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Cuando ya no puedes más de Enrique Gavilán – Apuntes

Posted by Raul Barral Tamayo en martes, 29 de septiembre, 2020


© Enrique Gavilán, 2019
Editorial: Anaconda Editions.

Cuando ya no puedes más es el relato de la crisis personal vivida por un médico de pueblo. Enrique Gavilán ha escrito un libro sincero, emotivo, absorbente… La historia que cuenta podría parecerse a la vivida por otros médicos, otros profesionales.

La vocación y el entusiasmo iniciales, el deseo de poner a los pacientes por delante de todo, de rechazar las presiones de las farmacéuticas, de resistirse a la medicalización de la sociedad… Todo eso de repente se trunca. El sistema (recortes, privatización, caos organizativo, deshumanización de la sanidad) acaba derrotando al individuo. Y cuando una persona se ve aquejada por lo que la OMS ha dado en etiquetar como burnout, está muy sola. Enrique Gavilán tuvo primero la fuerza necesaria para pedir ayuda y superar su hundimiento, y luego ha tenido la valentía de contar esa dolorosa experiencia

Médico por accidente, Enrique Gavilán, ha trabajado en condiciones de precariedad como becario de investigación, como docente y como médico, en clínicas privadas, en una cárcel, en consultorios rurales, en las urgencias de varios hospitales y en una ambulancia. De adolescente, echaba una mano colocando mercancías en el negocio familiar. Ahora, ejerce como escuchante e interpretador de historias clínicas;es decir,médico de pueblo. Es inconformista de vocación. Trata de seguir el ritmo de la batería (sin perder las baquetas en el intento) en un grupo musical que forma con Mario, David y Laura. Fan de Iggy Pop y Debussy. Ciclista de montes y senderos. Ala-pívot que puede jugar como escolta en función de la altura del adversario. Fotógrafo frustrado de canchos y almas callejeras. Natural de Extrelucía. Juntos, mejor que enfrentados.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Bertrand Russell: “Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes, llenos de dudas”.
  • Muchos hemos pagado con nuestra propia salud trabajar en condiciones abusivas durante años. Si hemos logrado aguantar durante este tiempo es por el amor a una profesión y por respeto al sufrimiento de nuestros pacientes. Pero somos humanos. Somos vulnerables. Tenemos límites. Y esos límites hace mucho que se han sobrepasado.
  • El detonante en cada región ha sido diferente, pero el sustrato en todos los lugares es el mismo: la sobrecarga laboral, la no sustitución de nuestras consultas cuando nos tomamos permisos o vacaciones o enfermamos, la precariedad que deben asumir nuestros jóvenes profesionales, el sistemático ninguneo por parte de nuestros jefes, los continuos desaires de los compañeros del hospital a la tarea que realizamos desde los centros de salud, la supuesta falta de profesionales que está diezmando nuestros consultorios (mientras vemos cómo cientos de jóvenes se ven obligados a emigrar a otros países en busca de mejores oportunidades de trabajo), la deriva hospitalcentrista y la tecnofascinación de la sanidad que deshumaniza nuestro día a día, la indignación ante la inoperancia de los políticos y el hartazgo ante sus incumplidas promesas.
  • En boca de la inmensa mayoría de nosotros está el deseo de desarrollar nuestra labor en unas condiciones en las que podamos ofrecer la mayor calidad posible.
  • Aunque es este un relato personal, que sólo certifica lo que no quiero que me vuelva a suceder, lo que me apasiona y lo que detesto, estoy seguro de que muchos de mis compañeros se sonreirán en más de un pasaje.
  • Narrar mi historia de amor y desamor con la medicina de familia, relatar los sucesos previos a la muerte anunciada de la atención primaria y contar la biografía de encuentros y desencuentros conmigo mismo tuvo para mí un efecto terapéutico.
  • Mi interés es sólo reflejar situaciones que he vivido de la forma en que las recuerdo. No más. Sin edulcorantes pero tampoco sin grandes pretensiones. Sólo contar una historia. Mi historia.
  • Me despido de Laura sin apenas hablar, un simple beso, que tengas buena mañana. Un hábito que se ha convertido en rito ante el temor de que cualquier día sea la última vez.
  • Me veo saliéndome de la carretera en la siguiente curva, saltando sobre un arroyo, estampándome contra una encina. Al pisar las piedras del a rcén me descubro dando un frenazo y rectificando la dirección del volante. Me salvo. Un día más. Un día menos. Me libro de ver cumplida la profecía.
  • Aparco frente al consultorio. Miro a un lado de la calle, miro al otro. No hay nadie esperándome. Suspiro con alivio pese a que no huyo de ningún delito. Solamente me dirijo a mi trabajo, me digo, intentando relajarme.
  • Las tiritonas de todas las mañanas no son por frío (15ºC), sino por puro miedo, aunque a esta conclusión no llegaré hasta mucho tiempo después.
  • No aguanto más, no aguanto más, no aguanto más. Me martillea en la cabeza. No puedo hacer nada por dejar de oírlo una y otra vez, ni por evitar que se me inunden los ojos de lágrimas.
  • Ni un solo respiro en toda la mañana. Estoy al volante. No recuerdo haber subido al coche. Me creo un robot. Llego a casa. Como. Tomo un ibuprofeno aun sabiendo que no me aliviará el dolor de cabeza.
  • Juego con mis hijos. Me devuelven la sonrisa. Me sorprendo. Estoy sonriendo. Podría decir que casi me río. Mis hijos. Lo único que me quita la fatiga, la cefalea, la pesadumbre. Espantan mis fantasmas. Demostrado empíricamente, es increíble.
