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El acoso moral de Marie-France Hirigoyen – Apuntes Breves

Posted by Raul Barral Tamayo en martes, 10 de octubre, 2017


Título original: Le harcèlement moral.
© 1998, Éditions La Découverte et Syros
© 1999 de la traducción, Enrique Folch González
Editorial: Paidós.

La formación académica de Marie-France Hirigoyen incluye estudios en Estados Unidos en la especialidad de Victimología, una rama de la Criminología que analiza las secuelas psíquicas en las personas que han sufrido atentados o agresiones diversas, y las posibilidades de ofrecerles ayuda. En Washington, durante uno de sus cursos de formación, la psicoanalista trabajó con el FBI sobre asesinos en serie, algo que después le ayudó para reconocer el perfil de un tipo psicológico, el perverso, que podría considerarse un pariente cercano del acosador moral.

«Poco a poco me di cuenta de que los perversos existían como existen los asesinos en serie, un fenómeno que por su gravedad hay que tener muy en cuenta», sentencia la psicoanalista. Sus teorías fueron cobrando forma a medida que trataba a pacientes afectados por depresión no de carácter endógeno sino provocada por una situación concreta.

«Me resultó muy curioso comprobar la cantidad de pacientes que se sentían destruidos por alguien», afirma. Uno de sus primeros pacientes, acosado de forma perversa en el trabajo, terminó suicidándose.

[…] Insomnio, migrañas y dolores de estómago son los primeros síntomas de las víctimas del acoso moral. Algunos comienzan a beber y a abusar de los tranquilizantes. Luego llegan las depresiones profundas. Médicos e inspectores de trabajo han confirmado este fenómeno, en plena expansión en Francia, y han comenzado a denunciar públicamente estos procedimientos. La toma de conciencia colectiva es necesaria para que la gente reaccione.

«Resulta sorprendente que muchas empresas no lleguen a comprender algo tan elemental y sigan manteniendo en puestos clave a esta gente completamente destructora», concluye Marie-France Hirigoyen.

La posibilidad de destruir a alguien sólo con palabras, miradas o insinuaciones es lo que se lla «violencia perversa» o «acoso moral». En este libro, que se alimenta de numerosos testimonios, la autora analiza la especificidad de la relación perversa y nos previene contra cualquier intento de trivialización. Y no sólo eso, sino que también analiza el mecanismo de funcionamiento de ese proceso en la pareja, la familia y la empresa: una especie de espiral depresiva, cuando no suicida, que arrastra irrevocablemente a las víctimas en su caída mortal.

Estas insidiosas agresiones proceden de la voluntad de desembarazarse de alguien sin mancharse las manos. Porque avanzar enmascarado es lo propio del perverso. Ésta es la impostura que hay que desvelar para que la víctima pueda volver a encontrar sus puntos de referencia y sustraerse a la influencia de su agresor. Apoyándose en su experiencia clínica, la autora se sitúa del lado de los agredidos con el fin de que el acoso que sufren cotidianamente se consider como lo que es: un verdadero «asesinato psíquico».

De cualquier forma, el asunto del acoso moral es todavía un tabú. Y de ahí el interés de este libro, admirablemente documentado, que es a la vez una guía práctica tanto para las víctimas como para todos aquellos que deseen ayudarlas, sean o no profesionales (elección de la terapia más adecuada, etapas a corto y largo plazo hacia la curación …).

Su estilo claro y directo, en definitiva, abre las puertas de la cuestión a quienes no desean permanecer indiferentes ante este gravísimo problema social.

