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Sálvate, la vida te espera de Boris Cyrulnik – Apuntes

Posted by Raul Barral Tamayo en martes, 28 de mayo, 2019


Título original: Sauve-toi, la vie t’appelle.
© 2012, Odile Jacob
Editorial: Debate.


He nacido dos veces. La primera vez no estaba allí. Mi cuerpo vino al mundo el 26 de julio de 1973 en Burdeos. Me lo han contado, y estoy obligado a creerlo ya que no guardo ningún recuerdo. Mi segundo nacimiento está grabado en mi memoria. Una noche fui arrestado por unos hombres armados que rodeaban mi cama. Venían a buscarme para matarme. Mi historia nace aquella noche.

Boris Cyrulnik, eminente psiquiatra y psicólogo, profundo conocedor de la mente, vivió una infancia traumática. Separado de sus padres, que fueron asesinados en campos de concentración, vivió como un fugitivo, escondido en casas de familias de acogida y en orfanatos. Como la mayoría de los supervivientes al volver de los campos, y como la mayoría de personas que han vivido situaciones traumáticas durante su infancia, Boris Cyrulnik se refugió en el silencio después de la guerra.

Sálvate, la vida te llama es un libro sobre el trauma, sobre las heridas y la sanación, sobre la imposibilidad de contar en un mundo en el que no se quiere escuchar. Sobre la indiferencia que mata y los vínculos que salvan, sobre las ilusiones del recuerdo, sobre ese fenómeno extraño que se llama memoria, que no es la reconstrucción del pasado sino su representación, y que no cuenta la verdad histórica de los hechos sino otra verdad, todavía más real: la de la persona que recuerda. A través del relato de su propia historia, Boris Cyrulnik ayuda a todos aquellos que intentan escapar de un pasado marcado por el dolor.

Boris Cyrulnik nació en Burdeos en 1937 en el seno de una familia judía de origen ruso. Sus padres fueron víctimas del nazimos, y murieron en un campo de concentración cuando él todavía era un niño. Esta experiencia traumática lo empujó a convertirse en neuropsiquiatra y ahondar en el estudio de los traumas infantiles. Actualmente dirige un equipo de investigación en el hospital de Toulon y es director de estudios en la universidad de esa misma ciudad.

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Madame Farges: “Si le dejan vivir, no le diremos que es judío”. Esos hombres querían que yo no viviera.
  • Incluso cuando todo va bien, basta un indicio para reavivar un rastro del pasado. La vida diaria, las relaciones, los proyectos sepultan el drama en la memoria, pero a la menor evocación (la hierba entre los adoquines, una escalera mal construida) puede surgir un recuerdo. Nada se borra, simplemente creemos haber olvidado.
  • Cada acontecimiento grabado en la memoria constituye un elemento de la quimera de uno mismo.
  • Riquette me explicaba: “Allí hay una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra. Haremos que crezcan flores en el desierto”. La frase me parecía muy bonita, pero le replicaba desde la llaneza de mis 8 años: “aunque esa tierra sea un desierto, es un desierto palestino. No debemos ir”. Riquette consideraba que Francia nos había agredido. Yo juzgaba, por el contrario, que nos había protegido.
  • Cuarenta años de silencio. Eso no significa cuarenta años sin relatos íntimos. Yo me contaba una y otra vez mi historia, pero no la contaba. Me hubiera gustado hablar de ello. Lo mencionaba, evocaba los acontecimientos pasados, pero cada vez que desvelaba el más mínimo recuerdo, la reacción de los demás, desconcertados, dubitativos o ávidos de desgracias, me obligaba a callar. Uno se siente mucho mejor cuando calla. Me hubiera gustado hablar con naturalidad, pero ¿se puede hablar de esto con naturalidad? Por suerte, las circunstancias dan una oportunidad a la palabra.
  • La vida es una locura, ¿no es cierto? Por eso es apasionante. Imaginen que somos personas equilibradas con una vida apacible, no habría ni suceso, ni crisis, ni trauma que superar, únicamente turina, nada que recordar; ni siquiera seríamos capaces de descubrir quiénes somos. Si no hay sucesos no hay historia, no hay identidad. Los seres humanos son apasionantes porque su vida es una locura.
