Raul Barral Tamayo's Blog

Frases Llenas

La guerra no tiene rostro de mujer de Svetlana Alexiévich – Apuntes

Posted by Raul Barral Tamayo en Martes, 18 de febrero, 2020


Título original: U voini ne zhenskoe lizo.
© 2013, Svetlana Alexiévich
Editorial: Penguin Random House Grupo Editorial.

“Soy historiadora de almas […]. Por un lado, estudio a la persona concreta que ha vivido en una época concreta y ha participado en unos acontecimientos concretos; por otro lado, quiero discernir en esa persona al ser humano eterno. La vibración de eternidad. Lo que en él hay de inmutable.”
Svetlana Alexiévich

Casi un millón de mujeres combatió en las filas del Ejército Rojo durante la segunda guerra mundial, pero su historia nunca ha sido contada. Este libro reúne los recuerdos de cientos de ellas, mujeres que fueron francotiradoras, condujeron tanques o trabajaron en hospitales de campaña. Su historia no es una historia de la guerra, ni de los combates, es la historia de hombres y mujeres en guerra.

¿Qué les ocurrió?¿Cómo les transformó?¿De qué tenían miedo?¿Cómo era aprender a matar? Estas mujeres, la mayoría porprimera vez en sus vidas, cuentan la parte no heroica de la guerra, a menudo ausente de los relatos de los veteranos. Hablan de la suciedad y del frío, del hambre y de la violencia sexual, de la angustia y de la sombra omnipresente de la muerte. Alexiévich deja que sus voces resuenen en este libro estremecedor, que pudo reescribir en 2002 para introducir los fragmentos tachados por la censura y material que no se había atrevido a usar en la primera versión.

Svetlana Alexiévich es una prestigiosa periodista y escritora bielorrusa, nacida en 1948, cuya obra ofrece un retrato profundamente crítico de la antigua Unión Soviética y de las escuelas que ha dejado en sus habitantes. Su espíritu crítico, su profundo compromiso con los que sufren y su fructífera carrera literaria han sido reconocidos con innumerables galardones, entre los que cabe destacar el Premio Nobel de Literatura (2015), el Premio Kapuscinski de Polonia (1996), el premio Herder de Austria (1999). el Premio Nacional del Círculo de Críticos de Estados Unidos (2006), el Premio Médicis de Ensayo de Francia (2013) y el Premio de La Paz de los libreros alemanes (2013). Es oficial de la Orden de las Artes y las Letras de la República Francesa.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Según los estudios históricos, ¿desde cuándo han formado parte las mujeres de ejércitos profesionales? Ya en el siglo IV a.C., en Atenas y Esparta, las mujeres participaron en las guerras griegas. En épocas posteriores, también formaron parte de las tropas de Alejandro Magno.
  • ¿Y en la Edad Moderna? La primera vez fue en Inglaterra, entre 1560 y 1650. Fue entonces cuando se empezaron a organizar hospitales donde servían las mujeres.
  • Fue durante la Segunda Guerra Mundial cuando el mundo presenció el auténtico fenómeno femenino. Las mujeres sirvieron en las fuerzas armadas de varios países: en el ejército inglés (250.000), en el estadounidense (entre 400.000 y 500.000), en el alemán (500.000) …
  • En el ejército soviético hubo cerca de un millón de mujeres. Dominaban todas las especialidades militares, incluso las más “masculinas”. El feminino de algunas palabras nació allí mismo, en la guerra …
  • La aldea de mi infancia era femenina. De mujeres. No recuerdo voces masculinas. Lo tengo muy presente: la guerra la relatan las mujeres. Lloran. Su canto es como el llanto.
  • En la biblioteca escolar, la mitad de los libros era sobre la guerra. Lo mismo en la biblioteca del pueblo, y en la regional. No era por casualidad. Siempre habíamos estado o combatiendo o preparándonos para la guerra. O recordábamos cómo habíamos combatido. Nunca hemos vivido de otra manera, debe ser que no sabemos hacerlo. No nos imaginábamos cómo es vivir de otro modo, y nos llevará mucho tiempo aprenderlo.
  • En la escuela nos enseñaban a amar la muerte. Escribíamos redacciones sobre cuánto nos gustaría entregar la vida por … Era nuestro sueño.
  • Todo lo que sabemos de la guerra, lo sabemos por la “voz masculina”. Todos somos prisioneros de las percepciones y sensaciones “masculinas”. De las palabras “masculinas”. Las mujeres mientras tanto guardan silencio. Es cierto, nadie le ha preguntado nada a mi abuela excepto yo. Ni a mi madre. Guardan silencio incluso las que estuvieron en la guerra. Y si de pronto se ponen a recordar, no relatan la guerra “femenina”, sino la “masculina”. Se adaptan al canon.
  • En lo que narran las mujeres no hay, o casi no hay, lo que estamos acostumbrados a leer y a escuchar: cómo unas personas matan a otras de forma heroica y finalmente vencen. Los relatos de mujeres son diferentes y hablan de otras cosas. La guerra femenina tiene sus colores, sus olores, su iluminación y su espacio. Tiene sus propias palabras. En esta guerra no solo sufren las personas, sino la tierra, los pájaros, los árboles. Todos los que habitan este planeta junto a nosotros.