Marie-France Hirigoyen es psiquiatra y terapeuta familiar. Su formación en Victimología, tanto en Francia como en Estados Unidos, la ha convertido en una de las grandes especialistas mundiales en acoso moral. Suele intervenir también en cursos de formación para médicos y directivos de empresas públicas y privadas.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Pierre Desproges: «Una palabra a tiempo puede matar o humillar sin que uno se manche las manos. Una de las grandes alegrías de la vida es humillar a nuestros semejantes».
  • Técnicas de desestabilización que son habituales entre los perversos: las insinuaciones, las alusiones malintencionadas, la mentira y las humillaciones.
  • Un exceso de amabilidad es como una provación insoportable.
  • Si esta anciana nos divierte y nos conmueve tanto, es porque sentimos claramente que tanta maldad sólo puede provenir de un gran sufrimiento.
  • Cada uno de nosotros puede utilizar puntualmente un proceso perverso. Éste sólo se vuelve destructor con la frecuencia y la repetición a lo largo del tiempo.
  • Todo individuo «normalmente neurótico» presenta comportamientos perversos en determinados momentos, pero también es capaz de pasar a otros registros de comportamiento (histérico, fóbico, obsesivo,…) y sus movimientos perversos dan lugar a un cuestionamiento posterior.
  • Un individuo perverso es permanentemente perverso; se encuentra fijado a ese modo de relación con el otro y no se pone a sí mismo en tela de juicio en ningún momento. Estos individuos sólo pueden existir si «desmontan» a alguien: necesitan rebajar a los otros para adquirir una buena autoestima y, mediante ésta, adquirir el poder, pues están ávidos de admiración y de aprobación.
  • Prestamos poca atención a sus víctimas, que pasan por ser débiles o poco listas, y, con el pretexto de respetar la libertad del otro, podemos vernos conducidos a no percibir ciertas situaciones graves.
  • El contexto sociocultural actual permite que la perversión se desarrolle porque la tolera. Nuestra época rechaza el establecimiento de normas. Nombrar la manipulación perversa supone establecer un límite, lo que se identifica con una intención de censura. Hemos perdido los límites morales o religiosos que constituían una especie de código de civismo.
  • La perversidad no proviene de un trastorno psíquico, sino de una fría racionalidad que se combina con la incapacidad de considerar a los demás como a seres humanos.
  • El primer acto del depredador consiste en paralizar a su víctima para que no pueda defenderse.
  • Aquí no se trata de procesar a los perversos sino de tener en cuenta su nocividad y su peligrosidad con el fin de que la víctima o futuras víctimas puedan defenderse mejor.
  • Existen manipulaciones anodinas que dejan un rastro de amargura o de vergüenza por el hecho de haber sido engañado, pero también existen manipulaciones mucho más graves que afectan a la misma identidad de la víctima y que son cuestión de vida o muerte.
  • Estamos ante un proceso real de destrucción moral que puede conducir a la enfermedad mental o al suicidio.
  • Las cosas empiezan con un abuso de poder, siguen con un abuso narcisista, en el sentido de que el otro pierde toda su autoestima, y pueden terminar a veces con un abuso sexual.
  • Los pequeños actos perversos son tan cotidianos que parecen normales. Empiezan con una sencilla falta de respeto, con una mentira o con manipulación. Sólo los encontramos insoportables si nos afectan directamente. Si el grupo social en el que aparecen no reacciona, estos actos se transforman progresivamente en verdaderas conductas perversas que tienen graves consecuencias para la salud psicológica de las víctimas. Al no tener la seguridad de que serán comprendidas, las víctimas callan y sufren en silencio.
  • Existen individuos que tapizan su trayectoria con cadáveres o muertos vivientes. Y esto no les impide dar el pego ni parecer totalmente adaptados a la sociedad.
  • A menudo se niega o se quita importancia a la violencia perversa en la pareja, y se la reduce a una mera relación de dominación.
  • En la pareja, el movimiento perverso se inicia cuando el movimiento afectivo empieza a faltar, o bien cuando existe una proximidad demasiado grande en relación con el objeto amado.
  • Si una pareja desea funcionar normalmente, debería establecer un refuerzo narcisista mutuo, aunque existan elementos puntuales de dominio.
  • Este proceso sólo es posible gracias a la excesiva tolerancia de la persona agredida.
