Raul Barral Tamayo's Blog

Frases Llenas

En primera línea de Gabriel Heras – Apuntes

Posted by Raul Barral Tamayo en Jueves, 18 de junio, 2020


© Gabriel Heras La Calle, 2020
Editorial: Ediciones Península.

El 27 de febrero de 2020 se detecta el primer caso de coronavirus en una unidad de cuidados intensivos española. Gabriel Heras, médico en esa misma unidad, vivió en primera línea el estallido de la epidemia y su pico más agudo. Este es el relato desde el frente de batalla de una de las guerras más mortíferas a las que nos hemos enfrentado en las últimas décadas. El testimonio de un profesional volcado en salvar la vida de sus pacientes sobreponiéndose a la escasez de recursos, de personal y de conocimientos sobre el virus.

En unas páginas cargadas de tensión y miedo, pero también de esperanza y compañerismo, Heras ofrece un ejemplo de la capacidad de superación de los trabajadores sanitarios ante la imprevisión y falta de humildad de los responsables de gestionar la peor crisis sanitaria de la historia de España. Al mismo tiempo, su relato pone en evidencia las carencias de un sistema que necesita cambios profundos para adaptarse a las realidades del siglo XXI y garantizar el bienestar de los ciudadanos.

“Con esta crisis hemos descubierto que España no tiene el mejor sistema sanitario del mundo, pero sí tiene a los mejores profesionales”, defiende Heras.

Gabriel Heras es médico especialista en Medicina Intensiva. En febrero de 2014 creó el Proyecto Internacional de Investigación para la Humanización de las Unidades de Cuidados Intensivos (Proyecto HU-CI), que dirige en la actualidad, una nueva forma de entender los cuidados, que ya cuenta con más de 100.000 profesionales convencidos de que la atención sanitaria ha de estar centrada en la dignidad de todos sus actores: pacientes, familias y profesionales. Ha capacitado a más de 10.000 sanitarios y continúa su labor de sensibilización por todo el mundo, replicando el proyecto en países de toda Hispanoamérica.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Un sistema que ya era frágil ha quedado arrasado por un virus que hasta hace un mes parecía solo un meme encerrado en nuestros teléfonos.
  • Dudo. No me siento médico, sino un tipo disfrazado con unas gafas de buceo y un traje de plástico. Miro a mi alrededor y veo a mis compañeros hundidos, llorando bajo la mordaza de sus mascarillas.
  • Hemos necesitado transformar la sala del antequirófano en un tercer espacio de UCI, y allí hemos metido a los únicos cinco pacientes sin SARS-CoV2 que tenemos en cuidados intensivos.
  • Nos faltan manos, corremos de un lado a otro sin tiempo para comer o ir al lavabo.
  • En el hospital se comienza a discutir la posibilidad de improvisar una cuarta unidad de cuidados intensivos en la sala de cirugía mayor ambulatoria.
  • Con retales de aquí y de allá se va montando una infraestructura suficiente para atender a cuatro pacientes más.
  • La medicina intensiva es un ejercicio coreográfico que se basa en que todo el mundo conozca perfectamente su posición y sus atribuciones para moverse muy deprisa en momentos de gravedad extrema.
  • Intubar a alguien a la carrera es complicado, y no solo porque implique meter un tubo por la tráquea de una persona infectada de un virus altamente contagioso, sino porque al mismo tiempo hay que inyectar analgesia, sedantes y relajantes, todo ello con unas gafas empañadas de vaho y unos trajes de protección que constriñen los movimientos.
  • No podemos detenernos a descansar pese a que estamos empapados en sudor y sin aliento.
  • De las dieciséis camas originales hemos pasado a treinta y seis. Eso significa que estamos trabajando al 230% de nuestra capacidad.
  • Una compañera y yo cruzamos la mirada: ha ocurrido lo que más temíamos. Estamos a punto de tocar fondo. Hoy no hay posibilidad de traslados a otros hospitales, y solo nos queda una cama libre. Si esta última cama se ocupa, habrá que reevaluar la situación de los treinta y seis ingresados y sus probabilidades de sobrevivir, preparándonos para la posible llegada de un paciente, al que no podemos dejar en la estacada. Viendo acercarse ese escabroso momento, empezamos a revisarnos las historias clínicas de los enfermos. Sin embargo, la presión parece disminuir, aunque no de la forma que hubiéramos deseado. Dos pacientes amenazan con dejar su cama libre o, lo que es lo mismo, se disponen a morir.
  • Están afectados por la situación y por el ambiente, pero la inseguridad ha quedado atrás. Han entendido que se habrían arrepentido de no venir. Su padre les ha entregado toda la vida, y no pueden negarle tres minutos. Ni a él ni a sí mismos.
  • En el relevo siempre se monta un follón terrible: gente que entra y que sale, que intercambia informaciones sobre los pacientes y se desea una buena noche con un nudo en la garganta.
  • Pienso: “Que Dios nos ampare. Nadie nos va a ayudar”.
  • Desde que estalló la crisis, a finales de febrero, he visto momentos de flaqueza entre los sanitarios que nunca imaginé que pudieran suceder. La moral está por los suelos. En la última semana las batas y mascarillas de los equipos de protección individual ya no son de un solo uso, como al principio, y recurrimos a todo tipo de chapuzas para cubrirnos. Eso nos hace sentirnos vulnerables.
  • Desde que el SARS-CoV2 llegó a nuestras vidas, en las guardias raramente hay un minuto de pausa. He perdido cinco kilos en un mes.
  • En cuanto apoyas la cabeza en una almohada sobre la que has visto colgando un gotero, tu cerebro se lanza a hacer asociaciones perversas.
  • Me oigo susurrar: “Yo también voy a caer. Nos vamos a contagiar todos. Vamos a morir”.
  • El Centro Europe para la Prevención y el Control de las Enfermedades alertó el 18 de enero de 2020 de que el aeropuerto de Wuhan tenía seis vuelos semanales a París, tres a Londres y tres a Roma.
