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El gran salto de Gervasio Deferr y Roger Pascual

Posted by Raul Barral Tamayo en jueves, 12 de mayo, 2022


© Gervasio Deferr Ángel, 2022
© de la redacción, Roger Pascual Marjanet, 2022
Editorial: Ediciones Península.

La mayoría de la gente solo sabe de mí que gané dos oros y una plata olímpicas en gimnasia y que me quitaron una medalla mundial por un porro, pero muy pocos saben el precio que pagué por la gloria y todo lo que sufrí antes y después de mi retirada.

Desconocen que para construir el Gervasio Deferr campeón olímpico tuve que convertirme en un killer y encerrar en el sótano a Gervi, mi otro yo; que cuando me bajé de la palestra, el alcohol inundó mi vida hasta que pedí ayuda para no ahogarme definitivamente en él; que muchos solo ven las medallas, pero no a la persona que sufre como cualquiera y que está sometida a la presión de jugárselo a todo o nada en un minuto cada cuatro años. Y que, tras veinticinco años dedicándome en cuerpo y alma a la gimnasia, tuve que empezar de cero, como tantos otros compañeros de deportes minoritarios.

Casi diez años después de bajarme del podio encontré mi lugar en el mundo y lo hice en La Mina, uno de los barrios más estigmatizados de España. Exorcizado el fantasma del suicidio y habiendo hecho las paces conmigo mismo y con la gente que realmente me importaba, la gimnasia me devolvió el equilibrio perdido. Aquí estoy, sin filtros ni edulcorantes, esta es mi verdad.

