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Si puede, no vaya al médico de Antonio Sitges-Serra – Apuntes

Posted by Raul Barral Tamayo en jueves, 21 de mayo, 2020


© 2020, Antonio Sitges-Serra
Editorial: Libros del Zorzal.

La medicina, el antiguo y noble arte de curar cuyos poderes la ciencia moderna parece haber ampliado más allá de todo límite, se ha convertido en el siglo XXI en un enorme negocio con incalculables márgenes de beneficio, cuyos riesgos corren a cuenta, casi por entero, de quienes necesitan su atención: los pacientes. En el actual contexto cultural y socioeconómico, determinado por la alianza del capitalismo con la técnica, quien va al médico encuentra no sólo un profesional, sino todo un sistema sanitario cuya prioridad no es necesariamente su salud.

¿Paciente o cliente? Tanto la medicina pública como la privada padecen las consecuencias de la tecnolatría, el afán de lucro y la sed de prestigio que hoy se interponen entre el médico y quien lo consulta. Antonio Sitges-Serra, exjefe de Cirugía del Hospital del Mar de Barcelona, examina la medicina actual desde una perspectiva humanista que revela, bajo la utopía tecno-científica, un sistema insano que urge cambiar.

Antonio Sitges-Serra (Barcelona, 1951) es catedrático de Cirugía de la Universidad Autónoma de Barcelona y fue jefe del Departamento de Cirugía del Hospital del Mar. Originalmente se especializó en Cirugía General en el Hospital de Bellvitge para después ejercer en el Hospital del Mar, donde dirigió las primeras tesis doctorales y dinamizó la investigación clínica. Tiene una extensa trayectoria asistencial y académica en diversas áreas de interés clínico, sobre todo en el campo de la cirugía endocrina. Ha sido presidente de la Societat Catalana de Cirurgia, de la European Society of Parenteral and Enteral Nutrition y de la European Society of Endocrine Surgeons, de la que fue miembro fundador. Ha publicado más de cuatrocientos artículos científicos y cerca de cien capítulos de libros. Asimismo, es autor y editor de varios libros relacionados con su especialidad. En el ámbito periodístico, colaboró en El Periódico (1997-2017). Es además miembro fundador y vicepresidente de Federalistes d’Esquerres, una asociación cívica que alienta la reforma federal de la Constitución Española. En 1998 ganó el Premi Miquel Martí i Pol de poesía de la Universidad Autónoma de Barcelona (Amor Roig, Ed. Bellaterra) y ha publicado El Perímetro del Congreso, sobre anécdotas plausibles en el entorno de los congresos médicos.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • La medicina es hoy un gran negocio para unos pocos y un lastre económico cada vez mayor para muchos, independientemente de si la pagamos entre todos o bien cada uno por separado.
  • Los protagonistas corporativos no planifican ya la medicina a partir de un encuentro personal entre médico y paciente sino que la han organizado dentro de un sistema político, económico y científico complejo e inestable en el que se ha ido perdiendo el fin asistencial y paliativo del hecho de curar y cuidar.
  • La medicina es en la actualidad un negocio depredador perfectamente asimilado al entorno neoliberal desregulado propio de nuestra sociedad tecnológica.
  • La ilusión, cada vez más difícil de sostener, de un crecimiento perpetuo equivale a una negación de nuestra finitud.
  • El siglo XXI ha decidido librar una lucha a muerte contra la muerte. Queremos matar a la muerte.
  • Martin Heidegger: «El hombre es un ser para la muerte».
  • La medicina, en su lucha presuntamente prometeica contra el destino finito del hombre, ha perdido mucho de la nobleza que le concede la historia porque, con la excusa de servir a un buen propósito, se ha aliado con quienes la han convertido en una industria deshumanizada, más preocupada por los beneficios y el impacto mediático que por la salud y la calidad de vida de la ciudadanía.
  • El siglo XXI vive de espaldas a la muerte y para un alto precio por ello.
  • De la salud a la muerte se transita, accidentes y adicciones aparte, a través de la enfermedad. Esta es la razón por la que la medicina, en sus diversas modalidades, existe desde siempre.
  • En nuestra tradición occidental, la concepción moderna de la enfermedad arranca con Hipócrates de Cos (460-370 a.C.), quien propuso que esta no tiene su origen en maldiciones divinas o desacatos a los dioses, sino que nace de forma natural por desarreglos de nuestro organismo.
  • Nuestros antepasados vivían relativamente en paz con la muerte. Podía ser drama, pero no tabú. Esta actitud ha cambiado de forma radical y en la actualidad todos querríamos tener una UCI cerca de casa. Nos vamos acercando.
  • El lobby cardiológico aliado con la industria no solo trata de amargarnos la vida con el colesterol, sino que además está consiguiendo sembrar de desfibriladores nuestra geografía.
  • George Steiner, En el castillo de Barba Azul: «Si la apuesta por la trascendencia ya no parece digna de hacerse y si nos movemos en la utopía de lo inmediato, la estructura de valores de nuestra civilización se alterará de manera imprevisible».
  • En un intento de evitar futuras barbaries y de condenarlas preventivamente, Occidente promulgó los Derechos Humanos y la Declaración de Helsinki, desde entonces referencia para el derecho internacional, la política y la ética en la investigación médica.
  • Este libro pretende interpretar la medicina de hoy desde la perspectiva cultural que acabamos de trazar. Defiende que la medicina no debe considerarse una ciencia aislada sino un ingrediente cultural esencial que se inscribe dentro de unas coordenadas sociológicas concretas: consumismo hedonista, desinterés por el sentido de la vida (y del mundo en general), comercialización del miedo a enfermar, exclusión de la muerte de la ecuación de la existencia y culto a la tecnociencia globalizada como instrumento salvífico.
  • La medicina no es (solo) una ciencia:
    • Se aleja de la ciencia pura para ser lo que es, un ejercicio práctico iluminado por la racionalidad científica.
    • La medicina es una disciplina sintética, mientras que la ciencia es una actividad analítica. La ciencia divide, disecciona, separa, reduce, y los datos que genera adolecen de aislamiento, de desconexión. Por el contrario, la medicina agrupa, relaciona, combina.
    • Por razones culturales, la medicina se ejerce a menudo en contra de las evidencias científicas. La medicina, por razones de índole política, sociológica o económica, retrasa la adopción de ideas y conceptos innovadores que supondrían mejoras asistenciales considerables.
    • La ciencia no entiende de conceptos morales. Si algo se puede hacer se hará, y punto. La medicina debe (o debería) ejercerse dentro de un marco ético ineludible.
  • La caída del muro no solo inició la crisis terminal de los regímenes corruptos de las así llamadas democracias populares, sino que propició la consolidación del consumismo y la eclosión de la economía neoliberal que propugnaba la desregulación, la rebaja de impuestos y la desaparición de los gobiernos de los asuntos económicos que a todos nos conciernen.
  • Hoy, ya nadie parece creer en la sociedad igualitaria, pero con ese desencanto mueren las legítimas y nobles aspiraciones a la solidaridad, la justicia social y la dignidad de la propiedad en común.
  • El vacío que han dejado las utopías sociales se ha ido colmando con la utopía tecnocientífica, que defiende que los problemas que afrontan nuestras sociedades desarrollistas pueden solucionarse gracias al progreso tecnológico y que la investigación científica y técnica resolverá los problemas que ella misma ha creado.
  • Toda utopía acaba topando con una realidad tozuda y refractaria a las veleidades de los grandes reformadores y resulta políticamente funesta, aunque haya dejado obras culturales y ejemplos de valor.
  • La utopía tecnocientífica no es la única que acude a llenar el vacío ideológico socialcomunista; a esta llamada acude también el populismo oportunista bajo su forma decimonónica más execrable: el nacionalismo étnico y xenófobo.
  • Todas las utopías comparten rasgos que las hacen peligrosas para la democracia, la libertad individual y la cohesión social. Uno de los principales es la convicción de haber hallado la solución perfecta y definitiva para los conflictos (reales o supuestos) inherentes a la convivencia plural y a la controversia ideológica.
  • La utopía tecnocientífica provee también un discurso rompedor. Su base teórica se resume en un sencillo silogismo que puede enunciarse del siguiente modo: La muerte (no traumática) siempre va precedida de una enfermedad. La medicina podrá curar todas las enfermedades. Luego, la medicina nos hará vivir para siempre.