  • La Organización Mundial de la Salud declaró el 30 de enero que existía un riesgo de salud pública de alcance internacional, y el 21 de febrero se informó de un gran brote de SARS-CoV2 en el norte de Italia.
  • Abundan los debates epidemiológicos sobre cómo ha podido llegar el SARS-CoV2 a nuestra unidad. La única respuesta que se me ocurre es que el virus lleve un tiempo circulando entre nosotros.
  • Ni unos ni otros tenemos la menor idea de lo que realmente se nos viene encima.
  • Desde el lunes de la semana siguiente mi hospital se transforma en un apocalipsis zombi.
  • La infección parece un proceso viral controlable hasta que, al cabo de unos días, el organismo colapsa y se desatan neumonías muy aguadas que pueden provocar una insuficiencia respiratoria.
  • Los grandes hospitales aún parecen libres de infecciones. Hasta que un gigante no estornuda, nadie se preocupa por si los demás nos estamos muriendo.
  • Las noticias que llegan de Italia son espantosas, y nadie reacciona en España.
  • Ante nuestra desesperación, cada vez se hace más evidente que ninguna Administración quiere asumir los papeles más ingratos en esta historia: el de apestado y el de agorero.
  • Quienes hemos estudiado Medicina sabemos que la progresión de todas las grandes epidemias se construye así, sobre la imprudencia y el miedo a ser señalado. Nadie se atreve a levantar la mano y pedir ayuda cuando la enfermedad se cuela en su casa. Es solo en el momento en que vemos la muerte entrando por la ventana del vecino que damos la voz de alarma.
  • Una pandemia es un suceso que no entra en los parámetros de lo esperable. Los indicios de peligro que fueron apareciendo se desecharon de inmediato o se clasificaron en la categoría de eventos improbables. Esa incredulidad, tan humana, ayuda a comprender lo ocurrido, pero me sigue costando digerir que los profesionales nos encontráramos el apoyo de las instituciones hasta muchos días después de que la amenaza se concretara en una escalada de contagios evidente.
  • Los responsables de tomar decisiones sanitarias no podrán obviar que estaban al corriente de lo que ocurría en hospitales como el mío.
  • Desde que llegó el virus, en urgencias están sobrepasados. El miedo está en cada esquina. Lo más desgarrador es ver a pacientes mayores llorando de miedo, convencidos de que no saldrán del trance porque han caído en las fauces del virus que devora a los viejos.
  • Continuamos afinando la tipología de los pacientes con coronavirus: nada de viajeros trotamundos, sino personas de una cierta edad y con tendencia al sobrepeso.
  • La intubación es una técnica muy agresiva. Para practicarla es necesario dormir al paciente con sedantes y aplicarle analgésicos que le impiden sentir el dolor y la impresión de asfixia que provoca deslizar un tubo garganta abajo hacia el pecho. La intubación puede suscitar movimientos indeseados al estimular los músculos del esófago, las cuerdas vocales y los pulmones, y eso nos obliga al uso de bloqueantes neuromusculares. A partir de ese momento, el médico tiene un control absoluto sobre el paciente sedado, analgesiado y miorrelajado. Si le pido al ventilador que esa persona haga quince respiraciones por minuto, hará quince. Se acabó el libre albedrío.
  • Un problema que encontramos con los primeros casos de SARS-CoV2 es que una parte importante corresponde a personas relativamente sanas, cuyos sistemas inmunitarios resisten mucho antes de ceder al virus, o que no perciben la carencia de oxígeno hasta un momento muy tardío, por lo que cuando llegan a la UCI la situación de sus pulmones es de gran deterioro.
  • En la UCI no curamos a nadie: simplemente compramos el tiempo de vida necesario para que el paciente se restablezca mediante la medicación o la evolución natural de las lesiones.
  • El ventilador no repara los pulmones dañados. Lo que hace es inflarlos para facilitar el intercambio gaseoso mientras la infección remite, pero a cambio el paciente pierde el control de su cuerpo, y la dependencia de máquinas siempre es la opción menos buena en medicina.
  • Solo admitimos ingresos en cuidados intensivos cuando llega el momento en que los pulmones no responden. Como consecuencia de este sobreesfuerzo, los pacientes nos llegan completamente asfixiados, y la intubación se convierte casi en un deporte de riesgo.
  • En caso de que el distrés respiratorio sea tan agudo que la oxigenación no se consiga ni siquiera mediante un ventilador mecánico, el siguiente paso es dar la vuelta al paciente, colocándolo durante un mínimo de dieciséis horas en posición de decúbito prono, o lo que es lo mismo, boca abajo. Cuando un cuerpo yace boca arriba, la parte posterior del pulmón no se llena, y eso representa un porcentaje importante del globo que queda sin aprovechar. Una forma natural de conseguir que esa zona se oxigene es girando al paciente.
  • Es poco frecuente que alguien presente un déficit de oxígeno tan extremo a causa de un distrés respiratorio. Sin embargo, pronto descubrimos que todos los pacientes de coronavirus requieren de esta maniobra que resulta tan exigente físicamente para nosotros, en especial si tenemos en cuenta que hablamos de personas que están dormidas y no pueden ayudarnos a que les demos la vuelta. La maniobra debe seguir repitiéndose hasta que el paciente deje de mostrar mejoría gracias a ella. En el caso del coronavirus, cinco largas jornadas girando una y otra vez a todos nuestros pacientes, los cuales a menudo pesan más de los cien kilos.
  • La marca de las gafas del equipo de protección acentúa el cansancio de las miradas, y  todos parecemos mucho más viejos y sabios.
  • En general las familias de todos nuestros pacientes se muestran muy colaborativas. Nos ven desbordados y no exigen nada que no podamos ofrecerles. En el extremo opuesto, es más común ver a parientes que, en cuanto se enteran de que un ser querido se ha infectado de coronavirus, experimentan el acto reflejo de tomar distancias, algo muy humano.
  • Mi UCI apuesta por la presencia controlada de familiares y, utilizando las medidas de protección adecuadas, facilitamos que estén lo más cerca posible de los pacientes en los momentos críticos.
