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Las cartas que los padres nunca recibieron de Ramón Andreu Anglada – Apuntes Breves

Posted by Raul Barral Tamayo en martes, 10 de abril, 2018


© Ramón Andreu Anglada
Editorial: Ediciones Octaedro.

Las cartas que los padres nunca recibieron… ni recibirán son cartas excepcionales porque son las únicas escritas para no ser enviadas a sus destinatarios, ni leídas por ellos. Son cartas en las que personas que han necesitado una psicoterapia explican a sus padres por qué la han necesitado. Cómo se fraguó todo en su grupo original, la familia que ellos fundaron. Qué déficits y carencias experimentaron, y las consecuencias que esto tuvo en su desarrollo.

Explican cómo han logrado entender lo que pasó, que no fueron víctimas de verdugos, sino de otras víctimas. Que han comprendido que los padres hicieron lo que pudieron, y que si no pudieron hacer más o mejor, fue por falta de salud psicológica, por sufrimientos indebidos e injustos que ellos experimentaron en las primeras etapas de su vida: carencias que determinaron las que ellos habían de transmitir inevitablemente a sus hijos.

Estas cartas no pueden ni deben ser leídas por los padres, porque lo vivirían como una acusación que sería tremendamente injusta, ya que son inocentes de los daños sufridos por el hijo en su crecimiento, de sus déficits y carencias. Su lectura no podría ser asimilada, y podría causar un quebranto importante en su salud tanto psíquica (depresión grave) como física. Pero leídas a su representante simbólico, el terapeuta, tienen un enorme valor y significado, reparador y restaurador de un equilibrio interno que había sido gravemente dañado.

Ramon Andreu Anglada (Vic, 1937), tras ejercer la medicina general y especializarse en medicina interna (1967), siendo médico adjunto (titular) del Servicio de Medicina Interna del Hospital General de la Ciudad Sanitaria Valle de Hebrón (1968-1970), se especializa en psiquiatría (Escuela Profesional de la Facultad de Medicina de Barcelona) y, desde 1971, ejerce esta especialidad en su vertiente psicoanalítica en diversos centros públicos. De 1975 a 1982 es profesor de psiquiatría de la Escuela Universitaria de Enfermería del Hospital San Juan de Dios. Desde 1993 trabaja en consulta privada. Pertenece a la Asociación Europea de Historia del Psicoanálisis.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Hace falta coraje moral para someterse a un tratamiento. Y voluntad autocrítica para poder mejorar como persona.
  • Hay que nadar a contracorriente, como las truchas en el río, para llegar hasta los orígenes.
  • Nos enseña a aprender a substituir el juzgar por el comprender.
  • Es imposible entender lo que se encuentra sin saber qué se busca.
  • Un clavo no saca otro clavo sino que hace un agujero más grande.
  • No hace falta ser el número uno. Hay que sentirse como todo el mundo, sin estar ni por encimar, ni por debajo de nadie.
  • Los tres demasiados que interesan al doctor Andreu: «Demasiado pronto, demasiado fuerte, demasiado tiempo».
  • Los padres tienen un plazo fijo para influir en la formación del carácter de los hijos, educarles, infundirles valores, transmitirles un modelo de actuación ante la vida. Este plazo caduca o finaliza en la posadolescencia inmediata, es decir, antes de los veinte años. Fuera de ese plazo es imposible proporcionarles adquisiciones nuevas. Y también reparar los dañor por errores que hayan podido cometer con ellos.
  • Uno, o una, puede tener la necesidad vital de decirles determinadas cosas a los destinatarios, que ya sabemos quiénes son. Y la satisfacción de esta necesidad puede ser irrenunciable, e imprescindible, para conseguir la salud mental o psicológica que le falta al sujeto en el momento de la consulta con el psiquiatra o con el psicólogo.
  • Es vitalmente necesario e imprescindible que el mensaje no llegue de viva voz ni por escrito a sus destinatarios. Porque nunca han estado, ni están, en condiciones de comprender su contenido, encajarlo, asimilarlo, elaborarlo, ni digerirlo. A veces, comprenderlo, sí. Pero asimilarlo, nunca.