  • Cuando la memoria es sana, construimos una representación de nosotros mismos coherente y tranquilizadora. Esa representación coherente de mí me daba confianza, porque entonces ya sabía qué tenía que hacer para sentirme bien.
  • Una memoria traumática no permite construir una representación de uno mismo que proporcione seguridad, porque al evocarla se rememora de nuevo la imagen del choque. Un gesto que os traiciona transforma en enemigos a quienes, dos segundos antes, os declabaraban su afecto y que de repente se quedan paralizados. Basta con articular la palabra “judío” para que todo quede trastocado. Basta con callarse para poder vivir.
  • En la memoria sana, la representación de uno mismo cuenta la manera de vivir que nos permite ser felices. En la memoria traumática, un desgarro increíble fija la imagen pasada y enturbia el pensamiento.
  • El mundo íntimo solo se llena con lo que los otros aportan a él: las fiestas, las peleas, los hechos imprevistos. Nadie otorga el mismo significado al mismo hecho.
  • Cuando la memoria es sana, la clara representación de uno mismo permite planificar nuestras conductas futuras. Cuando nos desgarra una catástrofe, la rutina ya no consigue resolver ese problema imprevisto, habrá que encontrar otra solución. Pero cuando el desgarro nos aniquila porque es demasiado intenso o porque nos han debilitado heridas anteriores, nos quedamos estupefactos, aturdidos, en un estado de agonía psíquica.
  • La clínica del trauma describe una memoria especial: se impone, intrusiva, como una representación dolorosa que se apodera de nuestra alma. Prisioneros del pasado, repasamos sin cesar las imágenes insoportables que de noche pueblan nuestras pesadillas. Cualquier banalidad despierta el desgarro.
  • Fascinado por la imagen del horror instalada en su memoria, el herido se aleja del mundo que le rodea. Parece indiferente, embotado, como aletargado. Si alma, poseída por la desgracia sufrida, no le permite interesarse por lo que ocurre a su alrededor. Parece lejano, ajeno a todo y, sin embargo, su mundo interior está en plena agitación.
  • El mundo que percibo con mi sensibilidad adquirida confirma la impronta de lo que he vivido: asl haber estado en peligro, distingo con más facilidad todos sus signos. Los niños que han sido maltratados perciben el menor indicio que podría anunciar el maltrato. Un adulto que nunca ha vidido esa experiencia dirá que son imaginaciones, que sin duda se exagera.
  • Así es como funciona más o menos la memoria traumática: una imagen clara sorprendentemente precisa, rodeada de percepciones borrosas, una certeza envuelta en creencias. Ese tipo de memoria parecida a una huella biológica no es inexorable, aunque esté grabada en el cerebro.
  • La cascada de pequeños traumas cotidianos repite desgarros menos espectaculares que una catástrofe natural o una detención por la Gestapo, y sin embargo daña el desarrollo. Esas dificultades epigenéticas aumentan la vulnerabilidad del niño.
  • Los dos factores de protección más valiosos son el apego seguro y la posibilidad de verbalizar. El hecho de ser capaz de hacerse una representación verbal de lo que nos ha sucedido y de encotrar a alguien a quien dirigir ese relato facilita el control emocional. El sentimiento de seguridad impide que la memoria visual se apodere del mundo íntimo e imponga en él imágenes de horror. Todos los traumatizados tienen una buena memoria de imágenes y una mala memoria de palabras.
  • El desarrollo que debilita el alma y permite que se origine un síndome traumático está determinado por un aislamiento sensorial y una dificultad para verbalizar, que son anteriores al trauma.
  • En la memoria traumática se impone un recuerdo. Si domina mal el instrumento verbal o si su medio le impide hablar, se reunirán todas las condiciones del sufrimiento traumático: una vez fijada la memoria, el sujeto prisionero de su pasado no puede dejar de pensar en él y de padecer la evocación de los recuerdos.
  • Si antes del trauma el sujeto había adquirido seguridad y hablaba correctamente, si después del trauma obtuvo el apoyo necesario y fue escuchado, la memoria evoluciona porque está sana. Cuando la memoria está sana, los recuerdos se organizan.
  • La contaminación afectiva del pr esente por el pasado se añade a las distorsiones inevitables de la representación de los hechos pasados.
  • Esa labor integradora de la memoria explica que existan con frecuencia falsos recuerdos, lo que no quiere decir mentiras. Uno puede acordarse de un hecho que no ha ocurrido jamás.