  • Yo quiero escribir la historia de esta guerra. La historia de las mujeres.
  • Fui al frente siendo tan pequeña que durante la guerra crecí un poco.
  • Partir de la pregunta de Dostoievski: ¿cuánto de humano hay en un ser humano y cómo proteger al ser humano que hay dentro de ti? Indudablemente el mal es tentador. Y es más hábil que el bien.
  • ¿Qué es lo que más me gustaría sobre la Grecia antigua? ¿Y de la historia de Esparta? Me gustaría leer de qué hablaba la gente en sus casa. Cómo se marchaban a la guerra. Qué palabras decían el último día y la última noche a sus amados. Cómo se despedía a los guerreros.
  • No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra. Soy historiadora del alma. La vibración de la eternidad. Lo que en él hay de inmutable.
  • Construyo los templos de nuestros sentimientos … De nuestros deseos, de los desengaños. Sueños. De todo lo que ha existido pero puede escabullirse.
  • Me interesa no solamente la realidad que nos rodea, sino también la que está en nuestro interior. Lo que más me interesa no es el suceso en sí, sino el suceso de los sentimientos. El alma de los sucesos. Para mí, los sentimientos son la realidad.
  • Diría que la guerra femenina es más terrible que la masculina. A los hombres desde que son niños se les dice que tal vez, de mayores, tendrán que disparar. Nadie les enseña eso a las mujeres.
  • Solo se puede copiar de la vida, solo la vida real tiene tanta fantasía.
  • En el centro siempre está la insufrible idea de la muerte, nadie quiere morir. Y aún más insoportable es tener que matar, porque la mujer da la vida. La regala. La lleva dentro durante un largo tiempo, la cuida. He comprendido que para una mujere matar es mucho más difícil.
  • Los hombres temían que las mujeres contaran otra guerra, una guerra distinta.
  • Ven. Ven, por favor. Llevamos tanto tiempo calladas. Cuarenta años con la boca cerrada …
  • Las grandes ideas necesitan hombres pequeños, no les interesan los grandes hombres. Un gran hombre es excesivo e incómodo. Es difícil de moldear.
  • Los que han estado en la guerra siempre recuerdan que hacen falta tres días para que un civil se transforme en un militar.
  • Ni en la película más terrorífica he visto algo como las ratas abandonando la ciudad antes de los ataque aéreos. Hordas de ratas corrían por las calles, se marchaban al campo. Olfateaban la muerte. Eran millares … Negras, grises … Justo cuando las ratas desaparecieron, comenzó el ataque.
  • No me gustan las grandes ideas. Amo al hombre pequeño.
  • La sensación que tengo e s que he vivido dos vidas: una de hombre y otra de mujer …
  • Qué lástima que mi madre no vivió para saberlo (mi padre había muerto como un héroe). Murió con el estigma de ser la mujer del enemigo. De un traidor. Hubo muchas como ella. Murieron sin saber la verdad.
  • No se imagina lo difícil que es matar a un ser vivo.
  • En la guerra, aparte de la muerte, hay un sinfín de cosas, las mismas cosas que llenan nuestra vida cotidiana. La guerra también es vida.
  • En la guerra hay mucha gente a tu alrededor, pero siempre estás sola, porque ante la muerte el ser humano siempre está solo. Recuerdo esa terrible soledad.
  • Nos había costado … Nos había costado asimilarlo. Odiar y matar no es propio de mujeres. No lo es … Tuvimos que convencernos … Obligarnos a nosotras mismas …
  • Lo que estoy recopilando lo definiría como “el saber del espíritu”. Sigo las pistas de la existencia del alma, hago anotaciones del alma …
  • El “cómo fue” no está en primer lugar, lo que me inquieta y me espanta es otra cosa: ¿qué le ocurrió allí al ser humano? ¿Qué ha visto y qué ha comprendido? Sobre la vida y la muerte en general. Sobre sí mismo, al fin y al cabo. se trata de la historia del pequeño hombre expulsado de una existencia trivial hasta las profundidades épicas de un enorme acontecimiento. La Gran Historia.
  • Mi tío estaba en el campo de trabajos forzados, era empleado de ferrocarriles, un comunista convencido. Le habían detenido en el trabajo … ¿Entiende? ¿Quién lo hizo? el NKVD … Arrestaron a nuestro querido tío, pero en la familia sabíamos que era inocente. Lo sabíamos. Tenía condecoraciones militares de la guerra civil … Pero tras el discuros de Stalin, mi madre dijo: “Defenderemos nuestra Patria, y después ya aclararemos lo demás”. Todos amábamos la Patria.
  • El primer año luchábamos con fusiles contra los tanques y aviones de caza alemanes.
  • Si fuerais enfermeras o conductoras … Vosotras, ¿qué sabéis hacer? ¿Qué haréis en el frente? No lo entendíamos. Ni siquiera se nos había ocurrido preguntarnos qué haríamos una vez allí. No comprendíamos que luchar significaba saber hacer algo. Algo concreto. Su pregunta nos dejó perplejas.
  • Nos imaginaba a los dos juntos, cayendo en una batalla. En la misma batalla …
  • Chicas, ya acabaréis los estudios cuando termine la guerra. Ahora nuestro deber es defender la Patria.