  • En la mayoría de los casos, el orgien de la toelrancia se halla en una lealtad familiar que consiste, por ejemplo, en reproducir lo que uno de los padres ha vivido, o en aceptar un papel de persona reparadora del narcisismo del otro, una especie de misión por la que uno debería sacrificarse.
  • La violencia perversa aparece en los momentos de crisis, cuando un individuo que tiene defensas perversa no puede asumir la responsabilidad de una elección difícil. Se trata de una violencia indirecta que se ejerce esencialmente a través de una falta de respeto.
  • La negativa a responsabilizarse de un fracaso conyugal se encuentra a menudo en el origen de una basculación perversa.
  • Cuanto más fuerte sea su ideal de pareja, más fuerte será su violencia perversa.
  • Las víctimas, además de ira, sienten vergüenza: vergüenza por no haber sido amadas, vergüenza por haber aceptado humillaciones y vergüenza por haber padecido.
  • Para poder idealizar un nuevo objeto de amor y mantener la relación amorosa, un perverso necesita proyectar todo lo que es malo sobre su pareja anterior, que se convierte así en un chivo expiatorio.
  • En los perversos, el amor tiene que estar separado del odio y, a la vez, rodeado de él.
  • Los procedimientos perversos aparecen con mucha frecuencia durante los divorcios y las separaciones. Se trata de procedimientos defensivos que, de entrada, no se pueden considerar patológicos. El aspecto repetitivo y unilateral del proceso es el que trae consigo un efecto destructor.
  • Sea quien fuere quien tome la iniciativa de la separación, los divorcios en los que participa un perverso narcisista son casi siempre violentos y pleitistas.
  • La negación de la comunicación directa es el arma absoluta de los perversos. La persona agredida se ve obligada a realizar las peticiones y las respuestas y, al avanzar a cuerpo descubierto, comete evidentemente errores que el agresor recoge para señalar la nulidad de la víctima.
  • Es muy fácil manipular a los niños. Éstos siempre saben excusar a quienes aman. Su tolerancia no tiene límites.
  • Cuando la tiranía es doméstica y la desesperación es individual, la muerte alcanza su objetivo: el sentimiento de no ser.
  • Los niños que son víctimas de agresiones perversas no tienen otra salida que los mecanismos de separación protectora, y son portadores de un núcleo psíquico muerto. Todo lo que no metabolizaron durante su infancia se reproduce en la edad adulta a través de acciones que se perpetúan.
  • Por acoso en el lugar de trabajo hay que entender cualquier manifestación de una conducta abusiva y, especialmente, los comportamientos, palabras, actos, gestos y escritos que puedan atentar contra la personalidad, la dignidad o la integridad física o psíquica de un individuo, o que puedan poner en peligro su empleo, o degradar el clima de trabajo.
  • En un grupo, es normal que tengan lugar conflictos. Una advertencia hiriente en un momento de exasperación o de mal humor no es significativa; y lo es todavía menos si se presentan excusas a continuación. Lo que constituye el fenómeno destructor es la repetición de las vejaciones y las humillaciones en las que no se produce ningún esfuerzo de matización.
  • Una situación de violencia perversa tiende a anestesias a la víctima que, a partir de ese momento, sólo muestra lo peor de sí misma.
  • Cuando el proceso de acoso se instaura, la víctima es estigmatizada: se dice que el trato con ella es difícil, que tiene mal carácter, o que está loca.
  • Una vez que a la víctima se la saca de sus casillas, no es extraño que se convierta en lo que pretenden convertirla.
  • Freud admite la disolución de la individualidad en las masas a través de una doble identificación: horizontal en relación con la horda (el grupo) y vertical respecto al jefe.
  • Los grupos tienden a igualar a los individuos y soportan mal la diferencia.
  • Muchas empresas se muestran incapaces de conseguir que, en su seno, se respeten los derechos mínimos de las personas y no se desarrollen el racismo y el sexismo.
  • Para desacreditar a alguien públicamente, basta con introducir una duda en la cabeza de los demás.
  • Cuando un individuo perverso entra en un grupo, tiende a reunir a su alrededor a sus miembros más dóciles con la idea de seducirlos. Si un individuo se niega a alistarse, el grupo lo rechaza y lo convierte en chivo expiatorio.
  • El miedo genera conductas de obediencia, cuando no de sumisión, en la persona atacada, pero también en los compañeros que dejan hacer y que no quieren fijarse en lo que ocurre a su alrededor.
  • La técnica es siempre idéntica: se utiliza la debilidad del otro y se lo conduce a dudar de sí mismo con el fin de anular sus defensas.
