Raul Barral Tamayo's Blog

Frases Llenas

Memorias de un juez desencantado de José Guerrero Zaplana

Posted by Raul Barral Tamayo en martes, 16 de noviembre, 2021


© José Guerrero Zaplana
Editorial: Editorial Colex.

Este no es un libro de denuncia, es un relato personal en el que el autor muestra su desconsuelo por la situación actual de la justicia en España y sus pocas esperanzas de que la situación cambie.

Se explica lo que piensa, lo que siente, lo que sufre y lo que preocupa a un joven desde el momento en que decide que va a dedicar su vida a impartir justicia como juez: la elección de la oposición, los duros años de estudio o los exámenes son explicados con cercanía y en primera persona. Qué se siente al tener que decidir sobre la libertad de los ciudadanos acordando su ingreso en prisión o en los levantamientos de cadáveres, cómo se delibera en una Sala de justicia, o cómo se toman las decisiones, se exponen también con singular precisión consiguiendo que el lector se transporte al interior de cualquier Palacio de Justicia.

Lo que allí ha visto, lo que ha intentado cambiar y no ha podido hacerlo y que han llevado al desencanto actual, dan nombre al libro.

El libro también se ocupa de la situación actual de la Justicia: el desprestigio que rodea a la carrera judicial, la idea general de que la Justicia se encuentra politizada, erosionan el ánimo del autor que no puede dejar de sufrir por ello.

En una larga conversación que el autor mantiene con su lector, se explican episodios muy recientes en la historia actual de la Justicia y, tras leer el libro y entrar en esa conversación, será más fácil entender muchos de los que hoy se escuchan en relación con los jueces. La política de nombramientos de los Magistrados del Tribunal Supremo, las razones ultimas de muchas de las decisiones del CGPJ, o la conducta de algunos de sus Vocales son explicadas a lo largo de esa larga conversación, y generan en el autor unos sentimientos que le han llevado a escribir este libro para dejar constancia de su desacuerdo, explicar que aún estamos a tiempo de cambiar las cosas y, sobre todo, insistir a todos los ciudadanos en que la justicia es independiente, que deben tener confianza en sus Jueces y Magistrados y que la justicia es, ciertamente, un pilar del Estado en el que pueden depositar todas sus esperanzas.