  • En qué momento se pierde la ilusión. En qué lugar dejamos atrás la capacidad de sobreponernos a la desesperanza. Dónde queda esa habilidad para sacudirse el miedo y saltar de la lágrima de impotencia a la carcajada de la liberación en un segundo, como si nada.
  • Laura me descubre a veces metido en mí mismo. Intenta atraerme a la realidad, pero está cansada de tiar de mí. Debe ser un poco deprimente tener al lado una persona que sólo vive para sus disgustos, para sus frustraciones, y que tiene miedo hasta de sí mismo.
  • Quedé tan impactado por el suceso que decidí hacerme veterinario. Pero a última hora seguí el siguiente razonamiento: si lo que me conmueve es el sufrimiento y lo que quiero es dedicar mi vida a aliviarlo, ya que me pongo, ¿por qué no aliviar el sufrimiento humano, que me pilla más cerca?
  • En mi familia no había nadie que se dedicara al ámbito sanitario, por lo que no disponía de ningún modelo en que fijarme. Todo lo contrario de muchos de mis compañeros, hijos mimados de ilustres e intocables catedráticos, de profesores que habían medrado en el escalafón universitario a base de dar codazos a diestro y siniestro, y de jefes de servicio que rara vez pisaban el hospital, pues atendían en su clínica privada.
  • En las asignaturas no había ningún atisbo de humanidad, ni en los contenidos ni, a veces, en los profesores.
  • No se es independiente del todo hasta que uno come de lo que hace.
  • En la medicina de familia había encontrado el otro amor de mi vida.
  • Los sietes años siguientes a mi formación como médico de familia trabajé de becario de investigación, en urgencias de hospital y de atención primaria y, por último, de técnico en una unidad de formación de futuros médicos de familia.
  • No he sido nunca un lumbreras, ni un trepa ni un tipo con estrella. Lo lejos o cerca que he llegado ha sido fruto de un nivel de exigencia que, visto con la distancia que otorga el cumplir años, puedo calificar sin rubor de brutal.
  • Cada nueva hazaña no hacía más que inyectarme renovadas energías para seguir moviendo mis alas. No conocía techo. No había respeto por ningún descanso sagrado: tardes, noches hasta la madrugada, días de libranza de guardia, mañanas de sábado e incluso domingo o vacaciones si hacía falta. No era consciente del precio con que estaba pagando mi suficiencia. Ni de los síntomas inequívocos del agotamiento de mis energías.
  • La consulta que me adjudicaron estaba llena de pegatinas, pósters, material de oficina y demás obsequios de los laboratorios farmacéuticos.
  • En los pueblos es habitual que cuando cambia el médico todos los vecinos terminen tarde o temprano desfilando por el consultorio. Y los tenía que atender en sólo cinco minutos.
  • Todos los médicos sabemos que hay consultas en las que tenemos que ponernos las pilas y que indiscutiblemente aportan valor en salud, mientras que otras son meros trámites que, en general, necesitan que les dediquemos la mínima atención posible. Es relativamente fácil saber de antemano cuáles pueden ser las primeras y cuáles las segundas.
  • Resulta conmovedor cómo la g ente te abre las puertas de su hogar, el santuario de sus intimidades, sin apenas pudor.
  • Es una pena que la atención domiciliaria esté en desuso. A muchos de mis compañeros no les gusta ir a las casas a ver pacientes.
  • Julian T. Hart, ilustre y comprometido médico general inglés, denominó en 1971 la ley de cuidados inversos: “La disponibilidad de una buena atención médica tiende a variar inversamente a la necesidad de la población asistida”. O sea: los que más atención médica demandan y reciben son los que probablemente presentan menos necesidad, y viceversa.
  • Los médicos sabemos de la importancia de los gestos en la relación clínica. Sin embargo, no todos estamos dispuestos a ponernos delante del espejo y constatar que no somos supermédicos.
  • En la estancia formativa que hice en Argentina conocí a un colega que ejercía de tutor de residentes. Su método era infalible: apretar para sacar lo mejor de uno mismo, con suavidad, tenacidad, ternura y firmeza. Poner al aprendiz “en crisis”. Hacerlo dudar de todo, hasta de lo que tú le enseñas. Sólo los que pasan esta prueba pueden ser buenos médicos de familia.
  • La expresión con la que siempre me topaba era: “Si eso toda la vida ha sido así, ¿para qué cambiar?”. No había cosa que me sacara tanto de mis casillas como aquellas costumbres inútiles.
  • John Berger, Un hombre afortunado, 1967: “La enfermedad es con frecuencia una forma de expresión, más que una rendición del cuerpo a las contingencias naturales”.
  • ¿Nunca te ha pasado que solo cuando paras de trabajar es cuando percibes el cansancio con toda su crueldad?
  • Hasta el octavo día de baja laboral, según las escrituras de la gerencia de salud, no se suple ninguna enfermedad, y mientras os veis obligados a ver a mis pacientes, acumular mis tareas, pasar mi consulta, asumir mi trabajo.
  • La enfermedad no es más que un pequeño tirano que no entiende de agendas y deberes, en cuyo idioma no existen las expresiones “ahora no puedo” o “cuando tenga un hueco”. Te exige dedicación, exclusividad, inmediatez. Te debilita para que sólo tengas fuerzas para estar pendiente de ella y te quita la respiración para que en cada minuto recuerdes qué te está ocurriendo y quién manda en tu vida.