  • Cuando la víctima reacciona e intenta rebelarse, la maldad latente cede su lugar a una hostilidad declarada. Se inicia una fase de destrucción moral que se ha llegado a denominar psicoterror. Esto puede provocar una anulación psíquica de la víctima, o su suicidio.
  • Los médicos laborales y los psiquiatras han advertido un aumento de los trastornos psicosomáticos y del consumo de alcohol y de psicotrópicos que está directamente relacionado con la fuerte presión del trabajo.
  • Las empresas toleran los abusos de ciertos individuos siempre y cuando generen beneficios y no produzcan demasiados contratiempos.
  • El acoso es siempre el resultado de un conflicto. Hay que averiguar si ese conflicto se debe al carácter de las personas implicadas o si, por contra, es una consecuencia de la misma estructura de la empresa.
  • La estrategia perversa no aspira a destruir al otro inmediatamente; prefiere someterlo poco a poco y mantenerlo a su disposición. Lo importante es conservar el poder y controlar. Si la víctima es demasiado dócil, el juego no resulta excitante. Tiene que ofrecer una resistencia suficiente para que al perverso le apetezca prolongar la relación, pero la resistencia no puede ser tampoco excesiva, porque entonces se sentiría amenazado.
  • Cuando a un perverso se le pregunta algo directamente, elude la comunicación. Como no habla, impone una imagen de grandeza o de sabiduría.
  • En el registro de la comunicación perversa, por encima de todo hay que impedir que el otro piense, comprenda o reaccione.
  • El mensaje de un perverso es voluntariamente vago e impreciso y genera confusión.
  • Otro procedimiento verbal habitual en los perversos es el de utilizar un lenguaje técnico, abstracto y dogmático que obliga a su interlocutor a considerar cosas de las que no entiende nada y sobre las cuales no se atreve a preguntar por miedo a parecer imbécil.
  • En lugar de mentir directamente, el perverso prefiere utilizar un conjunto de insinuaciones y de silencios a fin de crear un malentendido que luego podrá explotar en beneficio propio.
  • Tanto las maldades, o las verdades que duelen, como las calumnias o las mentiras, nacen casi siempre de la envidia.
  • Con un perverso narcisista no se produce un verdadero combate, por lo que tampoco resulta posible la reconciliación. No levanta nunca la voz y manifiesta únicamente una hostilidad fría.
  • El arte en el que el perverso narcisista destaca por excelencia es el de enfrentar a unas personas con otras, el de provocar rivalidades y celos.
  • Los perversos dan mucha seguridad a las personas más frágiles.
  • El perverso no ha sentido nunca amor en el sentido real del término.
  • El mundo del perverso narcisista está dividido en lo bueno y en lo malo. No conviene estar en el lado malo. La separación o el alejamiento no aplacan de ningún modo su odio.
  • Un perverso sabe hasta dónde puede llegar, sabe medir su violencia.
  • Para un perverso, el mayor fracaso es el de no conseguir atraer a los demás al registro de la violencia. Por lo tanto, ésta es la única manera de atajar la propagación del proceso perverso.
  • Un neurótico asume su propia unidad a través de sus conflictos internos. La noción de perversidad, en cambio, implica una estrategia de utilización del otro y luego una estrategia de destrucción del otro, sin que se produzca ningún sentimiento de culpa.
  • La palabra «perversión» (del latín pervertere: dar la vuelta, invertir) apareció en la lengua francesa en 1444 con el significado de la conversión del bien en mal. Actualmente, en su sentido corriente, esta palabra denota un juicio moral.
  • Los perversos narcisistas son considerados como psicóticos sin síntomas, que encuentran su equilibrio al descargar sobre otro el dolor que no sienten y las contradicciones internas que se niegan a percibir. No hacen daño ex profeso; hacen daño porque no saben existir de otro modo.
  • Son incapaces de experimentar auténticos sentimientos de tristeza, duelo, anhelo y reacciones depresivas, siendo esta última carencia una característica básica de sus personalidades.
  • Cuando se sienten abandonadas o defraudadas por otras personas, suelen exhibir una respuesta aparentemente depresiva pero que, examinada con mayor detenimiento, resulta ser enojo y resentimiento cargado de deseos de venganza, y no verdadera tristeza por la pérdida de una persona que apreciaban.
  • El Narciso, al no disponer de sustancia, se «conectará» al otro y, como una sanguijuela, intentará sorber su vida.