José Guerrero Zaplana (Murcia, 1962). Licenciado en Derecho por la Universidad de Murcia (1980-1985). Juez en 1988 y Magistrado en 1990. Ha estado destinado en diversos Juzgados y en las Salas de lo Contencioso Administrativo del TSJ de Galicia y de la Audiencia Nacional desde 1997 (donde permanece). Ha ocupado la plaza de Letrado del Gabinete Técnico del Tribunal Supremo en diversos periodos y fue Coordinador del Área Contenciosa de la Sala tercera del Tribunal Supremo entre 2015 y 2017. En cuanto a su actividad docente, actualmente es Profesor Asociado de Derecho Constitucional en la Universidad Complutense de Madrid; además, ha sido profesor de la asignatura de Protección de Datos en el IE University y es profesor del Máster de Derecho Sanitario de la Universidad San Pablo-CEU. Miembro del Comité Científico de la Asociación Española de Derecho Sanitario desde el año 2005. También fue seleccionado, en enero de 2018, como Miembro del Comité de Expertos nombrado en el seno del Ministerio de Sanidad para la elaboración del Baremo de daños sanitarios.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Yo soy juez desde hace algo más de treinta años; no he desempeñado ningún otro trabajo en mi vida.
  • La finalidad de las críticas es la tristeza de que las cosas sean como, lamentablemente, son y que eso perjudique el prestigio de la carrera judicial.
  • Tengo la convicción de que la carrera judicial no es un buen destino ni ofrece a sus integrantes lo que siempre se ha llamado un futuro prometedor.
  • Llegar al culmen de la carrera judicial (el Tribunal Supremo) depende de razones que tienen que ver con cuestiones que escapan del esfuerzo personal y, mucho más, de los principios de mérito y capacidad a los que se refiere la Constitución.
  • Pienso que la primera obligación de todo profesional es denunciar los errores.
  • Los que íbamos a letras éramos una minoría muy escasa y, como es natural, teníamos fama de ser los más tontos del curso. Era muy frecuente decir aquello de «El que vale, vale; y el que no, a letras». Además, era cierto: aunque lo recuerdo muy vagamente, de los cinco alumnos que elegimos letras, al menos tres eran estudiantes muy malos, los otros dos éramos buenos estudiantes cuyo único pecado era que huíamos de las ciencias y sus complicaciones.
  • En la década de 1980 no había tantas salidas universitarias como ahora, los que habíamos estudiado letras solo podíamos elegir, básicamente, entre Derecho y Filosofía y Letras y, descartado lo segundo, solo quedaba lo primero, por lo que decidí matricularme en Derecho. Por lo tanto, ninguna vocación tenía ni por el Derecho, ni por la justicia, ni por ser juez. Sencillamente huía de aquello que me gustaba pero que no tenía buen horizonte profesional.
  • Hoy me siento tremendamente orgulloso de la profesión que ejerzo.
  • Tengo mucha fe en la función de la justicia, más hoy día en que vivimos inmersos en una ola de corrupción política que llega hasta sitios y personas que nunca habríamos imaginado.
  • La justicia debe ser el referente en el que se deben apoyar los ciudadanos cuando fallan otros pilares en que tradicionalmente habrían podido apoyarse.
  • Los jueces tenemos una cierta responsabilidad ante los ciudadanos y deberíamos ser un referente en cuanto a género de vida y forma de comportarnos en la sociedad. Eso es especialmente importante cuando somos jueces de un pueblo.
  • Yo pienso que la circunstancia de tener que decidir sobre las cuestiones que se plantean entre tus conciudadanos te obliga a garantizar honorabilidad y respeto que se ganan con una forma de vida irreprochable.
  • Yo estoy muy orgulloso de ser juez y me gustaría que fuera una profesión que tuviera gran prestigio, pero estoy seguro de que hoy día eso no es posible. Creo que los que mandan en la justicia no son conscientes del daño que se hace.
  • Puedo asegurar que la justicia que conocemos todos es completamente independiente y es necesario diferenciar entre esa justicia y la función gubernativa o de gestión de la justicia (sobre todo los nombramientos de magistrados del Tribunal Supremo y el funcionamiento del Consejo General del Poder Judicial); allí no hay siempre justicia y la independencia se mide de otra manera.
  • Incluso en los altos cargos de la justicia (Tribunal Supremo) hay mecanismos para mantener la independencia, pero depende de cada persona activarlos o no.
  • Un magistrado del Tribunal Supremo tiene todas las posibilidades para ser plenamente independiente; pero para llegar a ser magistrado del Tribunal Supremo ha tenido (en muchas ocasiones) que ir a hablar con gente a sus despachos, ha tenido que «negociar» si su nombramiento se hacía en un determinado momento o en otro momento; o si se le debía nombrar como compensación al nombramiento de otro magistrado apoyado por otra asociación o para equilibrar los favores debidos a unos y a otros. ¿Podemos estar seguros de que no va a recibir llamadas? ¿Puede negarse a esas presiones, aún indirectas, cuando esas mismas presiones les facilitaron su nombramiento y llegar a donde él está?
  • El gran drama de la justicia actual, y que pone en peligro todo el prestigio de una profesión desempeñada esencialmente por gente como yo, que ni responde a intereses, ni a presiones, ni a llamadas y que somos verdaderos «funcionarios de la justicia», es que no siempre podemos responder lo que debería ser lo correcto.
  • Muchos de los magistrados del Tribunal Supremo no solo son independientes, sino que ejercen su independencia con absoluta valentía. El problema lo tenemos con algunos que han llegado donde están por caminos tortuosos y que son como una mancha de aceite en el agua, que se va extendiendo, y muchas veces es muy difícil frenarla.
  • En los puestos inferiores, en aquellos a donde hemos llegado por simple antigüedad, donde hemos llegado sin llamar a nadie y sin visitar determinados despachos. Ahí la independencia es absoluta y la garantía máxima.