  • La burocracia y las normas no entienden de compromiso personal ni de empeño profesional, no discriminan entre las diferentes relaciones que pueden establecerse, para bien o para mal, entre el médico y los pacientes. La burocracia y las normas simplemente huyen hacia delante atrapándonos a todos en su maquinaria. Sin posibilidad de escapar.
  • Me sentía cansado para emprender nuevamente la tarea de análisis del cupo y sus demandas, buscar soluciones, defenderlas ante compañeros y pacientes. Incapacitado para mantener a rajatabla los estándares ideales de la atención primaria, mis ideales.
  • Me sorprendí resignado. Evitando el dilema, dejándome llevar. Ni me sometía ni me rebelaba, simplemente claudicaba. Nada volvería a ser como antes. Iba derrotado de antemano, desilusionado, frustrado, sin ganas de batallar esta vez para cambiar las cosas. Si bien hasta ahora era yo el que había amoldado el trabajo a mis metas, ahora sería el trabajo el que me amoldara a mí.
  • Algo que he aprendido a lo largo de estos años es que el funcionamiento de una consulta es el reflejo de los médicos que han pasado antes por ella.
  • Los pacientes suelen estar contentos con un médico que, se le pida lo que se le pida, lo concede esté indicado o no, sea adecuado o no.
  • Los que saben mucho sobre atención primaria llaman a este desfile de médicos “falta de longitudinalidad”. La cualidad por la cual una población determinada es atendida por el mismo profesional sanitario durante mucho tiempo. Se lograría un reconocimiento recíproco: mi médico, mis pacientes.
  • Ser depositario de tantas intimidades puede llegar a ser una carga interna importante; nosotros también, a veces, necesitamos soltar lastre, vaciarnos emocionalmente.
  • En numerosos estudios se ha demostrado que la relación clínica de confianza es per se terapéutica. Es humano sentirse vulnerable y pedir ayuda, y también lo es sentirse reconocido en los pesares y buscar consuelo a través de los gestos, las palabras y los silencios. Todas las sociedades humanas, desde las más primitivas, han provisto figuras que ejercen esa función.
  • Los contratos al personal en atención primaria son cada vez más precarios, más discontinuos. Hoy aquí, mañana allí. ¡Y eso que dicen que faltan médicos!
  • Las emociones se contagian con mayor eficacia que la gripe. Sobre todo las negativas.
  • En una consulta es fácil que la primera impresión condicione el rumbo del encuentro. Por suerte o por desgracia, esto se cumple en ambos sentidos.
  • Poder disponer de más tiempo en la consulta era una vieja reivindicación de los médicos de familia.
  • Desde las gerencias de salud nos decían que la única manera de poder disponer de más tiempo era currárnoslo, hacer lo que los economistas de la salud llaman una adecuada “gestión de la demanda”.
  • El problema más gordo llegaba en la época estival, navidades y semana santa: más trabajo (población duplicada o triplicada por los visitantes y turistas) a realizar en menos tiempo (más días festivos) y con menos efectivos (la plantilla estaba mermada porque las vacaciones del personal no suelen ser sustituidas). La única forma de poder con esa agenda era ir a toda pastilla, agobiado, dejando cosas sin resolver y sometiendo al paciente a riegos inasumibles.
  • En una organización como la sanitaria hay personas que aparentemente no tienen autoridad pero pueden hacer que todo gire en torno a ellos. Y hay otras que aprovechan para escurrir el bulto con una habilidad pasmosa: a mí no me pagan por pensar. No hay nada más eficaz que mostrarse ineficaz. Como consecuencia, toda la actividad de un centro de salud se puede bloquear. Y nadie vigila, a nadie parece importarle si lo haces bien o no. Por el contrario, al que muestra iniciativa y ganas de hacer cosas, inmediatamente le cae la responsabilidad de realizar las tareas que los demás no quieren asumir, además de las propias.
  • En el colegio nos enseñaban que cuando tenías problemas podías recurrir a tus compañeros. Era un valor seguro. Sin embargo, en muchos de los centros de salud de nuestro país, la solidaridad no existe: todos (yo el primero) vamos a lo nuestro, como burros con orejeras.
  • Curiosamente, sí hay algo para lo que tenemos tiempo de forma inexcusable: para atender al comercial de la farmacéutica que nos va a invitar a comer marisco en el próximo congreso de nuestra sociedad científica.
  • No hablábamos el mismo idioma. Y no era un problema de variaciones lingüísticas o localismos culturales, sino conceptual. Aquella gente parecía tener su propio reglamento, al que un forastero como yo no podía tener acceso ni derecho a modificar. Al cabo de un tiempo me interesé por la historia de ese singular municipio.
  • O te haces un cínico, o evitas el conflicto dándoles a todos lo que piden y luego haciendo lo que te da la gana, o te vuelves tarumba. En mi caso, experimenté algo (más de lo esperado) de lo primero, muy poco de lo segundo y, sobre todas las cosas, mucho de lo tercero.
  • Si habitualmente los pacientes venían, en sentido figurado, a echarme su mierda encima, ahora también era yo el que la despedía sobre ellos.
  • La única salida que le dieron en la oficina de empleo, era que yo le emitiera un justificante que alegara que había estado enferma en casa durante ese tiempo. Siempre me han incomodado ese tipo de peticiones. Suponen un dilema ética y legal muy importante que nunca sabes cómo resolver: hagas lo que hagas, está mal hecho, según como lo mires. Algunos compañeros, más papistas que el papa, afirman que no ceden nunca, que si muestras flexibilidad una sola vez y haces una excepción a tu propia regla estás perdido y corres el riesgo de convertirte en un rellenapapeles. Otros, por el contrario, sienten tanta compasión por el dolor ajeno que no son capaces de decir no ante este tipo de peticiones, aun siendo conscientes de que muchas veces les pueden estar engañando.