  • Son insensibles. No tienen afectos. ¿Cómo podría ser sensible una máquina de reflejos? De este modo, no sufren. No tienen historia porque están ausentes. Sólo los seres que están presentes en el mundo pueden tener una historia.
  • Señalar los errores de los demás es una manera de no ver los propios, una manera de defenderse de una angustia de orden psicótico.
  • Los perversos pueden apasionarse con una persona, una actividad o una idea, pero estos destellos son muy superficiales.
  • Los perversos, del mismo modo que los paranoicos, mantienen una distancia afectiva suficiente que les permita no comprometerse realmente.
  • Al ser incapaces de amar, procuran destruir con su cinismo la simplicidad de una relación natural.
  • Lo que el perverso envidia por encima de todo es la vida de los demás.
  • Se considera que los perversos son irresponsables porque no tienen una subjetividad real. Ausentes de sí mismos, también lo están para los demás. Si no están nunca donde se los espera, si no hay forma de sorprenderlos, es sencillamente porque no están ahí.
  • Las perversos narcisistas tienen dificultades para tomar decisiones en la vida corriente y necesitan que otras personas asuman esa responsabilidad en su lugar.
  • Suelen presentarse como moralizadores y suelen dar lecciones de rectitud a los demás.
  • La personalidad paranoica responde a las siguientes características:
    • La hipertrofia del yo: orgullo, sentimiento de superioridad.
    • La rigidez psicológica: obstinación, intolerancia, racionalidad fría, dificultad para mostrar emociones positivias, desprecio del otro.
    • La desconfianza: temor exagerado de la agresividad ajena, sensación de ser una víctima de la maldad del otro, suspicacia, celos.
    • Los juicios equivocados: interpreta acontecimientos neutros como si fueran adversos.
  • Los paranoicos toman el poder por la fuerza, mientras que los perversos lo toman mediante la seducción. También pueden recurrir a la fuerza, pero sólo cuando la seducción deja de mostrarse eficaz.
  • La gente se imagina que la víctima consiente tácitamente o que es cómplice, conscientemente o no, de la agresión que recibe.
  • El agresor evita a las personas que pueden ponerlo en peligro. Así, evita cuidadosamente enfrentarse con otros perversos narcisistas, o con paranoicos, pues son demasiado cercanos. Cuando los perversos y los paranoicos se asocian, su efecto destructor sobre la víctima designada se multiplica.
  • Muchos psicoanalistas tienden a considerar que todas las víctimas de una agresión perversa son cómplices secretos de su verdugo, con el que instauran una relación sadomasoquista que entraña una fuente de placer.
  • Las víctimas adoptan la culpabilidad del otro. Interiorizan aquello que las agrede: la mirada, los gestos y las palabras.
  • Al que no es perverso le resulta imposible imaginar de entrada tanta manipulación y tanta malevolencia.
  • Cuando una persona transparente se abre a alguien desconfiado, es probable que el desconfiado tome el poder.
  • Alice Miller ha demostrado que una educación represiva echa a perder su voluntad y lo obliga a reprimir sus sentimientos verdaderos, su creatividad, su sensibilidad y su capacidad de rebelarse.
  • Cuando las víctimas empiezan a nombrar lo que han comprendido, se vuelven peligrosas. Hay que usar el terror para hacerlas callar …
  • Si la víctima acepta la sumisión, la relación se instala en esta modalidad de una forma definitiva.
  • La presencia imprevista de testigos sobre los que ninguno de los protagonistas ha tenido tiempo de ejercer su influencia es muy importante.
  • La condena a la impotencia es la peor de las condenas.
  • Nuestra sociedad tiene una visión negativa de la culpabilidad: no hay que mostrar estados de ánimo; hay que parecer el más fuerte.
  • Aceptar la sumisión supone pagar un precio importante de tensión interior.
  • Las personas de carácter impulsivo son más sensibles al estrés, mientras que los perversos no lo son de ningún modo.
  • Como estas presiones se prolongan durante largos períodos, la resistencia del organismo se agota y se vuelve incapaz de evitar la emergencia de una ansiedad crónica. Llegados a este punto, las interrupciones neurohormonales pueden producer desórdenes funcionales y orgánicos.
  • Esperan que su agresor se disculpe, pero esto no sucederá.
  • Su estado depresivo se debe al agotamiento, a un exceso de estrés. Las víctimas se sienten vacías, cansadas y sin energía. Ya nada les interesa. No consiguen pensar ni concentrarse, ni siquiera en las actividades más triviales. Éste es el momento en que aparece la idea del suicidio.