  • También existe un plan B: si usted se muere antes de que podamos evitarlo y posee ahorros suficientes, se criogeniza y espera el advenimiento del Edén científico para resucitar.
  • Salvador Pániker: «cada vez es más difícil saber lo que es progreso y lo que es retroceso».
  • Desde estas líneas insto a todos los lectores enredados en las redes virtuales a que se den de baja ya.
  • No hay tecnologías liberadoras; todos son bifrontes y nada hace pensar que esta especie de anarquismo de derechas defendido por los gurús el big data vaya a transformar la naturaleza humana.
  • Por poco que miremos en derredor, nos apercibimos de la falacia que encierra la profecía digital ignorante de los pecados capitales. El rico quiere seguir enriqueciéndose, el envidioso sigue calumniando, el autócrata mata, las leyes siguen generando las trampas, las adicciones siguen destrozando cuerpos y mentes.
  • Es filosófica e intelectuamente lícito dudar de que, cualquiera que sea el futuro tecnológico que nos aguarda, este vaya a alterar de manera sensible las condiciones de uso que el ser humano ha hecho desde siempre de las máquinas. Lo que sí cambia es la enorme capacidad de las nuevas máquinas, en comparación con las antiguas, para hacer(nos) daño.
  • Este libro está escrito a la sombra de Iván Illich (Viena, 1926 – Bremen, 2002), quien primero reflexionó sobre la medicina en el contexto del desarrollismo occidental y su devastadora influencia sobre la salud (física y mental) y el medio ambiente.
  • Illich denunció la institucionalización de la salud y relativizó el impacto de la medicina sobre esta poniendo énfasis en la higinie, la nutrición y en medidas simples de autocuidado y autocuración.
  • Illich fue en muchos aspectos un visinario que puso en primer plano la medicalización social, los efectos adversos de los fármacos y la iatrogenia.
  • Después de Illich, Lynn Payer dejó textos fundacionales sobre la promoción de enfermedades. Richard Smith durante veinticinco años fue editor del British Medical Journal es uno de los más honestos detractores del errático rumbo que ha tomado la publicación médica y de su innoble alianza con los poderes fácticos. En España, Abel Novoa y Juan Gérvas, autor de Sano y Salvo, animal el blog No, gracias, que contiene auténticas joyas informativas sobre el lado oscuro de la medicina. John Ioannidis ha escrito páginas inolvidables sobre los congresos médicos y el despilfarro de los fondos destinados a la investigación biomédica. Josep Maria Esquirol ha editado una compilación de textos filosóficos críticos con la tecnificación y el falso progreso. H. Gilbert Welch abrió el escenario del sobrediagnóstico. Peter Gotzsche y Jörg Blech han publicado libros sobre los abusos de las farmaceúticas, fundamentalmente en el campo de la oncología, la psiquiatría y las enfermedades cardiovasculares.
  • Nuestra concepción de la salud y de la enfermedad depende en gran manera de nuestras actitudes sociales y nuestras creencias personales respecto a la muerte.
  • La ciencia progresa con más lentitud de lo que la sociedad cree. Requiere la prueba del tiempo para confirmar sus hipótesis y tiene su fundamento en una metodología estricta, así como en la integridad personal, virtud que en los últimos tiempos se echa a menudo en falta.
  • La medicina es una actividad práctica y, como tal, exige tomar decisiones; de hecho, el saber tomar las acertadas en cada momento marca el talante y la competencia de un médico. Y no es un proceso fácil: un sinfín de condicionamientos se ceban sobre cada una de las decisiones que se toman en la clínica sin que se tenga conciencia de ello.
  • Desde tiempos inmemoriales, las diversas culturas han delegado la curación de las enfermedades y de los daños corporales infligidos por traumatismos en personas con una alta cualificación social y conocimientos específicos.
  • El legado que nos ha dejado la medicina egipcia del 3000 a.C. guarda aún vigencia, sobre todo en lo relativo a la ética profesional.
  • Buena parte de los conocimientos que manejamos hoy en día se nutren de la experiencia y de las agudas observaciones de nuestros antepasados más que de la cuantificación estadística o de los estudios experimentales.
  • Si la apendicectomía hubiera debido apoyase en pruebas científicas como las que hoy consideramos esenciales, millones de pacientes habrían fallecido prematura e innecesariamente.
  • La medicina como cuerpo de conocimientos ha avanzado sobre dos carriles: el de la observación y la práctica empírica, y el de la ciencia. La tradición empírica en muchos ámbitos ha funcionado y funciona como base del ejercicio cotidiano.
  • Es curioso que la intelectualidad progresista siempre haya esgrimido contra la religión el caso Galileo y jamás haya puesto en entredicho el caso Lavoisier, guillotinado durante el Terror revolucionario y víctima índice de lo que con el tiempo se conceptualizaría como asesinatos inevitables en el recto camino del progreso histórico.
  • Robespierre: «La Revolución no necesita a los científicos».
  • La relación entre política y ciencia no ha sido menos conflictiva y difícil que la relación entre ciencia y religión o entre teología y filosofía.
  • El mundo que se abre con la genética en el siglo XXI se asemeja al que abrieron los anatomistas cuando comenzaron a disecar cadáveres de forma sistemática, o cuando el microscopio entró en la estructura de las vísceras o cuando Pasteur abrió el universo de la microbiología.
  • El paradigma científico de la carrera médica tuvo su referencia bibliográfica en el libro de texto Principles of Internal Medicine o, como lo conocemos familiarmente, el Harrison, en memoria de Tinsley Harrison. La primera edición del Harrison data de 1950 y ha seguido publicándose hasta la actualidad. El Harrison introdujo una concepción biologista de la enfermedad que se ha mantenido hasta la fecha.
  • Una publicación mostraba que tener un gato en casa disminuía los infartos de miocardio, lo cual, por descontado, no debe interpretarse como que tener un gato vaya a protegernos de un accidente cardiovascular.
  • En un libro para la antología de los métodos estadísticos aplicados a la medicina (Sofismas y desatinos en medicina), Skrabanek y McCornick ya denunciaron a finales de los años ochenta este tipo de «sofisma de la significación insignificante», que se ha convertido en una de las celadas estadísticas más frecuentes en las investigaciones contemporáneas.
  • Cuidado con los hallazgos estadísticamente significativos. A menudo no son más que sofismas matemáticos que encubren la promoción de supuestos avances terapeúticos o diagnósticos que siempre implican un nuevo zarpazo a la precaria economía de la sanidad. No son más que medias verdades fruto de la deriva cientifista y numerológica de la medicina contemporánea.
  • El auge de las medicinas alternativas se debe en parte a la desconfianza en unos métodos a menudo abusivos y a una pérdida de credibilidad de la medicina convencional, pero tiene un gran componente emotivo vinculado con las creencias y los deseos de las personas.
  • Optar por medicinas sin base científica, o incluso negarse a someterse a tratamiento médico alguno, tiene que ver con cómo nos relacionamos con nuestro cuerpo y cuál creemos que será su destino más allá de la muerte.
  • Existen tres concepcioes metafísicas principales: 1) soy un cuerpo; 2) hay un cuerpo en mí; y 3) tengo un cuerpo.
  • Las medicinas alternativas viven no tanto de sus éxitos como de la imagen corporal a la que se suma el pánico a la iatrogenia de la medicina científica, es decir, del mal infligido por los profesionales sanitarios como efecto colateral de las pruebas diagnósticas o de los tratamientos realizados, o bien fruto de errores.
  • Hasta mediados del siglo XX la esperanza de vida no superó en el entorno occidental los sesenta años.
  • Los factores no relacionados con el gasto asistencial tienen un influencia notable en la esperanza de vida, entre los que cabe destacar el estilo de vida, la seguridad laboral, la calidad del medio ambiente y la higiene.
  • El gran progreso sanitario que propició que se duplicara la esperanza de vida en los países desarrollados entre finales del siglo XIX y mediados del siglo XX se debió a cuatro hechos fundamentales: la higiene, las vacunas, el descubrimiento de los antibióticos y la cirugía de enfermedades comunes benignas o traumáticas. En épocas más recientes, qué duda cabe que la mejoría de los hábitos alimenticios ha supuesto, asimismo, un factor clave para la salud, principalmente en los países del entorno mediterráneo.
  • Si hubiera que señalar el hecho que más decisivamente influyó en el salto que dio la esperanza de vida entre 1850 y 1950, sería sin duda la conciencia generalizada de que la higiene desempeña un papel central en el origen y la transmisión de las enfermedades, especialmente de aquellas que tienen una causa bacteriana o vírica.