  • El grave problema, gravísimo diría yo, es que la gente, en general, confunde la existencia de la independencia judicial con el hecho de que haya magistrados respecto de los que es difícil asegurar su independencia puesto que se han sometido a un procedimiento de selección donde los principios de mérito y capacidad con demasiada frecuencia están muy alejados de la realidad.
  • El contacto con gente diversa, el conocimiento de otras culturas y otras formas de vida es una gran enseñanza y, si se sabe aprovechar bien, es una riqueza personal y profesional que vale tanto o más que muchos créditos de muchas asignaturas.
  • Una de las cosas que más me impresionó al llegar a la universidad fue que había que acudir a la facultad media hora antes de que comenzara la clase para coger sitio, pues había más alumnos que bancos en el aula y todos aquellos que queríamos escuchar las explicaciones del profesor preferíamos estar sentados durante las cuatro horas que duraban las jornadas lectivas.
  • El proceso de informatización de la Administración de Justicia ha sido muy notable, pero muy  tardío y lento.
  • Mi vida había sido muy limitada en cuanto opciones y actividades ajenas a las propias del estudio, pero en aquellos años no lo sabía; me he dado cuenta muchos años después cuando he descubierto el mundo que existía fuera de las limitaciones de mi círculo de vida.
  • A los 25 años se hace juez a un hombrecillo que hasta pocos meses antes estaba sentado en casa de sus padres dedicado, exclusivamente a estudiar; que ha viajado poco y lo poco que ha viajado lo ha hecho con sus padres; que no tiene ninguna experiencia de la vida. Esa persona, pasa en pocos meses de no ser nadie a ser la máxima autoridad en un pueblo donde manda sobre los policías, las autoridades municipales, dispone de la libertad de los ciudadanos y dicta sentencia sobre todos los conflictos que se plantean entre los vecinos. Sería bueno que los jueces tuvieran experiencia de la vida antes de asumir tan importantes responsabilidades, sería muy bueno que se contara con ella antes de empezar a disponer de los bienes y de la libertad de los ciudadanos.
  • Donde más se nota el poder del que disponen los jueces es en ese primer destino.
  • Bastaba con saberse el programa (todos los temas) y no tener ninguna desgracia en el momento del examen, y se aprobaba con relativa «facilidad» si habías hecho el esfuerzo titánico en los años anteriores. Ahora las cosas son diferentes: hay miles de opositores y no basta con saberse el programa, hay que saberlo mejor que los demás.
  • Viendo como mi hermano vivía sus primeros meses de oposición sin un agobio excesivo, y estando seguro de que tenía el temario perfectamente preparado y elaborado de forma esquemática y fácil de estudiar y retener, empecé a pensar que lo más fácil era seguir sus pasos y estudiar las oposiciones a juez.
  • Hice las oposiciones de juez por simple comodidad: porque ya tenía los apuntes preparados y sabía donde me metía.
  • Si mi hermano hubiera estudiado la carrera diplomática, estarías leyendo la vida de un diplomático.
  • Por lo que yo sé, ahora hay preparadores que no superarían el examen de oposición que supuestamente «preparan».
  • La vida de un opositor, como yo la apliqué durante tres años enteros, es la peor que se puede recomendar a una persona de entre 23 y 25 años. No se vive, solo se estudia y por lo tanto, no se sale los fines de semana, apenas se va de vacaciones, no se va al cine, no se bebe y hay que tener una disciplina espartana en cuanto a horarios y jornadas de trabajo. Ya que te tienes que machacar la vida, mejor que sea de modo completo y así, por lo menos, tienes la esperanza de que acaba cuanto antes.
  • El problema no es estudiar 11 horas, es hacer eso siete días a la semana. El cuerpo se acostumbra a lo que se le da y, si no hay estímulos fuera, la vida parece que solo se integra de horas de estudio y todo es más fácil.
  • La casa en la que vive un opositor no permite que llamen al timbre las visitas, ni que haya reuniones en el salón de los miembros no opositores de la familia, ni que haya ruidos más allá de los estrictamente necesarios. La vida en la casa en la que vive un opositor gira en torno al opositor.
  • Es una época funesta en la vida de cualquier persona, que carece de ninguna clase de atractivo más que el estímulo, a varios años vista, de aprobar la oposición, pero con la incertidumbre de no saber si se llegará a aprobar alguna vez. Sin duda, es la peor época de mi vida.
  • Conozco otros opositores que han combinado la oposición con otras actividades como la práctica de algún deporte o el mantener una novia durante los años de oposición, pero yo no lo recomiendo.
  • Mantener durante años el género de vida al que me vengo refiriendo no es fácil, exige mucha determinación, toda la fuerza de voluntad de la que se pueda disponer y también debe ser bueno, por qué no reconocerlo, no haber tenido antes una vida llena de estímulos ni diversiones.
  • El opositor necesita tener su cabeza vacía para que todo se ocupe con los temas de la oposición, cualquier cosa, sea preocupación o alegría, desgracia o fiesta, puede perturbar el necesario estado de tranquilidad que le permita conseguir la máxima concentración.
  • Nunca pensé seriamente en no aprobar las oposiciones, sabía que podía tardar más o menos, pero el fracaso fue algo que nunca se representó en mi cabeza de modo serio.
  • Un juego al que no quiero jugar: el de los amigos, las influencias, las asociaciones judiciales, el hacer visitas a los despachos. Al no jugar a ese juego, nunca podré optar a lo poco de interesante que queda en la carrera judicial.
  • Cuando se convocan las oposiciones la vida del opositor sufre una transformación a peor: la tensión aumenta, los nervios también, empieza a colocarse un nudo en el estómago que tardará meses o años en desenredarse y cualquier minuto del día es bueno para estudiar.
  • Era una tradición que primero la noticia se daba al preparador.