  • La comunicación es un aspecto infravalorado del trabajo médico, pero es tan importante para aliviar el sufrimiento como el mejor de los analgésicos. Pese a ello, en la facultad no nos enseñan habilidades de comunicación. Se asume que se trata de herramientas que iremos adquiriendo con el tiempo, aunque eso no siempre sea así.
  • Una formación guiada podría ahorrar considerables meteduras de pata que no solo nos evitarían malos momentos a los médicos sino que, mucho más importante que eso, alivirían de un sufrimiento innecesario a los familiares que tienen la mala suerte de caer en manos de un doctor torpe con las palabras.
  • Entre el desinfectante y la doble piel de látex, al final del turno las manos tienen la misma textura que un par de cucharones de madera.
  • Es en el cerebro donde la rutina va haciendo callo de verdad. Sumando los nuevos rituales de limpieza a las noches cada vez más cortas, los turnos cada vez más cargados, y los pacientes, todos casos muy parecidos, la vida en el hospital comienza a convertirse en un continuo en el que los días se vuelven idénticos unos a otros.
  • En mi UCI he visto llevar el compás por bulerías a pacientes que un minuto antes parecían estar despidiéndose de este mundo.
  • Trabajar acompañado de música ayuda a relajar un entorno que cada día se vuelve más irrespirable, hagamos lo que hagamos por remediarlo.
  • Cuando vives rodeado de sufrimiento, expuesto a que el dolor de los demás afecte a tu ánimo y nuble tus decisiones, cualquier detalle que haga la vida más agradable es un flotador al que tenemos la obligación de agarrarnos. Siempre preferiré que el médico encargado de mi tratamiento esté relajado y no al borde de la depresión.
  • Algunas filiaciones futbolísticas nos prepararn mejor para lidiar con las frustraciones de la vida.
  • Soy el creador y director del Proyecto HU-CI, una organización que trabaja para convertir las UCI en espacios más amables para pacientes, familiares y profesionales.
  • Valencia ha practicado una necropsia a un paciente del hospital Arnau de Vilanova fallecido el 13 de febrero y ha detectado que era positivo de SARS-CoV2. ¡El 13 de febrero! Eso quiere decir que el virus lleva un mes circulando por la calle.
  • Los peores presagios se confirman, y en diez días nuestra UCI se ve desbordada de pacientes con coronavirus; hasta tal punto que empezamos a quedarnos cortos de ventiladores. Este problema inquieta mucho a los responsables, pero a mí me preocupa más que no tengamos suficientes médicos que puedan manejarlos.
  • La mayoría de las técnicas que se practican en una unidad de cuidados intensivos son lo que los médicos llamamos “operador dependientes”. Es decir, que sin un buen equipo de personas que se ocupe de interpretar lo que nos dicen las pantallas y de diseñar y ejecutar los tratamientos, esos aparatos no son más que una chatarra muy cara.
  • Hay pacientes por los que no podemos hacer mucho más con los recursos que tenemos. Sus problemas respiratorios han llegado a tal punto que no basta con los ventiladores ni con el cambio de posición para oxigenarlos. Necesitan ir un paso más allá y enchufarse a una máquina EMO. Un ECMO, o membrana de oxigenación extra corpórea, es un aparato prodigioso que se conecta al paciente mediante un catéter en la pierna, extrae su sangre, la oxigena en el exterior y se la devuelve. El problema es que esta compleja tecnología no está disponible más que en unos pocos hospitales. Ninguno de los grandes centros quiere llevarse a un paciente de coronavirus por miedo al contagio.
  • Echando la vista atrás, resulta descorazonadora la falta de miras con la que actúan al principio de esta crisis tantas personas bien situadas en los escalafones políticos y de la gestión sanitaria.
  • La comunidad sanitaria no entiende todavía que nos encontramos ante el principio de lo que se va a convertir en un tsunami para nuestro sistema.
  • las FFP3 pueden provocar dolor de cabeza a causa de los esfuerzos que require respirar con ellas, pero racionalmente sé que tengo menos posibilidades de contagiarme que cualquier persona que se detenga por la calle a charlar con un familiar de mis pacientes.
  • Voy cortando vínculos, reduciendo a lo esencial el trato físico con mi madre y mis hermanos, hasta que lo freno del todo.
  • Nunca he escatimado informaciones sobre la muerte porque considero que el fin es una parte de la vida con la que tienen que estar familiarizadas. Los tabús solo enrarecen las cosas.
  • Soy médico y estoy acostumbrando a lidiar con la enfermedad, pero reconozco que esta situación me está afectando más de lo que había pensado.
  • Sobrellevo mejor que otros compañeros el miedo a contagiar a mis seres queridos. Sabemos que los equipos de protección integral son muy seguros y tomamos todas las precauciones recomendadas, pero para muchos colegas esa responsabilidad está suponiendo una losa que les roba el sueño. Es terrible pensar que tus padres o tu pareja pueden contraer una enfermedad gravísima a causa de cualquier situación desafortunada relacionada con la profesión que tú has decidido ejercer.
  • Cuando uno se dedica a la medicina intensiva, una de las cosas que aprende es a evitar el encarnizamiento, así que decido dejar que los acontecimientos sigan evolucionando antes de tomar decisiones autolesivas.
  • El virus no deja de desconcertarnos. Su campo de acción sigue extendiéndose de forma impredecible. Con el paso de los días al hospital llegan pacientes cada vez más jóvenes.
  • En cuanto el presidente anuncia el cierre del país, nuestros nuevos compañeros de Vigo, Torrevieja y Alicante se despiden con un “ha sido un placer conoceros”. La reacción es lógica, teniendo en cuenta que corren el riesgo de quedarse aislados en Madrid, desatendiendo a sus familias y a los enfermos y compañeros de sus hospitales de origen. El mazazo que recibimos en mi UCI es importante porque, justo cuando la crisis está acercándose a su momento álgido, volvemos a quedarnos solos.
  • El estado de alarma nos lanza un salvavidas al establecer que todos los trabajadores sanitarios queden a las órdenes del Ministerio de Sanidad. Al fin una medida solidaria y efectiva.
  • En muchas unidades de cuidados intensivos del país quedan camas vacías mientras que en otras los médicos deben decidir sobre la vida y la muerte de las personas.7
  • El Whatsapp durante esta crisis es está volviendo una auténtica tortura. Cuando no son bromas, el teléfono vuelve a encabritarse con una consulta médica para un primo lejano, o avisándome de que me ha llegado otra noticia catastrofista que alguien considera que tengo que leer urgentemente. Me temo que, hasta que cada familia no tenga un muerto en casa, no se nos quitarán las ganas de hacer chistes con el virus.
  • La Casa de Dios, de Samuel Shem, es una obra de culto en la profesión.
  • Con los años, he desarrollado la teoría de que los médicos apreciamos el humor salvaje precisamente por su capacidad para recordarnos que, en los momentos de mayor dolor, la vida encuentra en el desenfreno y la locura su mejor válvula de escape.
  • Esta cooperación (LIVEN, Latin American Intensive Care Network) es una de las cosas más enriquecedoras que nos deja la crisis. La comunidad de los especialistas en cuidados intensivos es pequeña, y el SARS-CoV2 ha estrechado los vínculos. En este tipo de foros se agradece la oportunidad de hablar con rigor de temas tan importantes. Por oposición, muchos debates en los medios de comunicación me producen úlcera.
  • Sin necesidad de ningún protocolo oficial, los intensivistas ya tomamos a diario decisiones sobre quién puede beneficiarse de nuestros métodos, que son tremendamente agresivos y muy poco útiles en determinados supuestos. En medicina siempre nos guiamos por el principio de proporcionalidad de los tratamientos, que implica que debemos recurrir a la técnica más apropiada para ayudar al paciente, sin incurrir en excesos que afecten a su capacidad para restablecerse o vivir con dignidad. A veces debemos renunciar a las máquinas.
  • Ningún cargo público va a tener la mala suerte de encontrarse a pie de cama explicándole a una familia con qué criterio se estima o se desestima el ingreso de su ser querido en una UCI y, por tanto, no deberían contribuir a generar falsas expectativas sobre lo que se puede esperar de los hospitales.
  • No todos los enfermos pueden o deben ingresar en una unidad de cuidados intensivos, y el único criterio no es la edad.
  • Una persona de setenta años nunca será candidata a una cirugía de trasplante de pulmón, por lo cual ponerle un ventilador significa enchufarla a una máquina de la que nunca podrá ser desconectada. En ese caso la UCI tampoco cumple su función, así que el tratamiento que podemos ofrecer allí no va a servir más que para eternizar la agonía.
  • No intento negar que el coronavirus esté empujando a situaciones extremas. Sé que a compañeros de otras UCI les ha tocado decidir si denegaban ingresos o retiraban ventiladores con criterios no exclusivamente médicos.
  • En el fondo, siempre es necesaria una reevaluación constante de la condición de los pacientes, pero resulta conflictivo que sea la escasez de medios la que obligue a efectuarla: eso nos lleva a sentirnos esclavos de las circunstancias, precipitando decisiones que deberían haber seguido otro curso, pero que continúan siendo parte de nuestro trabajo y que, en última instancia, ejemplifican por qué la profesión de intensivista implica un gran nivel de estrés.
  • Cuando veo los equipos de protección individual de los compañeros del SUMMA me quedo maravillado. Son unos monos integrales que dejan nuestras batas y nuestras mascarillas a la altura del betún.
  • Son estos pequeños momentos los que ayudan a soportar los picos de estrés que vivimos.
  • No es fácil hacerse a la idea de cómo se vive en un trabajo donde la muerte se ha convertido en la norma.
  • Comenzarán la residencia y, dependiendo de lo que elijan, estarán tres, cuatro o cinco años residiendo literalmente dentro de un hospital, porque esa es la razón de que se llame residencia. Cuando la terminen, y estamos hablando de unos doce años desde que comenzaron la carrera en el caso de que sean realmente listos, tengan presente que seguirán sin tener nada atado en sus vidas. Será el momento de intentar que alguien les contrate. Ya más adelante se les presentará la oportunidad de prepararse un examen para tener una plaza fija mientras trabajan, hacen guardias y cuidan de su familia, porque las oposiciones en Medicina salen cada diez años. Es muy probable que no tengan la vida encaminada antes de los 45 años.
  • A veces me pregunto qué pasaría si eligiéramos nuestra carrera no con dieciocho años, sino con el carácter y la experiencia de una persona de cuarenta. ¿El mundo sería un lugar mejor? No lo sé, pero sí apuesto a que habría menos médicos. Llevo veinte años sin pasar la Nochevieja en casa, con mi familia y mis amigos. Lo que sí puedo garantizar es que hay una serie de deliciosas vivencias que son exclusivas de los médicos y que vamos aprendiendo a paladear desde que empezamos la residencia.
  • Demasiados ciudadanos tienen una conciencia muy escasa de lo que representa un sistema de salud universal y gratuito. Y una vez asumida esa íntima derrota, todo se vuelve más complicado. Por eso, muchos médicos no parecen personas precisamente felices: sienten que están haciendo un gran esfuerzo personal que la sociedad no aprecia.
  • Esta experiencia también nos está sirviendo para tomar conciencia del ritmo al que va engordando la población española. Una parte considerable de nuestros pacientes están entre los 90 y los 150 kilos.
  • entrada original: https://raulbarraltamayo.wordpress.com/2020/06/18/en-primera-linea-de-gabriel-heras/
  • Del 11-M solo puedo decir una obviedad: que un atentado es algo que no quieres vivir como víctima, por supuesto, pero tampoco como testigo ni como médico. El nivel de horror y caos es indescriptible, el desgarro emocional es tremendo.