  • La salud de la población europea dio un gran salto gracias a medidas que hoy forman parte de la rutina preventiva, como las duchas frecuentes, la seguridad alimentaria, el alcantarillado, el agua potalbe, la desratización y el control de las plagas de insectos.
  • A pesar de que desde tiempos inmemoriables la misión de la universidad es avanzar en el conocimiento y abrir nuevas avenidas intelectuales, a menudo se comporta como una institución servil y conservadora, celosa de sus privilegios y envidiosa del talento.
  • Aunque Hipócrates señalara que las enfermedades tienen causas «naturales», en la actualidad debemos aceptar que muchas de ellas tienen causas «artificiales».
  • Las vacunas han hecho posible la práctica desaparición de terribles enfermedades que acabaron con las vidas de millones de seres humanos como la poliomelitis, el tétanos, la viruela o la difteria. Junto con los modernos hábitos de limpieza corporal y de higiene doméstica, las vacunas conforman en la actualidad una de las medidas sanitarias preventivas más consolidadas.
  • En buena parte, el movimiento antivacunas ha encontrado su justificación en la codicia de la industria, que ha inducido una demanda inapropiada, y en los efectos adversos que ocasionalmente producen.
  • Pfizer, la primera en el ránking de las diez farmaceúticas más potentes, ha sido multada en varias ocasiones por realizar sobornos, llevar a cabo diversos tipos de abusos en materia de precios y comercializar fármacos dudosos.
  • El descubrimiento de los antibióticos tuvo mucho que ver con el aumento de la esperanza de vida en el siglo XX. El hallazgo de la penicilina y, pocos años después, de la estreptomicina marcó el comienzo de una nueva era de la medicina que se extendería durante medio siglo y, a mi juicio, fue la más brillante.
  • Observación, curiosidad e intuición son las auténticas armas del buen investigador, mucho más que los cálculos y las estadísticas.
  • Francis Moore, uno de los padres de la cirugía moderna, escribió que en el momento de nuestra muerte más del 90% de los humanos llevamos en el cuerpo alguna cicatriz quirúrgica.
  • El estudio demuestra que los beneficios obtenidos de las intervenciones de alta complejidad son cuestionables y que es preciso evaluar mejor la indicación de operar antes de embarcarse en procedimientos costosos que no repercutirán en el bienestar del paciente.
  • Parece lícito preguntarse si tenemos derecho a explorar hasta qué límites podemos alargar nuestra vida y si tiene sentido que sean los profesionales sanitarios quienes los marquen y no nosotros mismos.
  • El transhumanismo predice el futuro de la humanidad bajo un prisma cíborg, una síntesis biomecánica entre el animal humano y el hombre robótico con el fin de alcanzar la superinteligencia y la perdurabilidad.
  • A pesar de todo, los límites no se borran y apenas se desplazan. A lo largo de las últimas dos décadas las curvas de la esperanza de vida tienden a aplanarse.
  • En Gran Bretaña y Estados Unidos la esperanza de vida ha retrocedido durante los últimos tres años de la mano del deterioro de los estilos de vida.
  • La medicina moderna ha favorecido la cronificación de muchas enfermedades incurables que castigan la calidad de vida y prolongan indeciblemente las agonías, amén de minar los presupuestos sanitarios.
  • El progreso tecnológico muestra cierta tendencia al agotamiento. Los beneficios clínicos de algunas de sus propuetas son mínimos o inexistentes, a pesar de que, por regla general, comportan un incremento de los recursos invertidos.
  • La medicina invasiva y técnicamente agresiva conlleva graves efectos adversos.
  • Al ser el mantenimiento de la vida a cualquier coste el principal objetivo de los cuidados médicos, se sacrifica la calidad de vida y se generan discapacidades.
  • No es casual que los ciudadanos más avisados reclamen insistentemente legislar la eutanasia y el suicidio asistido.
  • A pesar de la creciente sofisticación tecnológica de la sanidad, su impacto sobre la cantidad y la calidad de vida es mucho menor de lo que se suele pensar y conlleva secuelas potencialmente lesivas.
  • Advertimos que las dietas occidentales nos llevaban de manera directa al cáncer de colon, a la hipertensión, a la obesidad o a la diabetes, enfermedades que han alcanzado proporciones alarmantes.
  • A medida que la medicina que se investiga y se enseña se ha hecho más genómica y molecular, las nuevas enfermedades encuentran sus orígenes en causas ambientales.
  • Neil Postman, un crítico social estadounidense y creador del término «tecnolatría», sostiene que el pensamiento y la cultura en general viven hoy esclavizados por la tecnología y sus promesas.
  • La cirugía se ha adentrado en una carrera tecnológica con muchas prisas pero con un objetivo incierto.
  • Como subraya Postman, los avances tecnológicos son faústicos, siempre tienen un anverso y un reverso.
  • Descartes es quien consagró la separación entre mente y naturaleza y defendió el reduccionismo como método para avanzar en el conocimiento científico: dividir para comprender en lugar de unir para vivir según los principios del hombre antiguo.
  • El pensamiento de Nietzsche consagró la moral voluntarista de los seres superiores y el dominio inexorable de la ciencia como instrumentos principales para liberar a las masas (al «rebaño») de mitos absurdos y lograr su plenitud hedónica liderada por superhombres.
  • Como formuló posteriormente la Escuela de Frankfurt, el principal enemigo de la razón resultó ser la razón misma y no la religión, como creyeron Nietzsche o Russell.
  • La función de la ciencia consiste en explorar, indagar, criticar, y no en constituirse en un sistema de creencias.
  • Chomsky: «La gente ya no cree en los hechos».
  • Un tercio de la población occidental está siendo tratada por depresión o ansiedad y otro tercio, medicada por obesidad, hipertensión y/o diabetes. Pero la nueva inquisición no se inmuta porque al fin y al cabo si existen problemas creados por la ciencia, para eso tenemos la ciencia, para resolverlos.
  • Richard Hayward, neurocirujano del Hospital for Children de Londres: «Internet es el sistema creador de ansiedad más potente que jamás haya existido».
  • VOMIT: Victims of Modern Imaging Technology.
  • Las solicitudes de pruebas y análisis: ¿son necesarias?, ¿están justificadas?, ¿aportarán información susceptible de alterar el diagnóstico o el tratamiento?
  • En 2013, el Economic Cycle Research Institute, una organización sin ánimo de lucro dedicada a la seguridad de los pacientes, incluía el uso del teléfono móvil entre los diez mayores riesgos relacionados con la tecnología en el ámbito hospitalario.
  • Cuando la ciudadanía se queja de la deshumanización del personal sanitario no hace otra cosa que señalar esta desatención, en buena parte debida a la interposición de la tecnología entre el usuario y quien la atiende.
  • La tecnología tiene un efecto adverso que aún no ha sido analizado en profundidad y que, en concreto en el caso de los cirujanos, merece especial atención. Los malos cirujanos no mejoran sus resultados empleando instrumental sofisticado y, viceversa, un buen cirujano obtiene resultados óptimos con el uso de la tecnología mínima imprescindible para solucionar cada caso.
  • Uno de los efectos de la tecnolatría ha sido la quema, por ahora solo simbólica, de los libros y el final del estudio. Algo especialmente grave en el caso de los cirujanos.
  • Hay muchos más cirujanos técnicos que cirujanos que piensen bien, y eso es porque no estudian, han quemado de manera simbólica los libros.
  • El espectro de la innovación tecnológica es insospechadamente amplio, y ello ha favorecido la predisposición secular de los cirujanos a no abrir los libros y a interesarse mucho más por el aparataje y las pantallas de la cirugía endoscópica que por la patología y las características singulares de cada enfermo.
  • Halfdan Mahler, antiguo director de la OMS: «Se ha constatado un incremento del gasto sanitario en personas ya en su últimos meses o años de vida. Es obvio que este aumento del gasto no corre paralelo a un alargamiento de la esperanza de vida ni hace más humanamente tolerable el final de los ancianos».
  • El tecnólatra es un discuro mercantilista que atenta contra los valores de la profesión y que interfiere de manera negativa en la relación entre pacientes y personal sanitario.
  • Aldous Huxley: «La medicina avanza tanto que pronto estaremos todos enfermos».
  • La hipocondría ha ganado terreno en una sociedad obsesionada por conseguir la vida eterna aquí y ahora. Todos tenemos miedo a sufrir alguna enfermedad, todos nos creemos enfermos potenciales. Para tranquilizarnos acudimos a los médicos y pedimos los análisis más completos posibles.