  • Yo cumplí la tradición de hacer al preparador un obsequio como agradecimiento por sus desvelos. Para hacerse una idea de la clase de regalo de que se trataba, creo recordar que costó unos 600 euros (cien mil pesetas).
  • El estudio durante una oposición ocupa toda la vida del opositor durante todos los días de su vida y eso ocasiona una vida monótona, aburrida y muy dura de soportar. Creo que la única opción para opositar con éxito es no disponer de otra opción de vida.
  • Cuando llega un nuevo juez a un juzgado, sobre todo si es nuevo y viene de la Escuela Judicial, una de sus obligaciones fundamentales es que no se note que es nuevo y que no sabe muchas de las cosas que los funcionarios conocen de sobra. No es lo mismo llegar a una oficina de subalterno, o de mando intermedio, que llegar de jefe.
  • El ideal, a menos a mi juicio, es que el juez supiera hacer de secretario judicial, de oficial, auxiliar y de agente pero estoy seguro de que muchos jueces ni saben ni quieren aprender cómo trabajan sus funcionarios.
  • Nunca tuve la sensación de endiosamiento que pude apreciar en algunos compañeros, sobre todo cuando llegaron a sus destinos.
  • El miedo a la toma de decisiones es uno de los mayores problemas a los que se puede enfrentar un juez y puede llegar a convertirse en un suplicio para quien lo padece puesto que los jueces nos pasamos el día decidiendo, dando la razón a uno y quitándosela, y quien no es capaz de hacer esto con cierta soltura, con tranquilidad, sin quedarse pensando luego si lo habrá hecho bien o no, pues no vivirá tranquilo.
  • Yo a lo largo de mi carrera he conocido varios compañeros que tiene miedo a decidir, no ven ningún asunto claro, dudan continuamente y buscan desesperadamente algún resquicio formal o de procedimiento para evitar tener que tomar una decisión de fondo sobre la cuestión que se plantea.
  • Un juez es examinado a diario por todas las personas que trabajan en el Juzgado. Hasta a los trabajadores de las funerarias les gusta comprobar si el juez nuevo sabe que papeles tiene que firmar.
  • Cuando llega un juez nuevo a estos destinos no suele ser tomado muy en serio, pues todo el mundo sabe que no estará mucho tiempo y que ascenderá en poco tiempo y cambiará de destino.
  • Un juez no puede limitarse a dictar sentencias, un juez tiene importantes responsabilidades en cuanto al funcionamiento general del juzgado y debe controlar que la tramitación de los asuntos sea continuada y sin parones. El juez debe saber si hay un funcionario al que se les están acumulando los asuntos o que no provee los escritos que presentan los abogados y procuradores o si los provee con retraso.
  • El primer destino es el más complicado puesto que es aquel en el que empiezas a aprender, de verdad, a ser juez y a asumir responsabilidades.
  • El juez es el único funcionario que yo conozco que no tiene ningún jefe: nadie le dice lo que tiene que hacer. El juez distribuye su trabajo como quiere, cumpliendo unos mínimos muy básicos: tiene que estar disponible en las guardias y demostrar una cierta actividad en el juzgado pero, nadie le impide dictar las sentencias de los asuntos fáciles y dejar aparcadas aquellas de las que puede presumirse una mayor dificultad y complejidad.
  • La peculiaridad de los jueces es que, en garantía de su independencia, no reciben órdenes de nadie, e incluso puede estar dictando sentencias contradiciendo el criterio de la jurisprudencia de Tribunales superiores sin que nadie les pueda obligar a cambiar el sentido de sus sentencias. Es una garantía importante para asegurar que no reciben órdenes ni indicaciones en cuanto al fondo de sus sentencias, pero esa independencia si no se gestiona con prudencia puede dar lugar a resultados muy descorazonadores, sobre todo para el prestigio de la función judicial.
  • Yo mantenía el criterio de que aunque el delito no fuera muy grave, no se podía acordar su inmediata libertad aunque se supiera que no podían ser condenados a penas muy largas, pues consideraba que la presentación a presencia judicial seguida de una orden de libertad conllevaba que se pudiera interpretar como que estaba bien hecho aquello por lo que se les había detenido. A mi juicio, muy liviano tenía que ser el delito o muchas dudas tenía que existir sobre la autoría, para que acordase la inmediata libertad de los detenidos.
  • La cuestión más comprometida para la conciencia de los jueces es la que tiene que ver con los detenidos, pues privar de libertad a alguien, aunque sean pocos días, es una medida muy grave y cuyo daño puede ser incluso mayor que condenar al pago de una cantidad diferente a la en realidad adeudada.
  • Lo que es imperdonable es mantener en prisión a alguien si hay dudas de su futura condena.
  • Los jueces estamos tanto para defender a la sociedad de los delincuentes como para defender a los delincuentes de la policía que, en ocasiones, se excede en sus funciones.
  • Era muy frecuente que la policía «eligiera» a los jueces cuando tenía que pedir, en el curso de una investigación, un mandamiento de entrada y registro en un domicilio o un mandamiento para una intervención telefónica. Si el asunto no era urgente, y se podía demorar unos días, la policía ya sabía qué juez era más proclive a facilitar sus investigaciones y cual era más garantista y le bastaba con esperar a que entrara de guardia un determinado juez para tener casi asegurado que iba a obtener aquello que pedía.
  • Un gran problema de la actividad de los jueces es que nadie nos dice la verdad. Nuestro trabajo es dictar resoluciones justas, pero para ello contamos con las versiones de una y otra parte y ninguna de ellas es cierta; ni siquiera el que se considera amparado por la razón dice completamente la verdad: dice solo aquella parte de verdad que le beneficia y omite aquella parte que no le beneficia o que puede hacer dudar de la exactitud de sus pretensiones. El drama de los jueces es que no se nos pide que detectemos quien tiene menos razón, sino que lo que se nos pide es que dictemos una resolución justa sobre la base del contraste de pretensiones contradictorias en las que ninguna de ellas es cierta; pero ninguna parte nos ayuda.