  • Los trastornos psicosomáticos no se derivan directamente de la agresión, sino del hecho de que el sujeto es incapaz de reaccionar.
  • Las víctimas necesitan hablar de los acontecimientos que las traumatizaron, pero las evocaciones del pasado traen consigo manifestaciones psicosomáticas equivalentes al miedo. Así, presentan trastornos de memoria o de concentración.
  • A largo plazo, el miedo a enfrentarse con el agresor y el recuerdo de la situación traumática dan lugar a un comportamiento de evitación.
  • Con el tiempo, la experiencia vivida no se olvida, pero se puede participar cada vez menos de ella. Aun cuando hayan logrado una vida plena, su recuerdo todavía puede traer consigo un sufrimiento fulgurante.
  • Cuando las víctimas no consiguen desembarazarse del dominio, su vida puede quedar detenida en el trauma: su vitalidad se embota, su alegría de vivir desaparece y las iniciativas personales se vuelven imposibles.
  • Tanto en las familias como en las empresas, las víctimas no reclaman venganza casi nunca.
  • Es inútil esperar remordimientos o arrepentimiento de un agresor realmente perverso. El sufrimiento de los demás no tienen ninguna importancia para él.
  • No se vence nunca a un perverso. A lo sumo, se puede aprender alguna cosa acerca de uno mismo.
  • Sólo nos defendemos bien cuando nos sustraemos al dominio, es decir, cuando aceptamos la idea de que el agresor, sean cuales fueren los sentiminetos que le hayamos profesado o que le profesemos todavía, tiene malas intenciones y resulta peligroso para nosotros.
  • En cuanto nos encontramos en el punto de mira de un perverso, cualquier cosa que hagamos o digamos se puede volver en contra nuestra. Es mejor callar.
  • Los perversos son incapaces de imaginar que alguien pueda no mentir.
  • No hay que fiarse de los consejos de los amigos, de la familia o de las personas que procuran situarse en la posición de mediadoras, pues las relaciones más cercanas podrían no ser neutras.
  • Los únicos apoyos válidos son los que se contentan con estar ahí, presentes y disponibles, sin emitir juicios, éstos son los que, ocurra lo que ocurra, no dejarán de ser ellos mismos.
  • Una mujer a la que se ha humillado y ofendido tiene muchas dificultades a la hora de hacerse escuchar, pues no puede presentar ninguna prueba.
  • Cuando una víctima decide separarse de su cónyuge agresor, necesita encontrar la manera de que las agresiones se produzcan en presencia de otras personas que puedan luego presentarse como testigos.
  • Cuando la preja tiene hijos y, sobre todo, cuando éstos son, además, objeto de la manipulación, la víctima tiene que salvarse primero a sí misma antes de intentar protegerlos de la relación perversa.
  • Lo ideal es reaccionar lo más pronto posible, antes de vernos atrapados en una situación que no tiene otra solución que la de nuestra marcha.
  • En el ámbito profesional hay que ser extremadamente riguroroso a la hora de contrarrestrar la comunicación perversa. Es preciso anticiparse a las agresiones asegurándose de que no hay ninguna ambigüedad en las consignas y en las órdenes. Las imprecisiones y los puntos dudosos tienen que aclararse.
  • Hay que saber que cuando se comunica a los sindicatos que existe una situación de acoso, se desencadena un conflicto. En este caso, la intervención del sindicato consiste en negociar la marcha del empleado. Por lo tanto, no podemos esperar de él una mediación, pues los representantes de la plantilla desempeñan una función esencialmente reivindicativa, y no un papel de escucha y de mediación.
  • Si el patrón no ha sabido detener el acoso, es poco probable que él mismo solicite posteriormente un acuerdo.
  • En Suecia, el acoso moral en la empresa es un delito desde el año 1993. También se lo reconoce como delito en Alemania, en los Estados Unidos, en Italia y en Australia.
  • Prevenir supone volver a introducir el diálogo y la comunicación verdadera. El médico laboral desempeña una función primordial.
  • Sería deseable que, en las reglamentaciones internas y en los convenios colectivos, se incluyeran cláusulas de protección contra el acoso moral; y que se adoptaran asimismo normas jurídicas estrictas aplicables en el ámbito laboral.
  • Se debe hacer saber que el proceso de acoso existe, que es frecuente y que se puede evitar.
  • Las situaciones perversas sólo se desarrollan si se las alimenta o se las tolera.
  • La neutralidad condescendiente de los psicoanalistas, que a veces se convierte en frialdad, no resulta recomendable para los pacientes que han sido heridos en su narcisismo.