  • La precariedad laboral, la pérdida de un ser querido, la convivencia con parientes con discapacidad grave o el tedio son solo algunas de las circunstancias que suponen un reto psicológico para el que pocos, están preparados.
  • Los medios de comunicación son en parte responsables del fomento de la hipocondría social.
  • Bajo la hipocondría subyace el pánicop que tenemos a enfermar. El miedo es el miedo.
  • ¿A qué tienen miedo los médicos? En ese ambiente de ansiedad socializada y de amenazas punitivas, el médico tiene miedo a equivocarse, a errar un diagnóstico, y la única forma de combatir su desazón es solicitar pruebas, a menudo innecesarias, para asegurarse de que no se le escapa nada.
  • La espiral del miedo solo se detiene si se establece una relación de confianza.
  • Que hacerse pruebas con regularidad contra el cáncer no alarga la vida parece a primera vista algo contrario a la intuición porque, ya se sabe, el cáncer, cuanto antes se detecte, mejor.
  • La medicina preventiva reúne un conjunto de conocimientos acerca de la influencia de los estilos de vida y de potenciales factores de riesgo para enfermar, pero no se ocupa del diagnóstico precoz. Que los legos en medicina confundan estos términos es comprensible; lo que resulta extraño es que haya tantos médicos que sufran una confusión similar.
  • Los cribados generan miles de exploraciones y análisis innecesarios, cada uno de ellos con sus potenciales riesgos para la salud, amén de la ansiedad que acompaña a la espera de resultados y los falsos positivos cuando las pruebas sugieren, por error, que el o la paciente padece cáncer.
  • El caso más sangrante, polémico y contaminado, política e ideológicamente, es el cribado del cáncer de mama mediante mamografías periódicas. Hace tiempo que las evidencias científicas son lo bastante sólidas para abandonar esta práctica.
  • A los diez años de seguimiento el número de fallecimientos por cualquier causa entre la población cribada mediante mamografía es idéntico al de las pacientes no cribadas, tal como sucede con el cáncer de colon y de próstata.
  • Lo que debería hacer por ellas la sociedad es favorecer el adelantamiento de la maternidad, animar la paridad, ayudar a dejar de fumar y honrar las arrugas en lugar de incentivar el retraso de la menopausia a base hormonas rejuvenecedoras.
  • Mi recomendación de no experto sería cancelar los programas de cribado, reducir el presupuesto dedicado a investigación y terapéutica de esta enfermedad, y dedicar los recursos ahorrados a políticas sociales que ayuden a la mujer a adelantar la maternidad, dejar de fumar y tener más hijos.
  • Que la hipocondría social es una gran oportunidad de negocio está fuera de toda duda.
  • Por pura probabilidad estadística, de cada cien determinaciones que se realizan de una sustancia en sangre unas cuantas, digamos un 5%, pueden hallarse fuera del llamado «rango de normalidad», es decir, de los límites altos o bajos que se marcan para cada prueba.
  • La prevalencia de cáncer asintomático en una población de trabajadores sanos con una media de edad alrededor de los cuarenta y tantos años es tan baja que no justifica que se realicen pruebas de cribado del cáncer y, menos aún, con análisis de sangre.
  • Los observadores más atentos a la tecnificación de la medicina se dieron pronto cuenta de que el uso excesivo de métodos diagnósticos en chequeos periódicos conducía a la aparición de falsos enfermos, es decir, el sobrediagnóstico. Este se define como el aumento del número de diagnósticos de una enfermedad que no va acompañado de un descenso de la mortalidad y la morbilidad a causa de aquella.
  • El número de pacientes diagnosticados, pero no afectados, de una supuestas enfermedad también puede incrementarse de forma espuria cambiando la definición de esa misma enfermedad, en especial si esta tiene una base numérica o, dicho en términos académicos, biométrica.
  • Por ejemplo, la enfermedad llamada «hipercolosterolemia» se diagnosticaba a mediados de los años noventa cuando el colesterol sanguíneo era superior a 240 miligramos por decilitro, pero una década después este rango superior se redujo a 200 miligramos por decilitro. Parece una broma, pero no lo se, y menos cuando al sobrediagnóstico se le asocia de manera automática un tratamiento, en este caso farmacológico, que implica medica a acerca del 40% de la población.
  • Una de las trampas conceptuales en las que muchos médicos han caído y que de manera más o menos inconsciente han asumido es la siguiente: la ciencia médica detecta que una intervención X mejora el pronóstico de un determinado problema de salud en pacientes de alto riesgo. De ello suele deducirse, de forma incorrecta, que si es bueno para los pacientes de alto riesgo cómo no va a serlo para individuos que presentan un bajo riego de padecer esa enfermedad. Extrapolación excesiva, conclusión errónea.
  • La medicalización de individuos asintomáticos con fines preventivos se está convirtiendo en una fuente inagotable de iatrogenia y de derroche de recursos sanitarios en beneficio de la industria y de los profesionales involucrados.
  • El sueño de cualquier laboratorio farmaceútico es dar con un fármaco que todo el mundo deba tomar para prevenir alguna de las enfermedades que con más frecuencia nos afligen. Ya casi lo han conseguido.
  • La disciplina de la bioética trata de delimitar la frontera de lo que es y no es moralmente lícito en el terreno de la reproducción humana, pero la deriva que se percibe en la sociedad es que la tecnociencia arrasará con  todo.
  • La hipocondría social no se remediará con la medicalización masiva ni con revisiones periódicas, pues responde a un desasosiego cuya raíz profunda es nuestro rechazo a la muerte.
  • En propio beneficio, debemos rechazar la medicalización de las dianas terapéuticas condiciadas por el sistema, como el embarazo, la alimentación, la sexualidad, nuestras manías o el envejecimiento.
  • entrada original: https://raulbarraltamayo.wordpress.com/2020/05/21/si-puede-no-vaya-al-medico-de-antonio-sitges-serra/
  • La muerte (como tantos otros aspectos de nuestra salud) es responsabilidad nuestra y de nuestros allegados, y cuanto más lejos del hospital, mejor.
  • ¿Qué vio Le Carré en el mundo de la medicina para construir una narración (El jardinero fiel) con tanta o más intriga que sus historias de espías? La ambición desmesurada, repartida equitativamente entre investigadores, médicos, industria farmacéutica y revistas científicas.
  • Karl Popper: «A veces aprendemos más de nuestros errores que adquiriendo nueva información».
  • Hace poco más de una década Barbara Starfield, del Departamento de Políticas de Salud de la Facultad de Medicina Johns Hopkins, publicaba un artículo en el que atribuía a los medicamentos más de cien mil muertes al año y a intervenciones quirúrgicas innecesarias más de doce mil en Estados Unidos.
  • La agresividad industrial parece haber crecido de manera paralela a la pereza de los médicos por informarse a través de fuentes más fiables que un representante cuyo argumentario ha sido meticulosamente preparado por un cerebro del neuromarketing recién salido de una escuela internacional de negocios.
  • Sesenta euros es al cifra máxima que Farmaindustria, la asociación española de laboratorios farmacéuticos, ha consensuado en su código de buenas prácticas para invitaciones a comer de sus representantes a médicos.
  • El fervor científico de la industria farmacéutica se ha añadido el de la industria alimentaria, que tan bien ha sido recibida por, entre otras, la depredadora Sociedad Española de Cardiología, cuya fundación parece más un supermercado que una institución científica gracias al apoyo de «socios estratégicos» como Campofrío, Coca-Cola, Danone, Aquarius, Powerade, Danacol, Zumosol o Plátano de Canarias.
  • El campo de la nutrición humana es hoy un terreno minado, intransitable para la ciencia honrada, del que los líderes de opinión y las sociedades médicas extraen réditos sustanciales con finalidades opacas.
  • Existe una amplia evidencia empírica sobre cómo la industria distorsiona la investigación, las prácticas clínicas, la educación y los costes en los sistemas sanitarios. Se han identificado y sistematizado las siguientes diez áreas en las que este fenómeno es más evidente:
    • Sesgos en los análisis de coste/beneficio.
    • Mantenimiento de fármacos en el mercado a pesar de haberse demostrado graves efectos adversos.
    • Redacción de argumentarios sesgados para los visitadores médicos.
    • Influencia en la elaboración de guías clínicas mediante becas de investigación, pagos a expertos y subvenciones a las sociedades científicas.