Gervasio Deferr, hijo de padres inmigrantes argentinos, nació en 1980, en Premià de Dalt. Desde pequeño cosechó varios éxitos en la gimnasia artística, pero su culminación llegó con el oro en salto en los Juegos Olímpicos del 2000, en Sídney. Siguió triunfando en otros campeonatos, destacándose como uno de los atletas más punteros del momento. Su caso por dopaje en 2002 le hizo perder la plata del Mundial de Debrecen, pero dos años después se redimió y logró el oro en salto en Atenas. Su última participación en los Juegos Olímpicos fue en Pekín 2008, donde se hizo con la medalla de plata en la disciplina de suelo. Con treinta años, se retiró del deporte de competición, pero no lo dejó por completo, ya que tras su retirada ha ejercido como entrenador de alto rendimiento y director de su propio gimnasio en el barrio de La Mina, cerca de Barcelona.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Cada caída es un acicate más para volver a intentar escalar ese árbol o farola que se me resiste, para aceptar el reto de un enemigo invisible. Compito conmigo mismo desde que tengo uso de razón.
  • Al cabo de seis meses, un viernes lluvioso después del entrenamiento, Nuria habla con mi madre: Mira, yo le he enseñado todo lo que sé y el niño no para de aprender. Hay que darle más porque pide más.
  • Tras sentirme marginado toda mi vida, con cinco años he encontrado por fin mi lugar en el mundo y cuento los minutos que faltan para volver a ese paraíso en la tierra.
  • No entendía por qué me decían que yo era de fuera si había nacido aquí, por qué nos llamaban sudacas, por qué nos señalaban. Cuando eres pequeño y no sabes qué quiere decir ser pobre o inmigrante mientras los demás son de aquí, todo resulta muy extraño.
  • A mediados de los años ochenta la gimnasia se enseña de forma dictatorial.
  • Cuántos campeones potenciales se habrán perdido por un mal entrenador.
  • Dicen que sobre los trece es cuando la mayoría de la gente elige su rol en el mundo: el payaso, el retraído, el guapo, el ausente, el rey de la fiesta, el marginado …
  • Desde que a los quince años he empezado a competir con la selección junior, el cole se me hace demasiado cuesta arriba. Desde los doce entreno siete horas al día de lunes a sábado. Ahora paso a hacer nueve diarias. Los resultados no tardan en llegar.
  • La adrenalina. La puta adrenalina. Lo tenía todo planeado hasta el último milímetro, pero se me había pasado por alto un factor: no había contado con la adrenalina.
  • De repente pienso: «Vale, ¿en serio acaba de pasar esto? ¿De verdad ya has competido y la has jodido?». Y en ese momento me doy cuenta de que sí. Y me cago en todo. Pero si soy el mejor, cojones. No sé si en cuatro años lo voy a seguir siendo, pero ahora sí. Y he dejado escapar la oportunidad de mi vida. Si antes de fallar, la perspectiva de esperar nueve días hasta la final de salto ya se me hacía una eternidad, en ese momento mi cabeza es incapaz de calibrar no solo si potaré a medalla en suelo dentro de cuatro años, sino si seguiré siendo gimnasta en 2004.
  • En esa segunda ducha es cuando empieza realmente la competición. Hay días, da igual si estoy compitiendo o no, que me ducho hasta seis veces. La ducha es mi forma de meditación: analizo, me escucho, hablo conmigo mismo. Cuando estoy mal me meto en la ducha y con cada gota que recorre mi cuerpo siento que me voy regenerando. Voy entendiendo qué me pasa. Desde pequeño he tenido una conexión especial con el agua.
  • Ese es el primer momento en el que me sudan las manos, señal inequívoca de que la competición ha empezado.
  • Normalmente en las competiciones me encierro en mí mismo. No quiero ver ni hablar con nadie antes de competir.
  • Ganar la medalla olímpica no me permite jubilar a mi madre, como yo deseaba, pero sí poder pagarle el viaje a ella y a su pareja a Argentina tras veintiocho años sin ver a su familia.
  • Dicen que soy el chico malo de la gimnasia, una etiqueta que al principio me mola y luzco con orgullo. Durante un tiempo lo gestiono mal, me creo Dios, no toco el suelo. Y cuando te crees Dios suelen venir los problemas. Tengo momentos de ser un completo y absoluto imbécil, de comportarme de forma arrogante y hablar mal a mis compañeros.
  • Descubro que todo lo que sube baja. Si hasta ahora solo he visto la parte bonita del éxito, me queda poco para ver el lado oscuro del deporte en todas sus vertientes. Paso de tener el mundo a mis pies a que de repente se me caiga el suelo y se rompa en mil pedazos.
  • La victoria, en el deporte y en la vida, se construye sobre el aprendizaje de mil derrotas.
  • Se creen con derecho a hablar solo porque ocupan cargos de corbata. Son ellos los que me suben y bajan del pedestal. De tratarme como un Dios pasan a tratarme como un apestado.
  • Me cae la sanción que me tiene que caer, que no pueden ser más de tres meses. Saben que no he hecho trampa y me sancionan sin competir en un trimestre en el que no hay torneos. Solo quieren darme un palo para que el resto de gimnastas del mundo no cometa el mismo error. Me usan de cabeza de turco.
  • Músicos, cantantes, actores y políticos pueden hacer lo que les salga de los cojones y nadie dice nada, pero yo, por un porro, quedo estigmatizado de por vida como un tramposo y un delincuente.
  • El primero que te diga que no ha sido es el que te ha apuñalado.
  • Casi nunca me han pegado bronca entrenadores o seleccionadores, casi siempre han sido los de corbata. Y muchas veces yo ni siquiera sabía quién coño eran. A la que le das una migaja de poder a uno de esos tíos grises se creen superpolis. A la gente le pierde el poder.