  • ¿Creías, amable lector, que la policía es plenamente imparcial y que te va a dar toda la información para decidir si ha existido o no un delito?: pues no se así, ocultará aquellas sombras que existan en el relato de los hechos delictivos y tendrá que ser el juez el que investigue las circunstancias exculpatorias que alega el acusado.
  • entrada original: https://raulbarraltamayo.wordpress.com/2021/11/16/memorias-de-un-juez-desencantado-de-jose-guerrero-zaplana/
  • Los jueces no nos podemos fiar plenamente de ninguna de las partes del pleito y se nos pide que obtengamos una verdad de dos medias verdades que nos presentan las partes. Ese es nuestro trabajo y nuestro drama.
  • El trabajo en casa es tan efectivo como el trabajo en el despacho oficial.
  • Ahora no estás dispuesto a hacer un esfuerzo por el Juzgado ni por la carrera judicial, ahora ya sabes que no va a servir de nada y que nadie te lo va a agradecer y que el esfuerzo que hagas no va a ser, no ya recompensado, sino ni siquiera reconocido, y ya no te parece necesario hacerlo y te limitas a cumplir con tus responsabilidades con las mayores dosis de excelencia de las que eres capaz.
  • Hoy cada vez hay menos papel en los juzgados y los tribunales y los expedientes se tramitan en forma digital casi completamente con lo que, además, el trabajo se realiza prácticamente todo mediante el ordenador e incluso tenemos instalados sistemas de teletrabajo que nos permiten no solo trabajar, sino consultar los expedientes judiciales en casa.
  • El CGPJ puede entender que hay que crear en un determinado partido judicial un juzgado y tiene que pedirlo al Ministerio de Justicia que lo tiene que dotar presupuestariamente con lo que, al final, la última palabra, procede del Ministerio y no del Consejo. Si la justicia funciona mal, esta, desde luego, no es una razón menor.
  • Se supone que el juez tiene que sabérselo todo … y resulta que no es así. Ni mucho menos.
  • Hoy día basta con tener unos cuantos modelos de fundamentos guardados en una carpeta del ordenador y poner en marcha el «copia y pega» del Word para tener escrita buena parte de una sentencia sin haber escrito ni una línea nueva.
  • Mis críticas al Consejo proceden, fundamentalmente, de su política de nombramientos y a la dimensión que ha adquirido.
  • Creo que no hay duda de que el juez se encuentra en franca desventaja, por lo que pretender un razonamiento esmerado y completo, jurídicamente solvente y, además, acertado, es pedir demasiado; esto las partes no lo saben y yo creo que no se dan cuenta de que las condiciones en las que trabajan los jueces no son equiparables a los de los demás «operadores jurídicos» pero, sin embargo, el texto de la sentencia es lo que se lee con más detenimiento, olvidando la cuestión de la «soledad del juez».
  • Es triste pero la realidad es que cualquier comunicación encabezada por el membrete de Juzgado de Instrucción y en el que se diga que se están tramitando diligencias penales por un determinado delito contra un acusado cualquiera, se atiende con mucha más presteza que si se pide esa misma documentación sin la presión añadida de la instrucción penal.
  • El volumen de un pleito no está unido en relación proporcional con su dificultad, solo obliga a «saber leer»; hay que leer en diagonal, buscar aquello que es necesario y despreciar aquello que no tiene incidencia en la investigación o instrucción de que se trata. Cuando en las noticias se oye hablar de que hay un determinado sumario que ha alcanzado algunas decenas de miles de folios, no es necesario asustarse, nadie tiene que leerlos todos, solo hay que saber localizar los pocos folios en donde se encuentra la base del delito de que se trata.
  • Es cierto que muchas mujeres mueren a manos de sus maridos o compañeros y eso es completamente inaceptable; pero también es verdad que la violencia de género se utiliza en demasiados casos como arma arrojadiza en muchos conflictos matrimoniales, y eso es igualmente inaceptable. Me consta que el porcentaje de sentencias absolutorias en asuntos penales en los que se ha denunciado violencia de género es muy notable, lo que permite asegurar que hay un altísimo grado de instrumentalización en esas denuncias penales.
  • La vida es más cómoda, por lo general, en una Sala. La responsabilidad de un juzgado siempre es del juez, pero la responsabilidad en una Sala está diluida y resulta ser de la propia sala en cuanto a acumulación de retrasos, demoras en la tramitación de los procedimientos, etc.
  • Para las plazas del Tribunal Supremo, se seguía un turno de riguroso orden de antigüedad. Esa tradición se rompió y ahora han accedido al Tribuna Supremo unos cuantos magistrados que no habrían merecido ni una simple Audiencia Provincial.
  • Muchos compañeros no tienen la claridad expositiva como un valor, sino que establecen como preferencia la apariencia de que son unos magistrados insignes que han sabido ofrecer solución a un difícil problema que se plantea, cuando, en realidad, ni el problema ni la solución son tan complicados.
  • Cuando se habla de una Sala, en realidad sería más adecuado hablar de una sección, pues la Sala, en su conjunto, no actúa nunca y las deliberaciones y las sentencias se dictan por las secciones, no por la Sala.
  • No todo desacuerdo exige la redacción de un voto particular, sino solo aquellos desacuerdos graves, que afecten a los fundamentos de las instituciones jurídicas o en aquellos asuntos en que, junto a la cuestión jurídica se suscitan cuestiones que afecten a los principios básicos de la vida o cuestiones de conciencia.