  • El gran problema de la sanidad, al decir de las encuestas de opinión los periodistas, era que la gente tenía que esperar mucho para acceder a aquellos parques de atracciones en que se habían convertido los hospitales.
  • entrada original: https://raulbarraltamayo.wordpress.com/2020/09/29/cuando-ya-no-puedes-mas-de-enrique-gavilan/
  • Simplificando mucho, las listas de espera que más demora amontonaron en estos años fueron las de aquellas especialidades en las que muchos compañeros de la “seguridad social” se convirtieron en “dobles agentes” y comenzaron a pasar consulta por las tardes en la clínica particular. La estratagema es muy sencilla y bien conocida por los gerentes, que son rehenes de su incapacidad para controlar los abusos de estos extorsionadores. La primera medida es citar a todos los pacientes, aunque sus problemas estén prácticamente solucionados, para revisión cada equis meses, porque “más vale prevenir”, en vez de darles de alta y dejar hueco para nuevos pacientes. Al mismo tiempo, se anulan agendas por asistir a congresos o se restringen horarios de atención para, supuestamente, concentrarse en actividades de mejora de la calidad. El efecto es casi inmediato: en poco tiempo se puede conseguir que las listas de espera se dupliquen. En cuanto eso se consigue, se monta uno una consulta privada por las tardes. El reclamo implícito es vox populi entre la población: si quiere usted evitar la lista de espera, venga a mi consulta, que yo lo veo en dos días, y si requiere de alguna prueba costosa o de una operación o lo que sea, yo mismo me encargo de hacérselo en el hospital público. Estos mercaderes no se ocultan, tienen nombres y apellidos conocidos por todos, y disfrutan de total impunidad.
  • Me fui a ver al director de atención primaria. Pensé que estas evidencias serían más que suficientes para que el gerente, al menos, llamara a capítulo a este sinvergüenza y le aplicara un expediente disciplinario. Iluso de mí. La respuesta de mis superiores fue que no había aportado la prueba definitiva, la factura. ¿Qué factura, si encima le había cobrado en dinero negro? No dieron trámite al caso. Estaba rojo de ira. A los médicos de familia nos apretaban cada día más y a los de hospital se les permitían todas las tropelías. Nuestros propios jefes.
  • Mientras la atención primaria vio drásticamente reducido su presupuesto, el de los hospitales se mantuvo similar, incluso en los peores años de la recesión.
  • La falta de financiación de la atención primaria estaba y está abocando a los centros de salud a la asfixia: el personal que se jubila no se reemplaza, no se crean nuevas plazas allá donde crece la población, no nos sustituyen cuando enfermamos o nos vamos de vacaciones, el equipamiento de muchos centros está obsoleto, no se invierte lo suficiente en mejorar la formación de los profesionales y seguimos sin poder solicitar las mismas pruebas complementarias que nuestros compañeros del segundo nivel asistencial. Por el contrario, los hospitales no dejan de crecer y crecer, engullendo cada vez más los menguantes presupuestos.
  • Cada euro invertido en atención primaria hace retornar a la sociedad tres por la salud que esta garantiza, cosa que no consigue la atención hospitalaria.
  • Los hospitales son campeones en atender casos raros, concretos y graves, mientras que la atención primaria es líder cuando de lo que se trata es de ser eficiente (hacer más por menos) y de cuidar a personas con problemas complejos y generales. Estamos condenados a entendernos y complementarnos, no a luchar el uno contra el otro ni a trabajar cada uno por su lado.
  • Algunos compañeros opinan que uno de los orígenes de este agravio comparativo es que no tenemos una atención primaria para todos, sino sólo para “la gente”. Periodistas, parlamentarios y profesores pueden disponer de sanidad privada pagada por todos si lo desean.
  • Nuestra sanidad es buena, en general, si nos atenemos a los números y si la comparamos con la de otros países de Europa. Lo que no se dice es es que eso es así no precisamente por el acierto de los que nos gobiernan sino por el esfuerzo cotidiano de los profesionales que trabajan en ella y por la abnegada paciencia de los que lo sufren.
  • Muchos de los que trabajan en los centros de salud no creen en la atención primaria ni en sus principios. Les ha vencido la inercia, la comodidad, perdieron la motivación con el tiempo o simplemente estaban de paso; muchos hubiesen preferido hacer otra especialidad, pero no les daba para ello la nota del MIR y tuvieron que conformarse con una consulta mediocre en un centro de salud. Para todos estos, la atención primaria es un suplicio, una derrota, un ejercicio cotidiano de frustración.
  • Nos hemos callado como ratas durante mucho tiempo porque resulta más inteligente, si no quieres complicarte la existencia, estarse quietos y no rebelarse contra el deterioro tan palpable que a todas luces está sufriendo la atención primaria.
  • Si fallan los pilares (la longitudinalidad, la coordinación, el trabajo en equipo, la accesibilidad, la atención centrada en la persona, el abordaje biopsicosocial, la equidad como arma de justicia social), la atención primaria acabará por derrumbarse. Se está desmoronando ya, de hecho.
  • Presa de la frustración, me veía sobrepasado por los acontecimientos. Me sorprendían mis propias reacciones, en las que no me reconocía. Sentía asco de aquello en que me estaba convirtiendo.