  • Como aprendí con mi positivo, la marihuana dura tres meses en el organismo.
  • Nada peor que tener la tentación a un porro y una birra de distancia.
  • Alcohol, cocaína, pastillas … heroína nunca, por suerte.
  • Empecé a beber en Madrid cuando tenía diecisiete años. Fue durante una de las concentraciones que organizaba en la Blume el nuevo seleccionador. Qué cagada el día que probé el alcohol y me quedé ahí, porque yo no lo necesitaba. Obligado a estar parado y con la angustia y la rabia reconcomiéndome, sí que lo necesito para que el tiempo se acelere. Para no pasarme las noches en blanco dando vueltas en la cama. Para apagar la mente.
  • Hay gente que habiendo ganado la primera medalla olímpica prefiere retirarse antes de arriesgarse a que no le salga bien y perder el trono en la arena. Pero yo no.
  • La gimnasia es lo primero para mí. Es lo único que me hace sentir útil, necesario. Quien quiera estar conmigo debe entender eso. Si no, no pasa absolutamente nada, hasta luego.
  • La verdad es que en general hay buena relación con casi todos los gimnastas menos con los chinos, que no se relacionan con nadie; se mantienen al margen de todos y ya está. Aparte de ellos, si coincides durante más de diez años con casi la misma gente, acabas teniendo buen rollo con la mayoría. Salvo excepciones, a pesar de que seamos rivales, hay buen rollo.
  • Si soy sincero, en mi vida ha sido siempre más importante la amistad que el amor. Por eso las relaciones amorosas no he sabido mantenerlas, pero las amistades sí.
  • El desfile olímpico siempre es el día antes del inicio de la competición de gimnasia, y por eso nunca he podido acudir. No puedo estar seis horas de pie con la bandera el día antes de tener que saltar como un animal, porque voy a tener las piernas destrozadas.
  • Por muy acostumbrado a la presión que  creas estar, los aros olímpicos pesan más de lo que uno espera.
  • Cuando compito no tengo tiempo de estar haciendo el imbécil todo el día, porque tengo un objetivo muy claro. Cuando ese objetivo desaparece, me quedo a la deriva, sin rumbo, y tan solo queda la botella. Cambio mi rutina de entrenar siete horas al día por la de levantarme, ir al bar y estarme allí hasta medianoche.
  • entrada original: https://raulbarraltamayo.wordpress.com/2022/05/12/el-gran-salto-de-gervasio-deferr-y-roger-pascual/
  • No sé cómo la gente puede vivir sin objetivos a corto plazo. Yo, al menos, descubro que soy incapaz.
  • Las duchas siempre son mi respuesta y solución para casi todo.
  • No pueden llegar a entender el daño que me hace que nadie me crea.
  • Sé que no debo beber, pero como estoy jodido porque sé que no tengo que beber, bebo. Para no pensar. Una y otra vez. La maldición de los lunes vuelve a aparecer doce años después: el lunes lo dejo, el lunes lo dejo, el lunes lo dejo … y el lunes sigue sin llegar.
  • Poco a poco voy descubriendo que no consumo por necesidad física. Entiendo que lo que me pasa, como a muchísima gente, es por incapacidad de gestionar mis emociones. He estado demasiado tiempo centrado en ser el mejor gimnasta y me he olvidado de mí como persona.
  • Me puse una coraza que muy pocos consiguieron traspasar, hasta tal punto que muchas veces ni siquiera yo lo conseguía.
  • Había construido un muro emocional, que no solo impedía que los otros llegaran a mí, sino que también me había desconectado a mí mismo de mis emociones.
  • Cada vez que pasaba una cosa chunga, mi gestión era igual de mala. Cada vez lo mismo, aunque fuera por diferentes motivos y situaciones. Que cuando me agobiaba y mi cabeza se ponía a mil revoluciones, la única manera que yo tenía de pararla era colocarme.
  • Lev Nicolaevich Galiandrin: «Cabeza funciona, cabeza funciona». Me repetía siempre, insistiendo en que la clave de la gimnasia estaba en la mente y no en el cuerpo.
  • Allí nos dicen que cuando eres adicto a una cosa lo eres a todo, que es porque tienes una personalidad adictiva.
  • Descubro que nada es tan grave, que no le he hecho daño a nadie, en todo caso me lo he hecho solo a mí mismo. Ahí dejo de destrozarme las uñas de los dedos, que desde adolescente las tenía siempre en carne viva porque era una de las formas que tenía de apaciguar el estrés. Lo había intentado mil veces, pero hasta que no pongo en calma mi cabeza no paro de reventarme las manos.
  • Algunos padres, la mayoría de los cuales no habían hecho nunca más allá de cuatro volteretas en clase de Educación Física en el colegio, les decían a sus hijos cómo tenían que hacer las cosas. Y los niños y las niñas al final estaban más pendientes de los padres que de disfrutar y de hacerlo bien. Supongo que es lo que pasa en todos los deportes escolares. Que la presión de las familias acaba agotando a los chavales y también a muchos entrenadores.
  • ¿Qué sentido tiene que asustes a un chaval diciéndole que si no hace lo que quieres hablarás con sus padres? Yo les digo que no los obligo a nada. Aunque también puedo ser duro, siempre los trato con cariño y respeto. Al estar iniciando un ese deporte, el objetivo no es que sean campeones olímpicos. La prioridad es acompañarlos en estos primeros pasos en un deporte que no es precisamente sencillo para que aprendan a responsabilizarse y comprometerse.
  • Cuando acaban un entrenamiento o una competición les digo tanto lo que han hecho bien como lo que han hecho mal delante de los padres. Tienen que entender que esto es una preparación, que tienen que tener paciencia, que la gimnasia es un camino muy largo y difícil.