  • El silencio del psicoanalista es como un eco de la negativa de comunicación por parte del perverso y trae consigo una victimización secundaria.
  • Tenemos que aprender a pensar fuera de toda referencia, al margen de nuestras certezas, y atrevernos a cuestionar los dogmas freudianos.
  • El hecho de nombrar la manipulación perversa no conduce a la víctima a repetirse, sino que, por el contrario, le permite liberarse de la negación y de la culpabilidad. Quitarse de encima el peso de la ambigüedad de las palabras y de los asuntos silenciados facilita el acceso a la libertad.
  • Al paciewnte hay que pedirle asimismo que hable de la ira que no ha podido manifestar a causa del dominio, y hay que permitirle que describa y que sienta las emociones que han sido censuradas. Si el paciente no encuentra las palabras adecuadas, hay que ayudarle a verbalizar.
  • Una vez que haya nombrado la perversión, la víctima deberá volver a pensar los acontecimientos de su pasado en función de lo que ha aprendido sobre la agresión. Sus antiguos criterios de interpretación son correctos. Registró una gran cantidad de datos que, en su día, no llegaron a adoptar ningún sentimiento, pues fueron disociados.
  • Como en todo trauma, existe un riesgo de fijación en un punto preciso del dolor, que impide que la víctima pueda desprenderse de él. El conflicto se convierte entonces en su único tema de reflexión, y domina su pensamiento.
  • La dificultad que encontramos en las personas que han padecido desde su infancia una influencia y una violencia ocultas es que no saben funcionar de otro modo y dan la impresión de agarrarse a su propio sufrimiento. No se ama el sufrimiento en sí mismo, lo cual constituiría masoquismo, sino que se ama a todo el contexto en el que se aprendieron los primeros comportamientos.
  • Los recuerdos involuntarios e intrusivos suponen una especie de repetición del trauma. Para evitar la angustia ligada a los recuerdos de la violencia que padecieron, las víctimas intentan controlar sus emociones. Pero, para empezar a vivir de nuevo, tienen que aceptar su propia angustia y saber que no desaparecerá inmediatamente. De hecho, necesitan asumir y soltar su impotencia a través de un verdadero trabajo de duelo.
  • Uno puede decidir que, en lo sucesivo, se hará respetar. El ser humano que ha sido tratado cruelmente puede encontrar en la conciencia de su impotencia nuevas fuerzas para el porvenir.
  • Las víctimas, sin ser depresivas, tienen unos esquemas cognitivos predepresivos que se han infiltrado en su personalidad mediante creencias del tipo «si cometo un error, no valgo para nada».
  • Freud utilizó la hipnosis y la sugestión al principio. Luego, las abandonó porque le pareció que se basaban en la seducción y en una influencia alienante.
  • Es muy difícil que un perverso narcisista acuda a un consultorio de terapia familiar o de pareja, pues le resulta imposible cuestionarse a sí mismo realmente. Los que se atreven son individuos que utilizan defensas perversas, pero que no son auténticamente perversos.
  • Sólo cuando la víctima esté suficientemente restablecida podrá iniciar un psicoanálisis, es decir, comprender, a través de un trabajo de rememoración y de elaboración, qué aspecto de su historia infantil puede explicar su excesiva tolerancia con el otro y su exposición de unas grietas que facilitan el enganche perverso.
  • El psicoanálisis no es suficiente. Ninguna terapia ofrece una solución milagrosa que consiga evitarle al paciente un esfuerzo en pos del cambio.
  • En todas las épocas ha habido seres carentes de escrúpulos, calculadores y manipuladores, y para los que el fin justifica los medios.
  • En un sistema que funciona según la ley del más fuerte, o del más malicioso, los perversos son los amos. Cuando el éxito es el valor principal, la honradez parece una debilidad y la perversidad adopta un aire de picardía.
  • Con el pretexto de la tolerancia, las sociedades occidentales renuncian poco a poco a sus propias prohibiciones. Al aceptar demasiado, permiten que se desarrollen en su seno los funcionamientos perversos.
  • Basta con que un grupo, una empresa o un gobierno cuenten con uno o con varios individuos perversos para que todo el sistema se vuelva perverso.
  • Más allá del aspecto individual del acoso moral, se nos plantean dilemas más generales. ¿Cómo restablecer el respeto entre los individuos? ¿Qué límites debemos poner a nuestra tolerancia?
  • Si no queremos que nuestras relaciones humanas acaben completamente reglamentadas por leyes, es esencial prevenir a los niños.

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