    • Influencia en la programación de los congresos médicos.
    • Financiación sesgada de la formación continuada.
    • Presión sobre los visitadores médicos mediante el pago de comisiones en función de sus ventas.
    • Regalos en especie al personal sanitario.
    • Publicidad directa al consumidor.
    • Revisores de artículos con vínculos económicos con la industria.
  • La idea de que la medicina se ha de basar en evidencia científicas se encuentra muy enraizada en la clase médica, aunque no lo esté tanto su capacidad para discernir lo que es conocimiento sólido de lo que es un bluf.
  • Estos líderes-prescriptores viven tan atareados que la industria es la que a menudo les prepara los artículos, que ellos se limitan a firmar (y a cobrar), e incluso las diapositivas que acompañan sus conferencias.
  • El fenómeno al que en 1992 Lynn Payer denominó disease mongering: un conjunto de maniobras y tácticas orquestadas pro el lobby médico-industrial, cuyo objetivo es aumentar la preocupación por la salud para arrastrar a los ciudadanos a un consumo cada vez mayor de fármacos y tratamientos quirúrgicos.
  • Una de las redefiniciones de «enfermedad» más brillantes fue la liderada por Pfizer al reconvertir la estigmatizada «impotencia» es «disfunción eréctil», definición mucho más amplia y acogedora de trastornos varios.
  • Marcia Angell, editora jefa durante veinte años del New England Journal of Medicine, acusaba a los psiquiatras de aumentar su catálogo con diagnósticos «subjetivos y expandibles», en el que incluían además preenfermedades tales como el «riesgo psicótico» o el «deterioro cognitivo precoz». En consonancia con Aldous Huxley, escribía humorísticamente que cada vez resulta más difícil ser normal.
  • Fuera del ámbito psiquiátrico se han medicalizado otras condiciones de dudoa entidad o prevalencia exagerada, como la osteoporosis, los criterios de embarazo de riesgo, el estatus pomenopaúsico, la calvicie o la hipercolesterolemia en ausencia de patología vascular previa.
  • En la mortalidad de origen cardiovascular intervienen otros elementos clave como son la dieta, el tabaquismo o el ejercicio físico. Esos deben ser los objetivos en la prevención de la mortalidad cardiovascular y no la medicalización masiva de la ciudadanía.
  • Los lobbies sanitarios se encuentran entre los más poderosos de los presentes en Washington y Bruselas, donde se toman las grandes decisiones que marcan el futuro del negocio en el sector.
  • ¿Cuántos de esos billones de dólares movidos en el mercado sanitario de los que habla Deloitte llegan en realidad al sector y cuántos se quedan por el camino en manos de las burocracias, la corrupción, la investigación fallida o los sobornos? Es imposible calcularlo.
  • No es de extrañar que los precios de los productos sanitarios sean los que son, ya que en su coste se incluyen el tiempo de amortización (cada vez menor), los gastos promocionales, los pagos a expertos y … las multas.
  • De vez en cuando un ministro se arma de valor y retira de la financiación pública tal o cual medicamento de nula eficacia, pero, por regla general, los estados apctan con las farmacéuticas los crecimientos anuales.
  • Esa es la realidad de la industria sanitaria tal como se ve a sí misma: tiene que crecer con independencia de la salud de la ciudadanía, aunque pueda acabar representando una amenaza para ella.
  • Algo es seguro: el lobby médico-industrial seguirá presionando a las administraciones y a los reguladores en su favor.
  • Francois Rbaelais: «La ciencia sin conciencia es ruina del alma».
  • Los valores tradicionales que se le suponen al investigador se encuentran amenazados por la creciente dependencia de la ciencia respecto a las exigencias del mercado. El investigador, cada vez más profesionalizado, depende del fruto de su trabajo para conseguir una financiación continua y estabilidad en su empleo.
  • La universidad y la medicina académica se encuentran hoy en un brete.
  • Por más que crezca la oferta de másteres, que en algunas universidades se han regalado previo pago de la matrícula, la economía universitaria renquea, de manera que los recursos obtenidos por sus investigadores de fuentes externas se vuelven muy apetecibles para sanear las cuentas.
  • La mancha de la financiación se extiende absorbiéndolo todo.
  • Un informe reciente del BBVA señalaba que uno de cada cinco estudiantes que se inician en la universidad abandona los estudios antes de acabar la carrera. Entonces, ¿por qué son admitidos? Somos un país de muchos jefes y pocos remeros.
  • Un colega cercano, con amplia experiencia en los programas financiados por la Comisión Europea, recibió uno de los premios que otorga dicha comisión porque el 28% del presupuesto de su proyecto acabó en el producto generado por este, cuando la media suele rondar el 20%. Es decir, que el 80% del presupuesto que Bruselas destina a la investigación científica se gasta en sostener el aparato administrativo que tramita y juzga las voluminosas aplicaciones, pagar alquileres y cubrir los gastos derivados de la asistencia a congresos y reuniones (dietas, viajes, hoteles) y de caterings.
  • En la actualidad se estima que alrededor del 50% de la investigación científica financiada en el campo de la salud no se traduce en papel y la que se traduce en publicación resulta muy onerosa y a menudo irrelevante.
  • Hacia finales de los años sesenta yo me iniciaba en el campo de la investigación clínica y me quedé impresionado por el caso John Darsee, uno de los más truculentos episodios de fraude científico en la historia reciente de la medicina académica. La magnitud y la duración del engaño pusieron en evidencia las deficiencias en el control de los investigadores por parte de sus supervisores. Puso en tela de juicio al sistema académico vigente, que primaba las publicaciones de alto impacto por encima de cualquier otra consideración. Además, dejaba en ridículo el método de revisión de manuscritos (la revisión por pares o peer review) previo a su publicación y a los redactores de las mejores revistas médicas, pues los errores y las discrepancias presentes en sus artículos eran palmarios e identificables casi a simple vista.
  • El fraude persiste en la actualidad bajo formas menos espectaculares pero más ingeniosas e interesadas, porque el entorno cultural que lo favorece es hoy más opresivo que el de entonces. Eso śi, el engaño se ha hecho más sofisticado, más sutil, más estructural y sobre todo preocupante en dos aspectos más o menos novedosos: la dificultad para reproducir trabajos publicados y los conflictos de intereses.
  • Las evidencias disponibles sugieren que el problema es más estructural y sistémico de lo que comúnmente se acepta y, como expondremos en el próximo capítulo, afecta asimismo a las publicaciones, el núcleo de la producción científica.
  • Uno de los criterios más importantes de validación en ciencia es que los investigadores independientes puedan reproducir los resultados de trabajos firmados por otros grupos que trabajan en la misma área de conocimiento.
  • La ciencia básica contemporánea, centrada fundamentalmente en la neurociencia, la genética y la oncología, se ha visto cuestionado por la baja reproducibilidad de sus hallazgos.
  • Al ser interrogados por las razones que explicarían la baja reproducibilidad de los experimentos, las cinco cabezas de serie fueron, en este orden: la publicación selectiva (que oculta parte de los resultados), la presión para publicar, el análisis estadístico inadecuado, el escaso interés por replicar los hallazgos antes de publicarlos y la escasa supervisión y tutelaje.
  • Lo que ha sucedido durante este periodo ha sido que las reuniones llamadas científicas se han comercializado y mercantilizado, pasando a engrosas el catálogo de bienes de consumo. Hoy día, los congresos son ante todo una industria que implica a un gran número de actores.
  • La información útil para el avance de la medicina y para la formación continua está en los libros y en los artículos científicos de calidad. Las palabras se las lleva el viento.
  • Resulta pertinente interrogarse acerca de la utilidad de los congresos en términos de progreso científico y de educación continua.
  • La mayoría de las conferencias presentadas como supuestas novedades científicas no lo son; de hecho, más del 90% no llegarán nunca a publicarse.
  • Ioannidis concluye que en la actualidad la relevancia científica de los congresos médicos es prácticamente nula y que haríamos mejor en invertir el dinero que se volatiliza en ellos en desarrollar métodos de comunicación y formación alternativos más eficientes y menos contaminantes.
  • La industria arguye que, si no fuera por ella, los médicos se idiotizarían sin remedio, cuando, de hecho, el argumento debería formularse en su contra: lo que sí puede idiotizarlos es la educación sesgada promovida por la industria.
  • En lo que sí tiene razón la industria es que no existe una alternativa a los acontecimientos educativos que organiza. La universidad española se ha quedado por completo al margen de la formación de los médicos una vez que estos obtiene el título.
