Raul Barral Tamayo's Blog

Frases Llenas

  • Calendario

    abril 2020
    L M X J V S D
     12345
    6789101112
    13141516171819
    20212223242526
    27282930  
  • Estadísticas

    • 1.160.870 páginas vistas
  • Archivos

  • Últimos Posts Más Vistos

  • Top Últimos Clicks

A LA PUTA CALLE de Cristina Fallarás – Apuntes

Posted by Raul Barral Tamayo en jueves, 23 de abril, 2020


© Cristina Fallarás, 2013
Editorial: Editorial Planeta.

Este libro es una crónica en primera persona de un desahucio, el de Cristina Fallarás, periodista, escritora premiada y editora digital. Su rostro es el de los nuevos pobres españoles: profesionales con décadas de experiencia y vida laboral a sus espaldas, con hijos. Y hoy, sin recursos económicos, en algunos casos, para conservar ni siquiera el techo.

Fallarás narra el día a día del proceso de empobrecimiento que le ha llevadop, como a cientos de miles de personas en España, desde el despido fruto de la crisis económica hasta la notificación de desahucio. Además, denuncia la actuación de bancos y partidos políticos, analiza el contexto, se cabrea … Dibuja, en definitiva, un retrado ácido, lúcido y valiente de la situación española actual.

Cristina Fallarás (Zaragoza, 1968), periodista y escritora, estudió Ciencias de la Información en la Universidad Autónoma de Barcelona, ciudad en la que sigue residiendo. Ha ejercido como periodista en El Mundo, Cadena Ser, Radio Nacional de España, El Periódico, Antena 3, Cuatro, COM Ràdio y Radio Principado de Asturias. Ha sido (por este orden) redactora de calle, entrevistadora, reportera, guionista de radio y televisión, columnista política, columnista cultural, articulista, jefa de sección, jefa de redacción y subdirectora. Participó en el diseño de la redacción del diario ADN, del que es cofundadora y donde ejerció de subdirectora, y colaboró en el proyecto periodístico del diario online Factual, del que también es cofundadora y del que creó la redacción y ejerció de subdirectora.  Actualmente dirige la página de debate y la editorial Sigueleyendo.es, creadas por ella, y trabaja de asesora en temas de comunicación online para el sector editorial y los medios de comunicación. Tiene un blog en el diario El Mundo en la sección «Ellas».

Algunas de las cosillas que aprendí leyendo este libro que no tienen porque ser ni ciertas ni falsas ni todo lo contrario:

