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Frases Llenas

La tiranía del clic de Bernardo Marín García – Apuntes

Posted by Raul Barral Tamayo en Martes, 21 de julio, 2020


© Bernardo Marín García, 2019
Editorial: Turner Libros.

Una acción tan fútil como un clic ha adquirido un poder extraordinario. El tráfico que consigue un periódico puede mantenerlo a flote o hundirlo completamente. Si ya nos preocupa quién controla los medios, que lleguen a estar al servicio del clic resulta alarmante. Y es que el paso de la prensa tradicional a la digital implica mucho más que un cambio de formato. Está transformando la información.

Bernardo Marín García analiza desde dentro cómo afectan nuestros clics en las redacciones y desvela las estrategias de los medios para sobrevivir en un entorno digital. Parece fácil lograr que piquemos, pero el reto está en hacer el periodismo libre y de calidad que nos merecemos sin caer en la estafa del clickbait.

Bernardo Marín García. Después de estudiar Derecho y Economía, comenzó una larga trayectoria en El País, del que actualmente es subdirector. Durante su carrera, desarrollada en Madrid y México, ha contribuido a la transformación digital del periódico y se ha convertido en un experto en la incorporación de las nuevas tecnologías a la redacción.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Antes los medios dependían sobre todo de la venta en los kioscos y de los anuncios impresos, pero las reglas del jeugo han cambiado mucho en las últimas décadas.
  • La posibilidad de aumentar con facilidad el número de visitas en internet, creando noticias escandalosas y titulares engañosos para lograr un éxito inmediato, se ha convertido en una tentación cotidiana. Casi todos los medios, incluso algunos de los considerados serios, han caído alguna vez en ella.
  • Este libro está escrito para quienes no entienden por qué de un tiempo a esta parte encuentran noticias tan banales o sensacionalistas incluso en medios pretendidamente serios.
  • Esta es más bien la reflexión de un profesional que lleva veintiún años trabajando en un periódico, fundamentalmente en su soporte digital.
  • A veces la línea que separa la legítima búsqueda de la máxima audiencia y el fraude al lector es muy fina, aunque todos sabemos cuándo la hemos cruzado (o, al menos, lo intuimos).
  • La revolución digital hizo tambalearse la relación existente entre los medios y los lectores.
  • Una tentación se apoderó entonces de los medios, incluso de los que hasta ese momento habían actuado como honestos tenderos: adoptar las tácticas del charlatán. En vez de esforzarse por construir una clientela fiel, de preocuparse por ofrecer un buen producto, pusieron el foco en vender su mercancía a cualquier precio, sin preocuparse por las posibles reclamaciones.
  • Evaporada buena parte de los ingresos tradicionales con la irrupción de internet, muchos periódicos se encomendaron a una economía basada en el número de clics. Cada pinchazo suponía dinero de la publicidad. Y como el tráfico de cada noticia podía medirse en tiempo real, las redacciones se convirtieron en máquinas de conseguir audiencia.
  • El problema es cuando se dinamitan ese rigor y esas normas porque se prima el tráfico por encima cualquier otra consideración. Es decir, cuando nos rendimos a la tiranía del clic.
  • El periodista del siglo XXI que quiere que todo el mundo lea sus estupendas historias debe dedicar una buena parte de su esfuerzo a buscar un titular atractivo.  En realidad, varios titulares. Uno para el artículo en sí (en el que Google tiene algo que decir), otro para las puertas de entrada a la información (normalmente la portada del medio) y quizá otros reclamos específicos para las distintas redes sociales.
  • La tecnología debe ser una ayuda, una orientación, y no un corsé opresivo.
  • El gran misterio empresarial de nuestro tiempo, mucho más relevante que la mítica fórmula de la Coca-Cola, es la fórmula de Google, su famoso algoritmo compuesto de muchas variables a partir de las cuales jerarquiza sus respuestas a nuestra demanda de información.
  • Desde hace años los medios tienen, se les haga caso o no, nuevos lectores de los que depende buena parte de sus audiencias, los robots de los buscadores. Esos robots dan mucha importancia a los titulares de las noticias para jerarquizarlas. Además, les gustan los titulares aburridos. No aprencian la lírica, la ironía ni los juegos de palabras. Prefieren los encabezamientos planos con las palabras clave de la información, lo que se llama, en jerga profesional, la información seca.