  • Los asuntos sobre los que se dicta sentencia, en algunas ocasiones, no tienen una solución clara y evidente, y podrían resolverse en un sentido y en el contrario, todo depende del razonamiento en el que se sustente la decisión que se adopte. Además, depende en muchas ocasiones de la forma en que se plantea por la parte demandante. La única solución a la dispersión de criterios es la unificación que se debe producir con los oportunos recursos a las instancias superiores.
  • La distribución equitativa de trabajo entre las diversas secciones de una Sala de lo contencioso suele ser siempre un problema de la máxima complejidad y genera enfrentamientos continuos entre los magistrados y el resto del personal adscrito a una u otra sección, tratando todos ellos, como es obvio, de conseguir destino en la sección más cómoda y donde se más fácil mantenerse al día en la tramitación de los asuntos.
  • Tengo que confesar que tuve durante mucho tiempo un cierto vértigo de estar destinado en la Audiencia Nacional: me parecía un destino demasiado alto para mí y tenía alguna duda de si iba a saber enfrentarme a los pleitos que imaginaban que se tramitaban en ese órgano. Las cosas, después, resultaron no ser tan difíciles.
  • Transcurridos los años compruebo que todo ha sido en vano: tengo la impresión de que mi carrera profesional no será tomada en consideración por los que hoy día integran el poder judicial.
  • Los que triunfan no son ni aquellos que tienen más méritos que los míos ni yo mismo, sino aquellos otros que se limitan a hacer aquello que otros nos negamos a hacer.
  • He conocido magistrados caracterizados por alguna otra peculiaridad, afición o creencia, que, a veces, dejan traslucir su personalidad en algunas sentencias y eso no debería ser así.
  • Las editoriales son muy cicateras a la hora de reconocer los méritos de los autores y los contratos que te obligan a firmar son leoninos en los que los beneficios son de la editorial.
  • Escribir libros nunca es un buen negocio para el autor, pues la inversión de tiempo y esfuerzo es enorme y apenas tiene satisfacción económica.
  • Me ha sorprendido que muchos de mis antiguos compañeros de promoción manifiesten igual desencanto al que ha anidado en el fondo de mi alma.
  • Todo el mundo sabe que hay un cuello de botella por el que no cabemos todos, pero lo que es necesario es que por ese cuello pasen solo los mejores y los que más lo merezcan, y eso sabemos que no está siendo así.
  • Mi paso por el Tribunal Supremo, que debía haber sido un impulso importante en mi futuro profesional pero que, sin embargo, dada mi forma de ser y de pensar y la seriedad que creo que debe impulsar mis actos, fue el principio del fin del que vengo hablando.
  • Incluso aquellos que sí tienen méritos suficientes, tienen también que participar, en cierta medida, y jugar a ese juego que describiré más adelante y eso es lo que genera gran desazón.
  • Mi desazón y desencanto con la situación actual de la justicia tiene mucho que ver con el hecho de que he visto bien de cerca la injusticia que rige en determinados ámbitos de la Administración de Justicia. Sigo creyendo que la justicia que se imparte es imparcial, acomodada a la ley y perfectamente justa, que no es lo mismo que acertada siempre.
  • Muchos años dictando sentencias sobre la misma materia no es bueno, puesto que hace que las deliberaciones sean cada vez peores, más ligeras, menos profundas, ante la circunstancia de que se repiten muchos asuntos que plantean las mismas cuestiones que otros ya vistos anteriormente.
  • El palacio del Tribunal Supremo era muy grande, los letrados estaban diseminados por muchas dependencias y era fácil que alguno se aprovechara de la diseminación para ocultar falta de productividad.
  • Cuando tienes un equipo de más de 20 personas no es posible que todos estén contentos con tu forma de actuar.
  • La respuesta del vicepresidente: «Hombre, Pepe, qué más da lo que diga la Ley de Procedimiento Administrativo».
  • Lo que yo no sabía en aquel momento, al abandonar el Gabinete, al que había llegado con tan enorme ilusión, era que aquello iba a caer como una losa sobre mi ánimo de juez trabajador, estudioso e ilusionado.
  • La vida me ha enseñado una cosa que cada vez entiendo con mayor claridad: ¡qué difícil es que alguien saque la cara por el débil en contra del poderoso!
  • La lealtad con el jefe se demuestra con el trabajo bien hecho, con la advertencia de los errores que se pueden apreciar y con el apoyo a aquellos proyectos que pretende emprender el jefe; pero lealtad no es sumisión.
  • El poder que tiene un presidente de Sala al adscribir magistrados a una u otra sección es bastante amplio y no siempre se ejerce con la imparcialidad que sería de desear.
  • La política de nombramientos del Consejo General del Poder Judicial la dimos por perdida hace ya varios años.
  • La Administración de Justicia está olvidada del poder público. Cualquier Administración tienen implantados medios informáticos y técnicos de última generación desde hace años y en la Administración de Justicia siempre se va con retraso y con los medios materiales instalados de modo muy precario.
  • Muchos de mis recurrentes quieren cuanta más demora mejor puesto que, como saben que la sentencia va a ser contraria, pues se benefician de la demora.
  • A mi juicio, nosotros estamos para resolver pretensiones de las partes, y no para reproducir polémicas doctrinales o jurisprudenciales, y es preferible que dictemos sentencias rápido a que nos enredemos en agrias polémicas y dejemos un asunto sin resolver o lo resolvamos con demora.
  • Podremos equivocarnos o no, pero somos los únicos responsables de aquello que decidimos y tenemos mecanismos suficientes para evitar las presiones con las que pretendan influenciarnos personas ajenas a los asuntos en los que tenemos que dictar sentencia.
  • La función de juzgar nunca tiene un resultado exacto, es susceptible de ofrecer resultados diversos siendo todos ellos válidos, con la única exigencia de que se encuentren oportunamente motivados y justificados.