  • La tarea del médico a veces no es curar ni prevenir la enfermedad o preservar la salud, sino acompañar al enfermo, estar ahí, simplemente ahí, a su lado, como espectador atávico que ha sido de muchas luchas contra la enfermedad y como testigo mudo de muchas muertes a lo largo de la historia de la humanidad.
  • No sé tú, pero yo cuando enfermo no sólo necesito los mejores medios diagnósticos y os mejores tratamientos, sino también a una persona que me escuche, que sepa lo que me pasa, que confíe en mí y me deje espacio para desarrollar mis propias mañas para curarme por mí mismo, alguien que ponga a mi servicio los conocimientos que nos puede otorgar la ciencia y que me acompase en mi recuperación mientras los dos queramos o podamos y mi cuerpo logre al fin recomponerse.
  • La carrera universitaria actualmente más larga con libros como auténticos ladrillos no contiene, por lo general, referencias al alma humana, su condición, sus contradicciones, su devenir en la historia ni su dimensión actual.
  • Quien mucho lee a veces se ve llamado por la tentación de escribir.
  • Estaba al borde de los 40, edad en que los autoproclamados expertos sitúan el comienzo del declive físico, psicológico y social masculino. La mal llamada andropausia, causante de problemas de erección y de tentativas de infidelidades conyugales.
  • Pretenden hacernos creer que el paso del tiempo deja un rastro que se puede medir al analizar la sangre, que el avance de los años se puede revertir, y que el elixir de la eterna juventud está a nuestro alcance, a un coste asumible y sin riesgo alguno. Una historia que, de tan bonita que es, nadie en su sano juicio puede tragarse.
  • Las decisiones de un médico de cabecera generalmente no son nunca tan drásticas como para depender de ellas la supervivencia de su paciente.
  • El motivo de consulta médica más frecuente no es ni el lumbago ni el dolor de cabeza ni la fiebre, sino el temor a la muerte, en sus mil y una versiones y manifestaciones diferentes.
  • Una amiga médica de familia es de la opinión de que quien haya reflexionado previamente sobre su propia muerte está en mejor disposición para atender de forma más adecuada a los que están pasando por el trance de abandonar este mundo.
  • Solicitar un nuevo destino no era la solución, cierto. Pero era lo que me pedía el cuerpo. Sin atajos: sentía asco por mi profesión, y me tentaba la idea de abandonar. No era una transitoria crisis vocacional. Si ser médico significaba para mí el calvario que estaba viviendo, mejor ser barrendero o montar un bar de bocatas o, a lo sumo, dedicarme a dar cursos o a la investigación, que no se me daban mal. Estaba desesperado.
  • No todos contribuyen a la organización lo mismo. Si a la hora de la verdad nada de eso cuenta, te están colocando automáticamente al mismo nivel que los que nunca aportan nada, y te condena implícitamente a hacer lo propio.
  • En el subconsciente colectivo de nuestro país está grabado a fuego y sangre que hablar claro es una conducta merecedora de escarmientos en serie.
  • A la industria farmacéutica no le hace fatla responder a los ataques, porque una legión de lacayos en nómina lo hace por ella.
  • Muchas asociaciones de pacientes están patrocinadas por empresas farmacéuticas.
  • Mi tozudez me impedía reconocer que estaba en apuros, comprender que no era (no soy) infalible, pedir o recibir ayuda; algo común a muchos colegas en similares situaciones. Por miedo al estigma social o a que nos consideren no aptos para nuestros trabajo, dicen los estudios. Aunque hay otro factor importante: estamos programados para auxiliar a los demás, no para ser nosotros los socorridos. Nos da vergüenza asumir que no somos superhombres. Que somos vulnerables. Resistimos hasta límites insospechados con tal de no mostrar nuestros temores y desasosiegos.
  • La palabra “ansiedad”, como síntoma aislado, es un eufemismo, un intento de darle un barniz biomédico a algo que esencialmente es miedo, un miedo que no hay por donde cogerlo, vértigo ante el vacío.
  • El teólogo Iván Illich defendía que cuando se sobrepasan ciertos niveles de rendimiento en los sistemas de producción, el resultado obtenido deja de ser el que originalmente se perseguía, e incluso tiende a producirse más daño que beneficio.
  • El exceso de actividad busca crecer y seguir creciendo a costa de una mayor producción, no de un mayor aprovechamiento. El problema es que a la larga esto conduce a un estado de fatiga, un embotamiento del cerebro, que hace decaer el rendimiento. Para forzar la máquina, nada mejor que doparse. Sin embargo, aunque a corto plazo pueda ser efectivo, al poco tiempo el dopaje conduce al agotamiento extremo, a la extenuación.
  • Según el filósofo Byung-Chul Han, paradójicamente esta presión por el rendimiento genera impotencia (literalmente, im-potencia es igual a imposibilidad de hacer). Y lo peor es que esa presión resulta alimentada desde el propio ego. Nos convertimos, pues, en nuestros propios tiranos y dejamos de ser libres.
  • Con las experiencias de gente cercana que había pasado por momento de claudicación, construí el prejuicio de que los psicólogos en general centran su trabajo en aconsejar al que se ha perdido qué senda de la vida elegir para reconducirse.
  • Si un campo de la ciencia tiene muchos modelos explicativos es porque ninguno de ellos funciona por sí solo.
  • Me previno que meter los dedos en las heridas  es un proceso doloroso, con altibajos, en los que habría sorpresas, algunas buenas y otras no tanto, y que en esa expedición nada es lo que parece. Sufrir a veces cumpliría una función sanadora, mientras que la paz podría ser una trampa mortal.