  • En mitad de la calle estaban recolectando ayudas para el frente. En una plaza, encima de las mesas, había unas enormes bandejas, la gente se acercaba y depositaba las joyas: una sortija de oro, unos pendientes … Nadie apuntaba nada, nadie firmaba recibos. Las mujeres se quitaban sus alianzas …
  • La famosa orden de Stalin número 227: “¡Ni un paso atrás!”. ¡El fusilamiento como castigo por retroceder! El fusilamiento in situ. O bien, entrega a los tribunales y luego directo a los batallones penales creados a raíz de esta orden. A los que acababan allí se les llamaba “condenados a muerte”. Y a los que lograban romper el cerco o escapar del cautiverio, los enviaban a los campos de control y filtrado del NKVD. Los destacamenteos de bloqueo iban detrás … Disparaban a los suyos …
  • Al acabar la guerra, tenía tres deseos: primero, dejaré de arrastrarme por el suelo, iré en trolebús; segundo, me compraré una barra de pan blanco y me la comeré entera; tercero, dormiré hasta no poder más en una cama con sábanas blancas. Las sábanas blancas …
  • La ración diaria de alimentos era  de dos galletas.
  • No había tiempo para enterrar a los caídos, simplemente les echábamos encima una capa de arena. Cubríamos sus rostros con el gorro …
  • Dejamos de llorar porque para llorar hacen falta fuerzas. Lo único que queríamos era dormir. Dormir y dormir.
  • Entonces supe lo que era el odio … Por primera vez experimenté ese sentimiento … ¡Cómo podían pisar nuestra tierra! ¿Quiénes eran? Solo de verlo me subía la fiebre. ¿Por quñé estaban en mi país?
  • En general, conocí a muy poca gente que quisiera esperar en casa. Esperar a que todo acabase.
  • Los viejos temen a la muerte, los jóvenes se ríen de ella. ¡Son inmortales! Yo jamás pensé que podía morirme …
  • Yo lo únioco que tenía en mente era conseguir ir al frente. Buena o mala, allí había comida. Habría galletas y té con azúcar. Racionaban la mantequilla.
  • Se dice que en la guerra te convierte en mitad humano, mitad animal. Totalmente cierto … No hay otra forma de sobrevivir. Si te limitas a ser humano, no hay salvación. ¡Perderás la cabeza! En la guerra uno debe recordar algo perdido dentro de sí. Algo arcano … Algo que procede de los tiempos en que el hombre no era del todo humano …
  • No me gustan los libros sobre guerras. Sobre héroes … Estábamos todos hechos una ruina, tosiendo, sin dormir, sucios, mal vestidos, así éramos. A menudo hambrientos … Pero ¡ganamos la guerra!
  • Antes de la guerra habíamos vivido en armonía: rusos, tártaros, alemanes, judíos … Éramos todos iguales. Yo ni siquiera había oído la palabra “judío”. De pronto éramos leprosos, nos echaban de todas partes. Algunos conocidos incluso dejaron de saludarnos. Sus hijos no nos saludaban. Los vecinos nos decían: “Déjennos sus cosas, ya nos la necesitarán”. Antes de la guerra eran amigos de la familia.
  • Burlar a un soldado alemán aún era posible; burlar a un policía auxiliar, jamás. Era gente local, nos conocían, conocían nuestro modo de ser. Nuestra forma de pensar.
  • Cuesta renunciar de golpe a la vida que has llevado siempre. No solo se opone el corazón, sino todo tu organismo.
  • Me espanta recordar la pesadilla de aquella primera marcha. Yo estaba dispuesta a realizar una hazaña, pero no estaba preparada para calzar el cuarenta y dos en vez del treinta y cinco. ¡Es tan pesado y tan feo! ¡Tan feo!
  • Operaba durante un día entero, paraba, dormía un poquito, me lavaba la cara y volvía a mi mesa. Cada tres pacientes, uno moría. No llegábamos a ayudar a todos.
  • ¿Sabe cómo enterrábamos a los muertos cuando estábamos sitiados? Allí mismo, al lado de la trinchera donde nos ocultábamos, los enterrábamos y ya está. Quedaba como una montañita y nada más. Si detrás venían las tropas alemanas, o los carros, enseguida los aplastaban, por supuesto. No había marcas, quedaba una superficie como cualquier otra. A menudo los enterrábamos en los bosques, debajo de los árboles … Debajo de los robles, de los abedules … Ya no soy capaz de estar en un bosque. Menos aún si es un bosque de árboles viejos … No puedo estar allí …
  • Me fui al frente siendo una materialsita consciente. Una atea. Me fui siendo una buena alumna de la escuela soviética. Y allí … Allí empecé a rezar … Antes de cada combate rezaba mis propias oraciones. Lo hacía a escondidas. Con mucha precaución.