  • Estoy seguro de que este juez es el integrante de la carrera judicial más numeroso con mucha diferencia (quisiera pensar que el 80 o 90%) pero existen otros que son los que hacen dudar a la opinión pública de la existencia de la verdadera independencia judicial.
  • La independencia existe si el juez puede adoptar cualquiera de las opciones que se plantean como posibles con tranquilidad, sin condicionantes y sin influencias externas.
  • La función del juez, al menos de la clase de juez que yo propongo, es una función que se desarrolla en una tremenda soledad. El juez no encuentra apoyo de las partes de un pleito para encontrar la solución más justa a la cuestión que se le plantea.
  • Independencia no es garantía de acierto puesto que el juez independiente puede equivocarse y puede errar en la solución que ofrece en su sentencia.
  • Contra un juez torpe o ignorante, contra el juez que se equivoca al dictar sentencia, existe la solución de los recursos; pero frente al juez no independiente, contra el juez que se deja influir, no existe remedio fácil ni que asegure la vuelta a la independencia.
  • La independencia no se puede considerar un privilegio, sino que la independencia es la garantía más perfecta que pueda imaginarse para que se haga verdad el viejo dicho de que «la justicia es igual para todos».
  • La circunstancia de que en los pleitos concurran una parte claramente más fuerte que la otra no es ninguna irregularidad, sino que forma parte de la esencia misma de determinados procedimientos.
  • Se podría afirmar sin temor a equivocarse que la justicia es igual para todos «pero para unos más igual que para otros».
  • Sin duda es más favorable la posición de quien tiene a su disposición medios de los que no dispone la contraparte: mejores abogados, posibilidad de practicar pruebas periciales, posibilidad de que sus pruebas periciales estén elaboradas por peritos de más alta cualificación técnica o profesional, etc.
  • Para que un juez sea independiente es necesario que no tenga intereses fuera de su profesión. El primer requisito es un régimen de incompatibilidades muy severo que lo aísle de otros posibles intereses o compromisos.
  • Los jueces saben que no pueden ser removidos de su destino más que a petición propia (salvo el ascenso forzoso a magistrado).
  • El juez tiene que ser «solo juez» y solo así podrá ser un juez verdaderamente independiente ajeno a presiones y a influencias externas que le puedas perturbar a la hora de dictar sentencia.
  • A la pregunta de si los jueces en España son independientes hay que contestar claramente que sí. Sin embargo, la desconfianza y la sombra de la politización sobrevuela buena parte de las resoluciones judiciales que son públicas o difundidas por los medios de comunicación.
  • Muchas veces se sabe perfectamente a quien se puede preguntar y a quien no, y en estos casos era evidente que ninguno de los que integrábamos la Sala íbamos a aceptar ninguna presión ni llamada de teléfono.
  • La independencia se reconoce con el rango normativo más alto, pero las cosas en la realidad diaria son algo más complicadas.
  • ¿Alguien piensa que los jueces de la sentencia del procés pueden mantenerse completamente al margen de la presión mediática? Esa presión social y mediática es completamente inevitable. Debemos apelar a la profesionalidad de los jueces para que sepan eludirla.
  • En la carrera judicial algunas de las asociaciones profesionales aparecen claramente tiznadas de un color político innegable.
  • Mal se defienden los intereses profesionales de un colectivo no tan numeroso (alrededor de 5.000 miembros) cuando hacen falta cuatro asociaciones profesionales y varias de ellas son identificables por un claro color político.
  • Los jueces a los que me refería unos párrafos más arriba (esos jueces discretos, serios, profesionales y trabajadores de los que cabe esperar un trabajo independiente) vemos con asombro y profundo desagrado que cada vez que debe realizarse la renovación de los Vocales del CGPJ, es posible encontrar en todos y cada uno de los vocales propuestos la razón por la que se les puede vincular a una u otra de las asociaciones judiciales tradicionales o a los dos principales partidos políticos.
  • No puede dejar de desconocerse que hay casos verdaderamente descaradamente a que la adscripción política que hacen los periodistas tengan fundamento real.
  • Pienso que mal puede empezar la andadura de cualquier CGPJ cuando ya en la designación de sus miembros puede apreciarse que la independencia de sus vocales respecto de los principales partidos políticos es más que dudosa, puesto que responden en sus votaciones a la distribución que, de modo público, se ha efectuado entre los partidos políticos.
  • «Milagrosamente» cuando se toman acuerdos confictivos (generalmente de nombramientos de magistrados del Tribunal Supremo) resulta que las votaciones reproducen el reparto de Vocales de procedencia de cada una de las sensibilidades políticas.
  • Es un lugar común, aceptado por toda la carrera judicial con generalidad, que quien quiere algo del Consejo debe formular su petición y «engrasarla» con un par de llamadas de teléfono (y a ser posible con alguna visita personal). Tiene muy pocas excepciones.
  • Los jueces no trabajamos pensando en la recompensa de un destino mejor, pero es perfectamente legítimo aspirar a participar, en condiciones de igualdad, en las convocatorias que se puedan producir en relación con determinados puestos y hoy día, el juez al que me referí al principio sabe que dichas condiciones de igualdad no se dan.