  • Una de las circunstancias más desesperantes de la infección por coronavirus es la distancia emocional que impone la asepsia del látex. El miedo a exponerse demasiado a las secreciones despersonaliza el trato.
  • Las circunstancias nos obligan a retroceder veinte años, volviendo al modelo de UCI abierta, donde los pacientes están expuestos a todas las miradas y el virus flota por el aire sin paredes que lo contengan.
  • Nosotros también garabateamos el cristal con mensajes de ánimo: “Estamos cansados pero no vencidos”, “Somos los mejores”, “Todo va a salir bien”, “Un día más, un día menos …”. Son lemas sencillos que al transcribirlos aquí, en un libro, quizás no te digan mucho, pero que en los momentos difíciles tienen gran importancia para el equipo, porque nos recuerdan para qué estamos trabajando.
  • Duele comprobar lo rápido que nos hemos acostumbrado a ir bajando el nivel de exigencia a medida que el virus nos acorrala.
  • Seguimos trabajando con todas nuestras energías, calados por el sudor, y sufriendo para respirar a través de la mascarilla.
  • Pronto descubrimos que lo peor de la UCI de campaña es que resulta imposible quitarse de la cabeza la sensación de que el virus está flotando entre nosotros. El poco aire que conseguimos capturar nos sabe a rayos, sugestionados por el hecho de encontrarnos en un espacio cerrado, donde la carga viral promete ser altísima.
  • En lugar de comer, lo que hacemos es engullir todo el alimento que nos dé tiempo a meternos en la boca en cinco minutos. A eso se une que, en cuanto nos encontramos reunidos en una habitación, nuestra principal preocupación pasa a ser separarnos lo máximo posible para reducir las posibilidades de contagio.
  • Ver las camas llenas de gente muriendo es insoportable.
  • Muchos pacientes fallecen con la angustia de estar solos, en un aislamiento deprimente.
  • Los pacientes que salen de una UCI lo hacen con graves cicatrices físicas y emocionales. A las complicaciones de la enfermedad se unen las derivadas del hecho de estar ingresado. El síndrome post-UCI está reconocido desde 2012 y afecta a entre el 30 y el 50% de los supervivientes de una UCI. El listado de dolencias es innumerable: inmovilidad, pérdida de fuerza y masa muscular, deterioro neurológico, depresión, ansiedad, alucinaciones, terrores nocturnos, …
  • Lo peor es lo que no se ve, porque las neumonías graves dejan cicatrices en los alvéolos, y eso implica problemas respiratorios y un riesgo futuro de infartos, ictus e insuficiencias renales. Al mismo tiempo, vamos descubriendo que el coronavirus no solo daña los pulmones, sino que tiene efectos que aún están por estudiar en los riñones, el corazón, los vasos sanguíneos y el cerebro.
  • En situaciones de estrés como la presente, resulta imposible trabajar pensando en minimizar las secuelas futuras y privilegiamos únicamente la supervivencia en el presente. A modo de ejemplo, los fisioterapeutas casi han desaparecido de las UCI durante esta crisis.
  • Me temo que en los próximos tiempos estamos condenados a llevarnos sorpresas muy desagradables a medida que vayamos conociendo las secuelas que ocasionan el virus y las armas que hemos utilizado contra él.
  • La estancia media en UCI está siendo de veintiocho días, un tiempo lo suficientemente largo como para desarrollar dependencia del ventilador, infecciones, desnutrición y desórdenes nerviosos. Mucha gente después de esta experiencia tendrá que aprender a caminar y hasta a respirar. Eso requiere tiempo y terapia.
  • Otro factor que debemos considerar es que la voluntad de salvar vidas ante un enemigo del que lo ignoramos casi todo nos está obligando a renunciar a principios científicos que hasta ahora considerábamos inamovibles.
  • En veinte años de profesión no había visto hacer tantos experimentos con los tratamientos sin esperar a tener ninguna evidencia científica. Desesperados ante pacientes que mueren en cascada, los médicos nos hemos lanzado a probar suerte con cócteles de medicamentos extremadamente agresivos que no siempre funcionan y que tardaremos tiempo en saber qué efectos secundarios dejarán en nuestros pacientes.
  • Todos intentamos mantenernos al día e ir leyendo lo que se publica sobre el virus en nuestro campo de acción, pero no hay tiempo a tener certezas experimentales.
  • A día de hoy, parece que el riesgo para la vida del paciente con SARS-CoVs no se produce en la primera fase de la infección, mientras el virus se replica dentro del aparato respiratorio. El momento crítico llega cuando el sistema inmunitario reacciona al coronavirus y se desata en el organismo una respuesta inflamatoria descontrolada. Y la supuesta mejor opción para frenar este tipo de reacciones es el uso de corticoides.
  • No sabemos nada y el cuerpo de los pacientes del mundo entero se ha convertido en un campo de experimentación como no había existido en años.
  • Sufro: sé que no solo se trata de sobrevivir, sino del cómo se sobrevive.
  • Un libro que me recomendaron unos amigos, El poder del ahora, de Eckhart Tolle, y que me dio algunas claves esenciales para centrarme en el día a día, aceptar el pasado y no agobiarme pensando en un futuro que es imposible saber qué forma tendrá cuando se presente. Sin embargo, lo que realmente me salvó la vida fue que mi mujer me anunciara, de forma completamente inesperada, que íbamos a tener una segunda hija.
  • La muerte de mi padre me hizo entender cuánto dolor cabe dentro de un proceso de duelo.
  • Como paciente diagnosticaod de un síndrome depresivo, pude comprobar hasta qué punto el enfermo navega por experiencias de una soledad insoportable, que se vuelven muy difíciles de compatibilizar con los problemas cotidianos.
  • Mi desgaste profesional se debía a que yo no había sido capaz de cuidarme a mí mismo, poniendo límites, dosificando esfuerzso y tomando el tiempo necesario para sentirme bien.
  • Puede sonar egoísta, pero la conclusión que extraje de mi crisis fue que debía seguir trabajando para ser un buen médico, pero dedicando más esfuerzos a construir un sistema en el que yo me sintiera a gusto. Decidí que para sentirme mejor en mi trabajo tenía que encontrar la forma de construir unidades de cuidados intensivos más humanas.