  • Sólo hay una manera de satisfacer al mismo tiempo las dos necesidades vitales e imprescindibles, es decir, la de decirles a ellos ciertas cosas, y la de que no se enteren, y es escribirles la carta, pero hacerla llegar al destinatario adecuado: su representa simbólico, el terapeuta.
  • Es imprescindible que el protagonista (el autor de la carta) acepte desde el principio que nunca podrá alcanzar el nivel de comunicación con los padres que desearía, porque no poseen el grado de salud psicológica que ello requiere.
  • No quiere decir que el nivel de comunicación con los padres no pueda cambiar. Lo que ocurre es que, por más que cambie, nunca podrá ser el que nos gustaría que fuera. Ni mucho menos el que tendría que haber sido.
  • Suele haber problemas en la relación con los demás: familia, pareja, amistades, medio laboral, dificultades de socialización.
  • Con gran frecuencia, la persona suele tener problemas en su relación con el dinero, y también con el tiempo.
  • Últimamente ha surgido una derivación auténticamente innovadora, que podría tildarse de revolucionaria: el abordaje de lo emocional y de los conflictos inconscientes a través del cuerpo: el morfoanálisis. Pretende hacer eclosionar los contenidos emocionales conscientes e inconscientes, por estímulo físico directo sobre el cuerpo del paciente.
  • Cuando las «señales» recibidas no han sido suficientes, o no han sido las adecuadas, y sobre todo cuando han sido tóxicas, es cuando se instaura el malestar creciente que acaba por llevarnos a la primera consulta.
  • En las etapas posteriores, nos relacionaremos con el mundo externo, es decir, con todas las demás personas y con todos los demás grupos humanos (laboral, profesional, de vecindad, social en general y, sobre todo, con el grupo familiar que fundemos) exactamente de la misma forma en la que lo hicimos con los componentes de nuestro grupo original.
  • Si ha habido frustraciones excesivas o indebidas, y déficits en los suministros básicos, la persona no puede crecer en paz y armonía, sino en un estado de perpetua zozobra caracterizado por la crispación y la hostilidad interior: no estará en paz consigo misma, porque no podrá estarlo con sus padres.
  • La paz con la madre, es la madre de todas las paces. La paz con el padre, es el padre de todas las paces. Sin esta doble paz, no hay paz posible consigo mismo, ni con nada, ni con nadie. La felicidad es entonces imposible. Quizás, éxitos parciales, si el sentimiento de culpa lo permite. Pero nada más. La vida de pareja, fracasará.
  • La subordinación no debe confundirse con la esclavitud, la humillación, ni el sometimiento. Ni debe consistir en la anulación de la persona. Debe basarse en el respeto mutuo.
  • Ni la familia ni la sociedad existirían si no existiera una autoridad y el respeto a unos tabúes o a unas prohibiciones determinadas (no matarás, no robarás, etc…)
  • La autoridad parental ha de ser tradicional, pero no retrógrada; racional, pero no obsesiva; carismática, pero no dictatorial; influenciante, pero no manipuladora; coactiva, pero no castradora.
  • Comunicar es transmitir, hacer llegar al otro. Lo que pensamos, lo que necesitamos, lo que deseamos, lo que tememos, lo que nos gusta, lo que nos disgusta, lo que nos alegra, lo que nos entristece. La vergüenza y el miedo, son incompatibles con la higiene mental.
  • Respetar. El respeto es un sentimiento. Consiste en sentir una deferencia y tener una consideración hacia el otro que manifestamos con nuestras palabras y nuestra actuación, tanto ante él como cuando se hable de él en ausencia.
  • Es psicológicamente tóxico que los hijos se dirijan a sus padres por su nombre de pila.
  • Compartir es dividir algo en partes, tomando cada uno la que le corresponda. Es participar de algo del otro. Es poseer algo en común, con los demás. Resulta imposible sin comunicar o sin respetar.
  • Los niños tienen que aprender a participar de los sentimientos y estados de ánimo del resto del grupo, y a hacer participar a los otros de los de él. Esto es compatible con el respto a su privacidad e intimidad, sin interrogatorios ni control excesivos, y sobre todo guardando y haciendo guardar la confidencialidad, respetando y haciendo respetar el secreto confiado, si así lo pide el interesado o lo creemos oportuno aunque no nos sea explicitado.
  • Aprender a seguir las reglas básicas solo puede realizarse en el seno del grupo original y en ningún otro sitio, excepto en un grupo terapéutico psicoanalítico, o en una terapia individual de igual orientación. Ni la escuela, ni ningún otro ámbito, puede substituirlo.
  • Freud denominó complejo de Edipo a un estadio NORMAL del desarrollo del niño, que abarca desde el nacimiento hasta la adolescencia, y que, en circunstancias normales, finaliza con esta. Nunca dijo, ni escribió, que esto fuera anormal o signo de locura o de enfermedad.
  • Freud llamó edípica a la relación normal del hijo con los padres (no solo con la madre), por el papel que desempeña en esta la sexualidad infantil. Esta constituye el tercer integrante fundamental de la relación padres-hijos con el amor y el odio (o si se prefiere, la rabia).
  • Hoy día, a esta edad, los niños ya han recibido infromación en la escuela de todo lo relativo a la reproducción. Sería mejor que la escuela se abstuviera y dejara esta tarea a los padres, para cuando el niño o la niña preguntaran espontáneamente, pero las cosas son así.
  • Llamamos «familia disfuncional» al grupo original que no puede cumplir satisfactoriamente su función de enseñar a vivir. En ocasiones consiste en verdaderas alteraciones mentales debido a trastornos de personalidad subyacentes.
  • El grupo original es el representante del mundo externo en nuestro interior. Nos vamos a relacionar con este mundo de la misma forma en que nos hayamos ido relacionando dentro del grupo original con sus componentes.
  • En el grupo original disfuncional, su mal funcionamiento ha sido interiorizado por sus miembros, que, al identificarse a modelos defectuosos, han hecho malos aprendizajes. Estos darán lugar a patrones inadecuados de conducta y de relación con los demás, que provocarán coflictos, y estos, un sufrimiento.
  • Como la persona no suele ser consciente de todo ello, puede hacer una interpretación mágica de los hechos, atribuyéndolos a una especie de «fatalidad», o de «destino ineluctable», «mala suerte», o simplemente al azar. Otras veces se atribuye a los demás la culpa de lo mal que vayan las cosas.
  • La etapa de la vida que abarca desde el nacimiento hasta la adolescencia, y muy en especial la «primera infancia» y la etapa preverbal, podemos calificarla, en sentido figurado, en sentido amplio, no estricto, como una especde «periodo hipnótico»: no solemos recordar nada, o casi nada, de este periodo y, en el mejor de los casos, nuestros recuerdos son solo una pequeña parte de lo que en realidad sucedió. Cuanto más tratemos de retroceder en la memoria, menos recuerdos podremos recoger.
  • Así como los hipnotizados del experimento bebían creyendo que tenían sed, y creyendo saber por qué lo hacían, el miembro de un grupo original disfuncional hace muchas cosas creyendo que las quiere hacer, y creyendo saber por qué, pero sin saberlo. En realidad, no quiere: obedece. Y el «porqué» no es el que el cree: es la «obediencia debida» de los militares a una consigna, que ni siquiera sabe que lleva incorporada.
  • Cuando un individuo ha experimentado esta clase de sufrimiento (desde demasiado pronto, demasiado fuerte y demasiado tiempo seguido), el sufrimiento produce en él un efecto droga, que consiste en desarrollar una verdadera «drogadicción del sufrimiento».