  • Es importante señalar que los ascensos en la carrera judicial se producen o por la superación de las pruebas de especialización o por antigüedad; de este modo, las plazas de magistrado en las Audiencias Provinciales y el TSJ y presidentes de sección se producen por riguroso turno de antigüedad, por lo que ahí ningún problema puede surgir. Sin embargo, los presidentes de las Audiencias Provinciales, de las Salas de los TSJ y de los propios Tribunales y, sobre todo, las plazas de magistrado del Tribunal Supremo son nombramientos discrecionales. Obviamente, al tratarse de nombramientos discrecionales es muy fácil acreditar, determinadas elecciones que no se justifican con los principios de mérito y capacidad sino con los de amistad y conveniencia.
  • Los que llevamos mucho años dentro del mundo del poder judicial hemos visto demasiados nombramientos que hubiéramos deseado que no se hubieran producido, tanto por haber nombrado a quien no lo merecía, como por haber olvidado a otros magistrados con mayores méritos. Es descorazonador que se produzca con demasiada frecuencia.
  • Lo preocupante es que en la carrera judicial hay decenas de magistrados con muchos mayores méritos a los míos que han visto rechazadas reiteradamente, una vez tras otra, sus peticiones en sucesivas convocatorias y tienen notablemente más méritos y mayor excelencia profesional que algunos magistrados que sí son del Tribunal Supremo.
  • No son pocos los nombramientos efectuados por el CGPJ que han sido revocados, al ser recurridos al Tribunal Supremo y, generalmente, la razón de la revocación ha sido la falta de motivación de los méritos del elegido. Esto ha sido solventado con un nuevo nombramiento, idéntico al anterior, pero incorporando al nuevo acuerdo que se dicta folios y folios de motivación vacía de contenido real y sin hacer referencia, a los méritos que se atribuyen al candidatos en relación con otros candidatos preteridos.
  • Resulta agotador para los jueces tener que explicar, una y otra vez, que la justicia no está politizada, que lo están sus órganos de gobierno, pero no los jueces.
  • Basta con leer los acuerdos de nombramiento de los últimos meses para apreciar que se trata de textos largos pero vacíos prácticamente de contenido en los que se resaltan los méritos del propuesto y nada se dice de cuáles son las razones por las que se le prefiere a otro u otros de los candidatos.
  • Cuando están previstos nombramientos de magistrados del Tribunal Supremo es frecuente hacer «quinielas» que se comentan entre los compañeros sobre quien será el elegido. Pues la triste realidad es que esas quinielas aciertan siempre en el candidatos que va a ser propuesto y ya es triste que exista un órgano colegiado con 20 miembros que sea tan previsible en su actuación.
  • ¿Qué nos debe hacer pensar que quien acepta el sistema de las llamadas de teléfono y de las visitas a los despachos para obtener determinados puestos va a ser capaz de rechazar ese mismo sistema a la hora de dictar sentencias o de tomar decisiones en el CGPJ?
  • Parece que los jueces actuamos a impulso de indicaciones políticas y eso, me he cansado de repetirlo, no es así.
  • No se debería admitir entrar y salir de la carrera pidiendo sucesivas excedencias para ocupar puestos de clara significación política o al servicio claramente de un partido político.
  • La independencia es un valor superior y los jueces debemos garantizar una total asepsia para que los ciudadanos estén tranquilos. Es lo de la famosa frase: «La mujer del César no solo debe ser honrada, sino que también debe parecerlo».
  • Yo estoy desencantado, triste, desmotivado, frustrado … como lo quieras llamar. Y lo malo no es que eso me pase a mí, es que me consta que muchos de mis compañeros de parecida edad a la mía sienten algo muy parecido, lo llamen como lo llamen.
  • La carrera judicial se ha convertido en algo que no es ilusionante.
  • La calidad no se valora, y el CGPJ parece que refuerza su aspecto represivo sobre el apoyo al juez; y todo ello sobre una estructura orgánica cada vez más amplia (desmesurada, diría yo) en la que, creo que para justificar ese tamaño tan desproporcionado, solo se limita a dictar acuerdos extensísismo, copiando unos acuerdos sobre otros pero sin suficiente contenido material.
  • Yo, como juez, no me siento defendido ni representado por el CGPJ, pues me consta que de lo que se habla en aquel organismo, fundamentalmente, es de reparto de cargos, prebendas y del poco dinero del que disponen para cursos, formación y poco más.
  • Nunca he entendido por qué no hay alguien que se encargue de explicar las sentencias a los ciudadanos. Sería conveniente que alguien lo explicara e hiciera ver a los ciudadanos que la sentencia dictada tiene un apoyo legal suficiente y que, puede estar bien o mal dictada, pero que no es una ocurrencia del juez de turno.
  • Seguro que tú, lector, has pensado muchas veces que determinados jueces han dicho cosas carentes de sentido y te puedo asegurar que, casi siempre, hay una razón basada en la ley para decir lo que se ha dicho (aunque la sentencia deba ser revocada posteriormente).
  • No a todos interesa que funcione la justicia. Muchos de los pleitos que se interponen tienen una exclusiva finalidad dilatoria y el que los interpone los obstaculiza para que no avancen; la propia Administración no tiene interés en que concluyan muchos de los pleitos interpuestos frente a ella, puesto que sabe que los va a perder.
  • Yo creo que los jueces hoy día no tenemos prestigio, nos tenemos que estar justificando continuamente sobre la supuesta politización de la justicia.
  • Yo defiendo la carrera judicial, defiendo la función de juzgar, quiero hacer todo lo que esté en mi mano para que se reconozca el prestigio social a los jueces y a la función que ejercen, pero no puedo dejar de pensar que, desde hace muchos años, vamos por un camino equivocado y eso me duele.
  • No hay perspectivas de que las cosas cambien.
  • La injusticia dentro de la justicia es doblemente injusta.

Enlaces relacionados:

Otros libros relacionados:

raul

Una respuesta hasta “Memorias de un juez desencantado de José Guerrero Zaplana”

  1. […] #52) Memorias de un juez desencantado de José Guerrero Zaplana. […]

    Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

 
A %d blogueros les gusta esto: