que alargarse. En el Sistema Nacional de Salud premoderno, los especialistas nunca llevaban la cuenta de las horas: sencillamente seguían al pie del cañón hasta que el trabajo quedaba hecho.
  • Los cirujanos ya no pueden comportarse de esa forma sin que haya consecuencias. Envidio la forma en que la generación que me formó podía aliviar el intenso estrés de su trabajo perdiendo los estribos, a veces de forma escandalosa, sin temor a que los llevaran a juicio por intimidación y acoso.
  • Como al escasez de camas es crónica, cada vez más a menudo se ingresa a los pacientes de cirugía la mañana misma de la intervención y se les asigna una cama.
  • Con tanta tecnología, cuesta creer que algo puede salir mal, pero lo que de verdad importa es que los de Enfermería despierten al paciente cada quince minutos para asegurarse de que está consciente y no se haya sumido en un coma provocado por un sangrado postoperatorio.
  • Los parientes angustiosos y furiosos son una carga que todo médico debe sobrellevar, pero haber sido uno de ellos fue una parte importante de mi formación como cirujano.
  • Como les digo siempre entre risas a mis residentes, los médicos no sufren los suficiente.
  • En los últimos años, los retrasos entre el final de una operación y el inicio de la siguiente se han vuelto cada vez más prolongados. El problema es que no podemos empezar con la cirugía hasta saber que habrá una cama disponible después para el paciente, y a menudo no la hay. Cada vez me pasó más horas tumbado en el sofá, contemplando las nubes con melancolía y viendo cómo pasan raudas las palomas.
  • Como cirujano en activo, la eterna cuestión filosófica del “problema mente-cerebro” siempre me ha parecido confusa y, en última instancia, una pérdida de tiempo.
  • Una de las normas tácitas de la medicina inglesa es que jamás debes criticar abiertamente a un colega ni desautorizarlo, de modo que guardé silencio.
  • Casi todos los neurocirujanos se vuelven más conservadores a medida que se hacen mayores, lo que significa que recomiendan la cirugía en menos pacientes que cuando eran más jóvenes.
  • Ahora estoy más dispuesto a aceptar que dejar morir a alguien puede ser una opción mejor que operarlo cuando sólo hay una posibilidad muy pequeña de que esa persona pueda volver a valerse por sí misma.
  • Muchísimos pacientes que han sufrido lesiones en la cabeza llevan vidas terribles. Si los neurocirujanos les siguieran la pista a las personas que han operado de traumatismos craneoencefálicos graves, estoy seguro de que tendrían un criterio más selectivo a la hora de decidir a quién operan.
  • La peor pesadilla de todos los padres es sobrevivir a sus hijos.
  • La vida sin esperanzas es tremendamente difícil, pero con cuánta facilidad consigue la esperanza, en definitiva, volvernos necios a todos.
  • Cuando he tenido que dar malas noticias, nunca sé si lo he hecho bien o no. Lo único que puedes esperar es no haber metido demasiado la pata.
  • Los cirujanos siempre deben decir la verdad, pero rara vez, o nunca, han de negarle toda esperanza al paciente.
  • La mayor parte de los pacientes y sus familias buscarán información sobre sus enfermedades en internet, de modo que las mentiras piadosas del pasado hoy ya no se las cree nadie.
  • A menudo resulta muy difícil admitir que se ha alcanzado el punto de no retorno.
  • En mi trabajo tengo poco contacto con la muerte, pese a su constante presencia. Se ha vuelto aséptica y remota.
  • Los pacientes con tumores cerebrales a los que trato fallecen siempre en su casa, en una residencia para enfermos desahuciados o en el hospital de su barrio. Sólo muy de vez en cuando uno de ellos muere bajo mi tutela, mientras se halla aún en el hospital, pero siempre está en coma, puesto que la muerte le sobreviene porque el cerebro está muriendo. Rara vez he tenido que enfretarme a la muerte cara a cara, aunque en alguna ocasión sí me ha pillado.
  • Yo detestaba las autopsias y siempre trataba de evitarlas. Mi impasibilidad tenía sus límites.
  • Si no consigues el equilibrio correcto entre optimismo y realismo, puedes o bien condenar al paciente a vivir en la más absoluta deseperanza el tiempo que le quede, o bien acabar acusado de deshonestidad o incompetencia cuando el tumor se vuelva maligno y el enfermo comprenda que va a morir.
  • Siempre existe el temor de que puedas estar equivocado, de que el paciente tenga razón al esperar algo imposible, al confiar en un milagro, y de que deberías operarlo una vez más.
  • Con los años he aprendido que, cuando se trata de dar malas noticias, lo mejor probablemente es decir lo menos posible. Uno debe contener el impulso de hablar por los codos para llenar el triste silencio.