  • No es raro que niños que han sido terriblemente maltratados sostengan veinte años más tarde que jamás lo han sido. Cuando por fin son felices, ven el pasado de otra manera.
  • Evitar la representación inquietante del pasado me permitía no angustiarme, no cavilar en exceso y no deprimirme. Pero al impedir la verdadera representación de mí, perturbaba la relación con los demás. Me sentía alegre, en paz y, de repente, cuando una palabra o un acontecimiento evocaban la ruina de mi infancia, me callaba.
  • Mis pésimas calificaciones confirmaban mi inferioridad, como la habían afirmado los alemanes y sus aliados colaboradores. Como yo no entendía nada, tenían razón en despreciarme y tal vez incluso en haber querido eliminarme.
  • Relatar la vida no es exponer una cadena de acontecimientos, sino organizar nuestros recuerdos para poner en orden la representación de lo que nos ha sucedido y, a la vez, modificar el mundo mental del que escucha. El sentimiento que se experimenta tras haber hecho el relato de uno mismo depende de las reacciones del otro.
  • Cuando un adulto no me creía, cuando se reía de mi “inventiva”, cuando un amigo se negaba a jugar conmigo me resignaba al silencio.
  • La primera consecuencia de una desorganización del medio en torno a un niño es que se vuelve incapaz de ordenar su propia representación del tiempo.
  • Es difícil vivir cuando todo está aletargado.
  • Sufrir por la realidad no tiene el mismo efecto que sufrir por la representación de esa realidad.
  • Durante el período de la guerra, ese proceso de la memoria no es posible. Hay que vivir rápido, comprender y decidir, pasar a la acción en vez de analizar. Esa adaptación permite la supervivencia, pero no la representación de lo sucedido. Se capta una información inquietante a la que se reacciona al momento. Se puede resolver un problema sin comprenderlo. Se tratan todas las informaciones sin tomar conciencia de las mismas. No hay emoción, no hay análisis; la ausencia de sentimientos y la acción bastan para dar fuerza.
  • En todos los países en guerra se observa esta reacción paradójica: los niños parecen fuertes durante la guerra y luego se derrumban.
  • El coping no es la resiliencia. El cpoing consiste en enfrentarse a la prueba en el momento en que se presenta. Se hablará de resiliencia más tarde, retroactivamente, cuando el niño tenga que enfrentarse en su memoria a la representación de lo que ha sufrido. El coping es sincrónico, la resiliencia es diacrónica. Uno se enfrenta a la prueba con lo que es en aquel momento. Tiempo después, cuando se piensa de nuevo en ella, se trata de comprender lo que ha ocurrido para poner fin a la confusión, para controlar la representación.
  • No se suscita el apego de un niño atiborrándolo, lo único que se consigue es empalagarlo. El vínculo se teje proporcionándole seguridad y jugando con él.
  • La estructura de la agresión estructura la reacción traumática. Para que haya trastornos psíquicos, es preciso que haya una desorganización familiar y social.
  • Esa discordancia entre el sujeto preocupado por su historia y el entorno que no quiere ni oír hablar es habitual en todas las culturas.
  • Uno de los presentes dijo: “Suerte que no estornudaste. El soldado alemán te habría matado”.  De inmediato decidí meterme briznas de hierba en la nariz para provocarme ganas de estornudar y reprimirlas. ¡Funcionaba! Tenía los ojos llenos de lágrimas y a veces me sangraba la nariz, pero no estornudaba.
  • Nunca lloré, ni por la muerte de mis padres ni por mi infancia en agonía. Nada que decir; era demasiado pequeño para un duelo. Las lágrimas aparecieron más tarde.
  • Lo que otorga el poder traumatizante a un rechazo banal es un significado, no el acto.
  • Para un niño de la Asistencia, la bata de infamia significa: “Valgo menos que los otros”. Los zapatos de tacón alto son angustiosos porque anuncian la posibilidad del abuso sexual.
  • Después de la guerra, los sucesivos internamientos y los cambios de institución impedían tejer un apego. Cualquier inicio de vínculo era destruido inmediatamente para ir a una institución anónima. Una serie de estancias en lugares que no conocía, junto a personas que he olvidado por completo, impedía cualquier representación coherente.