  • Es difícil pronosticar si los congresos médicos sobrevivirán en su formato actual, porque poco tienen que ver con la ciencia o la buena educación, y mucho, en cambio, con la cultura del consumo y la industria sanitaria que los justifican y los sostienen.
  • Como termitas febriles, los conflictos de intereses (CI) han erosionado los cimientos, otrora sólidos, de la medicina académica.
  • La obesidad es una de las endemias más dañinas a las que se enfrenta la medicina actual. Excepciones aparte debidas a enfermedades raras, la obesidad tiene un origen cultural o psiquicocultural. Una de las numerosas preguntas que se han hecho los epidemiólogos que han estudiado este fenómeno es hasta qué punto las bebidas azucaradas contribuyen al incremento exponencial de la obesidad.
  • Los CI son la causa de uno de los más serios reproches que cabe hacerle a la investigación biomédica contemporánea.
  • Dado el volumen del gasto farmacéutico que manejan y los recursos que aportan a las instituciones debido a sus vínculos con una industria agresiva, los oncólogos y los investigadores del cáncer conforman uno de los lobbies sanitarios más influyentes en los hospitales, los medios de comunicación y la política de subvenciones.
  • Ninguna especialidad queda al margen de los CI.
  • marcia Angell, exeditora jefa del New England Journal of Medicine: «Los médicos no deberían aceptar regalos de la industria, por modestos que sean, y deberían pagarse sus congresos y sus formación continua, como es el caso en otras profesiones».
  • Una publicación en JAMA Oncology, de agosto de 2018, confirmaba la ausencia de declaración de CI en una tercera parte de las publicaciones de elevado impacto realizadas en el campo de la oncología.
  • Aunque las organizaciones médicas se resisten a que se hagan públicos los nombres de los médicos que reciben pagos de la industria, el proceso sigue adelante debido a un acuerdo de mayo de 2018 entre Farmaindustria y la Organización Médica Colegial para que los laboratorios publiquen las subvenciones a sociedades científicas y los pagos individualizados.
  • Una estimación reciente calcula que hay casi medio millón los representantes contratados en la actualidad pro la industria farmacéutica global. El representante de ventas goza de una gran libertad de movimientos en los centros asistenciales y accede cada vez más a zonas restringidas.
  • Seríamos injustos si solo denunciáramos la connivencia con la industria como fuente de CI en la medicina académica. Los hay también, y considerables, ligados a la autopromoción y al prestigio profesional.
  • En países como Suecia, Reino Unido o España, donde los salarios del personal sanitario son fijos e independientes del número de actos médicos, el incentivo para sobreoperar está en aumentar el número de casos intervenidos y competir académicamente con otros cirujanos.
  • Si el número de médicos sobrepasa las necesidades razonables de la población, las oportunidades para el sobrediagnóstico y el sobretratamiento son infinitas.
  • Existen sospechas razonables de que en España se sobreindican los trasplantes, como sugiere el hecho de que la edad de los donantes sea casi diez años superior a la media europea, lo que resulta en una mayor proporción de órganos que no se pueden aprovechar y a una menor supervivencia del injerto.
  • Con el fin de mantener un volumen elevado de actividad, algo que en principio resulta beneficioso para los pacientes que esperan un transplante, se han relajado los criterios de muerte cerebral hasta una zona gris donde queda en entredicho la integridad ética.
  • Orientaciones sobre la gestión de los conflictos de intereses:
    • No se vincule financieramente a largo plazo. No compre acciones de la empresa con la que haya decidido trabajar; no forme parte de su nómina; no acepte retribuciones periódicas como consultor. Si interviene como tal hágase pagar por obra y no por periodos de tiempo. Si usted es responsable de una patente, cobre los royalties que le correspondan pero no la publicite.
    • Colabore solo si se trata de un buen producto. No se compinche con una empresa dudosa para promocionar un producto no menos dudoso.
    • Que la industria lo busque a usted.
    • No se aleje de la práctica clínica. Demasiada investigación se hace como modus vivendi, es autorreferencial o ha perdido el contacto con la realidad.
  • La colaboración entre médicos, investigadores y empresas del mundo sanitario está aquí para quedarse. Lo importante es que esa colaboración sea honesta por ambas partes.
  • Edgar Morin: «El conocimiento es una aventura incierta que conlleva en sí misma y permanentemente el riesgo de ilusión y de error».
  • Resulta difícil hacerse una idea cabal del ingente capital humano y de la magnitud del aparato administrativo, publicitario y editorial que gira en torno a la literatura médica. Impresionan las cifras de un negocio que con el tiempo se ha concentrado en unas cuantas firmas multinacionales.
  • Richard Smith, fue editor del British Medical Journal: «El negocio de la publicación médica es corrupto porque sus propietarios ganan dinero restringiendo el acceso a la investigación relevante, la mayor parte de la cual se financia con dinero público».
  • Si quieres acceder en la universidad o bien optara puestos de mayor responsabilidad y salario en la jerarquía hospitalaria, debes publicar o, de lo contrario, perecerás en el campo de batalla de la competitividad académica.
  • Los responsables de la promoción académica y asistencial todavía valoran de manera notable la producción científica en detrimento de la dedicación de los candidatos a la enseñanza o a la práctica clínica, que no poseen métricas para competir con el FI.
  • Las malas maneras en la publicación científica contemporánea están en el origen de una respetada web, Retraction Watch, cuya misión es la de velar por la integridad de la ciencia y detectar las diversas modalidades del fraude editorial. Últimamente está muy ocupada.
  • No hay nada más decepcionante para un académido que el descarte de un artículo en el que se ha trabajado durante meses, más aún si la decisión se basa en comentarios desinformados y erróneos.
  • No es casualidad que sean China y Corea del Sur los primeros países que aparecen señalados en este tipo de fraude informático; su avidez y prisa por entrar en el circuito académico internacional son legendarias y no afectan solo a la ciencia, sino en general a su cultura y a su industria.
  • Artículo publicado en el New England Journal of Medicine: «El problema reside en la perversa incentivación de la publicación científica. Mientras los autores sean compensados por publicar muchos artículos y los editores por publicarlos con celeridad, se inventarán nuevas triquiñuelas para burlar el sistema tradicional de publicación más rápidamente que los controles que pongamos para limitar el fraude».
  • La digitalización de las publicaciones ha facilitado la multiplicación de revistas online de acceso libre que cobran a los autores por publicar. Algunas son serias; otras, la inmensa mayoría, no son más que bits basura que contaminan la red.
  • Para llegar a un acuerdo entre la exigencia metodológica y la complejidad de la vida real surgieron las guías clínicas, orientadas hacia patologías concretas de alta prevalencia. Las guías son textos prolijos en los que se detallan los ítems más relevantes para la enfermedad a la que está dedicada a la vez que promueven tratamientos de acuerdo con la mejor ciencia publicada.
  • La mayor parte de las guías clínicas han sido financiadas por la industria y algunas son responsables de la promoción de enfermedades por manipulación de los rangos de normalidad.
  • Las guías han tenido un efecto disuasorio sobre la lectura y el estudio. Muchos colectivos médicos las han adoptado como textos inviolables a los que hay que recurrir de manera dogmática, lo cual desincentiva el espíritu crítico consustancial al progreso científico.
  • En el repositorio Cochrane Database of Systematic Reviews se pueden consultar más de ocho mil revisiones de buena calidad.
  • Antonio Machado: «Los «novedosos» apedrean a los originales».
  • Bajo el régimen nazi, se realizaron vivisecciones y ensayos terapéuticos y eugenésicos escalofriantes que obligaron a un acuerdo que regulara la innovación en el campo de la medicina.
  • La exigencia de resultados clínicos inmediatos, las inversiones billonarias en salud, el apremio para curar el cáncer o para hacer la cirugía más confortable mediante maniobras más arriesgadas y costosas, están minando las bases éticas de la inovación sanitaria, tanto en la comercialización de nuevos fármacos como en procedimientos diagnósticos o intervenciones quirúrgicas.
  • En medicina hay que inovar con prudencia, porque lo que está en juego es la vida de las personas.
  • Cada época histórica elige un mantra que impregna la cultura, el lenguaje y los hábitos de vida. En nuestro caso, el de la innovación ha tenido tanto éxito que ha acabado por implicar a todos los actores de la escena sanitaria.