  • Se dice rápido, pero los hospitales son grandes reservas naturales de mal humor.
  • Un amigo enfermero siempre me preguntaba: “Oye, a vosotros los médicos, ¿en qué año os enseñan la asignatura de ser gilipollas?”. Desgraciadamente, no podía negarle que tenía razón. Hay demasiados médicos que se consideran por encima de los pacientes e incluso del resto de los compañeros sanitarios.
  • Si queremos sanitarios más humanos y efectivos hay que darles herramientas para mejorar en la escucha, la empatía, la compasión y el trabajo en equipo.
  • Dicen que los médicos tenemos dos opciones: o nos rompemos alguna vez en nuestra vida o nos volvemos impenetrables. Después de haber visto tanta muerte y tanto dolor en el trabajo, todo lo demás parece banal.
  • Una de las medidas más efectivas, baratas y positivas que hemos impulsado desde nuestro proyecto ha sido la flexibilización de los horarios de visita.
  • Si la sanidad hubiera alcanzado un grado de humanización mayor antes de la crisis del SARS-CoV2, muchos hospitales no hubieran caído en el error de excluir a los familiares al comienzo de la crisis, negándoles un equipo de protección individual para permanecer con sus seres queridos en el momento de la muerte.
  • A las dos semanas de la llegada del SARS-CoV2 ya quedaba patente la aberración que resultaba que la gente estuviera muriendo sola.
  • La erosión que sufren las gafas ha llegado hasta tal punto que algunos compañeros cirujanos me confiesan que se las quitan en los momentos más delicados de las intervenciones quirúrgicas. Pese al peligro que eso entraña, los entiendo, porque ya es lo bastante difícil maniobrar dentro de unas tripas como para hacerlo con unas pantallas rayadas de por medio.
  • Mientras hemos tenido materiales, cumplimos a la perfección los protocolos de seguridad. Hasta el jueves 19 de marzo la salud de nuestro equipo parece a prueba de bombas, pero en cuanto llegan las estrecheces y la necesidad de dosificar, se empiezan a escucharse toses contenidas.
  • En cuanto el suministro de materiales decae, algún componente el equipo enferma y, una vez que el virus está dentro del grupo, se expande sin control aprovechando la cercanía, el uso de espacios de descanso comunes y, sobre todo el hecho de que es imposible mantener la guardia alta las 24 horas del día.
  • Nos sentimos abandonados por los gestores que debían ocuparse de la estrategia y la logística.
  • Cuando la situación se complica y los pensamientos negros se imponen, yo al menos intento protegerme mentalmente contra los efectos que el estrés, el cansancio y la presión están empezando a ocasionar en todos nosotros. Cada cuatro horas, como si fuera un tratamiento de vida o muerte, me paro. Me encierro en un despacho, programo el reloj para que suene en cinco minutos, me siento en un sofá con las piernas cruzadas, cierro los ojos y me detengo a prestar atención plena a mi respiración.
  • Combatir el estrés es fundamental en situaciones de presión continuada.
  • Todo el mundo cree que su propia filosofía es la adecuada para navegar por la vida.
  • Los sanitarios estamos al corriente de un secreto terrible que te voy a revelar ahora mismo: en contra de lo que puede parecer desde el exterior, la inmensa mayoría de los errores que se cometen en medicina no responden a la ignorancia o a malas decisiones, sino a la imperfecta cabeza que tenemos todos los seres humanos. Por lo general, los médicos no intentamos grandes locuras, y la mayoría de las cosas que decidimos en una UCI se basan en patrones que ya hemos seguido en miles de ocasiones.
  • Los verdaderos errores que podemos cometer los médicos sabemos que están en ese millón de pequeñas acciones que ejecutamos de forma automática y que, inexplicablemente, un día podemos realizar en orden inverso al indicado, saltándonos un paso o sin tener en cuenta una conclusión que era previsible. Por esa razón los intensivistas somos unos obsesos del control.
  • No existe mayor estrés que moverse en un terrno pantanoso en el que continuamente surgen pequeños problemas.
  • No nos damos cuenta de hasta qué punto la enfermedad está acorralando a las personas mayores.
  • Una de las reflexiones que tendremos que hacer después de esta crisis es si hemos protegido adecuadamente a nuestros mayores.
  • En este momento crítico, no hemos devuelto a nuestros mayores todo el amor y el sacrificio que depositaron en nosotros.
  • Una de las razones por las que los intensivistas somos unos locos del control: la necesidad de protegernos de nuestros propios errores. Sin datos, perdemos el control que necesitamos para dosificar medicaciones que son muy agresivas o regular las cantidades de líquidos.
  • Las enfermeras que trabajan en una UCI tienen que tomar las constantes vitales por lo menos una vez a la hora.
  • En un hospital todos tenemos los mismos títulos pero no estamos entrenados para lo mismo.
  • La falta de expertos intensivistas en mi unidad es sangrante, como en todos los hospitales de Madrid.
  • Mientras en Madrid y Cataluña vivimos atrapados en una eterna hora punta, en otras comunidades autónomas tienen camas vacías y sus profesionales están trabajando a un ritmo normal.
  • Una vez que el Gobierno habia creado el mando único de sanidad, yo había asumido que otras comunidades autónomas irían aceptando traslados de los centros hospitalarios más saturados. Sin embargo, pequé de iluso.
  • Si me podían quedar dudas al respecto, en África terminé de entender lo que implica la escasez de materiales para la salud de las personas.
  • Durante esta crisis cada sistema autonómico ha funcionado como una sanidad independiente, en perjuicio de los intereses de una parte considerable de la población.
  • Muchas comunidades autónomas que prácticamente no tienen casos siguen haciendo acopio de materiales y personal. Lo veo comprensible desde el punto de vista del alcalde que protege a sus vecinos, pero en una crisis global como esta no debería tratarse de salvar a tus votantes, sino de buscar el beneficio general.