  • Desde demasiado pronto, significa que tuvo lugar en una fase temprana del desarrollo. Demasiado temprana como para que el aparato mental, en una etapa todavía incipiente de su formación, tuviera tiempo para elaborar las defensas adecuadas. Es por esto que el individuo experimenta una inundación masiva de efecto desolador. Los daños de mayor gravedad tienen lugar en la fase preverbal, anterior a la aparición de lenguaje hablado.
  • Demasiado fuerte significa que la intensidad del sufrimiento es más de lo que la criatura puede soportar o asimilar, en el momento de la vida en que se produce. Hay que aclarar que no se trata tan solo de la intensidad del sufrimiento en si mismo, sino también del grado de fortaleza moral del sujeto en el que impacta.
  • Demasiado tiempo seguido significa que el sufrimiento ha perdurado durante años, sin interrupción.
  • El sufrimiento se ha convertido en una droga sin la cual el individuo no sabe vivir. Esto tiene una consecuencia terrible para el sujeto afecto de la drogadicción del sufrimiento: no puede tolerar el bienestar.
  • Consiste en un verdadero trastorno de conducta del sujeto. Su comportamiento es absolutamente normal, pero lo califico de «trastorno de conducta» porque consiste en una determinada actuación (a veces omisión) destinada inconscientemente a terminar con el estado de bienestar y reinstaurar el de sufrimiento, o malestar. La persona es totalmente inconsciente de ello. El mecanismo de autoboicot es involuntario y automático.
  • La finalidad última fundamental de la drogadicción del sufrimiento no es «sufrir por sufrir», sino la destrucción total de la persona. Lenta, progresiva e implacable.
  • Cuando el grupo original ha estado impregnado desde sus orígenes por una tasa anormalmente alta de sufrimiento, el inconsciente colectivo del grupo puede demandar a uno de sus miembros que se constituya en «héroe redentor del sufrimiento» del grupo.
  • Esto significa que el receptor del mensaje se siente obligado a ser la compensación de todos los sinsabores, frustraciones e infelicidad de todo el grupo. Él (o ella), ha de tener el éxito que «compense» de los fracasos de los demás; ha de tener la brillantez que contrarreste la opacidad de los otros; ha de ser «perfecto» (o «perfecta») para «tapar los defectos» que avergüenzan y acomplejan a los demás. Si obedece la «orden», la consigna, está perdido. Jamás será él mismo (ella misma). Jamás será feliz.
  • En el grupo original disfuncional, la demanda del inconsciente colectivo grupal a uno de los miembros, puede ser otra: «Tú serás la cabeza de turco, el chivo expiatorio del grupo, el culpable oficial de todos los sinsabores …». Será el pararrayos de la familia. Entonces «figura» que la familia no tiene problemas: el problema es Antonio. O Antonia.
  • La demanda del inconsciente colectivo del grupo original a uno de sus miembros puede ser: «Tú calla, que el horno no está para bollos». El hijo (o la hija) puede sentir la necesidad de pasar inadvertidos, de hacerse «invisible», como si se fundiera con el papel de la pared, en una actitud defensiva de pura supervivencia. Esto equivale a decir que irá por la vida sin atreverse a autoafirmarse, o a defenderse cuando haga falta. Se sentirá sin derecho, y no podrá pedir, ni mucho menos exigir, cuando sea necesario.
  • El tener que hacerse invisible para sobrevivir tiene el gran inconveniente de que la persona se hace invisible, en primer lugar, para sí mismo. Esto significa que no puede contactar consigo mismo y tomar conciencia de qué es lo que quiere en la vida, qué es lo que desea, y en consecuencia no podrá realizarse como persona, ser él mismo y, en definitiva, intentar ser feliz.
  • También son señales tóxicas: la falta de límites, la sobreprotección, la ausencia total de las frustraciones imprescindibles para educar, la confusión entre libertad individual y el hacer lo que a uno le dé la gana, el no inculcar la cultura del esfuerzo personal, el no generar en el hijo el sentimiento de derecho y la vivencia de merecer.
  • A los padres los interiorizamos a lo largo del desarrollo, los incorporamos, y pasan a formar parte de nosotros. Hablar de los padres es hablar de partes de nosotros mismos. Es por esto que si cambiamos nuestra relación profunda con ellos (no solo las formas, sino la forma de sentirlos y pensarlos), cambiamos nuestra relación con nosotros mismos y, en consecuencia, nuestra relación con el mundo exterior.
  • Los padres nunca pretendieron tal cosa. Pero ya sabemos que actitudes, palabras, comportamientos de ellos, quedan grabados en el registro interior del hijo, como-si fueran consignas u órdenes a cumplir. Y cuya desobediencia provoca angustia. De hecho, al principio de la cura psicoterápica analítica, o constructivista, cuando la persona empieza a desmarcarse del modelo original en determinadas áreas del comportamiento, experimenta cierta angustia y sentimiento de culpa. A veces, esto le hace creer, erróneamente, que el tratamiento no es adecuado y que empeora.
  • La rabia es energía psíquica negativa, y como toda forma de energía, obedece al principio general de conservación de la energía: «ni se crea ni se destruye: solo se transforma».
  • Pudo llegar a aceptar que el perdón y la aceptación no serían posibles sin un gran sacrificio y una renuncia: lo que habría tenido que ser, no sería nunca; lo que le gustaría y necesitaba legítimamente tener, no lo tendría nunca; solo tendría lo que el grado de salud psicológica de sus padres hiciera posible, y su buen hacer potenciara. Con la acumulación del duelo, llorándolo, y pagando el precio del sacrificio y la renuncia, pudo tener, al fin, la paz que no había podido tener nunca. Y fue entonces cuando su emisora interior empezó a emitir en otra frecuencia, otra clase de señales.
  • Era una creencia muy extendida en la época, finales del silo XX, que se arrastraba dede el siglo XIX: «eso se arregla casándose». Como esta otra: «a esta mujer (o a esta pareja) lo que les hace falta es tener un hijo». Hoy día, en versión actual, aun hay ilusos que creen, sin más, que, «… eso se arregla yéndonos a vivir juntos». Naturalmente estos pretendidos «remedios» no hacen más que empeorar las cosas. Si hay algo que arreglar, más vale enfocarlo terapeúticamente, para impedir males mayores.
  • El aburrimiento no es una cuestión baladí. Es un problema grave. Sobre todo en niños. Porque es una forma clínica de depresión que denominamos «depresión encubierta». Así lo creemos los psiquiatras y psicólogos de orientación psicoanalítica. No todas las orientaciones comparten este criterio, sin embargo.
  • A medida de que iba deshabituándose de la «droga moral sufrimiento», y de que iba despertando de la «hipnosis» que hemos descrito, iba emergiendo su verdadera identidad.
  • «Este hombre, en vez de decirme lo que tenía que hacer y cómo tenía que ser, o atiborrarme de pastillas, me ayudó a pensar. A comprender por qué me pasaba lo que me pasaba. Me ayudó a descubrir cómo era yo en realidad. Cuál era mi verdadera identidad y cuáles mis sentimientos».
  • «Primero conversábamos solos, él y yo. Más adelante, me propuso presentarme a un grupo de personas con problemas parecidos a los míos, y trabajar conjuntamente para solucionarlos. Me explicó que sería como una «familia de acogida» terapeútica, donde yo pudiera estar el tiempo suficiente para reorganizarme como persona y solucionar los miedos, las dudas, y los sentimientos de culpa que me atormentaban».
  • «Tres grandes instituciones cultivaban el odio a la homosexualidad: la Iglesia, el Ejército y la Clase Médica. Las tres intoxicaban a la población con sus consignas. Para la Iglesia, la homosexualidad era uno de los más horrendos pecados. Para el Ejército, motivo de encarcelamiento y expulsión con deshonor. Para la Clase Médica, una enfermedad degenerativa, que para unos era incurable, y para otros requería un tratamiento».
  • Estas personas (crisis jaquecosas) sufren, en realidad, bloqueos parciales transitorios y dolorosos del acto de pensar. En los intervalos entre las crisis, estas personas siguen teniendo el bloqueo mental, si bien menos intenso e incompleto. Esto hace que no puedan escuchar del todo porque escuchar, a diferencia de oír, consiste en pensar en lo que el otro dice. La mirada se les pone vacía, y el interlocutor nota que «ya» no le escucha aunque le siga mirando atentamente.
  • «Una cosa es tener éxito, y otra muy distinta, tener felicidad. Yo he tenido éxitos, pero nunca he sido feliz: solo ramalazos más o menos cortos, más o menos largos».
  • Los dos chicos compartían habitación. Él recordaba que cuando hizo la primera comunión, los padres le regalaron un crucifijo para poner en la pared. A su hermano mayor, le habían regalado otro. Y recordaba con gran claridad y precisión, decía, que el suyo era de calidad inferior, más pequeño y notablemente más feo, sin punto de comparación con el «otro». Cuál no sería su sorpresa, al ver los crucifijos en la pared … y comprobar que eran idénticos, al milímetro.
  • Otro ejemplo de alteración de la percepción de la realidad: él creía que los demás se distanciaban, cuando en realidad era él quien se distanciaba.
  • Diferencia entre represión y contención. La represión es inconsciente, involuntaria y automática. Es una censura para no contactar con las emociones con fines defensivos. Se trata de emociones tan intensas y dolorosas, que quizás no podrían soportarse.
  • Cuando una reacción es desproporcionada con la causa que la produce, es que hay gato encerrado.
  • Con su valiente testimonio, Juan pulveriza el tópico de que ciertos tratamientos, como el de orientación psicoanalítica, tienen un tope de edad, y de que por encima de cierto límite son impracticables. Esto es falso. El crecimiento personal es posible hasta los últimos años de la vida. A condición de tener el coraje moral necesario para acometerlo y la voluntad decidida y autocrítica para mejorar como persona.
  • «He descubierto que el amor es la mejor medicina para curar todos los males, y que aunque hoy en día esta medicina está totalmente abandonada y desprestigiada, que sigue siendo la única forma de poder vivir sanamente y felizmente en el mundo actual».
  • Un fenómeno que siempre ocurre, sea cual sea el tiempo que tarde en producirse, y que cuando se produce, tiene consecuencias graves para la persona. Se trata del retorno de lo reprimido.
  • Una de las aportaciones de Freud al conocimiento del funcionamiento de la mente humana fue la descripción de una forma de defenderse de la angustia y del sufrimiento, por parte de la mente, que denominó «represión». Sucesivamente, fue describiendo otras formas de defenderse de aquella, y las denominadas genéricamente, «mecanismos de defensa».
  • La represión consiste en borrar algo del campo de la consciencia, porque produce sufrimiento: ya sea en forma de culpa, de depresión, o de angustia. Este «borrado» se realiza de forma totalmente inconsciente e involuntaria y el sujeto no tiene absolutamente ningún control sobre él.
  • Hay dibujos, trazos, pinturas, que si reúnen determinadas características pueden estimular las áreas de la sexualidad y de la agresividad, y si en ellas la persona tiene conflictos que pueden ser inconscientes, experimentará inquietud o desazón, sin saber por qué.
  • La repetición es un fenómeno típico que aparece y reaparece innumerables veces en el comportamiento de las personas portadoras de un conflicto inconsciente.
  • El inconsciente es atemporal: no tiene hoy ni ayer ni mañana.
  • El niño juraría con muñeas también si los adultos le dejaran en paz, en vez de interpretarlo, equivocadamente, como un signo de «desviación sexual».
  • Cuando se produce una agresión incestuosa, con o sin penetración, el agresor provoca un verdadero maremoto o tsunami en el mar interior de la criatura. La parte que debiera haber permanecido sumergida para siempre en las profundidades, sale a la superficie produciendo un fenómeno de fatales consecuencias para la víctima: la confusión de fantasía con realidad; la confusión del símbolo con la cosa simbolizada. Ese es precisamente el germen de la locura. De una forma u otra, se enferma gravemente.
  • En el fondo del incesto hay un asesinato: y no único, sino múltiple. El padre incestuoso (o la madre, que también las hay) «mata» definitivamente al niño o la niña, que ya jamás podrán sentirse hijo o hija. Al mismo tiempo, «mata» o destruye la imagen interior de él (o ella) que el hijo o la hija tenían, y en su lugar aparece la de un monstruo. Además, la víctima del incesto no solo se siente culpable sino que la propia confusión mental creada por el trauma la hace sentirse como si hubiera «eliminado» = «matado» a la madre (si el incesto es padre-hija) o al padre (si el incesto es madre-hijo); y a los hermanos. No por simbólica es menos real la vivencia de fraticidio o parricidio, y demoledora la culpabilidad derivada de ella, que suele ser inconsciente.
  • Liberación que no puede consistir en olvidar, que es imposible, sino en poder llegar a recordar sin sufrimiento.
  • El drama de Ángel fue que en la infancia no pudo ser niña: tenía que ser Ángel… de la guarda de su hermano. Nada de travesuras, rivalidades y celillos normales, oposicionismo infantial normal, rebeldía adolescente igualmente normal… nada de nada, de lo normal.
  • Nos relacionamos con el mundo externo de la misma forma que con nuestro grupo original. El esfuerzo consciente por parte de la persona de relacionarse de otra forma fracasa siempre, a no ser que haya habido un proceso terapéutico de por medio.
  • Los padres no son hipnotizadores conscientes del mensaje que transmiten aunque verbalicen, como lo hacía la madre de Ángela: «has de ser buena, no tener celos, ayudar en todo …». No sospechan ni remotoamente que están «hipnotizando» y transmitiendo unas palabras que quedarán grabadas en el registro interior de la hija o del hijo como consignas-órdenes de obligado cumplimiento.
  • Eduardo fue substituyendo paulatinamente el juzgar por el comprender; pudo llegar a aceptar y perdonar; y a asumir el sacrificio y la renuncia injustos, imprescindibles para conseguir la paz. No podría tener los padres que necesitaba y que le hubiera gustado tener.
  • Aurora tuvo un sueño que resultó ser premonitorio. Estos sueños existen, no se trata de ciencia ficción. A veces, el inconsciente, liberado de parte de la censura por la dormición, envía un mensaje a la superficie avisando de que algo determinado va a suceder: lo «sabe» muy bien, porque es la parte del mismo invadida por la patología la que lo está provocando desde hace tiempo, sin conocimiento ni posible control, por parte del cerebro.
  • Nos relacionamos con el mundo externo de la misma manera que con el grupo original y, sobre todo, con la madre.
  • El olvido es imposible. Jamás olvidamos. Cuando parece que hemos olvidado, solo se trata de una represión. Pero lo reprimido retorna siempre, tarde o temprano. Y cuanto más tarde, peor.
  • El hombre-niño con su afectuosidad, ternura, y sensibilidad infantiles confunde a la mujer carenciada de madre. Esta mujer descubrirá demasiado tarde que está con un niño y no con un hombre. Y que lejos de ser maternal es, como todos los niños (muy pequeños) despótico y colérico. Por tanto, muy necesitado de recibir, pero incapacitado para dar. Y fundamentalmente débil y frágil. Por eso no pueden afrontar la adversidad, luchar, y vencer. A veces, estos hombres-niños ya se deprimen y huyen ante acontecimientos normales que no tienen nada de adversidad.
  • Lidia iba por la vida creyendo no poder, y necesitando pedir ayuda para todo.
  • Lidia: «Gracias a la terapia y al esfuerzo realizado, he conseguido romper la maldita cadena de transmisión generacional que nos ha hecho, a mi hermana y a mí, víctimas de víctimas. Yo he dejado de serlo. Y mi hijo no tedrá que ser víctima de víctimas, como tuve que serlo yo».

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