  • Por suerte … Yo no veía la gente a la que mataba … Pero … Da lo mismo … Ahora sé que yo mataba igual. Pienso en ello … Porque … Porque me he hecho vieja. Rezo por mi alma. Le he dicho a mi hija que, cuando yo me muera, lleve mis condecoraciones y medallas a una iglesia, no a un museo. Que se los entregue al sacerdote … Vienen a mi en sueños … Los muertos … Mis muertos … Aunque nunca los haya visto, vienen y me observan. Los miro, busco entre ellos para ver si hay heridos, aunque estén muy graves, para poderlos salvar. No sé cómo decirlo … Pero todos están muertos …
  • Los muertos no me dan miedo, de pequeña no temía los cementerios, pero en ese momento, con veintidós años, era la primera vez que me tocaba hacer de centinela … En esas dos horas me volví canosa … Me vi las primeras canas, un mechón entero, al salir el sol. Estaba vigilando y observaba aquellos arbustos, que susurraban, se movían, y me parecía que en cualquier momento de allí iban a salir los alemanes … Y alguien más … Unos monstruos … Estaba sola …
  • Para mí, lo terrible de la guerra era tener que llevar calzones de hombre. Un auténtico horror. Era algo muy feo. Tienes un aspecto ridículo. Absurdo.
  • No me cabía en la cabeza: ¿cómo me iban a matar si acababa de llegar al frente? Entonces aún no sabía lo vulgar y poco selecta que es la muerte. No le vayas con peticiones y súplicas.
  • Les daban un par de grandas y los enviaban al combate, allí tenían que hacerse con un fusil.
  • Yo corría de uno a otro enfermo; una vez me tropecé y me caí, me quedé dormida al instante. Me levanté de un salto y me puse a correr, no sé hacia dónde, ni para qué. Entonces lloré, por primera vez desde que estaba en el frente lloré.
  • Hacía tanto frío que los pájaros se congelaban al vuelo. Caían congelados.
  • Somos una tribu en vías de extinción. ¡Unos mamuts! Somos de una generación que creía que en la vida hay cosas que están por encima de la vida humana. La Patria y la Gran Idea. Bueno, y también Stalin. ¿Por qué negarlo? Las cosas como son.
  • Históricamente la mujer rusa nunca se ha conformado con bendecir a su marido o a su hijo cuando se marchaban a luchar, no se ha limitado a quedarse en casa llorando y esperando su vuelta.
  • Con una chica así tal vez iría de reconocimiento, pero seguro que no le propondría matrimonio. Bueno … Normalmente percibimos a la mujer como una madre o como una novia. Como la bella dama, si me apura.
  • No olvidemos lo catastróficos que fueron los primeros meses de la guerra: toda nuestra aviación fue destruida en tierra, nuestros carros blindados ardieron como cajas de cerrillas. Nuestros fusiles eran anticuados. Millones de soldados y oficiales cayeron prisioneros. En un mes y medio, Hitler ya se había acercado muchísimo a Moscú …
  • La primera pregunta que hacía el batallón sanitario al llegar era: “¿Dónde están las armas?”. Al inicio de la guerra eran escasas. Ya fuera un fusil, una metralleta o una ametralladora había que carga con el arma.
  • Yo coincidí con muchas chicas combatientes, pero no las veíamos como mujeres. Eran nuestras amigass, las que nos sacaban del campo de batalla. Nos salvaban, nos curaban las heridas. A mí me salvaron la vida en dos ocasiones. ¿Cómo podría tener un mal concepto de ellas? Pero … ¿acaso usted podría casarse con su hermano? Nosotras las llamábamos “hermanas”.
  • Cuando la guerra acabó, ellas quedaron muy mal paradas. Mi mujer, por ejemplo … Ella es muy inteligente, pero mira con malos ojos a las chicas que lucharon en el frente. Considera que solo fueron a la guerra para buscarse un novio, que se enredaban con cualquiera. En realidad, en su mayoría eran buenas chicas. Puras. Pero acabada la guerra .. Después de tanta suciedad, tantos parásitos, después de tantas muertes … Apetecía algo bonito. Colorido. Mujeres guapas … Yo tenía un amigo que se enamoró de una chica, una persona extraordinaria. Era enfermera. Pero después de la guerra él no quiso saber nada, se licenció y se buscó a otra, más mona. Ahora no es feliz en su matrimonio. No puede olvidar a su amor de la guerra, a la que también habría sido su amiga.
  • ¿Qué sabíamos nosotros sobre el amor? Si alguno había tenido alguno, había sido el amor de colegio, y el amor de colegio no deja de ser un amor infantil.
  • Nosotros por lo menos recibíamos algo de sustento, había comida, la mínima, pero la había. En la ciudad, la gente caminaba y se caía de hambre. Los niños venían y compartíamos con ellos nuestras escasas raciones. No era niños, era una especie de pequeños ancianos. Unas momias.
  • Los que se casaron en la guerra son los más felices, los matrimonios más felices. Es un vínculo muy fuerte.
  • En el frente, la persona estaba completamente expuesta: enseguida se sabía cómo era, lo que valía. No había forma de esconderse.
  • La guerra se vengó de nosotros … Nos damiedo reconocerlo incluso ante nosotros mismos … La guerra nos alcanzó … Y ahora nuestras hijas … No todas nuestras hijas son felices. ¿La causa? Sus mamás, excombatientes, las educaron tal y como ellas fueron educadas en el frente. Y los papás también.