  • Por muy reconfortantes que sean estos refuerzos, resulta imposible calmar al sensación de soledad que se apodera de nosotros.
  • El desgaste psicológico queda en un segundo plano mientras trabajamos, pero en cuanto nos detenemos las grietas revelan su profundidad. Los contactos familiares se han reducido al mínimo. Entre los turnos y el miedo al contagio, apenas veo a mis hijas. Me encierro en casa a intentar descansar, pero entonces vienen a la cabeza todas las imágenes del día. Repaso cada una de mis acciones de la jornada. ¿Hubiera sido mejor aumentar la dosis de inhibidores de la interleucina-6? Nunca lo sabré, pero no tiene sentido volver sobre cada paso cuando estás obligado a tomar cientos de decisiones por hora.
  • Hemos ido renunciando a los sentidos. El tacto es el primero que desaparece cuando sepultamos la piel bajo los guantes de látex. El olfato y el gusto se ahogan bajo la mascarilla. La vista se diluye tras las gafas. Solo a través de los oídos nos llegan estímulos del exterior, pero son poco más que ruido.
  • Al igual que el acceso a máquinas capaces de salvarte la vida, el trato que una persona recibe en sus instantes de agonía no puede depender de la suerte que tengaq ni de la filosofía del equipo médico con el que se tope.
  • Se ha descargado en los profesionales la responsabilidad de suplir las deficiencias de un sistema mal diseñado. Estos días todo el mundo ha podido ver casos de pacientes a los que los sanitarios conectan con sus familiares mediante videollamadas.
  • Mi experiencia me dice que hay cuatro elementos que determinan la calidad de una muerte. La buena muerte es, por lo general, aquella que llega sin síntomas, acompañado, en casa y habiendo cerrado todos tus asuntos pendientes.
  • La muerte está medicalizada, la agonía se prolonga en exceso y a menudo se produce en soledad y sin control total de nuestras funciones cognitivas. Para cambiar eso, tenemos que hacerle entender al sistema que se está equivocando, y eso implica humanizar el proceso de morir.
  • Nos incomoda dedicarle un segundo a definir cómo queremos que sea nuestra muerte.
  • A tantos profesionales les cuesta reconocer cuándo ha llegado el momento de rendir el rey, tenderle la mano al rival y reconocer que ha jugado fantásticamente.
  • Aunque vaya contra mi imagen y mis intereses, los ciudadanos no deberíais olvidar una cosa: confiad en nosotros porque lo hacemos por vuestro bien, pero tened presente que en la UCI os torturamos. Desde el punto de vista tećnico, un éxito médico es mantener vivo al paciente a cualquier precio. Sin embargo, todos sabemos que ese no es el tipo de éxito que interesa a los pacientes o a las familias.
  • Esa tentación, la de hacer y hacer, sin detenernos a pensar si lo que hacemos está bien, es el tema principal del libro Ante todo no hagas daño, del neurocirujano Henry Marsh, quien plantea con ironía que lo más importante en medicina es saber elegir cuándo no debemos hacer nada más, porque esa es la clave para no rebasar la delgadísima línea que separa la ciencia de la tortura.
  • Yo defiendo la dignidad de dejar las cosas como están cuando no somos capaces de aportarle al paciente una solución satisfactoria.
  • Solemos ser los que estamos fuera quienes nos empeñamos en defender cosas que no entendemos, porque no las sentimos en nuestras carnes.
  • Incluso con el régimen reforzado de calorías y nutrientes que te suministramos en el hospital, en tres días ya has perdido el 20% de tu musculatura, y esa cantidad irá disminuyendo con los días de inmovilidad. Tu cuerpo está cambiando por completo: tiene otros contornos y una textura que ya no reconoces. Por la noche intentas dormir y es imposible. Durante toda la noche hay movimientos a tu alrededor que no alcanzas a ver que te causan ansiedad.
  • Sentir el aire en la cara puede recordarle a una persona que su verdadera existencia está fuera de los muros del hospital y que el paso por la UCI es solo una etapa de restablecimiento.
  • Voy a la nevera, cojo una cerveza y salgo a las ocho a escuchar los aplausos. Sé que a otros compañeros no les entusiasma, y entiendo muy bien sus argumentos. Los profesionales sanitarios no somos héroes. Somos trabajadores y queremos ejercer en unas buenas condiciones. No quiero que nos idealicen porque somos vulnerables, porque nos equivocamos, y porque crear héroes con superpoderes nos impide centrarnos en mejorar lo que no ha funcionado durante esta epidemia.
  • Cada día cumulo pruebas de que la insistencia en la fórmula de la heroicidad resulta contraproducente para la educación sanitaria de los ciudadanos. Cuando la familia de un paciente se encuentra ante nosotros, espera que le ofrezcamos una solución infalible e inmediata y, desgraciadamente, eso casi nunca sucede. Si he de ser sincero, el ego de los médicos suele estar tan sobredimensionado que tampoco es buena idea insistirnos acerca de nuestras virtudes, porque hay muchos colegas que se lo terminarán creyendo.
  • Los sanitarios tenemos mucho más de víctimas de las circunstancias que de héroes. Y, sobre todo, no queremos que utilicen nuestros sacrificios como un argumento contra nosotros. Durante los últimos días ya he visto a varios responsables políticos que, tras el eslogan de nuestra heroicidad, han comenzado a hablar de nosotros como si fuéramos criaturas sin derecho a enfermar, a pasar miedo o ansiedad, por no hablar de reclamar unas condiciones laborales dignas y conciliación familiar.
  • Lo de llamarnos héroes “adorna” el marrón que nos estamos comiendo pero no llena las carencias de nuestra realidad.
  • Muchos compañeros comenzaron a hablar de lo mal que se sentían arriesgando su salud mientras enlazaban contratos temporales o la aversión que habían desarrollado hacia sus espacios de trabajo.
  • Antes del SARS-CoV2 hay infinidad de estudios que ya muestran que los sanitarios sufren un importante desgaste profesional. Si pudieran rebobinar, el 50% de los médicos estadounidenses elegirían otra carrera.