  • Artículo 47 de la Constitución Española: «Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. La comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los entes públicos».
  • Nosotros no entendemos nada de esas cosas suyas, el incremento de la ratio de cobertura, primas, riesgos, test, mercados. Pero ustedes entienden mucho menos de lo nuestro. No entienden nada denada, porque son los únicos que estrenan trajes, porque el pánico peludo hay que haberlo vivido, y la miseria. Nosotros somos los que no esperamos ya el principio de mes. Ustedes son de los que creen que lo que no se nombra no existe. Ustedes acostumbran a pensar que los pobres y los desahuciados no saben escribir ni expresarse.
  • La tarde del martes 13 de noviembre de 2012 me senté a escribir una crónica para el diario El Mundo. En el momento en el que me senté ante el teclado, en la galería de una casa que nunca ha sido ni será ya mía pero donde vivo con mis hijos desde que el mayor cumplió tres, en ese preciso instante dejé, no sé aún por cuánto tiempo, de ser una escritora, periodista y editora, para convertirme en una desahuciada. Eso sí, una desahuciada capaz de narrarlo por escrito, de contarlo argumentado ante una cámara y con experiencia, algo sumamente cómodo, claro. Un testimonio directo en primera persona resulta muy cómodo e impactante.
  • Cuando una oye en la oficina bancaria «servicios jurídicos», sabe que las cosas han pasado a un lugar en el que se manejan otras palabras, otros términos. Es una sensación similar a la que provocaban «las cosas de los mayores» en la primera adolescencia. Tendrás que vivirlas, vas a oírlas, pero lo esencial se te va a escapar.
  • Un desahucio es un camino largo, muy largo, en el que cuando interviene el juez tú ya andas un poco menos recta.
  • La sensación que he guardado bien: no me puede pasar a mí, aunque diga (yo) que nos puede pasar a todos, aunque no pueda pagar, aunque esté entre los primeros despidos de la crisis, hace ya cuatro años. No quiero que se rompa la sensación de que si sigo trabajando, si sigo escribiendo, si sigo publicando pasará algo. ¿Qué? Yo qué sé.
  • Cuando una persona deja de pagar su alquiler o su hipoteca es porque no tiene dinero para hacerlo. Parece de Perogrullo, ¿no? Cuando una persona no tiene dinero para pagar su casa, si se la quitas o si te la da (la dación en pago es una medida rastrera) ¿dónde crees que puede ir? ¿Crees que alguien le va a alquilar un piso? Y en el remotísimo caso de que así sea, ¿cómo va a pagarlo (de nuevo)?
  • La furia con la que he vivido durante los últimos años ha dado paso a una sensación de desánimo, vergüenza y soledad.
  • Los ciudadanos ya no creen en el papel de sus políticos. A mí me parece sencillamente que no hay gobierno, y me abruma este país que veo retroceder, con peineta y banqueros, hacia épocas que no recuerdo haber vivido.
  • Este libro no es un ensayo sobre los desahucios ni sobre la crisis económica en España. Este libro es la narración de mi desahucio, un proceso de hundimiento en la miseria que arranca el día que me despidieron de un diario, a finales de 2008, y termina aquella tarde del 13 de noviembre de 2012 en la que el tipo llamó a la puerta y me convirtió en un desahauciada.
  • Considero que en una situación como la de la crisis actual española, con cerca de un 30% de la población en paro y una creación de empleo igual a cero, el desahucio arranca cuando te dejan sin trabajo, cuando te despiden.
  • Ganarse la vida es algo en lo que uno piensa a menudo en el larguísimo camino que va desde el despido hasta el desahucio.
  • Esta lotería funebre ya no les toca sólo a los miembros de lo que se denomina, malditas palabras, «los más desfavorecidos». Esta lotería ha empezado a tocarle con furia a los miembros de lo que llaman clase media profesional.
  • Esta narración es un ejemplo de la dificultad, la enorme e increíble dificultad que las personas que aún no han caído en el hoyo tienen de entender que el problema de los desahucios y el desempleo ya no es cosa de unos pocos, sino que representa la situación de un gran porcentaje de la población.
  • Primero de despiden. A la puta calle UNO. Luego te comes el paro. Luego te meriendas los ahorros. Luego te cortan los suministros y te desahucian. Ñam, ñam, ñam. A la puta calle DOS.
