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Yo no de Joachim Fest – Apuntes Breves

Posted by Raul Barral Tamayo en Martes, 6 de junio, 2017


Título original: Ich nicht.
© 2006, Rowohlt Verlag GmBH, Reinhek bei Hamburg
© De la traducción: Belén Bas Álvarez
Editorial: Taurus.

Nadie se ha esforzado tanto como Joachim Fest por comprender los rasgos y mecanismos del nazismo. Su ponderado análisis del Tercer Reich, sus biografías de Adolf Hitler y de Albert Speer, así como la magistral descripción de los últimos días vividos en el búnker de Hitler que hace en El hundimiento, cuentan con millones de lectores en todo el mundo. Pero ¿cómo vivió él mismo, nacido en 1926, el nazismo, la guerra y la derrota de Alemania?

Para Joachim Fest (que falleció poco después de terminar este libro), la profunda tragedia alemana fue la incapacidad de las élites culturales de hacer frente al fascismo. Atípico y conmovedor, este libro recoge la resistencia al régimen nazi de una familia católica alemana desde la profunda convicción moral de su padre, que asumió la pérdida de privilegios y la precariedad por resistirse a las presiones de unirse al partido nazi y a las estructuras del régimen.

En estas memorias de sus años de infancia y juventud, Joachim Fest nos ofrece por primera vez una visión íntima de sus vivencias más directas durante esos años oscuros. La temprana prohibición de ejercer la enseñanza que sufrió su padre, su propia expulsión del colegio, su iniciación en el mundo de la ópera berlinesa, sus lecturas durante el servicio militar, o su intento de fuga de un campo de prisioneros americano, son algunos de los episodios protagonizados y narrados en primera persona por un observador nato. Pero sobre todo Fest revela cómo, a pesar de las dificultades, era posible enfrentarse al agobiante acoso ideológico del régimen desde la humildad, la firmeza de principios, la cohesión familiar y la dignidad.

Joachim Fest (1926-2006), historiador y periodista alemán, fue redactor jefe de la radiotelevisión alemana NDR (1963-1973) y editor del prestigioso periódico Fankfurter Aligemeline Zeitung (1973-1993). Como autor de ensayos de historia, se le considera uno de los escritores alemanes de posguerra más exitosos, sobre todo por su biografía de Hitler y por el libro El Hundimiento, que se utilizó como base de la película de mismo título.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Nuestra memoria está trabajando sin cesar, aparta algunas cosas, las sustituye por otras o las cubre con nuevas experiencias. El proceso nunca termina.
  • Se pueden tener sueños, fabricar castillos en el aire: todo está permitido. ¡Pero siempre hay que mantener los pies en el suelo!
  • Cada uno de nosotros, los hermanos, sufrió su enojo cuando, al acabar la dictadura de Hitler, se extendió el argumento exculpatorio de que en 1932-1933 sólo se había podido elegir entre el NSDAP o el KPD, y la gente se decidió por Hitler como mal menor. ¿No habría sido más sensato y, desde luego, más responsable, decidirse por la República, replicaba, o para el caso, por el SPD, el centro o los liberales?
  • ¡No olvidéis nunca la ironía! Es el boleto de entrada a todo lo humano. Exteriormente, mostramos la seriedad que requiere la situación, pero en nuestro interior expulsamos el disgusto con un chasquido de los dedos.
  • En las primeras elecciones de 5 de marzo de 1933, todavía más o menos libres, el partido de Hitler fue votado por más del 40% de las personas con derecho a voto.
  • Causaron mucho más indignación las “circunstancias humillantes” que se exigieron a la delegación alemana, que iban desde la asignación de la entrada de servicio para acceder al edificio de negociación hasta los heridos con graves lesiones en la cara que, en un acto de humillación calculada, se apostaban a la entrada de la sala de reuniones.
  • Él opinaba que éstas y otras escenificaciones simialres legitimaban el artículo 231 del Tratado de Versalles redactado con “la arrogancia repugnante del mal ganador”: la declaración de que Alemania era la única culpable de la guerra. En realidad, las potencias demostraron que “no eran capaces de hacer frente a su victoria”. La República regresó de Versalles “con un gorro de bufón”, según decía una expresión que rápidamente se extendió por todas partes con escarnio y rabia.
  • Durante los primeros tiempos del nuevo Estado, contaba mi padre, cuando acudía noche tras noche a las federaciones locales, alertaba siempre sobre las dos puñaladas que la naciente República había sufrido: la una, representada por el “fraude Hindenburg”, la otra, por la potencias victoriosas. De esa manera se brindaba a Hitler la posibilidad de presentarse como adalid de la llamada honra alemana.
  • Si profundizo un poco más en las relaciones políticas y sus vinculaciones familiares, hay que decir que las calamidades de los últimos años de la década de 1920, sobre todo el irresistible ascenso de Hitlet, habían crispado enormemente los nervios. Al mismo tiempo, y como suele ocurrir en periodos de crisis, aparecían por todas partes los más extraños profetas, doctores con ocultas recetas para salvar el mundo, predicadores de sectas y jardineros del edén que, con los ojos en blanco, preconizaban que la humanidad estaba abocada al hundimiento. La única esperanza sería la llegada de un Führer que se pusiera al frente con decisión e impartiera nuevas consignas al mundo.
  • Richard Schönborn, diputado centrista, amigo de mis padres: “Los procesos de decadencia empiezan siempre por el mundo de los conceptos”.
  • A los que se hunden les gusta por lo menos tener la certeza de estar aliados con lo mejor.
  • En repetidas ocasiones le oí pr onuncia la ominosa palabra “guerra”, sin que comprendiera absolutamente nada. Cuando años después, le pregunté si con esa advertencia quería prevenir sobre la Segunda Guerra Mundial que estallaría en 1939, mi padre lo negó sonriendo; no, él no había tenido una visión tan a largo plazo. Se había referido más bien a la guerra civil que pensaba que se iba a desatar.
  • El jefe del negociado, sentado en el lugar del alcalde y sin ofrecer asiento al visitante, le comunicó otra vez de manera oficial, leyendo un texto preparado previamente, que quedaba relevado de la dirección de la escula nº 20 y apartado del servicio hasta nueva orden. Como motivo de esa suspensión el alegaron su destacada pertenencia al partido del centro y al Reichsbanner, así como su “lenguaje claramente despectivo hacia el Führer” y otros nacionalsocialistas de alto rango, en particular contra el “mártir del movimiento” Horst Wessel.
  • En un principio, las innumerables violaciones de los derechos por parte de los nuevos gobernantes causaban una cierta intranquilidad.
  • Cada cual buscaba una justificación para hacer la vista gorda ante los delitos que había por todas partes.
  • La mayoría era “gente decente”, como se suele decir. Por aquella época se producían denuncias. En cualquier caso, nunca nos sentimos excluidos.
  • La mentira había sido siempre el medio que tenía la gente humilde para enfrentarse a los poderosos.
  • Mi madre todavía dijo algo más sobre los reproches de muchos amigos, según los cuales él era demasiado intransigente, al pensar sólo en unos principios. Pero mi padre replicó que él no podía colaborar con los nazis, que no les podía dar ni un solo dedo. Así era exactamente. Aunque eso frustara las expectativas que ella tuviera para su vida. Esto les sucede a casi todos, que sus sueños se quedan atascados. Los dos sabían que nada cambiaría a lo largo de su vida. Ya no se librarían de Hitler.
  • Él sabía cuál era su responsabilidad. Pero también tenía principios qeu no permitía que nadie pusiera en tela de juicio. Ni siquiera la “banda de criminales” que estaba en el poder.
  • La bella sentencia en latín formaba parte de toda vida verdaderamente libre: ¡Aunque todos participen, yo no!
  • La bella regularidad de los días se alteró en el otoño del año 1936. Entonces cada vez más vecinos y conocidos comenzaron a colaborar con el poder no sólo formalmente, sino cada vez más convencidos. Al menos en Karlhorst, donde empezó el gran cambio de posiciones.
  • A ellos se unieron los sindicatos, que mostraban su reconocimiento a la política social de Hitler, y otro impulso fueron los juegos olímpicos que se organizaron como una gran fiesta de reconciliación.
  • El que no se dejaba impresionar por todo eso decía convencido que colaboraba para “evitar algo peor”. En realidad, ninguno de los que así hablaba había evitado nada peor, sino que había proporcionado reconocimiento al régimen y, con ello, había promovido el “mal”.
  • El trato siempre amable en la tienda de comestibles Bushc ahora brillaba por su ausencia en cuanto mi padre entraba por la puerta, y antiguos conocidos se cobijaban en un portal cuando él se acercaba, o se cambiaban de acera.
  • Era angustioso contemplar cómo la estructura social siempre estable de Karlhorst se descomponía en poco tiempo. De repente surgieron enemistades que, aunque generalmente tenían un fundamento ideológico, no reflejaban más que la envidia, la maldad o la bajeza natural.
  • Cuando más tarde le pregunté qué era lo que más le había molestado, me dijo que el “vacío” abierto a su alrededor y el “muro de silencio” que se había levantado en torno a su persona y que la gente apartara la vista a su paso. Eso le había afectado más de lo que podía imaginar. Las malas acciones de aquellos que de pronto llevaban uniforme y tenían poder no le habían resultado inesperadas; a éstos ya los había visto venir, y más bien se había sorprendido de que muchos se comportaran de un modo más correcto de lo que cabía suponer.
  • Un renombrado jurista decía que el Estado constitucional era un invento de judíos y comunistas.
  • Inglaterra era el enemigo, no había ningún otro, pues es necesario un enemigo fuerte para que la victoria merezca la pena.
  • Ellos pensaban que tenía a Dios de su parte; quien todavía conservara aunque sólo fuera una pizca de sentido común le veía más bien como un aliado del demonio.
  • ¿Por qué sigue teniendo Hitler esas victorias fáciles?, rpeguntó una noche después de una enumeración detallada de los acontecimientos. Y por qué de nuevo se desencadenaba precisamente en Alemania esta mezcla de ambición y arrogancia. ¿Por qué no fracasaba la estafa nazi, que escarnecía a los intelectuales? O que escarnecía a la gente sencilla, que normalmente tiene más “carácter”.
  • Dijo (Hausdorf) que la convivencia comenzaba con la broma, y que para los nazis la ironía era cosa del demonio.
  • Él (doctor Mayer) siempre llevaba un objeto en cada mano para evitar tener que hacer el saludo hitleriano, que siempre le exigían, aunque sólo fuera levantando el brazo hasta el hombro. Mi padre tampoco lo hace, ni siquiera cuando tiene las dos manos libres.
  • Paa él, continuó mi padre, Thomas Mann había perdido todo crédito con sus Consideraciones de un apolítico. Este libro, precisamente por estar tan bien escrito, había hecho más que el propio Hitlet por el distanciamiento de los ciudadanos respecto a la República. Algo así no tenía disculpa.
  • Mi padre dijo que sentía actuar en este caso como un censor, pero tampoco quería en casa a un autor políticamente tan sospechoso como Felix Dahn.
  • En cuanto la oficina tuviera constancia de que el solicitante mostraba una apreciación positiva del ordenamiento nacionalsocialista así como del Führer Adolf Hitler, estaría dispuesta a reconsiderar las circunstancias.
  • Estaba de acuerdo con sus compañeros de tertulia en que Hitler era del tipo de “cobarde temerario”; las personas así suelen llegar al límite, pero al primer contratiempo serio se rompe la cuerda y, con lo que les queda de petulancia, se pegan un tiro. Todos los tertulianos estaban de acuerdo en que Hitler era un suicida nato.
  • Escuchar “emisoras enemigas” se iba a castigar con la cárcel, y por tanto, casi seguro, con la muerte, al igual que la simple difusión de chistes políticos.
  • Él definía a un nazi como alguien que siempre iba demasiado lejos.
  • Se dijeron que un pueblo que ha engendrado a Goethe, Schiller y Lessing, a Bach, Mozart y a muchos otros, sería incapaz de cometer barbaridades. Siempre habían existido, creían ellos, invectivas contra los judíos, desprecios. Pero nunca persecuciones manifiestas.
  • Él ya les había hablado de la necesidad de emigrar después del boicot de abril de 1933, de las leyes de Núremberg de 1935 y siempre que había habido ocasión, hasta llegar a la noche de los cristales rotos, cuando perdieron la ocasión más propicia. Pero nadie había querido escucharle. Todos habían mencionado miles de motivos para quedarse, e incluso llegaron a echarle en cara que, al igual que los nazis, quería una Alemania “libre de judíos”.
  • Él solía dividir a las personas en los que preguntan y los que responden. Los nazis eran gente que siempre tenía una respuesta. Yo debería procurar estar siempre entre los que preguntan.
  • Uno de los locutores de la BBC había informado detalladamente sobre un debate en la Cámara de los Comunes en el que se afirmaba que, en contra de lo que se rumoreaba, los nazis no instalaban a los judíos expulsados de Alemania en campos abiertos en el Este, lo que ya sería espantoso, sino que los asesinaban por decenas de miles. Todo se lo atribuía a Hitler y sus secuaces.  Aunque todavía pensaba que en este caso se trataba de una de las historias atroces como las que había inventado la poco escrupulosa propaganda de guerra inglesa ya en la Primera Guerra Mundial. Por ello buscaba pruebas nuevas, que se pudieran demostrar. Ninguno de sus amigos había podido aportar nada, y el tema no había vuelto a aparecer en ninguna emisión de la BBC, y eso que había pasado muchas horas junto a la radio.
  • Hasta ese día no sabía que el argumento puede esconderse completamente tras el tono.
  • Tener razón es a la larga un triunfo estúpido.
  • Presentarse como voluntario era la única forma de que no te incorporaran a las SS, cuyos reclutadores habían estado recientemente en clase.
  • En cierta ocasión le había dicho a Reinhold Buck que toda persona vive cuatro experiencias determinantes en su vida: la emoción por una obra de música primorosa, la lectura de un gran libro, el primer amor y la primera pérdida irreparable.
  • En seguida se volvió a hablar de un “arma prodigiosa” decisiva para la guerra.
  • Nuestro punto de destino no era París, sino una localidad próxima a la capital francesa llamada Attichy, que en la última frase de la guerra habría adquirido mala fama por ser un lugar de concentración de cientos de miles de prisioneros alemanes.
  • Se hablaba también de un grupo de “anticuados”, como se llamaban a sí mismos, que cazaban sin grandes cumplidos a todo prisionero que se permitía hacer comentarios despectivos sobre Hitler y la guerra.
  • Se sorprendió de que yo no supiera nada sobre Dreiser, Faulkner o Hemingway, cuyos nombres le oí a él por primera vez, y eso le hizo darse cuenta de lo alejada que había estado Alemania del mundo civilizado durante la época de Hitler.
  • Al oír que era 14 de julio, comentó que ya no tenía nada más que hacer, nada más que decir y nada más que celebrar. Como causa de la muerte había que apuntar: ausencia total de alegría de vivir.
  • Cambiando de tema, señaló que ahora el país estaba lleno de gente que siempre había estado “en contra”. Ocurre como con determinadas enfermedades que primero tienes que infectarte para terminar muriendo.
  • La vida tiene razones que ningún tribunal del mundo comprende.
  • Mi padre permaneció un rato pensando, y finalmente dijo que ya estaba bien. “Todos guardamos silencio. Por vergüenza, miedo y angustia. Yo también lo hago. ¡No tiene sentido hablar!”.
  • Al cabo de un rato continuó: “¡Ni entonces quise ni ahora quiero hablar sobre ello! Cuando lo recuerdo, siempre pienso que, a pesar de todo lo que sabía, nunca pude hacer lo más mínimo. ¡No quiero hablar de ello! Espero que lo entiendas”. Y terminó: “En casa de los verdugos se sabe guardar silencio. ¡Tampoco se habla delante de fosas comunes!”.
  • A continuación mi padre le preguntó por qué entonces le costaba tanto hacer una confesión así, a lo que el otro respondió que él no era un canalla. Y al indicarle que él no había estado sólo al servicio de una idea, sino también de las personas, Fengler comentó que posiblemente eso era lo que le había hecho ser débil. Pero su comportamiento había sido imperdonable, y todavía iba a tener que cargar muchos años con el peso de su felonía. “Por lo menos, no se ha hecho pasar por opositor a Hitler, concluyó mi padre, ni me ha pedido un certificado de no objeción”.
  • ¿Eres libre realmente? Se trataba sencillamente de comprar unos libros. Quizá la normalidad sea la tarea más difícil. Ahora empieza. ¿Lo lograrás? ¿Y cómo lo harías?
  • Recuerdo lo que decía ante cualquier decisión arbitraria tomada por gente que no era nada y que de repente se había crecido: “Soporta a los clowns”.
  • Por entonces, nadie podía dar una respuesta convincente a las cuestions más estrictamente históricas sobre cómo se pudo producir el fenómeno Hitler y todo lo que conllevó.
  • Fueron pocas las motivaciones intelectuales que habían llevado a Hitler al poder; fueron más determinantes las experiencias vitales de la gente. Entre ellas estaban la inflación y la crisis económica mundial, junto con el derrumbamiento de la clase media que tradicionalmente había llevado el peso del Estado. A partir de ahí, cualquier que se hubiera visto afectado por esos problemas temía hundirse aún más en el vacío. A esto hay que añadir el desgarramiento ideológico de la idea del Estado y el hecho de que la tendencia de la época se orientaba hacia sistemas totalitarios o al menos dictatoriales, especialmente cuando su portavoz era un especialista en el manejo de la opinión pública y un demagogo como Hitler.
  • Hoy uno se pregunta todavía cómo todos estos motivos pudieron hacer enloquecer a un viejo pueblo civilizado como el alemán. ¿Cómo los dirigentes del movimiento nacionalsocialista pudieron pisotear todas las garantías constitucionales sin que hubiera la más mínima resistencia? ¿Cómo fue posible tanta arbitrariedad jurídica en una nación amante del orden?
  • Una vez le escuché a mi padre decir que los alemanes ya no eran alemanes: “Han perdido su pasión por la reflexión y han descubierto su afición por lo primitivo. El tipo de erudito reflexivo del siglo XIX ya no es el modelo en que se fijan. Lo fue durante mucho tiempo. Ahora se fijan más en el guerrero tribal que baila en torno a un poste y que orienta hacia el cabecilla su rostro pintarrajeado. ¡El pueblo de Goethe!”.
  • La adaptación durante los primeros años de la posguerra se ha calificado posteriormente como “silencio elocuente”, lo cual no suponía simplemente una forma de represión. Más bien en él se mezclaban el desencanto, la vergüenza y el despecho, en un conjunto impregnado de rechazo de la culpa. Hay que añadir la tendencia a interpretar papeles protagonistas. Unos se inventaron actos de resistencia que nunca realizaron, otros, en el juego del arrepentimiento, se esforzaban por buscar un sitio bien visible en el banco de la autoacusación. Sin embargo, en medio de sus lamentos parecían dispuestos a calumniar a quienes no hicieran como ellos y se dieran continuamente golpes en su pecho pecador.
  • Cuando Günter Grass o alguno de los innumerables autoacusadores manifestaban su sentimiento de vergüenza, en modo alguno querían llamar la atención sobre su propia culpabilidad, más bien sobre los muchos motivos de todos los demás para avergonzarse. No obstante, según ellos, para su escándalo y el de todos los demás, la gran masa no estaba preparada para esto. Ellos se sentían ya libres de cualquier reproche gracias al reconocimiento de su vergüenza.
  • Numerosas voces encabezadas por Gershom Scholem han asegurado que la tan discutida simbiosis judeoalemana nunca llegó a existir. El supuesto no es correcto. La conexión entre judíos y alemanes ha sido siempre más profunda y basada en sentimientos de parentesco, mucho más que, por ejemplo, en el caso de la relación entre judíos y franceses, judíos e ingleses o judíos y escandinavos.
  • La sensación de unión contaba con tres pilares fundamentales:
    • En primer lugar, la disposición a un espíritu imaginativo y especulativo, una reflexión en la cima que lleva a nuevos espacios de meditación, ya que todo radicalismo confiere al pensamiento la clarividencia necesaria y a veces, incluso, una bendición especial.
    • En segundo lugar estaría la tendencia a construir edificios ideológicos demasiado complicados que, a ser posible, posean un acabado ideológico y que finalmente terminen en una meta utópica, ya que mundo y hombre buscan constantemente la salvación.
    • Y, por último, cabría mencionar el obsesivo amor por la música en la medida en que ésta tenga un trasfondo metafísico, sobre todo como es el caso de la música alemana desde Beethoven hasta Richard Wagner.
  • No resulta tan descabellado considerar el odio alemán hacia los judíos y a su labor de exterminio como una especie de fraticidio, aun siendo consciente de todos los argumentos en contra.
  • Le repliqué, a ella también le habían arruinado la vida. Pero mi madre nunca lo había visto de esta manera, y tampoco lo quería ver así. Además, “arruinada” era la palabra equivocada. Lo único que se había roto eran sus sueños de jovencita. ¿Pero qué pasaba con los que se habían cumplido? A medida que ella hablaba de lo poco que había sacado, pensé yo, de cada una de sus frases se podía deducir que aún no había terminado con los años hitlerianos, con lo lejos que quedaban ya.
  • Tras los felices días de su juventud, que se prolongaron hasta los dichosos primeros años de casada, había descubierto que existía el mal. Se podía percibir sin la menor dificultad en las sencillas imágenes que para ella componían el mundo. Se materializaba en borrachos, estafadores, asesinos y nazis. Años después de que acabara el nazismo, seguía diciendo que siempre había que mantenerse alerta ante el mal. Es totalmente impredecible. Eso se lo había enseñado la vida. Se suele presentar con apariencia afable, como flirteador, bienhechor, halagador y hasta como una especie de Dios. Los hombres caen como moscas ante él.
  • Ella no creía que al final de los tiempos reinaría la razón. Más bien estaba segura de que triunfaría el mal. El mal resiste a todo tipo de razonamientos. Y puede hacerlo porque los hombres están locos por él.
  • La lección que me enseñaron los años del nacionalsocialismo se resume en oponerme a las corrientes de opinión y no dejarme llevar por ellas.
  • Nunca tuvimos la sensación de carecer de futuro, cosa que sí les ocurría a los amigos del colegio que habían quedado en la parte oriental.
  • No hay que olvidar que el comunismo ha conseguido evitar a la larga que se lo compare con el nacionalsocialismo. Éste era, y es, su mayor éxito de propaganda.
  • Tanto mis orígenes como mi educación me enseñaron a ser desconfiado en política. Especialmente frente a las ideologías en alza de cada momento.
  • En el 68 y en otras coyunturas similares, nunca me ha convencido la impaciencia con la cual una juventud políticamente confusa y moralmente jactanciosa trató de explicar el mundo desde un punto de vista unilateral. La ceguera y los horrores de este modo de ver las cosas se habían hecho demasiado evidentes en mi propio país.
  • Ya en los años treinta, el comunismo y su imitador, el nacionalsocialismo, deberían haber puesto en guardia a todo observador imparcial frente a los radicalismos.
  • Muchos no podían resistirse a la seducción de una utopía muy alejada de la realidad.
  • Lo que la memoria conserva no se, en sentido estricto, lo que una vez ocurrió. El pasado es siempre un museo imaginario.
  • Uno es menos fiel a cómo pasaron las cosas que a cómo era él, a quién es. Ésta es no sólo la flaqueza de los libros de memorias, sino también su justificación.

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raul

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3 comentarios to “Yo no de Joachim Fest – Apuntes Breves”

  1. “Fueron pocas las motivaciones intelectuales que habían llevado a Hitler al poder; fueron más determinantes las experiencias vitales de la gente. Entre ellas estaban la inflación y la crisis económica mundial, junto con el derrumbamiento de la clase media que tradicionalmente había llevado el peso del Estado. A partir de ahí, cualquier que se hubiera visto afectado por esos problemas temía hundirse aún más en el vacío. A esto hay que añadir el desgarramiento ideológico de la idea del Estado y el hecho de que la tendencia de la época se orientaba hacia sistemas totalitarios o al menos dictatoriales, especialmente cuando su portavoz era un especialista en el manejo de la opinión pública y un demagogo como Hitler.”

    ¡Qué similitud a lo que estamos viviendo en España!

    Impresionantes apuntes. Libro a tener en cuneta. Gracias.

    • Raul Barral Tamayo said

      estamos en un ambiente fertil para plantar regimenes muy chungos si :(.

      tampoco exageres, no son tan impresionantes :).

      me alegro q te gustaran, eso si :).

      saludos maicro!

  2. […] Yo no de Joachim Fest. […]

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