  • ¿Se pervierte el periodismo si se hacen caso de estas recomendaciones? La cuestión no siempre es sencilla.
  • Se han llegado a publicar noticias en las que el nombre del protagonista o el lugar donde habían sucedido los hechos estaban mal escritos porque la mayoría de la gente los buscaba así.
  • Los periódicos necesitan tanto Google como Facebook para llegar al mayor número posible de lectores, y para lograrlo deben seguirles en un juego cuyas reglas han diseñado estas plataformas.
  • Quienes estén preocupados por la independencia de los medios pueden arquear la ceja. La independencia de los periodistas, que siempre ha estado amenazada por las presiones del poder político o de los anunciantes, se topa ahora con otro desafío sensacional: la entrada en juego de compañías mastodónticas que cambiando una línea de código informático pueden disparar el tráfico de un periódico (y, por tanto, sus ingresos) o hundirlo. Son gigantes a los que no se puede ignorar, que por una lado contribuyen enormemente a la distribución de las noticias y, por el otro, han generado en los medios una enorme dependencia y les disputan la tarta publicitaria desde una situación de enorme superioridad.
  • Hay medios que pagan anuncios en Facebook o Google para atraer usuarios, dándole así aún más dinero a las grandes tecnológicas que les están comiendo el negocio. Si todos se negaran, todos saldrían ganando, pero en cuanto uno paga, fuerza a los demás a hacerlo en una situación que evoca el clásico dilema del prisionero.
  • William Randolph Hearst, el personaje real en quien se inspiró Ciudadano Kane: “Si no pasa nada, tendremos que hacer algo para remediarlo: inventar la realidad”.
  • Randolph Hearst ha pasado a la historia como uno de los creadores de la prensa amarilla. Se trata de una prensa que publica información sensacionalista, magnifica los escándalos, emplea titulares alarmistas, se rinde a las pseudociencias y no tiene problema en difundir noticias poco contrastadas e incluso falsas.
  • Lo que sí es nuevo es cómo, en aras de aumentar los clics, los chismes, la violencia gratuita, lo intrascendente o la pornografía de baja intensidad amenazan con contaminar también la prensa de referencia.
  • No es difícil dejarse seducir por las malas prácticas de la  tiranía del clic cuando uno tiene tantos datos en la mano.
  • De todos los argumentos espurios para publicar una información, ninguno (ni siquiera el de “traerá audiencia”) ha sido tan destructivo para el oficio como el de “es que esa noticia la llevan todos”.
  • La buena o mala praxis está a menudo en la elección de los temas, aunque en otros casos es más importante cómo estos se abordan.
  • Las listas son algo tan antiguo como el idioma. A los seres humanos nos encantan porque ayudan a fijar y sistematizar nuestras ideas, y porque nos ofrecen una realidad acotada y bajo control.
  • Un compañero siempre bromea con que la enorme repercusión que han tenido los diez mandamientos que Jehová trasladó a Moisés en el desierto hubiera sido aún mayor si los preceptos hubieran sido once.
  • la proliferación desmedida de las listas les ha restado eficacia, porque el abuso de cualquier fórmula termina por agotarla y, sobre todo, porque se ha incurrido en un mal uso de la misma. Se ha abusado de titulares muy prometedores que atraían a los lectores hacia artículos que luego les defraudaban.
  • Si la intención primer es conseguir tráfico y con ese propósito se decide crear contenido irrelevante, sensacionalista o poco riguroso se estará rindiendo sumisión y pleitesía al clic.
  • Algunos temas, sin ser sensacionalista ni escandalosos, generan una extraña fascinación en internet. Hay personajes, lugares, empresas o circunstancias cuya sola mención aseguran un notable aumento de la audiencia.
  • Llegó el segundo cisne negro, aún más disruptivo: la extensión de internet a todas partes con la popularización de los smartphones y la revolución de la conectividad, hace ahora algo más de diez años. Esta segunda embestida sí que fue demoledora.
  • Si vivimos casi exclusivamente de la publicidad y de cualquier página vista vale lo mismo, hacer contenido facilón y barato o copiar lo que hacen otros se convierte en una tentación enorme.
  • entrada original: https://raulbarraltamayo.wordpress.com/2020/07/21/la-tirania-del-clic-de-bernardo-marin-garcia/