  • Desahucio tipo A: Es el que cae por su propio peso, fruto de la llamada «burbuja inmobiliaria». Este desahucio deja sin casa a aquellas personas que obtuvieron un crédito «contaminado» o «malo», otorgado por un sistema putrefacto. El banco que aprobó su crédito sabía que esas personas no podrían pagarlo, pero le dio igual o no quiso verlo, que viene a ser lo mismo. Desahucio tipo B: Es el que no se veía venir, que de alguna manera resultaba imposible de prever. Este desahucio deja sin casa a aquellas personas que recibieron el crédito hipotecario en condiciones llamémoslas correctas. Estos desahucios no son fruto, en general, de la burbuja inmobiliaria, sino de los niveles inéditos y estratosféricos de desempleo que ha alcanzado España.
  • En España, el tiempo máximo, MÁXIMO, que un trabajador puede cobrar el paro, o sea, el subsidio de desempleo que le corresponde, es de setecientos veinte días. Y se cobra como máximo «la tercera parte del tiempo que el trabajador haya cotizado, siempre que supere el año». Así que normalmente se cobra durante bastante menos tiempo que ese par de años.
  • Una crisis como la actual afecta a los trabajadores, nada que ver con los empresarios que se tiraban por las ventanas en otras épocas; afecta a todos los trabajadores de todos los estratos sociales, a los que estaban acostumbrados a un jornal modesto y a los de sueldos altos, a los curritos, a los cargos directivos y a los llamados profesionales independientes. Nada que ver con las crisis de los pobres, o la crisis del campo, o la dela siderurgia, la industria pesada, etcétera.
  • Se ha abierto una brecha. Y es una brecha bestial.
  • Cuando un ser humano no sabe por qué le ocurre una desgracia, a qué atribuirla, tiende a pensar que ha hecho algo para merecerla.
  • Se calcula que tres millones de ciudadanos no cobran ningún subsidio de desempleo, ni probablemente de ningún otro tipo. Más: ya son dos millones las familias, FAMILIAS, en las que ninguno de los miembros trabaja.
  • Desde aquí casi no se ve a los que han quedado arriba, es necesario un ejercicio de memoria. Sabemos cómo viven, qué comen, qué compran, cómo visten y cómo se mueven porque hace poco estábamos ahí. Pero la miseria impone sus olvidos, y creo, no podría asegurarlo, que eso nos salva un poco. Los de arriba, en cambio, no nos miran. No pueden.
  • Si no te han cortado el suministro de luz, o de agua, o ambos, tu idea de la miseria es de plástico perfumado.
  • Quien no ha vivido la amenaza de perder el techo, normalmente con hijos, es incapaz de entenderla en su hondura, en toda su desesperación.
  • Los bancos españoles han utilizado claúsulas que los firmantes desconocían, a menudo a base de engaños vergonzosos, y han concedido créditos a personas que era evidente que no podrían pagar. Además, aplican unos intereses de demora considerados delito en Europa y en cualquier cabeza con muebles.
  • Yo sé lo que es vivir en la pobreza más absoluta durante dos años largos.
  • Fernando Sánchez Dragó, Premio Nacional, Premio Planeta, Premio Espiritualidad y Premio Fernando Lara, todos de literatura, pertenece a ese grupo de intelectuales de izquierdas con eje básicamente excéntrico que se pasaron a las filas de la derecha más dura por pura tirria a los socialdemócratas del PSOE. Me hacían gracia, sus extravagancias me resultaban incluso divertidas, hasta que, llegado el momento de dar la cara contra la miseria, han callado o incluso alguno de ellos ha tratado de justificarla con argumentos párvulos.
  • Oí lo de tu desahucio. Imagino que no será verdad, ¿no? Fernando, ¿cómo iba a contar una historia tan terrible si no fuera verdad? Bueno, me refiero a que estará todo un poco exagerado … No es que yo quiera que os echen a todos a la calle, ojo, no es por eso, es que quiero que se respete la legalidad vigente. Lo de tu desahucio, entonces, ¿cómo está exactamente? Todo eso que he oído de lo tuyo no será cierto …
  • ¿Por qué no aceptaste la dación en pago cuando te la ofreció el BBVA? Porque me daban dos semanas para desalojar la casa y no tenía dónde ir. Pero te quedas con una deuda de por vida. Te he dicho que no tenía dónde ir. ¿Qué quieres que haga? ¿Que me meta con mis hijos debajo de un puente? Dime, ¿tú qué harías? Aceptarla. Igual no me explico.
  • Entre los días 20 y 24 solía inagurarse en casa el llamado findemés, que duraba algo más de una semana. Durante los periodos considerados como findemés, procurábamos soslayar las discusiones, pero resultaban inevitables.