  • Médicos y enfermeras han pasado los diez últimos años manifestándose para denunciar la falta de personal, los bajos salarios y la precariedad de los contratos.
  • Produce escalofríos ver negro sobre blanco que el porcentaje de suicidios entre los médicos es del 1.3% frente al 0.8% de la población en general.
  • Los estudios apuntan a que la principal causa de infelicidad entre los sanitarios es estar en contacto con el dolor de los demás.
  • La degradación de nuestras condiciones laborales tiene consecuencias, como demuestra el aumento del 30% en el número de doctores que fueron atendidos por problemas psicológicos y de adicciones.
  • Antes de esta crisis, políticos de uno y otro color repetían sin empacho que el sistema sanitario español es el mejor del mundo.
  • La crisis que ha terminado de arrasarnos estos días arrancó en 2008. Nuestro sistema lleva desde entonces sobreviviendo gracias al sacrificio de profesionales con sueldos que en muchas ocasiones apenas superan los mil euros mensuales.
  • Conozco a infinidad de médicos jóvenes que llevan penando durante años por hospitales de todo el país sin conseguir un contrato fijo.
  • El simple hecho de que en la UCI estemos contagiándonos revela un fracaso del sistema sanitario. En los países de nuestro entorno la tasa de infecciones de intensivistas ha sido minoritaria respecto a otras especialidades. No porque seamos más listos, sino porque las UCI son unidades que se caracterizan por la planificación y los protocolos estrictos.
  • Las infecciones entre profesionales dentro de una UCI son un indicador del nivel de estrés al que se está viendo sometido el sistema, y pensamos que el cambio de los protocolos en el uso de los equipos de protección individual ha tenido mucho que ver.
  • Sinceramente, solo espero que la próxima vez que se repita una emergencia como esta, porque podemos estar seguros de que habrá más, sea con este virus o con otro, demostremos que hemos aprendido la lección y funcionen mejor los mecanismos de prevención y anticipación.
  • Ahora entre nosotros no podemos evitar mirarnos con desconfianza. ¿Has tosido? ¿Serás asintomático? ¿Puedes contagiarme? ¿Puedes contagiar a mi familia? Es complicado asumir que todos somos un peligro para todos.
  • Si el Gobierno miente es porque sabe que lo está haciendo mal y que la política de test tenía que haber sido distinta.
  • Los médicos sabemos que la confianza se pierde con una sola mentira, y esa pérdida es irrecuperable. A una familia no les puedes decir que las cosas van bien cuando sabes que el paciente va a empeorar, porque ya no volverán a confiar en ti nunca.
  • Cuidar al cuidador es fundamental si no queremos que el sistema se desplome.
  • Aunque puedas pensar que ya estas preparado para la noticia, el positivo nunca es un buen trago.
  • No sé por medio de qué mecanismo psicológico tanto horror se asume como algo normal.
  • Creo que una de las obligaciones de los médicos es contribuir a la divulgación del pensamiento científico y mantener informada a la población para que tome medidas de protección proporcionadas a la situación.
  • Uno de los lemas que he sacado de esta experiencia es: “Si no sumas, no restes”.
  • Por una vez el dolor tiene premio. Soy negativo, y en cuanto tengo los resultados del test, salgo a buscar a mis hijas. Dentro de dos días debo regresar al hospital, pero este fin de semana son mías. Todas mías.
  • El ritmo sigue siendo duro, pero resulta más aceptable que en las últimas semanas de marzo. Eso quiere decir que, en lugar de trabajar al 200%, estamos haciéndolo al 180%.
  • Mentiría si no reconozco que hay muchos detalles que también me hacen recelar de lo que puede esperarnos cuando la vida corriente vuelva a imponerse y olvidemos todos los sacrificios, los muertos y la soledad que hemos acumulado a lo largo de estas semanas.
  • Me genera desasosiego pensar qué puede ocurrir con nuestra saniddad y sus profesionales en un mundo en donde los vecinos organizan piquetes contra los médicos y las enfermeras que viven en sus mismos edificios.
  • Hemos constatado que en el mundo existe gente que puede salir a aplaudirte cada noche, mientras por la mañana, cuando te marchas al hospital, cuelgan carteles en el ascensor pidiendo que te mudes para no contagiarles.
  • Si no hacemos un esfuerzo, después de esta crisis me temo que nos encontraremos con un importante descenso en la cantidad de sanitarios. La lista de compañeros que reconoce haber llegado al límite de sus fuerzas es interminable, y muchos otros lo pasarán mal cuando baje la adrenalina y reflexionen sobre las experiencias de los últimos meses, todo lo que han dado y lo que han recibido a cambio.
  • Demostraremos que no hemos aprendido nada si, tras una crisis como esta, no revisamos los puntos débiles de nuestros sistema y nos esforzamos en arreglar lo que no funciona.
  • Soy consciente de que esta experiencia nos ha llevado a todos un paso más cerca del desencanto.
  • El SARS-CoV2 ha dejado al descubierto las carencias de nuestro sistema sanitario: escasez de medios, malas condiciones laborales, falta de humanidad …
  • El debate sobre el futuro de la sanidad debe comenzar al día siguiente de que esta pesadilla haya terminado.
  • Se avecinan momentos difíciles, de crisis económica y de estrecheces, pero también serán tiempos de reconstrucción, de poner nuestra imaginación al servicio de grandes proyectos y pensar cómo debemos pasar del egoísmo al altruismo.
  • Por encima de un técnico que se dedica a reparar cuerpos, me he sentido una persona que ayuda a otra persona y esa me parece la mejor definición de lo que debe ser un sanitario.
  • Yo solo puedo asegurar que en mi hospital me ocuparé de que nunca deje de soñar música, de que nadie muera sin su familia y de que siempre haya paseos que curan. Esa es la forma en la que entiendo la medicina. Es mi forma de estar en la Tierra y nada ni nadie, ni siquiera un virus, me la puede robar.

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