  • Hacer el payaso es una cosa muy seria, sientes que revives, te aplauden, te quieren, la vida regresa suavemente.
  • Nunca odié a los alemanes, temía a los milicianos.
  • Mi memoria no se confunde cuando representa los años de la guerra; en cambio, se torna imprecisa en cuanto se restablece la paz.
  • Si la pérdida de mis padres se hubiera producido antes de los dos años, habría supuesto para mí un factor grave de vulnerabilidad. No habría tenido la palabra a mi disposición, ese instrumento de regulación afectiva. Habría estado dominado por mis emociones, no habría sabido manejar mis relaciones, no habría soportado las duras pruebas por las que pasé después.
  • Los períodos de aislamiento no permiten el recuerdo. Cuando el mundo está vacío, ¿qué se puede guardar en la memoria?
  • Una pérdida precoz, antes de empezar a hablar, imprime en la memoria una aptitud para experimentar un sentimiento de pérdida, la menor separación posterior puede desencadenar una depresión.
  • Quienes han sido aislados antes de empezar a hablar, como han adquirido una vulnerabilidad emocional, viven esos contratiempos inevitables como una pérdida irremediable.
  • Un niño queha ya adquirido seguridad se orienta hacia las figuras de apego que le convienen. Se acerca, sonríe y habla con ese adulto.
  • Cuando se produce una pérdida precoz en un período sensible del desarrollo y el meido no propone ningún sustituto afectivo, el niño se encuentra en una situación de aislamiento sensorial en el que nada es estimulado, ni su cerebro, ni su memoria, ni su historia. Y si el aislamiento dura demasiado tiempo, el cerebro se seca, la memoria se apaga, la personalidad ya no puede desarrollarse. En ese caso, la resiliencia resulta difícil.
  • Cuando somos felices, acudimos a nuestra memoria en busca de unos pocos fragmentos de verdad que reunimos para dar coherencia al bienestar que sentimos. En caso de desgracia, buscaremos otros fragmentos de verdad que también den otra coherencia a nuestro sufrimiento. En todos los casos, será tan cierto como lo son las quimeras, esos monstruos imaginarios cuyos elementos son todos verdaderos.
  • El ser humano está estructurado por la estructura de sus medios. Nuestra principal libertad conssite en buscar el medio donde podremos desarrollarnos según nuestras esperanzas, o en modelar el medio que nos modelará.
  • Cuando los alemanes eran los vencedores, tenían una mentalidad de superhombres robots, sometidos a las órdenes de sus jefes y legitimando sus crímenes a base de recitar algunos eslóganes moralizadores. En cuanto fueron derrotados, volvieron a ser tímidos, educados y respetuosos de los rituales que nos permiten la convivencia.
  • Al llegar la Liberación, algunos franceses que habían pasado de oprimidos a vencedores también dieron rienda suelta a su pulsiones sádicas. El fenómeno de las mujeres rapadas es el síntoma más visible. La inmensa mayoría de los franceses reaccionaron con dignidad.
  • El relato del drama pasado depende tanto de la persona que somos en el momento en que pensamos en él como de la persona con la que habalmos de él.
  • Cuando se modifica la representación tratando de comprender y de hacerse comprender, el relato compartido modifica el sentimiento: atormentarse o modificar, estos son los dos caminos que se nos proponen después de un trauma.
  • Cuando uno piensa en su pasado y se encuentra con amigos de juventud, surge un sentimiento de amistad hacia compañeros de clase con los que apena se hablaba.
  • No somos sensibles a todos los objetos y acontecimientos que nos rodean. Si tuviéramos que procesar todas las informaciones, nada tomaría forma, estaríamos confundidos. Para tener las ideas claras,, tenemos que olvidar.
  • Para representarnos nuestro pasado de manera indudable, solo tenemos que destacar los recuerdos que corresponden al estado en que nos encontramos cuando hacemos el esfuerzo de evocarlos.
  • El pasado se vuelve coherente gracias a nuestros olvidos y a nuestras remodelaciones afectivas. Cuando el mundo es claro, somos capaces de decidir qué sueños queríamos realizar siempre cuando éramos niños.