  • Un usuario único es una persona que se ha conectado al menos una vez durante el mes, poco importa si lo ha hecho una vez o todos los días, un segundo o veinte horas. Todos cuentan lo mismo.
  • Google y Facebook se llevaron en 2017 más del 60% del pastel publicitario mundial. Amazon está creciendo y amenaza ese duopolio.
  • La excesiva dependencia de los anuncios, que ha sido determinante para el nacimiento de la tiranía del clic, se está resquebrajando.
  • A principios de 2018 Farhad Manjoo, periodista experto en tecnología de The New York Times, emprendió un viaje al pasado. Durante dos meses se desconectó de internet, quitó las alertas que le llegaban al reloj y al teléfono móvil y abandonó Twitter y otras redes sociales. Para compensar esa desconexión, se suscribió a tres periódicos en papel y empezó a leerlos concienzudamente cada mañana. Sus conclusiones podrían sonar paradójicas. Desde el punto de vista de la neurología y de la psicología del aprendizaje resultaban perfectamente lógicas: estaba mucho mejor informado. Se enteró de muchas cosas horas después que el común de los ciudadanos. Pero a cambio había absorbido mejor la información y se había ahorrado de paso el torbellino de noticias falsas, rumores, contrarrumores, confirmaciones y desmentidos que consume buena parte del tiempo que pasamos en la red hasta que sacamos algo en claro.
  • El experimento de Manjoo ofrece una conclusión incontestable: internet está convirtiéndonos en seres distraídos y su efecto se ha multiplicado con la omnipresencia del teléfono móvil.
  • Cuando leemos un libro impreso tendemos a concentrar nuestra atención y a desarrollar el pensamiento profundo. Retenemos las cosas. Cuando navegamos por la red, tendemos a picotear la información, a escanear más que a leer, a chequear compulsivamente nuestras redes, a atender a múltiples notificaciones. Apenas absorbemos nada.
  • En noviembre de 2017, en un evento tecnológico celebrado en Filadelfia (EEUU), el primer presidente de Facebook, Sean Parker, admitió en una entrevista con Michal Allen, cofundador del medio digital Axios, que la red social no se había creado para unir a la gente, sino para mantenerla distraída.
  • Simon Parkin, periodista de The Guardian, resumió muy bien las declaraciones de Parker: Facebook se había construido sobre una molécula. La dopamina es un neurotransmisor, es decir, una biomolécula que permite la transmisión de información entre las cien mil millones de neuronas que existen en un cerebro humano o de una neurona hacia otras células del cuerpo. Ss encuentra en las parte del cerebro que regulan el movimiento, la emoción y la motivación. A medida que esa recompensa se va haciendo predecible, su disparo se traslada de al recompensa en sí a los estímulos que la predicen. Existe la creencia de que la descarga de dopamina está relacionada con la sensación de placer. Los niveles bajos de dopamina están relacionados con la falta de motivación e incluso con la depresión, y los elevados, con conductas adictivas.
  • Es verdad que no pagamos dinero por utilizar las redes, pero ellas extraen de nosotros algo muchísimo más valioso: datos, muchísimos datos, el petróleo del siglo XXI. Datos sobre nuestros hábitos, nuestros desplazamientos, nuestras filias y nuestras fobias.
  • Esas empresas, que tienen todo el registro de una actividad a la que a menudo dedicamos varias horas al día, saben cosas de nosotros que no saben ni nuestras personas más próximas, incluso algunas que no sabemos ni nosotros mismos. Para extraer más información de los usuarios, para conocerlos al detalle tal y como los conocen sus más allegados, es importante tenerlos absortos en esos dispositivos o aplicaciones que van recabando dichos datos durante tanto tiempo como sea posible.
  • En la tradicional pelea entre los medios por la audiencia, además de competir con The Washington Post o The New York Times, hoy compiten también con Facebook y WhatsApp, compañías especializadas en atraer la atención de la gente. La primera medida tomada por los periódicos en esa batalla asimétrica ha sido ir a donde están ahora los lectores. Publicar en esas redes sociales con las que tienen una relación de amor-odio. Estas hacen que sus historias alcancen a un número de lectores que habría sido inimaginable hace unos años, pero al mismo tiempo alimentan las bestias que les disputan, con recursos y herramientas formidables, la atención de los lectores y la publicidad.