  • No hay nada más difícil que admitir la miseria, la quiebra, de un igual. Porque es la nuestra propia. A quienes están en la situación en la que yo estaba, a los que quedaron allá arriba en el territorio no desplomado, les puede suceder lo mismo. Aunque se empeñen en no mirar hacia abajo, en no mirarnos.
  • ¿Y no te da vergüenza salir en televisión en esos programas como si fueras pobre? Soy, pobre, le contesté, soy más pobre de lo que nunca pensé que podría llegar a ser. Por supuesto no lo entendió.
  • El día que me despidieron, yo tenía un sueldo asignado como subdirectora del diario ADN de alrededor de 50.000 euros brutos anuales, y pagaba una hipoteca de 1.200 euros al mes, cien arriba, cien abajo, dependiendo de lo que mi banco dispusiera por causas que nunca entendí ni me preocupé de calcular. Calcular no entraba dentro de nuestras necesidades vitales.
  • Creo que es imprescindible, una vez recibes la patada, enumerar sin descanso lo que sabes, lo que eres, lo que quieres. Es tu lucha contra la muerte.
  • Lo primero que piensas cuando te despiden es que algo habrás hecho. Rebuscas en la culpa, en los reproches propios y ajenos, repasas en el sistema mismo de trabajo. Y la pregunta te golpea una y otra vez la cabeza: ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí? Pero, ojo, porque esa pregunta encierra otra, aunque no te la quieras confesar: ¿Por qué a mi Y NO A OTRO?
  • Cuando te dan la patada no te preguntas por qué se dan patadas en este mundo cruel, oh, sino por qué la patada le ha tocado a tu culo. Si eres capaz de enunciar eso, esa segunda pregunta fatal, la culpa que al principio era una sensación vaga adquirirá cuerpo y peso y te la vas a tener que cargar al hombro para avanzar.
  • entrada original: https://raulbarraltamayo.wordpress.com/2020/04/23/a-la-puta-calle-de-cristina-fallaras/
  • ¿Qué se siente una cuando la despiden AL PRINCIPIO de una crisis? Sé que siente violencia, odio, rabia, dolor, culpa, una puntada de desprecio hacia una misma.
  • A la selva de los miserables más vale llegar el primero.
  • Los que caímos entonces hemos tenido tiempo de darle muchas vueltas, pensar y sacar algunas conclusiones. Y además ya estamos abajo, en el hoyo, así que les llevamos ventaja a los que aún están cayendo.
  • Es mejor que te echen al principio porque tienes más posibilidades de que un insensato aún no se haya dado cuenta de que el desastre tiene proporciones mayas y se le ocurra contratarte. No puedo ofrecer certezas ni resultados contables comprobables, apenas mi intuición de que seguir pedaleando es la única manera de no caerse: todavía puedes hacer algo, todavía hay campos sin dueño, como quien dice.
  • Preguntarte, todo lo deprisa y SINCERAMENTE que puedas: ¿Qué se hacer? ¿Qué carajo soy capaz de hacer, susceptible de generar dinero, sin que nadie tenga que pagármelo?
  • Eso de que cuando te despiden en una crisis de proporciones mayas puedes «hacer algo» es una trampa.
  • El año UNO en el despeñadero del monte Niesen pasa rápido: aún tienes dinero, aún tienes amigos, aún crees que en el fondo el que no trabaja es porque no vale, el que no puvlica es porque no es bueno, el que no está de camarero es porque tiene roña en las uñas. Caes, sí, pero crees que en el despeñadero vas a encontrarte, en cualquier momento, un asidero o incluso una terraza soleada con matacargas para echarte un mojito y luego remontar tan ancho. En el fondo, si te pararas a pensarlo, tendrías que aceptar lo que ves, la trampa, pero ¿cómo no ceder a la ilusión?
  • Cuando al fin te percatas, los meses que te han merendado (y pagado) como autónomo significan que has perdido la posibilidad de cobrar subsidio de paro. En el caso de que no te lo hayas pulido con la bonita modalidad de capitalización del desempleo. Ambas opciones comparten un serio desplome de la autoestima. Y el encumbramiento de la culpa en lo más alto de lo cotidiano.
  • Inventar todo tipo de estrategias para creer que trabaja, que sigue «ganándose la vida», que aún tiene un puesto en la parte de arriba del territorio rajado, que no es ya material de derribo, parte de los excluidos: exclusión. En el caso del periodismo, uno de los sectores que más ha golpeado esta crisis en España, no hace falta exprimirse mucho la sesera para creer que estás trabajando.
  • Lo llaman periodismo y no lo es. No lo llaman prostitución. De pura vergüenza.