  • Dedicaba más horas a descifrar mis emociones que a la propia consulta de la psicóloga.
  • Sí, cierto, Laura, has dado en la diana. Me tomo a mí mismo demasiado en serio. Supongo que es un indicador de rigidez mental, una muestra más de mi afán por controlarlo todo. Supongo que me concedo muy escaso margen para el error. Me cuesta relativizar, tomar distancia con los problemas, ansioso por darles respuesta ahora y bien.
  • Haruki Murakami, 1987, Tokio Blues: “Y una vez que la tormenta termine, no recordarás cómo lo lograste, cómo sobreviviste. Ni siquiera estarás seguro si la tormenta ha terminado realmente. Pero una cosa sí es segura: cuando salgas de la tormenta no serás la misma persona que la entró en ella. De eso se trata la tormenta”.
  • El autoconocimiento no es nunca lo que uno espera, y es fácil toparse con cosas de uno mismo que cuesta reconocer o aceptar.
  • En muchos de los pasajes de la vida de una persona reside la explicación a su funcionamiento mental.
  • Me costó mucho confesarles que estaba en terapia. Pero admitir las debilidades asegura la descarga de culpa y concede la oportunidad del reparo. En mis conversaciones telefónicas con ellos, más largas que nunca antes, encontraba paz y comprensión. Recuperar el apoyo de los tuyos es parte esencial del éxito de la psicoterapia, y es el principal tesoro que te encuentras por el camino.
  • Corres el riesgo de identificar un dia malo (que lo puede tener cualquiera en cualquier momento) como el comienzo de una nueva debacle, y vuelta a empezar. Todo signo de debilidad es tomado como un paso atrás. Es el metamiedo, el miedo al miedo.
  • De nada sirve todo lo anterior si no eres capaz de superar el metamiedo. La lucha por la supervivencia se torna ahora en una batalla contra el pesimismo, donde el héroe o el villano es uno mismo.
  • La psicoterapia puede modular tu funcionamiento mental, no convertirte en un ser nuevo.
  • Los conflictos no se resuelven nunca del todo. Las heridas siguen visibles en cicatrices que de cuando en cuando duelen para que no las olvides.
  • La terapia es en esencia una excusa para evitar que la vida discurra en un pispás, aunque no es la única manera de conseguir ese fin.
  • El más difícil de afrontar es el miedo que queda cuando has superado todos tus miedos, incluido el metamiedo. Has hecho de la terapia una parte esencial de tu vida. Me aterra no reengancharme al mundo y quedarme aislado en mi propia telaraña de tanto mirarme a mí mismo.
  • Byung-Chul Han, 2017, La sociedad del cansancio: “El lamento del individuo depresivo, “Nada es posible”, solo puede manifestarse dentro de una sociedad que cree que “Nada es imposible” “.
  • Conocía de sobr a los estudios acerca de la eficacia tan modesta de los antidepresivos (siendo generosos, no se les puede atribuir un efecto mucho mayor que el de un placebo). Había criticado mil veces públicamente la farsa de tapar sentimientos con medicamentos, mentira consentida por los propios pacientes, que preferían la comodidad de tomar una pastilla antes que admitir sus propias vergüenzas o poner patas arriba toda su vida. Y ahora me tocaba a mí. Además de ser un fármaco que estimula o inhibe procesos fisiológicos, el medicamento tiene un componente social ineludible. Es un símbolo.
  • La palabra “depresión” alude a una fuerza que te empuja hacia abajo, que pugna por encogerte y oprimirte. Es un sentimiento que te aplasta, que te achica. Cuando te sientes así, los objetos pierden su tinte habitual y todo lo que te rodea adquiere una tonalidad monocolor.
  • No tenía energía para casi nada, y hasta la voz me salía más debilitada, lenta y a destiempo.
  • Me sentía deprimido. Pero no tenía tan claro que tuviera una depresión u estuviera realmente deprimido. La diferencia entre ser/sentir y estar/tener es muy sutil. Las dos primeras te pertenecen, y las dos segundas te son impuestas.
  • Nadie ha podido responder con firmeza qué es la depresión y cuál es su causa. No hay ningún gen de la depresión, ni deja rastro en los análisis de sangre, ningún escáner puede identificar una imagen en tu cerebro que revele que estás inequívocamente deprimido. Hablar de depresión es una abstracción.
  • Si bien no quería que se me colgara el sambenito de “deprimido”, tampoco quería renunciar al potencial poder sanador de lo que simbolizaba el medicamento. Consentí en tomarme el maldito fármaco, aunque sin ninguna esperanza de que sirviera para algo. ¡Qué incoherencia! Pero, caray, sí que sirvió. Al menos sí que noté sus efectos secundarios. A decir verdd, la frontera entre reacción adversa y respuesta terapéutica a veces no es fácil de establecer.
  • La distancia emocional que te proporcionan las pastillas facilita que puedas ver los problemas de otra manera, sin tanto agobio ni premura, y no distorsionados como cuando los tienes encima.
  • Seguro que los que critican los fármacos antidepresivos no han experimentado a probarlos. Yo no lo había hecho previamente. Tampoco quienes los recetan abiertamente como si fueran gominolas.
  • Tomar antidepresivos me ha facilitado desprenderme de muchos prejuicios contra ellos, pero también me obliga a ser más cauto a la hora de prescribirlos.
  • Tras una cuantas sesiones, la psicoterapeuta insinuó que mis síntomas podrían encuadrarse en lo que se ha dado en llamar el “síndrome de burnout”.
  • Académicamente, el burnout se define como la fatiga emocional prolongada por el estrés laboral, y se acompaña de desmotivación, signos de despersonalización y sensación de inutilidad.
  • Piensa en alguna ocasión en la que te hayas dado de bruces contra un profesional sanitario que se haya comportado como un cínico: es probable que sea víctima de este burnout.
  • El exceso de responsabilidad y la capacidad de autosacrificio nos lleva a los profesionales sanitarios a anteponer muchas veces el bienestar y la salud del paciente a nuestra propia comodidad. Cuando no logramos alcanzar niveles sobrehumanos de desempeño podemos llegar a sentirnos avergonzados y culpabloes.
  • Somos capaces de aguantar años y años en malas condiciones de trabajo y con un alto coste emocional para nosotros mismos antes de poner en riesgo a nuestros pacientes o sucumbir. Esto lo saben nuestros políticos. Por ello apelan continuamente a nuestra entrega y vocación profesional para seguir devaluando nuestro trabajo, obligándonos a aceptar sin rechistar la precariedad de medios que sufrimos.
  • De entre todo el personal de la salud, los médicos de familia estamos en especial riesgo de acabar quemados.
  • Los estudios revelan que más de la mitad de los médicos de familia españoles estamos quemados.
  • La indefensión, la soledad y la incompresión que sufrimos suelen ser en ocasiones la puntilla definitiva.
  • Cuando deberías estar en el apogeo del desarrollo profesional. Ese es el momento en que suele sobrevenir el mazazo.
  • El burnout es una “dislocación entre lo que la persona hace y lo que quiere hacer”. Un divorcio entre la realidad y el deseo.
  • Sassall y Ceriani son titanes en el panteón de los dioses del Olimpo Médico, dos fuera de serie inalcanzables, no dos simples médicos de pueblo que intentan sobrevivir entre la precariedad y la mediocridad. Puestos a elegir, casi prefiero el relato de Kafka: su médico rural al menos reconoce abiertamente que no es ningún “reformador universal”; admite que  sólo trata de “cumplir con mi obligación hasta donde puedo, hasta un punto que ya es una exageración”.
  • Si no tenemos vida no somos personas, y si no somos personas no podemos ayudar a nuestros pacientes.
  • Si la medicina tiene que ser así y solo así, nos quedaremos pronto sin médicos, porque nadie quiere ni puede someterse a tal nivel de esclavitud. Nadie quiere ser mártir o héroe hoy en día. Habeís colocado el listón del compromiso ético en un horizonte utópico, Sassall, Ceriani, Szczeklik.
  • Henry D. Thoreau, escritor: “sentiría algo menos de vergüenza si pudiera darle un nombre a mi molestia”.
  • Los ordenadores nos han facilitado en parte nuestro trabajo, y también lo han hecho más impersonal y estresante. El poder de las pantallas para captar nuestra atención es impresionante.
  • El sistema sanitario no puede sobrevivir manteniendo un régimen de castas como el actual. A los médicos de familia nos han colocado al servicio de un cuerpo de especialistas de élite, a pesar de que todos tenemos la misma titulación.
  • Salvo honrosas excepciones de compañeros hospitalarios que nos respetan y confían en nuestro criterio, muchos nos tratan como inferiores y delegan todas aquellas tareas a las que no quieren dedicarse, sobre todo las administrativas.
  • Ser especialista en un cachito del cuerpo no resulta más estimulante ni más digno de reconocimiento social que serlo de la persona en su conjunto.
  • Normalmente los pacientes son sabios y sortean bien el conflicto con su médico, porque saben que tarde o temprano lo van a necesitar.
  • Si algo tienen claro los psicólogos es que sólo se debe intervenir sobre lo que se puede modificar.
  • Un ente impersonal que no ves y que tiene su sede en la capital de la comunidad es el encargado de marcar las prioridades y el ritmo de la sanidad. Parapetados en los castillos gerenciales y usando a sus secretarias como escudos humanos, ninguno de los gestores da la cara ante los conflictos del día a día.
  • Mientras se cubra el servicio sin rechistar ni molestar, les trae sin cuidado tanto si tu trabajo lo haces bien como si no, con tal que el usuario no interponga una protesta.
  • “Lo más difícil de aprender en la vida es qué puente hay que cruzar y qué puente hay que quemar”.
  • El historial clínico no es como el pena, que prescribe al cabo de unos años y se borra (parcialmente) para evitar los juicios preconcebidos. El enunciado diagnóstico permanece hasta el día que te mueres en el mismo apartado que la operación de anginas que te hicieron a los seis años o que la alaerta de que eres alérgico a la penicilina. Y dicha persistencia genera muchos malentendidos y suspicacias.
  • La soledad es caldo de cultivo de malestar social y psicológico.
  • Tiene que pasar algo muy grave para que te inhabiliten.
  • El trastorno por ansiedad tiene la peculiaridad de que se suele asociar con baja autoestima, apatía, sentimiento de culpa e impulsividad.
  • La atención primaria está situada en lo más bajo del escalafón sanitario.
  • Las consultas médicas están cada vez más llenas de pacientes con problemas de salud banales para los que quieren soluciones urgentes y eficaces.
  • Asistimos a una auténtica plaga de “sanos preocupados”.
  • ¡Pero si la salud está para derrocharla, no para gestionarla como si fuera un plan de pensiones!
  • El programa de televisión Más vale prevenir que curar, presentado por el periodista Ramón Sánchez Ocaña, salvaría alguna vida, no digo que no, pero hizo mucho daño al imaginario colectivo de la sociedad española de los ochenta, porque transformó el terror social y político del franquismo en pánico a perder la salud.
  • Jorge L. Tizón, psiquiatra, El poder del miedo: “El miedo a la enfermedad, al dolor, al sufrimiento, a las limitaciones, a la muerte, son el punto de partida de la medicalización”.
  • Algunos de los que se dedican a la sanidad se han aprovechado de ese pavor a sufrir una dolencia para hacer negocio o aumentar su influencia y su poder; otros, viven de gestionarla; la mayoría, simplemente, tratamos de que no nos devore. El resultado es una burbuja sanitaria que crece sin parar y que como toda burbuja, está abocada a estallar.
  • Si “más sanidad” fuese igual a “más salud”, podríamos darlo por bueno.
  • En los últimos tiempos estamos asistiendo a una pérdida de autonomía para definir a nuestro antojo ese bien tan apreciado e intransferible que es la salud.
  • En muchas ocasiones ocurre más bien lo contrario: “más sanidad” no es igual a “más salud”, sino, paradójicamente, a “más enfermedad”.
  • Actualmente, la única crítica admisible a la medicina es que no sea capaz de dar con la fórmula definitiva de la inmortalidad, la cura infalible del sufrimiento, la solución final a las enfermedades crónicas.
  • El afán colonizador de la medicina no se contenta con reparar los mecanismos que llevan a la enfermedad. La última frontera  es la biomedicalización, la tecnificación del cuerpo, la mejora del rendimiento o la imagen de los sanos a través de implantes, operaciones estéticas o pastillas.
  • Mientras haya una sola cualidad humana susceptible de mejorar su rendimiento, habrá un ejército de científicos dispuestos a trabajar para alcanzar el récord.
  • Tomar viagra con fines recreativos en personas sin problemas de erección provoca, paradójicamente, impotencia.
  • Es horrible llegar a la conclusión de que la profesión que amas te utilizar para conseguir más poder y que, en realidad, le importas un rábano.
  • Incluso en los pueblos pequeños del interior se está perdiendo la solidaridad colectiva, de manera que ya a pocos se les ocurre recurrir a ella.
  • No hay que ser médicos para saber cuándo un niño tiene fiebre. Los niños no sabrán decirte lo que les pasa, pero son transparentes, se les ve a la legua cuando están mal.
  • Podríamos poner mil ejemplos más de problemas que se han medicalizado en la última mitad de siglo. Los más conocidos son los que en algún momento de la humanidad han sido catalogados como problemas mentales y sus consecuencias sociales: los psicópatas, los transexuales, los niños hiperactivos.
  • No es uno, sino mil los pacientes que acuden mensualmente a los consultorios a que les pidamos unos análisis “para ver si están sanos”.
  • ¿Desde cuándo la salud ha sido una cuestión de números?
  • Una cosa es dejarse guiar y otra ceder a los profesionales sanitarios la responsabilidad del rumbo que debe seguir el proceso de recuperación.
  • De todas las facetas y categorías de la medicalización, la que más me llena de preocupación es la confiscación y la manipulación de la noción de la salud y la enfermedad que ha acompañado al desarrollo de la ciencia médica. La medicina ha socavado la capacidad de la persona para concebir, con arreglo a sus propios valores personales y culturales, lo que para ella es el dolor, el sufrimiento, la invalidez y la muerte. Y si pierdes la capacidad para delimitar algo, ya deja de pertenecerte.
  • Medicalizar a estos extremos menoscaba un derecho humano básico e irrenunciable: el respeto a la persona.
  • El humanista Erich Fromm define la acción de “respetar” como la cualidad de “preocuparse porque la otra persona crezca y se desarrolle tal como es”.
  • Lo más preocupante no es sólo que la medicina haya degenerado en una especie de mercadeo, sino que hayamos dejado algo tan serio como es la salud y la enfermedad en manos exclusivamente de los médicos.
  • Ser libre tiene un precio, que es la responsabilidad, y una contrapartida, que es el miedo al abismo, al vacío, la pura angustia ante la incertidumbre.
  • Aunque parezca egoísta, tú eres al menos tan importante como el paciente. Incluso más. Si no estás bien y no te cuidas, no puedes cuidar a los demás como se merecen.
  • No eres dios, No tienes por qué resolver todo ni a todos.
  • Mario Benedetti: “Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas”.
  • Si no puede ser, no puede ser. Así que decidí cortar. Había llegado el momento de decir adiós. Renuncié a ese destino. Sentí un alivio inmenso. Volvía a tomar las rienas de mi vida. Entonces estuve dos meses en casa. Sin trabajar.
  • Tras el periplo por la ambulancias, volví al hogar, con los míos, y a lo que me gusta, que es ser médico de pueblo. Cerca de la gente, inmerso en la comunidad, ayudando al moribundo a despedirse de sus familias, viendo crecer a los críos y a los mocetes hacerse adultos, atendiendo junto con la enfermera a los inmovilizados en sus hogares y tratando de ayudar a reencontrarse con su salud a todos los que pueda.
  • Cada vez tengo más claro que la medicina rural está en peligro de extinción. La entera España profunda, la despoblada, la vacía, la vaciada o la expoliada, está herida de muerte.

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raul

3 comentarios para “Cuando ya no puedes más de Enrique Gavilán – Apuntes”

  1. […] Cuando ya no puedes más de Enrique Gavilán. […]

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  2. […] #41) Cuando ya no puedes más de Enrique Gavilán. […]

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  3. […] Cuando ya no puedes más de Enrique Gavilán. […]

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