  • La innovación apela al ansia de curarse de los pacientes que esperan a diario otro milagro de la ciencia. Los medios de comunicación, atentos a dicha ansiedad, suministran con regularidad noticias que alientan el optimismo y las falsas esperanzas. A estas siguen las frustraciones, y luego mayores exigencias que alimentan el círculo vicioso.
  • Se han normalizado los suplementos de salud de la prensa diaria financiados por las farmacéuticas, los profesionales que se autopublicitan y las clínicas privadas.
  • Conviene recibir con prudencia y sano escepticismo las noticias que anuncian primeras veces. El principio de precaución es hoy más necesario que nunca, pues los cirujanos innovadores a menudo ocultan sus complicaciones postoperatorias.
  • Es posible que los tabúes sean condición sine qua non para que una civilización exista y funcione como tal.
  • Kolalowski: «La cultura es tabúes; o, por decirlo de otro modo, una cultura sin tabúes es un círculo cuadrado».
  • La introducción de nuevos dispositivos, excipientes, instrumental quirúrgico o materiales sanitarios se halla totalmente desregulada y pocos se incorporan al mercado apoyados en estudios solventes, con el agravante de que sus efectos secundarios pueden tardar años en reconocerse.
  • En el campo de la cirugía las innovaciones se suceden en cascada, sin regulación alguna, desde que se introdujo la cirugía laparoscópica a gran escala.
  • Es imperativo defender el principio de precaución por encima de cualquier otra consideración.
  • No es aceptable que en la actualidad un residente de cirugía se pase más de dos horas operando una apendicitis aguda por laparoscopia, cuando la podría finalizar en menos de tres cuartos de hora mediante cirugía convencional con la misma estancia postoperatoria y quizá con menos complicaciones.
  • En los sistemas sanitarios públicos la compra de robots ha sido más precavida, pero nadie quiere quedarse atrás: si tú tienes uno, yo compro dos.
  • La financiación pública es la única capaz de sufragar las intervenciones médicas de alta complejidad. Las aseguradoras no dudan en aconsejar o imponer a sus asociados que acudan a la medicina pública cuando las cosas se complican de verdad y prevén costes inasumibles.
  • El abuso no es el mayor lastre que arrastra la medicina pública. El peor de todos, y del que pocos ciudadanos son conscientes, es su politización. Los criterios que imperan en la gestión sanitaria son primariamente políticos, secundariamente económicos y, en último lugar, profesionales.
  • La gestión de la sanidad refleja el cortoplacismo y el clientelismo característicos de la política de poca perspectiva que rige en la actualidad, y tiene mucho que ver con sus potenciales réditos electorales.
  • La medicina pública es ruinosa en términos estrictamente empresariales.
  • Exceso de demanda debido a tres factores: la gratuidad de los servicios, las campañas de diagnóstico precoz del cáncer y la hiperfrecuentación médica de una población hipocondriaca.
  • La sanidad española ofrece pocos estímulos para la promoción profesional y ha perdido una de sus señas de identidad: el acceso y el ascenso por méritos.
  • Los británicos, a pesar de tener un sistema sanitario similar al nuestro, no han seguido la ruta de la jerarquización, quizá previendo que esta ofrece demasiadas oportunidades para la corrupción y la mediocridad.
  • La medicina pública adolece de mala comunicación y poca colaboración entre los directivos y el personal sanitario que trabaja en los hospitales y los centros de asistencia primaria.
  • Se hace mucha demagogia sobre los costes de un seguro de salud privado cuando, en realidad, se debería hablar más de las prioridades que nos marcamos. En España, los costes de las pólizas de seguros de salud, y en consecuencia los honorarios médicos que pagan las mutuas, son muy bajos en comparación con los de los países de nuestro entorno.
  • Los profesionales que ejercen en la medicina privada no son proclives a remitir un caso que los sobrepasa a un facultativo más capaz, lo cual supone un riesgo que desconocen la mayoría de los clientes.
  • Se realizan más intervenciones quirúrgicas de lo necesario en un régimen privado, ya sea porque el cirujano aprovecha cuanto cliente se le acerca o porque el centro donde trabaja cobra por acto médico.
  • Cuando se cobra por acto médico, el reflejo natural de los galenos es sobrediagnosticar y sobretratar.
  • Como cualquier otra empresa con ánimo de lucro, el objetivo de la sanidad privada es incrementar los beneficios, lo cual implica mejorar los ingresos y reducir los gastos. Con ello se corre el riesgo de que el ahorro influya negativamente sobre la seguridad del enfermo.
  • La sanidad como negocio impacta sobre los salarios del personal sanitario: médicos de guardia mal pagados y de formación dudosa, poco apoyo administrativo, enfermería escasa, etcétera.
  • Siempre en pos de aumentar sus beneficios, la medicina privada emite persuasivos cantos de sirena: el mejor método para adelgazar, el mejor aparato para operarse de la próstata o de varices, el mejor lifting facial, los pechos más parecidos a los de Jennifer Lawrence o Penélope Cruz, etcétera.
  • Investigadores del Instituto para la Calidad de los Gobiernos de Gotemburgo, Suecia, estudiaron la relación existente entre la salud de la población y el sistema de financiación, y llegaron a la conclusión de que solo las inversiones públicas, especialmente si las realizaban gobiernos no corruptos, se correlacionaban con mejores índices de salud poblacional, mientras que el gasto privado no guardaba relación alguna con esta y, en todo caso, su influencia podía ser negativa.
  • No siempre los ricos tienen mejor medicina.
  • Si la política y la economía influyen de forma decisiva en las condiciones en que se ejerce la medicina, ello no debe ser excusa para que el médico, y en general todas las profesiones sanitarias, dejen de asumir la responsabilidad que les corresponde en el ejercicio ético de su profesión.
  • Muchos médicos se queman en el ejercicio de su profesión y la tasa de suicidios es particularmente elevada en esta profesión.
  • El síndrome del burn-out amenaza a las profesiones sanitarias porque están sometidas a una presión considerable, obtienen poco reconocimiento, sus posibilidades de promoción son escasas, su autonomía es limitada, la remuneración no impresiona y la rutina y las muchas horas de trabajo acechan detrás de cada larga lista de pacientes que esperan a ser visitados. A todo ello se ha sumado la burocratización del acto médico.
  • Los médicos quemados cometen más errores, lo cual empeora un vicioso ciclo de autoinculpación que los hunde psicológicamente.
  • Al cabo de unas cuantas décadas de compartir profesión con muchos colegas, creo que aquellos que han acabado quemados, con independencia de las inclemencias que hayan sufrido en su puesto de trabajo, poseen algunas características en común: poco interés por el estudio y la formación continua, alejamiento (o incluso desprecio) de la investigación clínica, fortuna familiar y ausencia de una visión global y política de la profesión por incultura y desidia intelectual. La profesión médica es exigente y a su vez una de las más dignas, apreciables e intelectualmente atractivas, pero hay que saber vivir en ella.
  • La hiperfrecuentación médica es una endemia social.
  • La hipocondría, la medicina defensiva, los incentivos económicos y la promoción académica son elementos que juegan en contra de la salud de los individuos sanos.
  • Michel de Montaigne: «Es mejor una mente bien ordenada que otra muy llena».
  • William Osler, un referente en la historia de la medicina interna: «Quien solo sabe medicina no sabe ni medicina».
  • Este es el gran agujero negro de nuestra enseñanza universitaria, llegar a ser un médico sin poseer siquiera un barniz cultural.
  • La culpa de que la universidad se haya convertido en un páramo cultural no la tienen solo los estudiantes. También hay que ver qué se enseña, cómo se enseña y quién enseña.
  • Es difícil saber si los médicos formados durante las últimas décadas son capaces de filtrar la información que les llega en el contexto caótico en el que se desenvuelve hoy la literatura científica. ¿Qué actitud mantienen ante el asedio de los representantes comerciales? ¿Saben de la influencia que tienen los conflictos de intereses en las «opiniones autorizadas» que oyen en clase?
  • Heidegger: «La ciencia no piensa».
  • El perfil humano del médico estándar es el de un profesional poco crítico, más numerólogo que clínico, con escasa perspectiva global sobre su profesión. Adicto a las pantallas, estudia poco e ignora la buena literatura escrita al calor de la medicina; pienso, por ejemplo, en obras de Solzhenitsin, Bernhard, Sontag o la brillante Catarsis, de Andrzej Szczeklik.
  • Los estudios de medicina deberían abrirse al bachillerato de humanidades para reencontrar su filón social e incluir en sus programas mayor carga docente relativa a la salud global, la ética profesional, las políticas sanitarias o las bases históricas y culturales de las diversas prácticas médicas.
  • El modelo educativo vigente prima el cientificismo y la competitividad, margina la reflexión y estimula la battala de los estudiantes contra el sistema y contra sí mismos por unas centésimas en las notas de sus exámenes, ya que de ellas dependen oportunidades y decisiones que los marcarán de por vida.
  • El por qué la de medicina es aún una de las carreras más atractivas para los bachilleres más sobresalientes tiene muchas explicaciones. Son estudios globales que no requieren de unas capacidades especializadas como quizá ocurra con el dibujo para la arquitectura o las matemáticas para las ingenierías. Muchos futuros médicos se sienten atraídos por na carrera multidimensional con salidas profesionales div ersificadas en las que todos acaban encontrando su lugar.
  • ¿Por qué resulta contraproducente formar el doble de graduados de lo que la OMS considera necesario?
    • A más médicos, más enfermos.
    • Favorece la precariedad laboral.
    • Fomenta la emigración.
    • Los salarios no mejorarán.
    • Aumenta el paro.
    • Aumentan los chiringuitos y las medicinas alternativas.
    • Empeora la calidad asistencial.
    • Amenaza la calidad docente.
  • La banalización de la docencia de pregrado acabará repercutiendo negativamente sobre la competencia profesional.
  • La generación de nuestros veinteañeros y treintañeros padece un mal conocido como neotenia, un síndrome consistente en la prolongación de la adolescencia más allá de sus años convencionales.
  • Resulta preocupante que las élites gobernantes de las universidades presionen con agresividad al profesorado para que publique a toda costa, algo que se cumple casi siempre a expensas de la docencia.
  • Resulta curioso que una institución como la universidad, cuya razón principal de ser es la transmisión del conocimiento de generaación en generación, olvide su misión, deslumbrada por la innovación, que a fin de cuentas no es tanta, y por la investigación, que, después de todo, resulta cara, lenta y poco eficiente.
  • Eramos de Rotterdam, Rabelais y Montaigne constituyeron el punto de inflexión de la filosofía docente que se produjo entre la Edad Media y el Renacimiento, y de ellos seguimos viviendo los docentes peripatéticos a través de Rousseau, Giner de los Ríos, Montessori o Machado.
  • Montaigne insiste repetidamente en que instruir es ante todo formar el juicio, enseñar a pensar bien. Pensar bien no es fácil porque las distracciones son muchas y muy tentadoras: ambición, poder, dogmatismo y vanidad se interponen entre la realidad y nuestro raciocinio sesgando nuestra opiniones. Pensar bien significa escoger con acierto, enlazar correctamente conceptos en apariencia dispares, asociar ideas sin contradicciones, evitar prejuicios.
  • Los métodos están reemplazando a los fines en una docencia rendida a la tecnología y las pantallas, que proporciona pocos elementos útiles para instruirse en el raciocinio y la independencia de criterio.
  • O miramos al mundo de otra manera, o tecnópolis acabará primero con los valores humanísticos y más tarde con la biosfera. Es preciso alargar los tiempos y delimitar los espacios.
  • En Cataluña, la mitad de los ancianos institucionalizados padecen algún grado de demencia y buena parte del resto, una depresión grave a causa del abandono al que los libra una sociedad donde imperan la hipercinesia y el juvenilismo egoísta.
  • La medicina tiene ante sí dos retos frente a la amenaza demográfica: reducir la carga de enfermedad eliminando las enfermedades crónicas y la iatrogenia, y replantear la intensidad de la asistencia sanitaria a edades avanzadas.
  • Crece la preocupación por la cantidad de exploraciones y tratamientos, tanto médicos como quirúrgicos, innecesarios e inútiles que se producen como consecuencia de la presión industrial, la hipocondría social, los cribados del cáncer, el exceso de médicos, la medicina biométrica, la gratuidad de los servicios, el afán de lucro y la conveniencia política.
  • La medicina más barata es la que se hace bien.
  • Vivimos en una época que nos hace especialmente sensibles a nuestros derechos y poco proclives a cumplir con los deberes para con nosotros mismos y para con nuestros semejantes; una era de exaltación de las libertades individuales a costa de las responsabilidades que son su imagen especular, pues no existe ningún derecho ilimitado.
  • El siglo XXI será el de la responsabilidad como el XX fue el de la libertad. O no será.
  • La educación en el cuidado de uno mismo y en el de los demás y de lo público debería tener un lugar principal en la enseñanza secundaria.
  • No asumimos que los principales responsables de cuidar nuestra salud somos nosotros mismos y no los médicos. El cuidado de sí mismo constituye el primer nivel para una buena salud; no el sistema sanitario, que está ahí pero lejos, para cuando las cosas se ponen mal de verdad.
  • ¿Qué responsabilidad estamos dispuestos a asumir para contribuir a la sostenibilidad de los sistemas de salud? ¿Deben limitarse los derechos sanitarios a quienes atentan contra la salud propia y la ajena? ¿Hasta dónde queremos que llegue el empecinamiento terapéutico? ¿Cuántos cuerpos deshabitados mantendremos artificialmente a costa de los recursos que limitaremos a los que llegan a la vida?
  • Algunas propuestas asumibles para todos:
    • No abusaremos. No debemos acudir al hospital o al médico de cabecera si realmente no es necesario. Aprendamos a tener cuidado de nosotros mismos, a reconocer los síntomas banales que solucionaremos en casa y a no caer en la paranoia de los males que están al acecho.
    • No nos aprovecharemos de la gratuidad del sistema público ni de los subsidios de enfermedad, obteniendo bajas médicas mediante triquiñuelas ni prolongándolas si no son estrictamente necesarias.
    • Evitaremos las conductas de riesgo. Cada borrachera que acaba en urgencias, cada sida que se contrae por descuidos imperdonables y cada paquete de cigarrillos que fumamos acaban traduciéndose en el gasto de miles de euros que otros ingresan en la hucha sanitaria para podernos curar.
    • Seremos tolerantes y comprensivos cuando no se nos atienda de forma inmediata. Aceptaremos que la demora de un procedimiento quirúrgico menor puede dilatarse en el tiempo en beneficio de intervenciones más urgentes.
    • Respetaremos a los profesionales que nos atienden. No exigiremos tratamientos que sean considerados innecesarios o nocivos por quienes nos atienden. No cabe esperar el 100% de seguridad en exploraciones invasivas o procedimientos quirúrgicos.
    • Dejaremos claras nuestras últimas voluntades para evitar convertirnos en muertos en vida o cuerpos deshabitados. Nuestros allegados han de saber que hemos asumido la muerte y que no vamos a pedir al sistema que nos mantenga con vida de forma artificial. En la vejez seremos generosos y no exigiremos aquellos recursos que los más jóvenes pueden aprovechar con más sentido y razón.
    • Seremos agradecidos con quienes nos ayuden a superar el mal paso de una enfermedad. Si algo apreciamos los médicos que lo somos por vocación y convicción es cualquier gesto con el que un paciente agradece nuestros desvelos. Eso no está incluido en ningún salario; de hecho, es impagable.
  • De entre las más de cien colaboraciones que escribí para El Periódico de Catalunya, una tuvo cierta repercusión, la que se titulaba «Si puede, no vaya al médico». Allí advertía de los peligros que entraña acudir a un médico si se está en buen estado de salud: por ejemplo, ser sobretratado o convertirse en un enfermo imaginario en manos de un facultativo en busca de trabajo. Un artículo polémico que me costó una reprimenda por escrito del Colegio de Médicos de Barcelona, institución que, dicho sea de paso, ha perdido, si es que alguna vez lo tuvo, el liderazgo intelectual de la profesión para entregarse, sin consultar a sus colegiados, al espejismo independentista.
  • Desde Némesis, de Iván Illich, escrito en los años setenta, no disponemos de texto alguno que se haya propuesto sistematizar una crítica cultural de la medicina.
  • Este es un libro escrito sin contemplaciones, pero con ánimo constructivo. Señala los mayores logros de nuestras instituciones universitarias y asistenciales, pero su foco es la denuncia de aquellas prácticas fraudulentas y creencias tecnolátricas de nuestra cultura occidental que amenazan la seguridad de los pacientes y la sostenibilidad e integridad moral de nuestro modelo asistencial, docente e investigador.

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5 respuestas hasta “Si puede, no vaya al médico de Antonio Sitges-Serra – Apuntes”

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