  • Cuando te metes a autónoma y ves que todos los directores, jefecillos y amigos que te iban a encargar larguísimos y bien pagados reportajes que tú devberías facturar han desaparecido, empiezas a poner el culo.
  • La dignidad de la profesión y la pureza del profesional son dos palos que yo no toco.
  • Regla número uno del periodismo: no te cagues en el orinal que guarda tus monedas. Se destinaron decenas y decenas de periodistas a dicha labor de intoxicación, yo entre ellos.
  • Llega un momento en que hay que dejar de lamerse las heridas y empezar a pensar en chupar pollas.
  • El año DOS es distinto. La caída va tomando velocidad y los golpes pequeños se acumulan. Te das cuenta de que todo se acaba, de que estás vieja, de que ya has puesto el culo en demasiados lupanares a tu edad como para resistir sin heridas fatales.
  • Me espanta con qué frivolidad, con qué puñetera frivolidad se manda a la calle a trabajadores, muchos de ellos con hijos, en una situación de emergencia económica como la actual. Con qué frivolidad se manejan esas gentes cuyos sueldos anuales se cuentan en millones de euros.
  • Con los despidos en bloque, los directivos de los medios de comunicación olieron el miedo de su gente, así que enseguida supieron que enterrarían sus remilgos bajo la amenaza de cualquier recorte, y se plegarían a hacer de publicitarios, de voceros políticos y de lo que hiciera falta.
  • La dignidad profesional y la pureza del oficiante se te acaban con el hambre.
  • Hacia mediados del año DOS en el despeñadero, si estás viviendo del paro ya sabes que vas de cabeza al hoyo, que en unos meses ya no tendrás ingresos, nada, CERO, no serás pobre sino lo siguiente. Entonces es cuando se multiplican los episodios de ansiedad, el vértigo, las horas del lobo, las noches en vela, la agresividad y ciertos gestos de humillación ante los amigos con cargos en empresas. Si visitas a un psiquiatra, se empeñará en que tomes pastillas. Si las tomas, te aferrarás a ellas como a una botella de oxígeno allá abajo, donde los peces abisales.
  • En la actualidad, nadie con dos dedos de frente van a dejarte un pavo; ¿quién iba a invertir en un parado? Porque eso es lo que eres, y lo sabes, a los ojos de cualquiera. No un nuevo empresario, no un nuevo profesional, sino un parado que se está gastando lo poco que le queda en fingir que tiene trabajo. ¿Lo tienes?
  • Mi hermana me pregunta cómo vamos a vivir y yo no tengo más remedio que responderle con sinceridad. Y eso significa que me lo tengo que decir a mí misma, sinceramente también. Hay que ver cuántas veces durante el descenso por el despeñadero te das cuentas de que saber las cosas que suceden es un paso de algodón. El hierro, el filo, está en enunciarlas. Y entre un paso y el otro media ese mundo que una trata desesperadamente de no pisar.
  • ¿Qué es una deuda cuando no estamos hablando de vivir, sino de sobrevivir?
  • Vivo con la sensación de estar creando pesar constante entre quienes me rodean, esperando con fervor septiembre y aterrada con que septiembre llegue al fin.
  • La tendencia etílica se va agudizando con la necesidad de borrar lo que ves, hasta que te plantas definitivamente y decides no morir.
  • Te oyes decir: Cariño, a partir de ahora la carne es para los niños, ese miserable momento de posguerra para el que no estás preparada, que pertenece a narraciones antiguas. Lo peor son las semanas, los meses siguientes a espaguetis, arroz y tortilla francesa, cierto empobrecimiento físico del que no te das cuenta hasta que alguien, generalmente de la familia, se presenta en tu casa con varios filetes y un paquete de carne picada para el congelador. Por iniciativa propia. Esas cosas no hace falta decirlas. Se transparentan.
  • Cuando después de darle muchas vueltas a un asunto llegas a una idea, más vale prestarle atención, aunque sólo sea para calibrar tu grado de desequilibrio.
  • Caía por su propio peso que a cambio de inyectarlas esa tracalada de millones podría haberles exigido que dedicaran un porcentaje al crédito a los ciudadanos, a parar los desahucios de pisos, a multitud de cosas. Pero ese gesto no se produjo y en aquella omisión germinó nuestro desengaño.
  • A veces no se lo perdono a la crisis; echo de menos cuando era cínica, soberbia y politoxicómana leve en taxi. Ésa es la verdad.
  • Te das cuenta de que ya ni siquiera tienes edad para que te pidan una mamada a cambio de escuchar tu solicitud de empleo.