  • La memoria traumática está compuesta de un conjunto de imágenes precisas, rodeadas de un halo de palabras y de sentimientos inciertos que debemos remodelar para no deprimirnos. En esa zona en reconstrucción es donde la creatividad nos proporciona un instrumento de resiliencia. Cuando todo es demasiado claro, estamos sometidos a la repetición, solo podemos recitar. En el asombro es donde experimentamos el placer de esclarecer. La parte luminosa nos aporta archivos verificables, mientras que la zona en sombra nos invita a la creatividad.
  • Todos los heridos del alama sienten el efecto protector del silencio.
  • Los golpes duelen en el momento de recibirlos, peor cuando carecen de significado no causan un daño afectivo.
  • Las posguerras son revoluciones culturales en las que hay que repensarlo todo.
  • Un traumatizado no elige el silencio. Es su contexto el que le hace callar.
  • Durante la guerra uno calla para no morrir. Después de la guerra, sigue callando para compartir con los otros únicamente lo que son capaces de entender. Es curiosa esta cultura que reprocha a los heridos no haber hablado, cuando es la propia cultura la que les hace callar.
  • La verdad narrativa no es la verdad histórica, es la adaptación que hace soportable la existencia. Cuando la realidad es caótica, lo que la convierte en coherente es establecer un acuerdo con la memoria.
  • No hay ninguna historia inocente. Contar es exponerse al peligro. Callarse es aislarse.
  • Fueron muchos los judíos en edad de combatir que participaron en la lucha contra el nazismo.
  • Me encantaba la película de Charles Chaplin El gran dictador, cuyo guión respondía a mis fantasías más insensatas, cuando de niño soñaba que un día ridiculizaría a Hitler. El diario de Ana Frank fue la película que más sosiego me proporcionó.
  • La literatura sobre los campos de concentración no me procuraba sosiego. Al contrario, confirmaba mi monstruosidad. Nadie soportaba leer o escuchar semejantes testimonios. Fue la ficción la que actuó de bálsamo sobre mis heridas.
  • En toda obra imaginativa hay un relato de uno mismo. En toda autobiografía hay una remodelación imaginaria.
  • No se sufre cuando se está en coma. Solo se sufre si se vive.
  • A partir de los siete años, en plena ruina afectiva, descubrí el sorprendente placer de contarme lo que no podía decir.
  • No todos los heridos del alma reaccionaron del mismo modo. Algunos permanecieron en un estado de agonía psíquica, prisioneros del pasado, dominados por las imágenes que se repetían en su interior. Otros se defendieron mediante el odio, como si la cólera pudiese protegerlos de la depresión. Uno no se siente tan mal si puede agredir a aquellos a quienes atribuye la causa de sus desgracias.
  • Tardé mucho en comprender que antes de arriesgarse a hablar, es preciso lograr que los otros sean capaces de escuchar.
  • Yo no odiaba a los alemanes, ya que había comprendido que lo que los había vuelto crueles no era la maldad, sino su sumisión a una teoría absurda.
  • Cioran conoció el placer de someterse a un fanatismo absurdo cuando saludaba a Hitler recitando consignas antisemitas. Luego, asustado por esta terrorífica felicidad, evolucionó hacia una libertad anárquica talentosa en la que su autocinismo se convirtió en una forma de humor.
  • Cuando el entorno no está dispuesto a escucharos o cuando los relatos del entorno narran una cosa distinta a la que habéis vivido, es difícil y hasta peligroso testimoniar. Decir es ser excluido. Callarse es aceptar la amputación de una parte del alma.
  • Todavía hoy me impresiona nuestra incapacidad para limitar el pensamiento. Apenas acabamos de descubrir un hecho y ya lo generalizamos hasta el absurdo. Nuestro deseo de descubrir las leyes generales que regulen nuestra conducta nos lleva a inventar fábular a las que nos sometemos.
  • Ya sea colectiva o individual la memoria es intencional: busca en el pasado los hechos que dan forma a lo que uno siente en el presente. Cuando en un grupo se comparte un mismo relato, cada uno recibe la seguridad que le proporciona la presencia del otro. Contar la misma historia, creer en las mismas representaciones engendra un sentimiento de gran familiaridad. Por eso, los relatos compartidos, los mitos narrados, las plegarías recitadas constituyen excelentes tranquilizantes culturales.
  • El trauma colectivo solidariza a los miembros del grupo que se reúnen para hacer frente al agresor, mientras que el trauma individual desune porque induce a relatos imposibles de compartir.