  • Todo progreso ha ido acompañado de vaticinios entre pesimistas y apocalípticos.
  • El convenio colectivo vigente en El País hasta 2011 permitía a los periodistas que lo desearan quedar al margen del sistema informático y seguir utilizando máquinas de escribir.
  • Satán no descansa y ha invadido desde hace años las redacciones (y la mayoría de los trabajos) con su penúltimo invento: la gestión del big data, el manejo de un enorme torrente de datos que nos permite conocer a nuestros lectores, medir nuestra audiencia, analizarla, aumentarla, seleccionarla o dirigirla.
  • Cada vez que uno se encuentra una noticia intrascendente situada en un lugar demasiado destacado de la web puede tener una cosa por segura: alguien se ha dado cuenta de que atrae mucho tráfico.
  • El periodista del siglo XXI tiene la obligación de conocer las estadísticas de las noticias que elabora.
  • Hace diez años, la hora pico de tráfico de los periódicos era a partir de las nueve de la mañana, cuando los lectores llegaban al trabajo y encendían el ordenador. Desde que se generalizó el teléfono inteligente la hora clave se ha adelantado notablemente: muchos adictos a la información se conectan ya desde la cama. Al mismo tiempo, ha aumentado mucho la audiencia a última hora de la noche.
  • Las historias que funcionan en Twitter, Facebook o Instagram son aquellas que mueven algún sentimiento profundo en el lector: ira, ternura, indignación, alegría, tristeza.
  • Aunque se haya puesto demasiadas veces al servicio del clic, la estadística está haciendo también un gran servicio al periodismo. Los números están ahí para dar pistas, para iluminar la toma de decisiones. Al final, quienes mandan son las reglas del oficio y el sentido común.
  • El número 55 de la calle Savushkina de San Petersburgo no es apariencia un inmueble singular. Albergaba hasta su desmantelamiento en septiembre de 2016, una enorme fábrica de mentiras: la sede desde la cual cientos de personas organizadas por turnos en brigadas creaban perfiles falsos en las redes sociales para sembrar de bulos internet, atacando así a los enemigos del Kremlin, según comprobaron varios medios independientes.
  • Lo que resulta más inquietante es que esa fábrica es solo una entre las muchas que están vertiendo en las redes sociales basura de las que se alimentan informativamente millones de seres humanos.
  • Las últimas noticias sobre los progresos en inteligencia artificial son ciertamente estremecedoras. El uso de los robots está desbordando con mucho la elaboración de “noticias” meramente mecánicas. Varios medios están experimentando con programas que aprenden a escribir con el estilo de algunos de sus periodistas. Y, según dicen, pueden llegar a elaborar crónicas difícilmente distinguibles de las originales.
  • La apuesta por el volumen sin más es una carrera hacia ninguna parte. Siempre habrá un competidor armado con robots que elaborará cientos de noticias al día.
  • La única salida que les queda a los periódicos que quieran sobrevivir es apostar por una información diferenciada, lo más alejada posible de los millones de textos copiados y pegados que saturan internet y que se centre en enriquecer sus piezas con talento, humor e imaginación, las cualidades que aún distinguen a los humanos. Al menos hasta que en eso venzan también los robots, si se diera el caso.
  • Aún hoy, casi cualquier cosa hecha a mano es más apreciada que la elaborada por máquinas, aunque no podamos prescindir de estas.
  • En general, las piezas con menos audiencia son las hechas de carril: las que se escriben porque hay que escribirlas, con cables de agencias o mucho peor, refritadas o fusiladas de algún otro sitio y, por tanto, sin valor añadido.
  • Los medios ya se han dado cuenta de que es arriesgado basar su modelo de negocio solo en una publicidad que las grandes tecnológicas están fagocitando a marchas forzadas.
  • La mayoría de los medios parecen dispuestos a seguir ese camino: cobrar de alguna forma a sus lectores digitales.
  • La publicidad va a seguir siendo una importante fuente de financiación de los medios, y no es malo que lo sea.
  • El usuario, el lector en el caso de los medios, debe ser el rey, el protagonista en todo negocio que persiga el éxito a largo plazo.
  • De haber una ambición, esa debe ser la de la calidad del contenido, es decir, de las noticias en el caso de los periódicos.

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