  • Sentía que el mundo había terminado, o que se estaba yendo al garete. El mundo que conocíamos, el que se basaba en ciertos derechos básicos garantizados, aquel en el que vivir era sinónimo de trabajar para ganarse la vida, mejor o peor.
  • Todavía hoy cuesta que entiendan algo tan sencillo. ¿Cuánto tiene que haber sufrido un hombre para colgarse de un árbol en plena calle, a las cinco de la tarde, dejando atrás mujer e hija? Y, por encima de eso, ¿quién es el responsable de tanto sufrimiento?
  • Cuando echas a correr, lo de menos es la lógica. A medida que el año DOS en el despeñadero va terminando, se lleva consigo todo lo demás: los restos de algún ingreso, los restos de esperanza de que algo suceda, los métodos domésticos y los razonamientos laborales. Se lleva consigo lo que conocíamos como realidad y lo que conocíamos como lógica.
  • Las primeras llamadas del banco provocan un desasosiego como cuando estalla una tormenta negra con rayos y truenos que ponen a temblar los terrones en una carretera en la que te has perdido. El teléfono se convierte en el principal enemigo, un enemigo de bolsillo, enemigo portátil. Luego ya te cortan el teléfono, pero eso sucede un poco más adelante.
  • Sucede una cosa con toda esta martingala del reinvéntate y el hazte emprendedor: sucede que una no sabe lo que es una empresa, más allá de que supone unos gastos mensuales que no te puedes permitir. Sucede que una no sabe desarrollar un plan de empresa. Sucede que una no sabe cuadrar un balance.
  • ¿Cuántos días pasa un hombre dentro de su coche para morir desnutrido? Aquella noticia me provocó una especie de pánico constante que cualquier especialista habría diagnosticado como ansiedad. En agosto del año anterior había sufrido el primer crac, la primera ruptura del ánimo, al enunciar frente a mi hermana que no había salidas, que no sabía qué hacer, que ya no tenía nada, al admitirlo. Seis meses después llegó el segundo crac y fue mayor, una sacudida larga y negra como una tormenta de días y días en alta mar: podía quedarme en la calle. En la puta calle. Crac. Golpes que caen de pronto, puestos en movimiento por una noticia, por una conversación. Crac. Por cualquier detalle. Estaban ahí, esperando a ser enunciados, para destrozar y arrasar.
  • Justo ahí, en las amistades, reside uno de los puntos difíciles del desahucio, en el «Tendrás amigos, ¿no?» que la amable empleada del BBVA me soltó el día que le dije que yo no podía irme de mi casa. Seguramente el hombre que murió en su plaza de aparcamiento también tenía amigos en el momento en el que decidió que aquel vehículo sería el lugar donde iba a vivir. La diferencia entre él y yo eran los hijos.
  • Lo de irse de España es como lo de «Hay que reinventarse»: martingalas tan repetidas como inconsistentes. Pero pesan.
  • No eran solo cuatro meses de piso. Eran cuatro meses de psio, cuatro meses de colegios, un préstamos de mi madre, un préstamos de mi hermana y dos préstamos de sendos amigos, para agua, luz, gas, comida … Cuando no entran ingresos en una casa, cero ingresos, se vive de pedir. Igual que aprendes a pedir, aprendes a mentir con soltura.
  • En los días que van desde mediados de enero hasta el 26 de marzo, fecha en la que me hicieron entrega del trozo de hierro que me declaraba premiada y un cheque, cuando empecé a entender la brecha que ahora está tan clarísima, el up and down, lo imposible de que quienes no están como tú entiendan tu situación.
  • Algo estaba definitivamente roto.
  • Si hay algo que se queda viejo de inmediato en cuanto empiezas a despeñarte monte Niesen abajo es el ocio. El ocio sin más, tan años noventa; el ocio de pasar el rato mirando la etiqueta de tu cerveza, de echarse a la calle a una copa y unos porros, o unos loqueseas que atonten un poco.
  • Con el respiro que da verte con las deudas pagadas aunque te queden dos meses para volver a estar en pelotas, me permití el lujo de volver a mirar alrededor.
  • Cuando todo aprieta te centras en tu ombligo, tus mañanas de angustia, tus tardes de depresión, tus noches de pánico. Un desastre.
  • No es verdad que entre los pobres cunda la comprensión, ni que florezca la solidaridad. La miseria es una de las peores formas de soledad, y eso está bastante reñido con salir a la calle a sentirte bueno.
  • En Cataluña, en aquel julio de 2011, se calculaba que el 20% de la población estaba en el umbral de la pobreza, un número que no ha hecho más que crecer hasta hoy, por supuesto.