  • A los cirujanos les cuesta admitir que cometen errores, tanto ante sí mismos como ante los demás, y recurren a toda clase de medios para ocultarlos y tratar de achacárselos a otros.
  • Ahora que me acerco al final de mi carrera, siento la creciente obligación de dar testimonio de las equivocaciones que he cometido en el pasado, con la esperanza de que mis discípulos aprendan a no repetirlas.
  • Auqnue se habla mucho sobre la necesidad de que los médicos trabajen en una cultura “libre de culpa”, está visto que, en la práctica, se hace muy difícil conseguirlo. Sólo si se odian o están enzarzados en una furiosa competición se criticarán más abiertamente unos a otros, e incluso entonces es más frecuente que lo hagan a espaldas de los demás.
  • Cada día tomo montañas de decisiones que, si resultan equivocadas, pueden tener consecuencias terribles.
  • Mis pacientes necesitan desesperadamente cree en mí, y yo también necesito creer en mí mismo.
  • Esa clase de erores técnicos garrafales son insólitos en cirugía.
  • La mayoría de equivocaciones que suelen cometerse en las intervenciones son sutiles y complejas, y apenas pueden considerarse errores.
  • Es fácil mentir si hahabido problemas en una operación. Nadie puede saber en qué sentido han salido mal las cosas, excepto el propio cirujano y su equipo. Uno puede inventar las excusas que quiera, mientras sean plausibles.
  • Sé de un famoso cirujano, ahora retirado, que ocultó un error más garrafal incluso con un paciente muy eminente, limitándose a mentir en el informe quirúrgico.
  • Nadie, a parte de un neurocirujano, comprende qué se siente al acercarte a regañadientes a la sala de pacientes para ver, un día tras otro, a veces durante meses seguidos, a alguien cuya vida has destrozado.
  • En la neurocirugía, uno no puede pasar mucho tiempo sintiéndose satisfecho de sí mismo. Siempre hay otro desastre esperando a la vuelta es la esquina.
  • Morir rara vez resulta fácil, por mucho que deseemos creerlo así. Nuestros cuerpos no nos dejan soltar las amarras de la vida sin oponer resistencia.
  • Si no te mueres de forma violenta, ahogándote y tosiendo, o en coma, entonces no queda más remedio que ir consumiéndose. Hasta que, cuando se acerca el fin, apenas te quedan fuerzas para abrir los ojos y yaces inánime en el lecho de muerte, con la respiración por todo indicio de movimiento.
  • Cuando se acerca el final, tu rostro se convierte en el de una persona cualquiera, en un rostro que todos conocemos, aunque sea gracias al arte funerario de las iglesias cristianas.
  • En neurocirugía se le llama “el problema de la integración”: el hecho extraordinario, que nadie es capaz ni de empezar a explicar, de que de la mera materia bruta pueda surgir la conciencia y la sensación.
  • Si pienso alguna vez en mi propia muerte, confío en tener un final rápido, un ataque al corazón o un infarto cerebral, preferiblemente cuanto esté durmiendo. Pero comprendo que quizá no sea tan afortunado.
  • La neurociencia nos dice que es altamente improbable que tengamos alma, pues cuanto pensamos y sentimos no es ni más ni menos que el parloteo electroquímico de nuestras neuronas.
  • No son los éxitos lo que recuerdo o sea me gusta creer, sino los fracasos.
  • A todos los cirujanos les produce ansiedad tratar a los colegas. No es un sentimiento racional, ya que, en comparación con otros pacientes, es mucho menos probable que se quejen si las cosas salen mal. La ansiedad del cirujano que trata a otro surge del hecho de que se transgredan las normas del distanciamiento y se sienta muy expuesto. Sabe que su paciente es consciente de que puede cometer errores.
  • Es bsstante fácil dejar que la enfermedad siga su curso y alguien muer si uno sabe sin la menor duda que no puede hacer nada por evitarlo. Pero si uno no está seguro de si puede ayudar o no, o de si debería ayudar o no, las cosas se vuelven cruelmente difíciles.
  • Incluso los tumores benignos pueden resultar mortales si crecen lo suficiente, ya que el cráneo es una caja sellada y sólo hay un espacio limitado en la cabeza.
  • En la consulta para pacientes externos, hace mucho tiempo que aprendí a no hacer distinciones (como siguen haciendo algunos médicos que se creen superiores) entre el dolor “real” y el “psicológico”. Todos se producen en el cerebro y lo único que los distingue, aparte de su intensidad, es qué tratamiento puede conseguir los mejores resultados o, más especialmente, cuando se trata de mi consulta, si van a mejorar o no con la cirugía.
  • Cuando una operación falla pueden sacarse dos conclusiones diametralmente opuestas: la primera es que no se ha hecho bien y hace falta repetirla, y la segunda, que ya de entrada la cirugía no iba a ser la solución.

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  1. […] Ante todo no hagas daño de Henry Marsh. […]

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