  • Así funcionan las sociedades totalitarias en las que cualquier intento de aventura personal, como el arte o la psicología, es considerado una blasfemia contra el que ha concebido la ciudad ideal.
  • Cuanto menos conocimientos se tienen, más son las certezas.
  • En una relación personal entre dos o tres personas solamente, cuando uno sufre una indisposición, es muy probable que sea atendido, pero en una relación anónima, entre una multitud o una masa colectiva, es casi moral abandonar al que impide avanzar.
  • Los padres son ante todo envolturas afectivas. Hay que esperar unos años para que el niño sea capaz de representarse las representaciones del adulto que le cuida. En primer lugar, entra en contacto con él. Más tarde, accede a su mundo mental.
  • Los rituales recuerdan la historia del grupo, forman parte de la identidad colectiva y, en caso de que sobrevenga una desgracia, organizan una red de apoyo afectivo y social. Creer no significa nada: lo que nos proporciona seguridad y nos identifca es el vínculo del grupo.
  • La madurez precoz no es un signo de buen desarrollo; más bien es una prueba de seriedad anormal en un niño. Bajo el efecto del trauma, los niños se apagan y los adultos admiran su “madurez”. El niño abatido no juega y trata de dar una forma verbal a su abatimiento. Cuando todo se hunde a su alrededor, pierden el placer de jugar a vivir, pero antes de hundirse ellos también en la agonía psíquica, se refugian en algo que todavía les proporciona el placer de vivir: el intelectualismo. Como ya no juegan a explorar la vida, se ven obligados a descifrar el mundo para no morir del todo.
  • Un niño generaliza demasiado deprisa, todavía no ha vivido lo suficiente para conocer el matiz.
  • Un trauma que aisla a un niño durante mucho tiempo desgasta su alma, el apego se extingue.
  • Cuando la realidad es descorazonadora y cuesta encontrar el camino, nos refugiamos en una ensoñación diurna excesiva.
  • En aquellos años de posguerra estábamos muy politizados. La filosofía no nos daba miedo y nos enzarzábamos en discusiones muy por encima de nuestras capacidades.
  • Una relación verdadera provoca una influencia recíproca. Son dos mundos íntimos que interactúan y uno modifica al otro.
  • Los niños de los barrios ricos raramente están solos en la calle.
  • Explicar el sufrimiento sin transformarlo no hacía más que mantenerlo, como un lamento.
  • ¿Se puede vivir sin mitos? Cuando una experiencia colectiva es penosa, cuando la situación social es difícil, cuando el mundo íntimo está desquiciado, el mito nos reúne y da sentido a nuestros sufrimientos.
  • La evolución perversa comienza cuando el mito se convierte en dogma y nos pide que creamos que no hay otra verdad. Cuando el mito necesario se convierte en un dogma fijista, cualquier opinión diferente, aunque cercana, se interpreta como una transgresión. Cuando se necesita un mito para ser respaldado, la menor variación, interpretada como una agresión, justifica una respuesta violenta con el pretexto de la legítima defensa.
  • La memoria traumática es una huella fijada que no evoluciona. Aparece inesperadamente, evocada a veces por un simple indicio percibido en el entorno.
  • La memoria de uno mismo está fuertemente vinculada a los marcos sociales. Las historias que contamos dependen de nuestra posición social y de los relatos de la cultura en que estamos inmersos.
  • La memoria traumática es un recuerdo inmovilizado que se repite sin cesar. Es una detención de la historia, una memoria muerta.
  • Lo que me sorprende es la increíble sumisión de algunos hombres que son capaces de matar, simplemente para obedecer.
  • Fue preciso que los historiadores, los filósofos, los testigos y los artistas elaboraran los hechos que salieron a la luz en este proceso (Papon) para que nuestra cultura aprendiera a hablar de ellos.
  • Todas las religiones piden perdón por un daño intencionado o involuntario que se hace al prójimo.
  • Para mí, no se trata de elegir entre castigar o perdonar, sino entre comprender para ganar un poco de libertad o someterse para experimentar la felicidad en la esclavitud. Odiar es permanecer prisionero del pasado. Para superarlo, es preferible comprender que perdonar.
  • He sacado la conclusión de que toda memoria, todo relato de uno mismo es una representación de su pasado.
  • La desgracia de la guerra me enseñó el arte el silencio.

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