  • Cuando se caen no solo les digo que no pasa nada por caerse, sino que les enseño por qué lo han hecho mal. Porque cuando nos caemos es porque lo hemos hecho mal. Si les hablas así, ellos lo entienden. Si te empiezas a enredar con explicaciones largas se pierden.
  • Con los chavales tienes que ser conciso y claro, y hablarles con cariño, aunque seas duro. Porque la vida es así.
  • Cuando inauguramos el gimnasio de La Mina no entendía hasta qué punto iba a ser importante para mí. En realidad, no lo comprendí hasta que no lo hice realmente mío.
  • Les insisto en que siempre hay dos opciones, la buena y la mala, y que a la hora de elegir, al final van a estar ellos solos. Y serán ellos los que tomen el camino correcto o el erróneo. Es fundamental ver esos dos caminos, no irnos al malo simplemente porque no somos capaces de ver el bueno. Esa es la clave. Tenemos que poder ver los dos y elegir.
  • El problema es que los que mandan no han hecho deporte en su vida o que a mis alumnos les cuento no solo cómo gané mis medallas, sino la historia del positivo que me hizo perder una, para que aprendan la importancia de saber elegir bien y levantarse tras los errores.
  • Yo creo que Simone ha ayudado más a la gimnasia así que compitiendo. Es un mensaje superpotente que ayudará no solo a muchos gimnastas, sino también a muchísimos otros deportistas y no deportistas a perder el miedo a hablar de un tema que hasta se consideraba tabú: la salud mental.
  • Mucha gente solo ve las medallas y no piensa en el trabajo que hay detrás ni en la presión que se siente. Muchas veces no sabemos cómo gestionarlo.
  • Ahora, que estoy retirado, sigo haciendo mi ritual de la ducha cuando estoy mal o nervioso.
  • Ahora cada cosa que hago la pienso detenidamente. Me tomo mi tiempo. A veces quizás demasiado. Voy a menos velocidad por la vida y eso me permite analizar mejor las cosas. Y aun así sigo cometiendo errores, supongo que como todo el mundo. A veces pierdo los papeles. A veces me pongo nervioso y vuelvo a ver a mi yo de antes y me asusto.
  • Al final, cuando más te enteras de las cosas es tomando un café y hablando. cuando sales de fiesta anda que no hablas, pero que te pregunten al día siguiente de qué iba la conversación.
  • Moncho Borrajo: «Estoy harto de tomar copas con gilipollas, ahora quiero tomar cafés con amigos».
  • Al final no podemos elegir cómo somos, vamos trampeando como buenamente podemos a medida que van pasando las cosas.
  • Para mí ganar medallas olímpicas fue fácil, lo difícil fue adaptarme a la vida civil después de tantos años saltando de batalla en batalla. He pasado una muy mala época que casi ha hecho que me fuera a pique y he conseguido cogerme a la última rama antes de caer del árbol.
  • Es curioso cómo a alguna gente parece que le moleste que sus ídolos envejezcan, igual que el resto de mortales. Quizás eso les hace recordar que ellos también han envejecido.
  • Yo no tuve un patrocinador jamás, y mira que conquisté tres medallas en los Juegos. Quizás fue por lo del positivo por marihuana.
  • De los cinco años a los treinta me concentré en ganar tres medallas olímpicas de gimnasia, pero de los treinta a los cuarenta anduve un poco perdido. Ahora tengo claro cuál es mi lugar.
  • Con la perspectiva del tiempo, lo repetiría casi todo. Solo quitaría cuando les he hecho daño a otras personas.
  • Soy persona rencorosa de sentimiento, no de acción: si te guardo rencor y te veo por la calle me da rabia, pero no hago nada. Cuando alguien no tiene que estar en mi vida, simplemente lo aparto, pero no les hago daño.
  • Yo subiría la edad en la que se puede empezar a beber. Yo pondría la edad mínima en los veintiún años, como en Estados Unidos.
  • El alcohol me parece mucho más peligroso para toda la sociedad que la marihuana, pero el alcohol está permitido. ¿Cuánto dinero se llevan los países por la venta de alcohol? ¿Cuántas familias ha destrozado y cuántas muerte ha provocado?
  • ¿Cuánto tiempo de preparación necesitas para dejar el deporte de alto rendimiento? Porque yo entrené durante veinticinco años para ser campeón olímpico, y para la retirada te preparan durante solo seis meses. No, perdona, no puede ser.
  • El problema de España es que mandan los que no han hecho deporte en su vida.
  • El día que me retiré, se me fue la vida de las manos. Me habían dicho toda la vida que yo solo sabía competir y que casi todo lo demás lo hacía mal. No se puede vivir en modo competición siempre, se tiene que vivir en un modo más tranquilo. Pudiendo cometer errores y aprendiendo cada día más de ellos sin la presión de tener que demostrárselo al mundo entero ni de tener que ser el mejor en todo lo que haces.
  • Desde pequeño pensé que lo sabía todo porque se me daba bien la gimnasia.
  • Puse fuerte a Gervasio, pero me olvidé de Gervi. Y Gervi es con el que tendré que convivir el resto de mi vida.
  • Después de la clínica, este libro ha sido una última gran terapia, la terapia definitiva.
  • Intento enseñar a los chicos y chicas que se asoman a este deporte que hay que tener respeto a la gimnasia. Que claro que hay veces que puede dar miedo, como muchas otras cosas, pero en la gimnasia y en la vida hay que ser valientes. No tener miedo es de locos y de inconscientes que algún día se matarán. Nosotros, como he aprendido y les enseño, sentimos el miedo, lo miramos a los ojos, lo entendemos y lo superamos. En esta vida hay que dar la cara.

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