  • Para nosotros, los franceses, el impacto de la Primera Guerra Mundial resultó más fuerte que el de la Segunda. Nosotros conmemoramos la Primera Guerra Mundial, las tumbas y los monumentos están por t odaspartes. De ustedes sabemos poco. A día de hoy, muchos creen que Estados Unidos venció a Hitler en solitario, sobre todo, entre la gente joven. El precio que el pueblo soviético tuvo que pagar por la Victoria, aquellos veinte millones de vidas humanas perdidas en cuatro años, es un dato desconocido.
  • Él tuvo que afrontar muchas dificultades en su vida … en 1937 interpusieron una denuncia contra él, trataron de difamarle. De convertirlo en un enemigo del pueblo. Eran aquellas horribles purgas de Stalin … Como dijo el camarada Stalin: “Donde pan se come, caen las migajas”. Anunciaron una nueva lucha de clases para que el país continuara viviendo atemorizado. Para que fuera sumiso. Pero mi padre logró ser atentido por Kalinin y recuperó su buen nombre. Todos conocían a mi padre.
  • Nadie dispara sin que haya odio en su interior. Es la guerra, no un día de caza.
  • ¿Qué haremos cuando seamos civiles? Miedo a la vida de paz … Mis amigas habían acabado sus estudios, pero ¿qué éramos nosotras? Unas inadaptadas que no tenían ningún oficio. Lo único que sabíamos hacer era la guerra, el único oficio que dominábamos era la g uerra.
  • ¿Me atrevería a confesar que me habían herido, que tenía lesiones? Si lo reconoces, después nadie quiere darte trabajo, nadie quiere casarse contigo. Nos lo teníamos callado. No le confesábamos a nadie que habíamos combatido.
  • Al principio nos escondíamos, ni siquiera enseñábamos nuestras condecoraciones. Los hombres se las ponían, las mujeres no. Los hombres eran los vencedores, los héroes; los novio habían hecho la guerra, pero a nosotras nos miraban con otros ojos.
  • No compartieron la Victoria con nosotras. Era injusto … incomprensible … Porque en el frente el trato que nos habían dado los hombres era formidable, siempre nos protegían. En la vida normal nunca he vuelto a ver por su parte un trato similar.
  • Recordar asusta, pero no recordar es aún más terrible.
  • Mi marido, caballero de la Orden de la Gloria, fue condenado a diez años de trabajos forzados después de la guerra … Así era como la Patria recibía a sus héroes.
  • Las muchachas se convirtieron en auténticos soldados. Con ellas recorrimos un duro camino.
  • Los soldados se burlaban de cómo sujetábamos los fusiles. No lo hacíamos de la manera en que se suele sostener un arma, sino … Ya no soy capaz de reproducirlo … Igual que cogíamos a nuestras muñecas.
  • Entrada original: https://raulbarraltamayo.wordpress.com/2020/02/18/la-guerra-no-tiene-rostro-de-mujer-de-svetlana-alexievich/
  • Nunca lo imaginé … No sabía que fuera capaz de dormir mientras andaba. Caminábamos en fila, y yo dormía, me chocaba con la persona que tenía delante, me despertaba por un segundo y me volvía a dormir. El sueño de un soldado es dulce.
  • Lo que más terror me daba era transportar a los muertos, si una corriente de aire levantaba la sábana, parecía que te estuvieran mirando. Yo era incapaz de llevarlos si tenían los ojos abiertos, siempre procuraba cerrarles los ojos …
  • Él creía que si alguien estaba a su lado, si la enfermera estaba con él, la vida no se le iría. Pedía: “Cinco minutos más, dos minutos más de vida …”.
  • La persona muere, pero no piensa, no puede creer, que se está muriendo.
  • Todavía no les habían entregado los fusiles porque durante los primeros años las armas valían su peso en oro. Los alemanes disponían de tanques, morteros y aviones. Los soldados aían y los compañeros recogían sus fusiles. Algunos iban al ataque con las manos vacías … Como si se tratara de una pelea …
  • Los alemanes no cogían prisioneras a las mujeres militares … Las fusilaban. Siempre nos guardábamos dos cartuchos para nosotras, dos, por si el primero fallaba.
  • El primer año parecía que nunca dejábamos de retroceder.
  • Mi madre decidió que era demasiado joven para casarme, pero que no lo era para una guerra … Mi querida mamá …
  • ¿Sabes qué es lo que más recuerdo? ¿Lo que se me quedó grabado en la memoria? El silencio, el increíble silencio de las salas donde estaban los heridos graves … Los más graves … No hablaban entre ellos. Muchos estaban inconscientes. Aunque la mayoría de ellos simplemente guardaban silencio. Estaban pensando. Tenían la mirada fijada en un punto y reflexionaban. Les llamábamos y no nos oían.
  • Comprendí entonces que cualquier cosa puede arder … Incluso la sangre …
  • No creeré a nadie que diga que no ha sentido miedo en la guerra.
  • La humanidad ha vivido miles de guerras, sin embargo, la guerra sigue siendo un gran misterio. El único camino es amar al ser humano. Comprenderlo a través del amor.
  • Un caballo jamás pisará a un muerto y no abandonará a un herido. Es un animal muy inteligente. Para el soldado de caballería, su caballo era su amigo. Un fiel amigo.
  • Daban pena aunque fueran nazis … Ese sentimiento tardó en desaparecer: no quería matar, ¿lo comprende? Mi alma se colmó de odio: ¿para qué narices habían tenido que atacar nuestra tierra? Matar con tus propias manos produce miedo. No hay otra palabra … Mucho miedo … Si toca hacerlo.
  • ¿Qué camino debía tomar? Tenía las riendas bien sujetas. El caballo iba allí donde yo lo dirigía. En aquel momento no sé qué instinto me lo sugirió, había oído que los caballos son capaces de adivinar el camino correcto, así que antes de llegar a la bifurcación solté las riendas y el caballo eligió una dirección que yo jamás habría tomado. Y siguió ese camino.
  • Observo la transformación de sus rostros: de los suaves rasgos infantiles, a la segura mirada de mujeres, se nota cierta rigidez, austeridad. Cuesta creer que esos cambios tuvieron lugar en meses, en años escasos. El tiempo al hacer su trabajo suele ser más lento, más discreto.
  • No sería capaz de pegar a un prisionero por el mero hecho de que está indefenso. Lo importante es que cada uno tomaba sus propias decisiones.
  • Durante todos los años que viví en Moscú, no pisé el mercadillo. Me daba miedo que alguno de aquellos mutilados me reconociera y me gritara: ¿Por qué me sacaste del campo de batalla? ¿Para qué me salvaste?
  • Creíamos que después de la guerra, después de aquel mar de lágrimas, viviríamos una vida fabulosa. Una vida bonita. Después de la Victoria … Después del gran día … Creíamos que la gente se volvería buena, que nos amaríamos los unos a los otros. Que todos seríamos hermanos y hermanas.
  • Córtele el pelo como a un hombre. Pero es una mujer. No, no lo se, es un soldado. Volverá a ser una mujer después de la guerra.
  • Mi querido padre era comunista, un santo. En mi vida jamás me he encontrado con una persona mejor. Él me educaba: “A saber qué habría sido de mí si no fuera por el poder soviético. Habría sido un don nadie. Habría trabajado toda mi vida para algún ricachón. El poder soviético me dio la vida, pude estudiar una carrera. Me hice ingeniero, ahora construyo puentes. Todo esto se lo debo a nuestro país”. No les hago caso a los que dicen que la gente como él eran unos tontos y unos ciegos por creer en Stalin. Porque temían a Stalin. Porque creían en las ideas de Lenin. Porque pensabasn como los demás. Créeme, eran buena gente, eran gente honrada, no creían en Stalin o en Lenin, sino en las ideas comunistas. En un socialismo con rostro humano, así lo formularon luego. En la felicidad para todos. Eran soñadores, idealistas, pero no eran ciegos.
  • Me pasé toda la guerra sufriendo porque no quería acabar con las piernas mutiladas. Yo tenía unas piernas bonitas. A un hombre eso le da lo mismo. No le importa tanto, incluso si pierde las piernas. En cualquier caso, sería un héroe. ¡Podría casarse! Si una mujer queda mutilada, eso será su destino.
  • A cada herido le tenéis que decir que le amáis. Vuestro fármaco más potente es el amor. El amor protege, aporta las fuerzas necesarias para sobrevivir.
  • Una vez la casera me trajo dos huevos: Comételos, estás tan delgadita que pronto te romperás por la mitad”. Yo, a escondidas, para que ella no lo viera, rompí esos huevos, eran pequeños, y me limpié las botas. Por supuesto, tenía hambre, pero ganó la mujer: quería estar guapa.
  • Los hombres soportaban muy mal el hambre. El hambre para ellos era peor que la muerte.
  • Al principio la muerte asusta … En tu interior conviven la sorpresa y la curiosidad. Después desaparecen por el cansancio. Vives al límite de tus fuerzas. Solo un temor sobrevive hasta el final: quedar fea después de morir. Es un miedo femenino … Que pase lo que tenga que pasar, pero por favor que una granda no te haga pedazos …
  • Nuestro organismo cambiaba hasta tal punto que durante la guerra no éramos mujeres. No teníamos eso de las mujeres … Las menstruaciones … Después de la guerra no todas lograron dar a luz.
  • En la guerra, cada uno tiene su propio sueño: uno anhelaba volver a casa, otro llegar a Berlín, mi sueño era sobrevivir hasta cumplir los dieciocho. Por alguna razón me asustaba la idea de morir antes.
  • Cuando la guerra cabó no me apetecía, no podía pensar en una carrera militar. ¡Lo que fuera con tal de quitarme la ropa de camuflaje! Incluso a día de hoy odio los pantalones, no me los pongo ni siquiera para salir de excursión al bosque, para ir a buscar setas. Qué ganas de vestir ropa normal, ropa de mujer …
  • Una mujer en la Marina de guerra … era algo prohibido, incluso antinatural. Según la creencia popular, una mujer en un barco trae desgracias.
  • Yo era una fuerte, resistente, pero sé que mi capacidad durante la guerra era superior a la de la vida normal. Incluida la capacidad física. De pronto surgían unas fuerzas inexplicables.
  • Yo cargaba con la ametralladora manual … Nunca me habría atrevido a confesar que era muy pesada. ¿Quién me dejaría continuar en la escuadra de ametralladoras? Me habrían tachado de soldado deficiente, me habrían sustituido. Me habrían enviado a la cocina.
  • También se me ha quedado clavada en la memoria la imagen de ir avanzando por la Bielorrusia recién liberada y no encontrar hombres en los pueblos. Solo estaban las mujeres. No había más que mujeres …
  • Puedo contar cómo disparaba. Pero explicar cómo lloraa, nunca, ni hablar. Eso quedará mudo para siempre. Lo único que se es que en la guerra las personas se vuelven espantosas e inconcebibles.
  • Señoritas, ¿saben ustedes que la esperanza de vida de un jefe de la sección de zapadores es de dos meses?
  • Hay ciertas cuestiones de la vida humana que solo se guardan y se transmiten por la vía del sufrimiento, sobre todo aquí, en nuestro país. Así es nuestro mundo, así somos nosotros.
  • En la guerra está prohibido recordar lo más tierno … Lo tierno está prohibido. Es un tabú.
  • La orden de un superior es ley para el subalterno.
  • En la guerra, lo único personal es el amor. Lo demás es común, incluída la muerte.
  • Muchos años después de la guerra, un hombre me confesó que recordabas mi joven sonrisa. Para mí era un herido cualquiera, ni lo recordaba. Pero él me decía que aquella sonrisa le había devuelto a la vida desde el otro mundo, como quien dice … La sonrisa de una mujer.
  • Al partir al frente, cada una de nosotras había jurado que no habría amoríos. Después de la guerra, si sobrevivíamos, ya tendríamos tiempo para amar. Y antes de la guerra ni siquiera nos habíamos besado. Éramos más estrictas que la juventud de ahora. Para nosotras un beso significaba el amor hasta la muerte. De hecho, en el frente las relaciones estaban prohibidas.
  • Al final de la guerra me quedé embarazada. Yo lo deseaba … Pero a nuestra hija la crié yo sola, él no me ayudó. No hizo nada. Ni una carta, ni un regalo … ni una postal. Se acabó la guerra y se acabó el amor. Se fue con su legítima esposa y sus hijos. De recuerdo me dejó su fotografía. Yo quería que la guerra no acabara … Asusta decir eso … Abrir el corazón da miedo. Sabía que el amor se acabaría junto con la guerra. No obstante, le agradezco los sentimientos que me regaló, los que conocí a su lado. Le he amado toda mi vida, mi amor me acompañó a través de los años. No me arrepiento.
  • El comandante me estaba mirando: “Llevo dos años sin ver a una mujer. Permítame que la mire”.
  • Me indignaba si veía a alguna muchacha arreglarse las cejas o pintarse los labios. Me parecía fatal: “¿Cómo es posible? ¿Cómo pretende gustarle a alguien en estas circunstancias?
  • En la guerra viví una experiencia emocional muy bella. No existen palabras capaces de transmitir la admiración con la que nos trataban los hombres. Nunca más he vuelto a vivir nada igual.
  • En la guerra no hay olores de mujeres, todos los olores son masculinos. La guerra huele a hombre.
  • Allí no había pausas ni ofensivas dirigidas, muchos lucharon en solitario. Morían en solitario. No eran los ejércitos, combatía el pueblo: los partisanos y los grupos clandestinos, los hombres, los ancianos, las mujeres, los niños. Lev Tolstói se refería a ese ímpetu polifacético como “la porra de guerra popular” y “la calidez oculta del patriotismo”. A su vez, Hitler (repitiendo las palabras de Napoleón) se quejaba ante sus generales de que “Rusia no combate según las reglas”.
  • Me ahoga el olor a quemado … Usted no sabe cómo huele la carne humana al arder, sobre todo en verano. Huele a algo inquietante y dulce.
  • El odio era más fuerte que el miedo por la gente querida y que el miedo a perder la vida.
  • Dicen que el instinto materno es lo más fuerte del mundo. ¡Pues no, una idea es más fuerte! ¡Y la fe es más fuerte!
  • La gente nos ayudaba. Si no nos hubiesen ayudado, el movimiento guerrillero no habría existido. El pueblo luchaba a nuestro lado. A veces llorando, pero nos daban comida.
  • En el bosque se ocultaba un ejército entero, sin la gente hubiésemos muerto; a lo largo de la guerra, la población sembraba y recogía la cosecha, cuidaba de sus hijos y de nosotros, nos vestía.
  • Nosotros íbamos armados, podíamos defendernos. Pero ellos ¿qué? El castigo por haber dado pan a los partisanos era el fusilamiento.
  • Lo di todo por la Victoria … Lo más querido. Mis hijos combatía en el frente. A mis dos sobrinos les fusilaron por estar vinculados a los partisanos. Los nazis quemaron a mi hermana, la madre de aquellos muchachos.
  • Yo siempre había creído … Yo había creído en Stalin … Había creído en los comunistas. Yo era del partido. Creía en el comunismo … Para ello vivía, había sobrevivido para ello. Después del discurso de Jruschov en el XX Congreso, cuando habló de los errores de Stalin, caí enferma. No podía creer que fuera verdad.
  • Haber vivido en los territorios ocupados, haber caído prisionero de guerra, haber pasado por los campos de trabajo en Alemania, haber estado en los campos de concentración: todo levantaba sospechas. La pregunta básica: ¿cómo habías salido con vida? ¿Por qué no habías muerto? Incluso los muertos estaban bajo sospecha … Incluso ellos … Nadie parecía tener en cuenta que habíamos luchado, que lo habíamos sacrificado todo por la Victoria. Stalin no confiaba en el pueblo. Ese era el agradecimiento de la Patria.
  • Quien haya estado en la guerra sabe lo que significa separarse por un día. Por un solo día.
  • Un oficial ruso no se deja capturar, no hay prisioneros en la guerra, hay traidores. Lo decía el camarada Stalin, él mismo había renunciado a su propio hijo cuando este cayó prisionero.
  • Cualquier formulario oficial incluía la pregunta: ¿Hay algún prisionero de guerra entre sus familiares? Una vez se me ocurrió contestar la verdad y me negaron el empleo de señora de la limpieza en una escuela. No confiaban en mi para fregar los suelos. De pronto yo era el enemigo del pueblo, la mujer del enemigo del pueblo. De un traidor.
  • Hoy en día se puede hablar de todo. Yo quiero … preguntar: ¿quién es el culpable de que en los primeros meses de guerra millones de soldados y oficiales cayeran prisioneros? Quiero saberlo … ¿Quién decapitó al ejército antes de la guerra? ¿Quién los fusiló? ¿Quién los difamó y los tachó de espias alemanes, de espías japoneses?
  • ¿Usted cree que perdonar era fácil? Ver esas casitas blancas … intactas … Con techados de tejas. Con rosas en los jardines … Yo misma deseaba que sintieran dolor … Claro que quería ver sus lágrimas … No es posible volverse bueno al instante. Bueno e íntegro. Tan bueno como es usted ahora. Apiadarse de ellos. Necesitaré que pasaran décadas enteras …
  • Nos costaba entender dónde se había originado su odio. El nuestro era comprensible. Pero ¿el suyo?
  • No importa si es justo o no, pero matar es repugnante, sobre todo en los últimos días de guerra …
  • Durante la guerra habíamos pasado tanta hambre .. A más no poder … Soñábamos con comer hasta hartarnos, al menos una vez. Yo tenía un deseo: cobrar la primera paga de posguerra y comprarme una caja de galletas. ¿Que qué iba a hacer después de la guerra? No tenía dudas, sería cocinera. Hoy en día trabajo en los servicios de alimentación pública.
  • Si renuncias a ser mujer, no sobrevives en la guerra. Nunca he envidiado a los hombres. Ni de pequeña, ni de joven. Tampoco durante la guerra. Siempre me he alegrado de ser mujer. Para mí las armas nunca han sido bellas, me es del todo incomprensible la admiración que siente un hombre ante una pistola. Yo soy una mujer.
  • Fui al teatro. En el intermedio encendieron las luces y le vi … Todos le vimos … Estalló una salva de aplausos. ¡Un estruendo! En el palco gubernamental estaba Stalin. Mi padre estaba bajo arrestro, mi hermano mayor había desaparecido en los campos de trabajo forzados, y a pesar de ello experimenté una emoción tan fuerte que se me saltaron las lágrimas. ¡Me quedé pasmada de felicidad! Todo el público … ¡Todo el público se puso en pie! Le aplaudimos durante diez minutos.
  • ¿En Rusia cree que alguien se ha atrevido a contabilizar a todos los que murieron? Para contar nuestra Historia hacen falta centenares de personas como usted. Para describir todos nuestros sufrimientos. Nuestras incontables lágrimas.
  • Hoy uno puede perder el juicio con un episodio así. Pero, durante la guerra, la gente era capaz de aguantarlo, se volvían locos después de la guerra. Durante la guerra, las úlceras de estómago cicatrizaban solas. Dormías directamente encima de la nieve envuelta en una fina capa y a la mañana siguiente ni siquiera estabas resfriada.
  • En Stalingrado no quedó ni un solo centímetro de tierra que no estuviera impregnado de sangre humana. Rusa y alemana. Y de gasolina … De lubricantes … Allí todos entendimos que no había dónde retroceder, de ninguna manera podíamos retroceder: o moríamos todos (el país, el pueblo ruso), o vencíamos. Nadie lo decía en voz alta, pero todos los sabíamos.
  • Después de la guerra, pasé varios años sin poder quitarme de encima el olor a sangre, me persiguió durante mucho, mucho tiempo. Lavaba la ropa y percibía ese olor, preparaba la comida y otra vez lo percibía. Alguien me regaló una blusa de color rojo, en aquel momento era una cosa muy especial, casi no había telas, pero no me la ponía porque era roja. Era incapaz de aceptar ese color. No podía hacer la compra. No soportaba entrar en la sección de carne. Mi marido se encargaba de la compra …
  • No me gustan los juguetes bélicos, los juguetes de guerra para niños. ¿Quién los ha inventado? Me revuelven el alma. Yo nunca les he comprado ni regalado a los niños juguetes de guerra. Ni a los míos ni a los demás.
  • Es imposible tener un corazón para el odio y otro para el amor. El ser humano tiene un solo corazón, y yo siempre pensaba en cómo salvar el mío.

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raul

2 comentarios to “La guerra no tiene rostro de mujer de Svetlana Alexiévich – Apuntes”

  1. Lidia Luna said

    Raúl, gracias por el enlace. Alexiévich es una grande :) Un saludo cordial.

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