  • Sebastián Mora, secretario general de Cáritas, se hacía la siguiente pregunta: «¿Cómo va a estudiar alguien cuando no tiene qué comer? o ¿cómo va a pensar en apuntarse en un itinerario formativo cuando no tiene casa?». Cuando no tienen casa.
  • Empiezas a no tener casa a partir del tercer plazo. El problema se encuentra en el tercer plazo, la tercera cuota, ahí exactamente. Hasta la tercera, somos solamente un riesgo: se llama crédito dudoso. A partir de la tercera, somos un problema: usted es un moroso y su oficina bancaria se va a desentender de su caso que pasará directamente a lo que llaman servicios jurídicos. Los servicios jurídicos ya no son humanos, son un aparato que aplica ciertos mecanismos y modos a cada una de las personas con las que lidia.
  • La figura del crédito inmobiliario se monta honesta y correctamente. Pero se prostituye cuando el banco y el comprador creen que esto es jauja y, entre otras cosas, aparecen la competencia bancaria y la burbuja inmobiliaria.
  • Se amplían los plazos para que las cuotas sean menores y consigan créditos hipotecarios personas que no podrían acceder a ellos. Personas que no se dan cuenta de que en cincuenta años habrán pagado el piso cuatro veces.
  • Los pisos que se quedan en la cartera de un banco dañan su sanidad y, entre otras cosas, su capacidad de expansión, ya que debe cubrirlos con recursos propios. Adjudicarse pisos no es el objetivo de los bancos, y suponen un freno a su estabilidad y rentabilidad.
  • Cuando llevas tiempo sabiendo que te despeñas, que vas de cabeza al desahucio, no te quitas de la mente la posibilidad
  • A finales de 2011 ya mis hábitos alimenticios y los de mis hijos habían cambiado por completo. A esas alturas, «carne» significa pollo y algo de cerdo. Los productos de higinie se reducen a lo básico y cualquier producto cosmético ha desaparecido.
  • Primero te echan. Entonces empiezas a remar. Luego llega el desánimo. Remas. Luego llega la rabia. Remas. Luego llega el vértigo. Remas. Luego llega el desahucio. Remas. Luego llegan las llamadas del colegio. Remas. Luego llega el embargo de las cuentas, no vaya a ser que algún día tengas algo. Remas. Luego la luz, el agua, el teléfono. Remas. Luego llega el momento en el que alguien te dice: «Hija, hay que ver qué pesada eres con lo de los bancos, los pobres» y eso.
  • Es evidente, y es evidente TODO EL RATO, que a ellos no les gusta que te traigas contigo el abajo, la mancha. Como mucho, te aceptarán convertida en animal de feria y, mientras fingen hablarte, podrás leer sobre sus rostros las conversaciones que tendrán, podrás leer sobre sus rostros las conversaciones que tendrán cuando te hayas marchado, leerlas con una claridad que te paraliza, con frases perfectas, sobre sus rostros que ya no tienen mucho que ver contigo.
  • Manchas. Es eso. Eres una pesadez y manchas, y aprendes que no por mucho repetirlo, por decir que aquí se ha abierto una brecha que no se cerrará hasta que la enfrentemos, va a ser más eficaz, va a acabar calando. El primer suicidio es un shock, el cuarto es una pesadez: así funcionan las cosas. Luego ya viene cuando dejan de llamarte. Ves las fotos. Esas fotos duelen más que el perpetuo arroz blanco con un ajito. Un conocido con la birra en la mano te afea estar convirtiendo tu pobreza en un discurso único. Define «pobreza». Define «discurso único». Define «manchar». Define «exclusión». «Y si eres tan pobre, ¿por qué no se te nota?».
  • La soberbia es algo que pierdes al principio, que quedó en el pasado remoto.
  • En el centro de esa sordera se encuentra la frase pronunciada aquella noche, oída por enésima vez: «Es que parece que nos haces culpables a los que no estamos como tú». Y mi duda: ¿los hago culpables? Probablemente en cierta medida los unto de una culpa general cuya mayor expresión es el silencio. No es verdad que en España se haya producido una explosión popular contra el gobierno o las medidas de la crisis.
  • Con todas las tropelías que los gobiernos de Zapatero y Rajoy han llevado a cabo, con todo el dinero público que han privatizado regalándoselo al sistema financiero, con todos los recortes en derechos de los trabajadores, educación, sanidad, etcétera que han pergeñado, lo normal sería que estuviéramos incendiando algo. ¿Qué? Qué más da qué.
  • El lugar llamado Cash Converters es la versión del Compro Oro para los que no tienen oro que vender.
  • Era la primera vez en mi vida que me deshacía de algo valioso a cambio de dinero. Me dieron 900 euros. ¿Qué sentí al hacerlo? Sentí vergüenza, claro, y un alivio pequeño, transitorio. Aquello sirvió para pagar algo de deuda de los colegios, algo de deuda para que la empresita invención de no-trabajo pudiera seguir funcionando y, sobre todo, para llenar la never y la despensa. No destiné nada al piso, desde luego, porque ya hacía algún tiempo que mi querida Marisa no me llamaba. Y yo tenía claro que eso sólo podía suponer lo peor.
  • Decidí que no iba a dejar mi casa, que sencillamente no podía dejar mi casa porque no tenía dónde ir ni posibilidad de alquilar ni siquiera la más minúscula vivienda de mi ciudad. Tendría que esperar a que el desahucio siguiera su curso y llegara la policía a echarme por la fuerza. Heexplicado esta decisión decenas de veces y no he conseguido demasiada comprensión. ¿Por qué no dejar el piso y así deshacerme de la deuda gigantesca que tengo con el BBVA? Porque no tengo dónde ir. ¿Es eso tan difícil de entender? La deuda con el banco es mía, yo la contraje, ¿por qué debería hacer partícipe de esa situación a mi hermana o a una amiga? Se me podría responder que tarde o temprano voy a acabar en la calle igual, con los niños a la intemperie; sin embargo, eso no es algo que yo me pueda permitir pensar. Si yo pensara que mis hijos y yo vamos a terminar sin techo dejaría de trabajar, dejaría de escribir, no estaría usted leyendo esto, dejaría cualquier esperanza, y no soy dueña de saber qué se me pasaría por la cabeza. Es algo que, sencillamente, no puedo plantearme.
  • Desde que me despidieron del diario ADN aquel miserable 17 de noviembre de 2008 hasta el día de hoy, no he parado de trabajar, de construir, de remar. Si en algún momento me hubiera parado a pensar que todo eso no servía para nada, me habría hundido. Inmediatamente. Y a punto he estado en varias ocasiones. Es posible que me haya equivocado, como en tantas cosas, pero en cualquier caso ésa es mi equivocación.
  • Hay épocas malas, épocas de carestía, épocas de pobreza. Son las épocas en las que acabas teniendo un trabajo triste con un sueldo miserable. Ésas son otras épocas. Y luego hay épocas en las que no tienes nada. NADA. Son épocas, como ésta, en las que no tienes menos, ni siquiera mucho menos, sino que no tienes nada. No ganas menos, ganas nada. No tienes poca esperanza, tienes un calzado que jamás imaginaste que irías a usar contra la persiana de una entidad bancaria.
  • Cuando llegas al extremo de pedir dinero para pagar la luz o el agua, normalmente están a punto de cortártela. En todos los casos que conozco, lo normal es ir aplazándolo hasta el último momento. No porque creas que vas a poder pagarlo más adelante, no es eso, sabes que no va a suceder nada, porque no hay nada que pueda suceder. Imagino que forma parte de un modo de vivir al que te acostumbras y cuya base consiste en apurar.
  • Si «gestionas» la miseria, la aceptas. O tan sólo que una no se acostumbra así como así a pedir prestado.
  • Hay que ponerse en contacto con los de la Asamble de Okupas, ellos controlan qué pisos o naves se pueden okupar y cuáles no.
  • Usted que lee esto, párese aquí y conteste: ¿llevaría a comer a sus hijos a un comedor social de la Cruz Roja?
  • Yo ya no soy pacífica. No puedo. Habrá a quien ya no le quede ni esa pizca gandhista (¿cuántas veces ha alargado usted la leche con agua?) y se eche a la calle y estará violento, claro. Violento, como yo.
  • Tengo una parte íntima que sufre por el deterioro de mi aspecto, de mis hábitos, de mi salud (física y mental).
  • Daría una teta por una crema de día contra las arrugas, un sérum hidratante para el pelo, un tarro de suavizante bueno, una copa de champán, unos zapatos nuevos, una sesión de tinte en la peluquería, un vestido de primera mano … Oh, cielos, qué imperdonable frivolidad.
  • La dentadura es un lujo que aguanta mal la crisis.
  • Cuando escribí este texto, mi presupuesto mensual para comida seguía siendo de cero euros.

Enlaces relacionados:

Otros libros relacionados:

raul

2 respuestas hasta “A LA PUTA CALLE de Cristina Fallarás – Apuntes”

  1. […] #19) A LA PUTA CALLE de Cristina Fallarás. […]

    Me gusta

  2. […] A LA PUTA CALLE de Cristina Fallarás. […]

    Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

 
A %d blogueros les gusta esto: